LA MALDICIÓN DEL CHE
La
madrugada del 14 de julio de 1969, tres individuos llegaron sigilosamente hasta
el humilde telar que Honorato Rojas y su mujer explotaban en el terreno que el
gobierno les había obsequiado en las afueras de Santa Cruz de la Sierra, como
pago por los servicios prestados durante la campaña antiguerrillera. Los
extraños se introdujeron en la vivienda y caminaron los pocos metros que los
separaban de la habitación donde el dueño de casa y su esposa dormían,
abrazados a dos de sus hijos. Se trataba de una construcción reciente, que el
flamante cabo del Ejército estaba terminando de levantar1.
Para
fortuna de los intrusos, aún no había colocado la puerta ni las ventanas y eso
les facilitó la tarea. Con sus armas en las manos, pasaron con mucha cautela junto
al sencillo ambiente donde descansaban los otros tres niños y se detuvieron en
la entrada del cuarto principal.
Eran
las 03.30 horas y apenas se escuchaba el sonido de las respiraciones
bajo las
frazadas. Ahí estaba el traidor, el hombre que había delatado al Che y
guiado a
los soldados hasta la emboscada de Vado del Yeso, disfrutando su
botín y su “mal ganada” tranquilidad.

