“Debe existir en la
Verdadera Iglesia perfecta unidad de régimen, o sea: debe haber al
frente de esa sociedad religiosa una autoridad suprema y visible, de
institución divina, a la cual obedezcan todos los miembros que la
forman.
No basta una especie de política de amistad o buena vecindad entre un montón de jefaturas eclesiásticas desconectadas jurídicamente, es decir: independientes entre sí, SIN OTRA CABEZA SUPREMA QUE UN CRISTO INVISIBLE Y CELESTIAL CUYAS PALABRAS Y MANDATOS INTERPRETA CADA UNO A SU GUSTO.”
No basta una especie de política de amistad o buena vecindad entre un montón de jefaturas eclesiásticas desconectadas jurídicamente, es decir: independientes entre sí, SIN OTRA CABEZA SUPREMA QUE UN CRISTO INVISIBLE Y CELESTIAL CUYAS PALABRAS Y MANDATOS INTERPRETA CADA UNO A SU GUSTO.”
(R.P. Fernando Lipúzcoa. Breviario Apologético. 1954)
Todos aquellos que vimos,
por gracia de Dios, los frutos nefastos del Concilio Vaticano II y su
doctrina del “aggiornamiento” (puesta al día), nos encontramos, sin
quererlo, en la triste situación de elegir. Seguir a Dios manteniendo la
fe de siempre o seguir a los hombres en la creación de una nueva
religión más humana que divina como es el modernismo. La decisión no se
podía dudar, abandonar el aparato conciliar con todas sus herejías
manifiestas y seguir a Cristo en su Iglesia guardando las tradiciones
bimilenarias y sobre todo su doctrina inmaculada, era más que evidente.