A propósito de Nicolás Márquez y Agustín Laje
Hay
ciertas cosas que, con el tiempo, un sacerdote, un docente o un padre
de familia termina aprendiendo a fuerza de palos. Una de ellas es que
nada puede darse por supuesto entre nuestros fieles, alumnos o hijos
porque, por supuestas, terminan por no predicarse y, por no predicarse,
por olvidarse. Más aún en los tiempos que corren, donde l’esprit de finesse del que hablaba Pascal, parece haberse ahogado en el maremagnum geométrico.
¿A
qué nos referimos? Pues a esa tradición clásica en la Iglesia que nos
manda, por medio del Apóstol (es decir San Pablo), a analizar los
espíritus, las profecías y más en general, la realidad toda, para quedarnos con lo bueno y desechar lo malo.
Como la abeja hace con su flor, como el ternero hace con su madre.
No
implica esto, claro está, que todo deba ser “probado” o padecido; no.
San Pablo es tan claro en el “examinadlo todo” que el mismo comentario
de Santo Tomás resulta escueto por demás:
“muestra cómo han de manejarse en todo con discreción (…). Elegir lo bueno y rechazar lo malo (…) evitando la apariencia de mal, a saber, lo que sin escándalo de los hombres no pudiéramos observar en presencia suya” (In 1 Tes 5).
