La práctica de Jorge Mario Bergoglio de «canonizar»
con una impronta bastante singular y arbitraria, se está haciendo cada
vez más selectiva y abundante. Parecería que se piensa en un santoral
alternativo para un modelo de Iglesia progresista, en una Iglesia de la publicidad (P.
Julio Meinvielle), que dan lugar a una catalogación, -por lo menos para
el mundo no cristiano y ateo- de glorificaciones eclesiales falsas y
artificiales.
Así, hemos llegado a un estado en el que las canonizaciones modernas
parecen ser más bien el marketing publicitario del modernismo actuante,
en vez de la búsqueda de modelos de santidad verdadera, en efecto,
cientos de auténticos procesos de grandes figuras, han quedado sino en
el olvido, por lo menos rezagados: Isabel la Católica, el cardenal Merry
del Val, el Papa Pío XII, el arzobispo Fulton J. Sheen, el cardenal
Mindszenty. Ni pensar -de acuerdo a la actual política de canonizaciones
izquierdistas a granel- que sea introducida la causa del arzobispo
Marcel Lefebvre.
Ha canonizado a Juan XXIII, un Papa liberal. En 2014 ha beatificado a Pablo VI, y ha declarado su santidad.[1]