Dios, patria, hogar
¿Una respuesta política nacida desde lo religioso para enfrentar el globalismo financiero y el marxismo cultural?
“Dios, patria, hogar”, proclamaban las leyendas escritas con
desafiante pintura negra sobre los paredones encalados del pueblo. A mí y
a mis amigos nos causaban gracia y curiosidad, una porque conocíamos a
los que las escribían y, a pesar de que ponían cara de malos y usaban
tremendo bigote, no nos parecían muy preparados para sostener cualquier
desafío, y la otra porque no entendíamos la necesidad de la proclama,
tan seguros estábamos de contar con un Dios, una patria y un hogar. Esas
seguridades sin embargo iban a durar poco. Casi sin darnos cuenta,
entrábamos a la vez a la adolescencia, a la década de 1960 y a una etapa
de transformaciones vertiginosas que estremecerían hasta los cimientos
esas certidumbres.
