El aspecto exterior: ¿es el reflejo del alma? Por Nicolás Márquez
Ojos caídos, rostro en trance, pelo
grasoso, ademanes vulgares, vestimenta prostibularia, tatuaje procaz y
siliconas prestas a competir con la pensadora Lía Crucet, fueron las
notas distintivas de la exhibición parlamentaria de la última semana.
Quiérase o no, la foto que ilustra estas líneas no es la de una sudorosa
murguera zapateando coreografía en algún carnaval de La Salada, sino el
de una Diputada del supuestamente Honorable Congreso la Nación
Argentina. Y la susodicha no es otra que Victoria Donda, impudorosa
dirigente que suele cacarear su voz chillona (que nos recuerda al
personaje “Catita” de Niní Marshall) por los pasillos más sórdidos y
descalificados de la partidocracia estable, siempre repitiendo
vulgarismos demagógicos cuando no reivindicando el homicidio montonero,
en el que otrora participaron sus violentos progenitores.

