La inmerecida clemencia
Sólo
Dios Nuestro Señor sabe dónde estará ahora Néstor Kirchner. Sea cual
sea el lugar al que Él lo haya destinado, es sólo el resultado de un
Juicio justo y único, sin jueces prevaricadores o dispuestos a vender su
sentencia. Más aún y aunque me pese, sé que debo, como católico,
aceptar que, si en el último milésimo de segundo de su vida terrenal él
tuvo la lucidez de arrepentirse de su impenitente ruindad, puede estar
disfrutando de la Eterna Luz que de Nuestro Señor emana.
Lo que me
abruma, aunque sepa que me alejo peligrosamente del: “…como perdonamos a
nuestros deudores”, es que le hayas dado la indulgencia de irse antes
de tiempo.
Sí, Señor, me molesta ese toque final de caridad con
que lo eximiste de pagar sus culpas en la tierra. Tu benevolencia nos
quitó a los argentinos la posibilidad del ejemplo. De hacer magisterio a
partir de un juicio justo, donde él fuera juzgado, pero también todos
nosotros porque nadie hay, en este muladar en el que él y su banda
convirtieron a la República, que pueda ser indultado a priori ya que la
omisión y la cobardía también son pecados. Pero además, los argentinos
necesitábamos ese Juicio, lo necesitábamos para que reviviera la idea de
decencia y trabajo en la República, un juicio magistral que les
mostrara a nuestros hijos que en esta tierra y de allí en más, la única
manera de crecer, tanto individualmente como conjunto social, era en
base a la honradez y el esfuerzo. Brevemente, lo necesitábamos para
volver a ser Nación.

