Como todo fiel católico puede advertir, a poco que medite, bien fácil es detectar los tres grados de liberalismo que conviven, entre mutuos taconazos, en el seno de la Iglesia. Como escribió el Padre Raúl Sánchez Abelenda en un texto memorable, que vamos a resumir, el primer grado del liberalismo corresponde al craso, grotesco, revolucionario  y chillón: el laicismo. Bien podría éste identificarse políticamente con la izquierda y religiosamente con las teologías de la liberación, feministas, etc., y que se da, especialmente, en los institutos religiosos más desviados de sus reglas primitivas  y en comunidades de base.
El segundo grado consiste en una cierta consideración a la conciencia católica sin casi incidencia en lo público, excepto en aquellos países de raigambre cristiana en los que aún perviven ciertos restos, a los cuales, de vez en cuando, se les tira un hueso desde lejos cual si fueran perros sarnosos; caso de España.  En lo político está significado por los impresentables partidos de derecha, tales como P.P., PNV o CIU y en lo religioso por la mayoría de obispos, sacerdotes, e institutos y congregaciones religiosas que sólo son fieles a las nuevas constituciones, absolutamente diferentes a las de sus fundadores. Se sigue enseñando el catecismo, sin contenido dogmático, pero en las parroquias; en las escuelas públicas y privadas nada de catecismo, sino asimilación cultural de las diversidades religiosas, sin validez curricular: la asignatura de Religión Católica es una “maría” que, además, ni es digna de ser llamada católica.