LA GUERRILLA SE AGRUPA EN LA SELVA
Una calurosa tarde de febrero, Ciro Roberto Bustos se
encontraba en su casa de Córdoba cuando Oscar del Barco se apareció en el auto
de su madre para hablar con él.
Caminando por el jardín, el recién llegado le manifestó que
una desconocida lo estaba buscando, una mujer llamada “Elma” que más parecía un
miembro del Politburó soviético o una integrante de la KGB, que un correo.
Bustos indagó al respecto y tras un par de preguntas, acordó con su amigo
encontrarse ese mismo día en una cervecería del centro.
Del Barco le pasó la contraseña que la tal “Elma” le había
entregado y se retiró, reiterando verse en el lugar señalado, a la hora
convenida.
Cuando volvieron a reunirse, el calor había arreciado.
Entraron al local y después de sentarse y pedir dos cervezas, procedieron a
ultimar los detalles de la cita. El lugar de encuentro se fijó para las diez de
la mañana siguiente, en una zona un tanto retirada. Establecieron puntos
alternativos por si alguna de las partes no podía llegar a tiempo, uno a las
11.00, a cinco cuadras del anterior y otro en un parque, a las 14, en el otro
extremo de la ciudad, acordando que si nadie aparecía pasados quince minutos de
la hora indicada, el encuentro se cancelaba.
Bustos preparó el correspondiente operativo de contrachequeo
y organizó un grupo de vigilancia integrado por Del Barco, Armando Coria
(“Rubén”) y él mismo, destinado a seguir los pasos de quien intentaba
contactarlo y observar a la distancia. De ese modo, si era seguida o se trataba
de una trampa, ellos lo sabrían a tiempo.

