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sábado, 14 de diciembre de 2019

9-SATAN EN LA CIUDAD. MARCEL DE LA B`IGNE-



SATAN EN LA CIUDAD
POR MARCEL DE LA B'IGNE
ULTIMA VELADA


 —Decía a usted hace un momento que la despacho para calmar su nerviosismo, el abate Multi vuelve al sillón y comienza a cotejar sus notas. —Decía a usted hace un momento que la cohorte satánica de la tierra comprende dos elementos: El primer contingente, que es el más visible, está formado por los que reivindican abiertamente su origen, y son los que yo llamo hijos legítimos de Satanás y de la Revolución francesa. Su posición es clara: han escogido con deliberación, sin subterfugios ni reticencias, entre la doctrina de 1789 y la de la Iglesia; han sentado plaza en la cruzada individualista y laica; son del partido de la Contra-Iglesia; contribuyen a determinar sus planes y su táctica, y son los que constituyen sus cuadros. Encuentran allí, sin duda, una gran satisfacción para sus apetitos y ambiciones, y esta consideración no íes parece despreciable pero, al menos para alguno, no es la única determinante. Hay, entre ellos, convencidos, perfectamente leales y sinceramente fanatizados. Han oído decir tantas veces que el Cristianismo es absurdo, quimérico, prescrito y explotado por los curas, mientras que el dogmatismo revolucionario es la expresión misma de la ciencia y la condición de todo progreso del espíritu, de toda mejora social positiva, que pueden creerlo de buena fe. Además, una vez adoptados los principios, se encuentran cogidos en un sistema cuya lógica formal es atrayente para las inteligencias de tipo deductivo. Por eso, el clericalismo es, para ellos, el enemigo, según la fórmula de Gambeta, y no significa la pretensión excesiva del clero a dominar donde no tiene nada que hacer, sino la doctrina y la disciplina de la Iglesia. Afirman que son defensores irreductibles de la Democracia y de la República, y tampoco ponen equívocos ni anfibología en estos términos. La Democracia es la Soberanía del Número como tal, como lo quiere la Declaración de 1789-1791; de la Cantidad que crea el Derecho, la Ley y ]a Legitimidad con su voluntad arbitraria.

La República es el gobierno fundado únicamente sobre la elección igualitaria; el gobierno que no admite *omo consagración válida más que la del sufragio universal inorgánico e individualista, y que practica rigurosamente el culto de la urna, Así estalla el desacuerdo profundo, radical, irreductible, entre el programa revolucionario ortodoxo y el programa cristiano. El pobre y gran Lamartine sentía y confesaba esto cuando al recibir a la delegación del Consejo Supremo del rito escocés, el 10 de Marzo de 1848, unos días después de la Revolución, le decía: “Estoy convencido de que del fondo de vuestras Logias es de donde han salido, primero en la sombra, luego a media luz y, por fin, a pleno día, los sentimientos que provocaron la explosión sublime de que fui’ mos testigos en 1789.” Para los que no quieren perderse en utopías, es evidente la incompati- bilidad. Renán lo comprendía cuando escribió' “La Revolución es, en definitiva, irreligiosa y atea”. Fernando Buisson lo reconocía, por su parte, al afirmar con la autoridad que le corresponde: “El laicismo es el coro a rio de la Soberanía popular”.
En el extremo opuesto del terreno político, Mons. Freppel expresaba la misma convicción en su animosa declaración de 1890: ‘‘La República, en Francia, es una doctrina anticristiana, cuya idea madre es la laicización o secularización de todas las instituciones bajo la forma del ateísmo social. Es lo que ha sido desde su origen en 1789...; es lo que es en la hora actual”. Casi al mismo tiempo le hacía eco Julio Ferry en el Congreso masónico de 1891: “El Catolicismo y la República francesa son filosóficamente irreductibles el uno a la otra”. En 1892, los Cardenales y el Episcopado francés se lamentaban, en una carta pública, de que el gobierno republicano se hubiera hecho la personificación de una doctrina en oposición absoluta con la fe católica. Poco más tarde, el 15 de Enero de 1901, en la tribuna de la Cámara de Diputados, un ministro republicano, que llegaría a ser, como J. Ferry, presidente del Consejo, Viviani, confirmaba este antagonismo: “No estamos enfrentados con las Congregaciones, sino con la Iglesia”, y con la aprobación de Peiletan; que el 11 de Marzo siguiente declaraba empeñado el conflicto, “entre los Derechos del Hombre y los Derechos de Dios”, el mismo Viviani, el 8 de Noviembre de 1906, se jactaba con más énfasis y lirismo de la tarea anticlerical que había cumplido, e insistía sobre el trabajo de propaganda laica que estimaba necesario todavía: “Nuestros padres, nuestros antepasados, nosotros mismos, todos de acuerdo nos hemos aplicado a una obra de anticlericalismo y de irreligión. Hemos arrancado las creencias de las conciencias. Cuando un desgraciado, fatigado por el trabajo del día, doblaba las rodillas, le hemos levantado diciéndole que más allá de las nubes no había más que quimeras. Todos juntos, con gesto magnífico, hemos apagado en el Cielo las estrellas que no volverán a encenderse más”. Es tan imperiosa la exigencia lógica y está la tradición tan bien fundada, que no se libran de ellas los más rectos y honrados. Cuando Carlos Benoist le dirigía un llamamiento a la conciliación y a la unión, Raimundo Poincaré le respondió: “Entre usted y yo existe tod# la amplitud de Ja cuestión religiosa”. Era eJ intérprete de todos Jos doctrinarios para los cuales las leyes laicas de la III República son el fundamento sagrado del régimen democrático, el Santo de los Santos al cual no se puede tocar. Tales conceptos entrañan un peligro que no puede negarse, ya que constituyen un manantial constante de divisiones, persecuciones y tiranía, y sabido es que los sucesivos, gobiernos democráticos no han dejado de aplicar implacablemente su programa. La primera República, bajo el impulso de su inspirador, fusiló, guillotinó, destrozó y desmoralizó, a su gusto, sacerdotes y fieles; rompió- con la Santa Sede; intentó establecer un cisma en Francia y, luego, extirpar radicalmente la fe. Al hacer esto se juzgaba muy consecuente con la orden de Voltaire: “Aplastemos a la infame”, y con sus propios principios, y no tenía dudas respecto a la extensión de su poder: “Tenemos, ciertamente, el derecho de mudar de religión”, afirmaba el representante Camus, con la aprobación ¿te sus colegas, en la Asamblea Constituyente de 1789. Si la II República fué demasiado efímera para que se la pueda tener eh cuenta seriamente, Lamartine, en la entrevista de la que hablaba hace un momento, reconoció que el patronazgo masónico se encontraba en sus principios, como en su antecesora. En cuanto a la tercera, a pesar de sus orígenes directos (1), se apresuró a volver francamente a los ejemplos de su antepasada: separó la Iglesia del Estado; proscribió, dispersó y robó a las Congregaciones; se apoderó de los fondos de las fábricas de los templos; instituyó una neutralidad mentirosa en la enseñanza, y persiguió las escuelas libres con incesantes importunidades, con su odio y con su deseo de expoliación. La cuarta no ha renegado de esa tradición y sigue declarándola “intangible”. Todo esto es, en verdad, muy grave y deplorable. Es la discordia civil instalada en el país con carácter permanente, pero, al menos, no podemos quejarnos de que tal acción sea irracional; e inesperada; es brutal e imperativamente exigida por el espíritu y la fe democráticos. Se puede sufrir por su causa, pero no puede uno sorprenderse de ello. Brota, como el fruto de la flor, de los dogmas cuyo carácter infernal ya le he probado a usted. Los hijos de Lucifer avanzan contra los de la Iglesia a banderas delegadas, nada de ambigüedades, la victoria dependes únicamente de la fuerza moral y material “ada cual y si uno de los beligerante pare


(l) El segundo imperio v los gobiernos que |e siguieron. (N.del T.).
 

ce, en ciertos aspectos, superior porque dispone de los recursos del “reino de este mundo” ampliamente, el otro tiene con él la potencia inapreciable de la verdad. Pero a Satanás no le gusta combatir asi, a cara descubierta. Prefiere mucho más el disimulo, el fingimiento, el doble o triple juego. Su preocupación esencial es siempre el apoderarse, con fraude, de las inteligencias del adversario; prefiere preparar la caída de la plaza por tratos corruptores; provocar disidencias y defecciones antes que dar prematuramente el asalto. Por eso se esfuerza en deslizar, entre los soldados de la buena causa, agentes encargados de arruinar su moral y de orientarlos poco a poco hacia la capitulación. Tal es la tarea esencial de los que yo he llamado bastardos de Satanás, y, entre ellos, hay diversas variedades. La más fácil de discernir y, tal vez por eso, la menos peligrosa, está formada por las inteligencias atacadas de una enfermedad con- génita del pensamiento que les hace incapaces de escoger entre las dos ortodoxias opuestas. Por efecto de la ceguera o del aguijón del orgullo, se les oye afirmar la identidad de las contradictorias; envanecerse de encontrar la verdad en cada una de ellas y jactarse de reconciliar a Satanás con Dios.
^amana aberración, en la que resulta difícil distinguir entre el desequilibrio mental y la hipocresía, se encuentran algunos extraños y tristes ejemplos de un grado menor o mayor que, a veces, resulta increíble. Uno de los más pasmosos es el de Weishaupt, que proclamaba la identidad de la doctrina ma- sónico-democrática con la cristiana, y cuyo ritual glorifica la obra de “Nuestro Gran Maestro Jesús de Nazaret” Y, sin duda, había convencido a Camilo Desmoulins, que se atrevía a llamar a Jesucristo “el primer sans-culotte” (1), y a Marat, de quien se dice que hacía la apología de los Libros Santos declarando: “La Revolución está en el Evangelio”. Lo cual no le impedía practicar el amor al prójimo con un ardor que se ha hecho célebre... También se encuentra un eco atenuado e inesperado del gran asesino, en Buchez, que en su Historia parlamentaria d£ la Revolución, reedita la opinión de que “la Revolución tuvo su origen en el Evangelio”. Y aquí
 

(1) Si la irreverencia de la comparación no quitase interés a cualquier otro comentario, llamaríamos la atención de los lectores que no hayan reparado en ello, sobre el absurdo anacronismo de vestuario que jupone el nombrar a Nuestro Señor con el apodo de aquellos re- publícanos callejeros de 1793 que, por usar pantalones largos, fueron llamados sans-ctilottes, sin-calzones. Sin el calzón corto que usaban los nobles y las personas distinguidas. (N. del T.).

tiene usted luego, al desgraciado Lamennais, por cuya pluma leemos igualmente: “La Revolución da al Catolicismo un segundo nacimiento”, y el cual se había obligado a restablecer la armonía entre la Democracia y la Doctrina cristiana. La misma extravagante quimera trastornó las cabezas de dos Académicos liberales, el duque Alberto de Broglie y Saint-Marc Girardin, que aspiraban a “purificar los principios de 1789 por Los dogmas de la Religión Católica y hacerlos marchar de acuerdo”. Esta psicosis no ha perdonado a la jerarquía eclesiástica, pues fué un prelado, antiguo Vicario general de Mons, Dupanloup, el que se atrevió a escribir en su obra El Cristianismo y los tiempos presentes: “Se habla de conquistas del 89, y acepto la frase; pero son las conquistas del Evangelio y de la Iglesia sobre el orgullo de la humanidad... Todo esto es la obra del Cristianismo; sale de las entrañas (sic) del Evangelio y es, en fin, al cabo de siglos, su dilatación y florecimiento total”. Semejantes y tan perentorias afirmaciones son muy capaces de hacer delirar a cerebros frágiles o mal equilibrados, y es el caso de ese profesor de una Universidad católica a quien el deseo frenético de aproximar la Revolución a la Iglesia inspira estas líneas con renovadas aserciones análogas de Marc Sangnier, cuyo absurdo confina con el sacrilegio: “Si, más cristiana, la Democracia moderna tuviese conciencia de la grandeza del Cristianismo y de su democracia transcendental, el Cristo, es decir, Dios hecho hombre y hombre del pueblo, el obrero-Dios, sería, -como merece serlo (sic), el personaje (resic) más popular; las iglesias donde pone su divinidad al alcance de todos serían consideradas como los verdaderos palacios de la democracia, y los días más solemnes de la vida nacional serían el de las elecciones, en que el pueblo, por la papeleta de voto, ejerce actos de ciudadano y participa realmente de la Soberanía, y el día de Pascua, en que el pueblo, por la Hostia consagrada, hace actos de cristiano y participa sobrenaturalmente de la Divinidad. La papeleta del voto y la Hostia consagrada son los dos medios por los cuales el pueblo sube al trono coma un rey y al altar como un Dios. El sufragio universal y la comunión general de Pascua son las dos instituciones eminentemente democráticas; la una hace accesible al pueblo la soberanía, la otra le vuelve accesible a la misma Divinidad.” Yo no' conozco un tipo más característico de esas aproximaciones blasfemas que Pío X reprochaba al Sillón más adelante. Desgraciadamente, me sería muy fácil encontrar proposiciones tan erróneas y condenables en muchos teorizantes y políticos de nuestros días y hasta en plumas que debían ser más prudentes. La profunda ignorancia en materias de sociología que el clero tolera o mantiene entre los fieles y que hasta comparte con ellos frecuentemente, permite tal vez conceder algunas circunstancias atenuantes a las extravagancias de cabezas impulsivas o descentradas, aunque no por eso son menos peligrosas. Pero mucho más culpables y temibles aparecen las confusiones que siembran y se esfuerzan por crear y establecer hombres que ostentan el título de católicos y que, con gran refuerzo de sofismas y de aserciones temerarias, procuran engañar sobre la significación real y el: alcance de los dogmas del 89 y los presentan con un aspecto aceptable y hasta atrayente. Estos no merecen excusas, porque deben saber a qué criminal trabajo les empuja su interés personal y en qué atmósfera de constante hipocresía se han condenado a evolucionar. Esta duplicidad fué puesta de manifiesto en una circunstancia que se hizo célebre.
Cuando León XIII, con vacilación, con pesar y rodeando su concesión de restricciones y de condiciones rigurosas, toleró q\ie se utilizara el término Democracia cristiana en la estricta acepción de “una bienhechora acción cristiana entre el pueblo”, prohibiendo que se le hiciera desviar en sentido político, un estremecimiento de júbilo sacudió a nuestros sicofantes, que olvidaron, por un instante, su habitual simulación, y en el paroxismo de un insolente triunfo exclamaron: “Le hemos hecho tragar la palabra, y le haremos tragar la cosa”. Y sin preocuparse lo más mínimo del mundo de prescripciones pontificias, se ingeniaron, como se ha dicho en sentido espiritual, por hacer de la fórmula una unión contra natura de palabras en las que el sustantivo devora inmediatamente a su adjetivo. Inútil es decir por qué no podia realizarse su injuriosa esperanza, pero sólo esta exposición permite comprender el triste fondo de las almas. Una segunda experiencia, no menos concluyente, resulta de la acogida hecha al Mensaje de Navidad de 1944, del Papa Pío XII. El Soberano Pontífice había llevado la condescendencia y el espíritu de conciliación hasta conceder, como lo habían hecho antes que él ciertos teólogos, el empleo de la palabra Democracia hasta en el sentido político, pero siempre, bien entendido, con obligaciones expresas, no permitiendo confundir lo que él llamaba la “verdadera” democracia, es decir un régimen popular respetuoso de la verdadera religión, de la moral, de la autoridad, de la jerarquía y de las desigualdades necesarias, con la “falsa” democracia, o sea, la herejía revolucionaria de la Soberanía absoluta del Pueblo y el pecado de Liberalismo. Con esta extrema tolerancia esperaba el Papa, tal vez, amansar a la fiera, pero pronto debió perder esta ilusión. Como la primera vez, pero con más insolencia aún, el animal respondió con un amenazador crujido de sus mandíbulas. Unos meses más tarde, la nueva Constitución francesa, no contenta con “reafirmar solemnemente” sin modificar nada, la Declaración de los Derechos del 1791, estimó conveniente el precisar, con mayor fuerza aún, su incompatibilidad con el dogma católico, en su artículo I, que estipula que Francia es una República laica y democrática, y el III, aún más sumario y brutal que las formas revolucionarias, en cuyos términos “la Soberanía pertenece a la Nación”.
La O. N. U., por su parte, proclamaba en su propia declaración de los Derechos del Hombre, votada en la sesión del palacio de Chaillot, en Septiembre de 1948, que “la voluntad del Pueblo es el fundamento de la autoridad de los poderes públicos”. Desde entonces no hay escapada ni conciliación posible, pues bien evidente es que se trata de la Soberanía inmediata, de la Soberanía propiedad del pueblo, de la Soberanía condenada. La blasfemia se hace patente o irrecusable en su grosería, y la oposición se afirma irreductible con la doctrina tantas veces expuesta en las recientes Encíclicas: toda teoría según la cual la autoridad pertenece a un hombre a un grupo o a fortiori al Pueblo entero, y que se funda únicamente a gusto del número, es, incontestablemente, de inspiración diabólica, puesto que desprecia la Revelación y pervierte la misma noción del Poder. Esta fué la respuesta de los lugartenientes del Diablo al Vicario de Dios, y yo no he oído decir que los demócratas crisianos hayan rehusado asociarse a ella y hayan boicoteado una Constitución y unas declaraciones que por sólo este hecho debieran parecer- les radicalmente inaceptables desde el punto de vista religioso. Al contrario, no han cesado de participar en el ejercicio de un poder así viciado esencial y originalmente. No podía esperarse otra actitud de parte de los revolucionarios auténticos. El enemigo es irreductible e intransigente en la adhesión a los dogmas del 89. Es la piedra de toque para él, y nunca escogerá entre los suyos a quienes no hayan suscrito expresamente esta profesión de fe y dado pruebas decisivas de su obediencia. Permítame aquí una comparación un poco escatalógica, de la que le ruego me excuse, pero que emplearé, porque es enteramente evocadora. Los demonólogos nos cuentan, como usted sabe, que en algunas ceremonias del culto antiguo luciferino, y tal vez en nuestros tiempos, se imponía al neófito una prueba repugnante: Para demostrar la sinceridad de su adhesión y obtener su iniciación, tenía que besar... el revés del Diablo, es decir, en realidad, de un macho cabrío, que estaba reputado como la encarnación de Satanás. Pues bien, este rito obsceno no ha desaparecido, sólo se ha transformado. Hoy en día, para atraerse a la potencia infernal y beneficiares de su protección y de las ventajas materiales de las que, en apariencia, es una generosa dispensadora, es necesario un gesto análogo con la Declaración de los Derechos del Hombre, y suscribir el concepto revolucionario, no de un modo vago y formularia sino muy expresamente en lo que una y’ otro tienen de herético e inadmisible En una palabra, hay que optar sin reticencias por lo que Pío XII llamaba la “falsa” democracia, que es, precisamente, la que los revolucionarios llaman la “verdadera”, y hay que repudiar la que el Papa califica de verdadera, que, para ellos, es la falsa. Inextricable embrollo en el lenguaje, pero el fondo permanece claro y cierto. Fuerza es romper con la doctrina católica acerca de puntos capitales, si se quiere ser consagrado como perfecto demócrata por los doctores de la Contra-Iglesia. “Ningún católico, a menos que sea un mal católico, puede reconocer y admitir los Derechos del Hombre”, escribía firmemente M. Alberto Bayet. Conclusión: para ser buen demócrata hay que ser mal católico. Por una falta de lógica que puede tener algunas consecuencias personales felices, pero que permanece absolutamente incomprensible desde el punto de vista psicológico, algunos de estos hombres, a quienes su ambición o el extravío de su inteligencia conducen a desencaminarse en un engranaje herético, pretendían, sin embargo, no romper con la fe cristiana. Persisten en engancharse a la vez en las dos doctrinas rivales y, asintiendo a las prendas de fidelidad que reclama el Diablo, se jactan de no malquistarse con Dios. La caridad nos prohíbe sospechar sus intenciones y sondear el misterio de esas actitudes contradictorias y acusarles sin pruebas indudables de traición deliberada; pero la evidencia nos da derecho a decir que toda pasa como si se obstinaran en permanecer en la Iglesia sólo para favorecer las infiltraciones del enemigo y entregarle, poco a poco, las posiciones que están encargados de defender. Son, al menos, desertores virtuales y renegados en potencia. Algunos han llevado su evolución hasta el final, y han reconocido implícitamente, o hasta con cinismo, que ella les conducía fuera de la Iglesia. No quiero citar los nombres, demasiado numerosos, que surgen en mi memoria, pero usted estará pensando también, con seguridad, en esos sacerdotes desviados, en esos antiguos presidentes militantes de la Juventud Católica que han formado en las filas de los demócratas ortodoxos para hacer entre ellos una muy “laica” y fructífera carrera. Por la ostensible lección que se desprende de ella, no haré mención más que de la cínica declaración del ciudadano Flori- mond Bonte, uno de los jefes comunistas más notorios, en una reunión del Partido Demócrata Popular, en Lille, el 10 de Abril de 1927: “En cuanto a vosotros, demócratas cristianos, no os combatimos; nos sois demasiado útiles. Si queréis saber qué tarea estáis cumpliendo, miradme a mí. He salido de entre vosotros; después he ido hasta la conclusión lógica de los principios que me habéis enseñado. Gracias a vosotros, el comunismo penetra donde no permitiríais entrar a sus hombres; en vuestros patronatos, en vuestras escuelas, en vuestros círculos de estudio y en vuestros sindicatos. Trabajad mucho, demócratas cristianos, que todo lo que hagáis por vosotros lo haréis por la Revolución comunista.” Quiero creer que estas felicitaciones, como latigazos, y estos irónicos estímulos, han detenido a algunos demócratas cristianos en la pendiente resbaladiza en que se habían colocado. Vale cien veces más la brutal franqueza de un Florimond Bonte, que no dar lugar a ambigüedades, que el equivoco sostenido cuidadosamente por los que no se deciden a optar y quieren tener un pie en cada campo. Desgraciadamente, son cada vez más numerosos los hombres que fustigaba León XIII en las Encíclicas Sapientiae christianae, Etsi nos e Immortale Dei, con un vigor de expresión bastante raro en los documentos pontificios. Los acusaba de vivir “como cobardes”, practicando frente al adversario una política “de excesiva indulgencia” o de “disimulo pernicioso”. Una vez más resultaron ineficaces esos reproches y esas exhortaciones. Ha llegado a ser espectáculo normal el ver a íefes que no se atreven a hablar con energía y claridad, que se resguardan detrás de anfibologías; se esfuerzan en dar consignas ambiguas y vagas, para no comprometerse, e invocando consideraciones de oportunidad y de prudencia (esta prudencia que nos mata, decía el Cardenal Pie), se agotan en maniobras complicadas y en retiradas estratégicas para evitar el combate. Nada más desmoralizador y de consecuencias más desastrosas para las masas poco advertidas que estas sospechosas evoluciones. Los escasos elementos un poco reflexivos que en ellas se encuentran, no comprenden que se les prediquen sucesivamente, y siempre en nombre de un deber superior, órdenes irreconciliables. El sentido común y la lógica quedan derrotados. ¿Cómo quiere usted que compaginen las prescripciones pontificias, cuando las conocen, con los compromisos electorales? ¿Cómo van a acomodar, por ejemplo, la expresa condenación formulada por el Sy- llabus contra la afirmación de que la autoridad es, sencillamente, la suma de las voluntades del Número, con las protestas rituales de veneración, de confianza, de sumisión, que multiplican los mismos “candidatos buenos” respecto al sufragio universal? ¿Cómo, con el lenguaje de ese leader contemporáneo que, afirmando que es católico, y sin suscitar las censuras, o al menos, la desaprobación de la jerarquía eclesiástica, puede declarar: “En el manantial legítimo, es decir, en el voto del Pueblo es donde hay que sacar con urgencia la autoridad necesaria a los poderes de la República, porque el sufragio universal es el dueño y señor de todos nosotros? Aturdidos y desorientados por las timideces, compromisos y contradicciones de los unos; por las afirmaciones heterodoxas, pero no oficialmente reprobadas, de los otros, contaminados por los malos ejemplos y la ambición, acaban algunos por caer en el escepticismo, sin escuchar más que las sugestiones del interés personal. Otros, más numerosos, dejan coexistir, mezclados y sin procurar ponerlos de acuerdo en la penumbra de su inteligencia, nociones buenas y malas, exactas o falaces, aunque las primeras pierden pronto su claridad y ascendiente por efecto de esa vecindad. También en ellos se embota la rectitud natural de la conciencia, y se desvanece el imperio de la verdad, de manera que, conforme a las previsiones de León XIII, el ejército cristiano pierde su cohesión, la confianza en sí mismo y su fuerza. Embarazado por elementos que practican corrientemente tratos ocultos con el enemigo, y hasta por renegados expertos en traiciones, sus tropas han llegado a dudar de la justicia de su causa y a dejarse seducir por los principios que iban a combatir reunidas. Aún parecen numerosas, pero su corrupción está muy avanzada y, en parte, se hallan ya maduras para la deserción. El abate Multi parece deshecho por la fatiga. Se detiene unos momentos y reanuda con esfuerzo: —He expuesto a usted los puntos que me parecen esenciales en el asunto, y espero haberle hecho compartir mi profunda convicción. En verdad, en verdad, vuelvo a decirlo, me parece imposible que la malicia natural de los hombres pueda ella sola ser la fuente de todos esos fenómenos aterradores. No es capaz de desencadenarlos y, sobre todo, de asegurar su dirección única, su coordinación y su síntesis. Es preciso que esté atizada, sistematizada, azuzada, en su eficiencia, por la acción lúcida de ese maestro del mal a quien, como a él mismo dijo Jesucristo cuando la tentación en el desierto, se ha dado todo poder en el mundo (1). Nunca ha sido esta dominación más real y más desconocida, a la vez. ¡Aih, si supiésemos atravesar la corteza de las cosas! ¡Si tuviéramos la clarividencia sobrenatural de Sor Catalina Emmerich, que, en sus visiones de la Pasión, discernía bajo formas palpables a los espíritus infernales que salían del cuerpo de los actores y de los testigos del sombrío drama y excitaban a los verdugos en su fero'z trabajo! ¡Qué espanto sería el nuestro, si viésemos enjambres de demonios salir de los textos de las Declaraciones y de las Constituciones heréticas o ateas
 

(1) S. Lucas, IV, 6 (N . del T.). 195
 

que nos rigen y que creemos, neciamente, capaces de salvaguardar nuestros derechos; de los artículos de leyes infames; de los propósitos mentirosos de los políticos; de los carteles y urnas electorales; si los viéramos frecuentar, en masa, las asambleas parlamentarias y las conferencias internacionales; pulular entre nuestros propios partidarios, nuestros pretendidos defensores y sus jefes; si los contempláramos cuando pervierten, embrutecen y envilecen, de mil maneras, los espíritus, las almas de nuestros contemporáneos y los empujan, estimulando su miserable vanidad, hacia esos caminos de perdición que no conducen más que a las disensiones, a las luchas, a las guerras civiles y a las catástrofes! ¡Qué justificado terror nos asaltaría al oír a la legión satánica repitiendo por todos ios punto del globo, y casi a cada uno de nosotros, el “Si cadens adoraveris me...”, y obtener, en efecto, el homenaje feudatario de una multitud, cada vez más numerosa! ¡Qué angustia el ver prepararse el advenimiento de esta era de castigo y de furor cuyos principios colocaba la vidente de Dulmen (1) “cincuenta o sesenta años antes del año
 

(1) La misma Sor Ana Catalina Emmerich cjue nació en Flam sk (Wesffali) en 17 7 4 , y murió en Dúlmen de la misma provincia prusiana en 18 24 . (N . del T.).
 
dos mil”, fecha en la que debe ser roto el sello del abismo y desencadenado sobre el universo el mismo Satanás! Hora et potestas te- nebrarum. ¿Quién podrá evitar un estremecimiento de ansiedad al relacionar los acontecimientos que, precisamente desde hace algunos años, sumen los espíritus en la noche de una expectativa llena de terror y estallan sobre el mundo con la violencia y la amplitud de una catástrofe apocalíptica? El* abate se detiene de nuevo un momento, y con tono más sordo continúa: —Pero hasta los mejores tienen cerrados los ojos, como los apóstoles en Getsemaní. ¿Qué cataclismo será necesario para abrírselos, puesto que dos advertencias terribles y próximas no* han sido bastante para despertarlos y volverlos a la conciencia del mal y a la inminencia del riesgo? Esta torpeza frente al peligro y esos perezosos ensayos de transacción con el enemigo son los que me hielan de terror, casi estoy tentado a decir que me desesperan, porque la amenaza se aproxima y estamos expuestos a que el ciclón nos lleve a todos, inocentes y criminales, envueltos en el mismo torbellino. Si la fe nos revela la comunión de los santos
y la reversibilidad de los méritos, la inversa es también verdadera, y podemos comprobar todos los días la comumon de los culpables bajo la égida de Satanás y la reversibilidad de las faltas. Lo mismo que el agua aspirada por el sol en los océanos y en los ríos vuelve a caer sobre la tierra en forma de Lluvia y de nieve, así caen los errores, las equivocaciones y las iniquidades en forma material de explosivos y de ruinas, no sólo sobre quienes los cometen, sino también sobre los que los toleran. Y ha habido tanta maldad desde el advenimiento y difusión de los principios de la Soberanía popular y la democracia, que las repercusiones se hacen, fatalmente, cada vez más extensas, multiplicadas y crueles. Si continuamos por el mismo camino, el castigo no puede dejar de precipitarse y aumentarse todavía más. Las perspectivas que se abren ante nosotros son de espanto: un porvenir de azotes inauditos para el mundo, para Francia, para cada uno de nosotros, porque, en ei orden moral es tan verdadero como en el físico, que nada se crea ni se destruye, y nuestro instinto infalible de justicia nos obliga a creer que las faltas y las perversiones deben ser castigadas. Por eso se impone la necesidad de
otra vida para los individuos; pero, como otra vida no puede ser para las comunidades y las naciones, es en el tiempo donde deben pagar sus deudas, y el castigo caerá, ineludiblemente, con todo su peso, sobre los que vivan en los días de la gran cólera, los cuales no están muy alejados. Tal vez seamos nosotros, o nuestros próximos descendientes, aunque no hayan faltado personalmente, como tantos desgraciados que sin tener nada que reprocharlos, agonizaron en los campos de concentración nazis. Pero, en el fondo, ¿quién no es culpable en nuestra afrentosa época? ¿Quién es el que no tiene que acusarse de no apresurar o agravar, al menos, por complicidad o por inercia, la gran calamidad que ha de venir? Por eso ¡qué grande debiera ser nuestra alarma cuando vemos a la Patria hundirse en el mal, cada vez más, y aumentar el pasivo de iniquidad que tarde o temprano habrá que saldar! Ya pagó Francia con la Revolución las debilidades y prevaricaciones de la Monarquía, pero como no lo comprendió, paga al presente, después de siglo y medio, con una progresiva decadencia y repetidas carnicerías, los crímenes y saturnales revolucionarios. Y como sigue sin comprender y sin arrepentirse y sumergiéndose cada día más profundamente en sus errores y en sus vicios, es preciso pensar que la mano de hierro y de fuego caerá más pesada sobre nosotros. Las calamidades de 1914-1918 no produjeron más que una mejoría muy limitada y e- fimera. Las de 1939-1945 han dado ocasión a nuevas caídas y nuevas iniquidades; a las infamias monstruosas de la “Depuración” y a la vuelta a instituciones absurdas e imoías. Cualquiera que tenga ojos ve que la empresa diabólica no cesa de extenderse y de consolidarse sobre el mundo, y que todo se encuentra transtornado, no sólo en los hechos, sino hasta en la razón de los hombres. La perturbación es tan grande, que el desorden fundamental toma figura de orden; la regla parece anomalía, y la falsedad más evidente está considerada como digna de fe. Y eso sucede hasta el extremo de que los que se esfuerzan por restaurar las sociedades sobre bases verdaderas se ven forzados a levantarse contra la disciplina formal; :a turbar la armonía consagrada de la organización oficial, y a desencadenar la guerra para restablecer las condiciones sólidas de la paz. Por eso son flagelados con el epíteto de anarquistas por Los anarquistas reales insta- lacios en el gobierno; denunciados como sediciosos por los sediciosos que tienen los poderes públicos; perseguidos con todas las sanciones legales como perturbadores del orden por los factores del desorden disfrazados hipócritamente en defensores de!, bien común, y ven levantarse contra ellos, en un concierto de anatemas, a la ciega rutina y al conformismo perezoso de aquellos en defensa de los cuales se sacrificaron, porque el Maestro* del error quita a los hombres, cada vez más, el discernimiento y Ja prudencia. San Juan nos muestra al maldito abriendo el pozo del Caos, del Contra-Ser y “subió de allí un humo semejante al de un gran horno”, que hunde a los humanos en la incoherencia y los entrega a sus impulsos malsanos (1). Tan pronto excita su inteligencia y los dirige por ciertos caminos brillantes hacia perspectivas espectaculares y éxitos embriagadores, y como esto es lo más corriente, los embota sumergiéndolos en ese embrutecimiento pretencioso que caracteriza a las
 

(x) Las palabras textuales son del Apocalipsis, IX, a. En el ver- sículo I se habla de una estrella del cielo caída en la t i e r r a a qulen se dió la llave del poro del abismo. Las palabras Caos, Maldito y Contra-Ser son del autor. (N. del T.).
 

muchedumbres contemporáneas haciendo pulular esa especie afrentosa de los “gloriosos idiotas” que nos describe Blanc de Saint-Bon- net. Pero siempre extingue en ellos la verdadera luz del alma con la noción de las relaciones de las cosas, de la justicia y del verdadero fin. De suerte que no se los ve correr, agitados, orgullosos y desabridos, hacia un mal que juzgan su bien; empeorar los sufrimientos que pretendían curar; transformar los progresos que realizan en nuevos factores de miseria, en nuevos medios de destrucción, y provocar el desastre fatal que no se atreven a jactarse de evitar. ¿Cómo prevenir, Señor, los dardos de vuestra justa cólera y desarmaros antes de que sea demasiado tarde? ¿Qué camino de salvación señalar entre los malvados que son activos, astutos, ávidos e inspirados por un espíritu tan perspicaz como malhechor; la masa de los necios, de los locos, de los imbéciles, orgullosos de una ceguera que llaman lucidez, y de una pusilanimidad que bautizan con el nombre de prudencia, y el corto número de los buenos que, a veces, son tontos que no comprenden que la lucha está empeñada; que se dejan engañar por los prestigios demoníacos; que sueñan diplomacia, arreglos y desarme, cuando sería necesario un poderoso arsenal de guerra, una revolución viril y una valentía indefectible para reparar Jas derrotas sufridas; reanudar la ofensiva, y rechazar los ataques de dentro y de fuera? Mira, Señor, que las sombras aumentan, mientras veo cómo se disminuye el número y cede el valor de los que combaten, y mira también que, para colimo de desdichas, la edad y las circunstancias han hecho caer de mis manos las armas mejores en este combate decisivo y supremo. Ya sólo puedo orar, como Moisés, sobre la montaña, con los brazos extendidos, por el éxito, bien comprometido, de nuestros soldados. Pero mis miembros se paralizan sin que nadie se presente a ayudarme y reemplazarme. Mira que las almas, por falta de avisos bastante enérgicos y frecuentes, caen en un letargo mortal, y. poco a poco, se deslizan hasta el abismo sin que mis débiles clamores consigan ponerles en guardia, sin que llegue a persuadir a sus pastores que sacudan su engañosa quietud y reúnan al rebaño, que se disemina y rueda hacia el precipicio. La voz del sacerdote se debilita por momentos, y acabó por extinguirse del todo, mientras el crepúsculo, como anticipación de las tinieblas, cuya proximidad anunciaba, sumía lentamente la estancia en creciente oscuridad. Me levanto sin hacer ruido, sobrecogido de emoción por sus lamentos, y me dirijo discretamente a la puerta, porque he visto que, acodado sobre la mesa, sumergido en una dolorosa meditación y cubierto el rostro con sus manos temblorosas, el abate Multi estaba llorando... Pero, al oír el ruido del pestillo, se levanta, se lanza hacia mí y, cogiéndome por el brazo, me dice: —No, no me escuche usted, y perdóneme por haberle dado el espectáculo de mi debilidad. Me desplomo como un cobarde ante la perspectiva de la prueba inminente. Hace mucho, sin embargo, que nos está anunciada. Recuerde usted que San Pablo escribe: “...vendrá un tiempo en que los hombres no tolerarán la sana doctrina, sino que acudirá a doctores según sus deseos, para calmar la comezón de sus oídos, y los cerrarán a la verdad aplicándolos a las fábulas’-’ (1). San Gregorio Magno completa esta advertencia previniéndonos de que en los últimos tiempos los cristianos, obedeciendo a una falsa política, se callarán ante las violaciones
 

(1) II Ep. a Tim., IV , 3 -4 . (N . del T.). 204
 

de las leyes divinas y humanas; predicarán la prudencia y la política mundana y pervertirán con sus sofismas y facundia el espíritu de los fieles”. Pero ni lo uno ni lo otro nos autOTiza para ceder ante el abatimiento. Hasta cuando nos predica la calamidad nos prescribe el Apóstol tocar a alarma a tiempo y contratiempo; “Praedica verbum, insta opportune, importune, argüe, obsecra, increpa in omni patientia et doctrina” (1). Orden que Santo Tomás repite y confirma al escribir: "Veritas semper dicenda est, máxime ubi pericu- lum immine t”. Ninguno de nosotros tiene derecho a retirarse bajq su tienda, y aunque hubiera que caer sobre la brecha, debe decirse que, tal vez, él es la unidad que completará el número de justos necesario para salvar la Ciudad criminal y la Comunidad corrompida. Estas voces tan altas son las que hay que escuchar, y no las de un desaliento pasajero. Olvídelo, querido amigo, y para humillarme como merezco, medite usted, antes bien, la divisa de un príncipe protestante que puede darnos a los católicos, demasiado temerosos y
 

(1) II Ep. a Tim., IV, a. (N. del T.)205
 

flojos, una lección de ese aguante y esa energía que dan la victoria: “No hay que esperar para emprender ni tener buen éxito para perseverar”. Y recuerde usted, en fin, para sostener la esperanza y el valor necesarios en las luchas decisivas que se preparan, que, si “la Bestia ha de subir del abismo”, como lo vemos en nuestros días, tiene también, cuando nuestro valor haya conseguido el fin de la prueba, que “irse de aquí a la perdición”.
L A U S   D E O

8-SATAN EN LA CIUDAD MARCEL DE LA B'IGNE




 SATAN EN LA CIUDAD
POR MARCEL DE LA B'IGNE
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SEPTIMA VELADA

 —Usted tiene la culpa de que yo esté lleno de pesadillas durante las noches por haber orientado mis ideas, hace una semana, hacia las manifestaciones del Satanismo en las Sociedades contemporáneas, me reprocha amigablemente el abate Multi, al abrirme la puerta de su casa; y añade con tristeza: Aún no hemos terminado y, casualmente, la jornada de esta noche va a ser la peor de recorrer. Permanece afable y cortés, pero noto que, en el fondo, está nervioso e irritable, y me digo para mis adentros que lo más acertado es abstenerse hoy de toda contradicción y dejarle transformar el diálogo en soliloquio, como es su tendencia habitual. Hojea sus fichas y empieza: —No tengo necesidad de repetir todas las reiteradas condenaciones pontificias que han atacado a la diabólica doctrina de la Revelación y, muy especialmente, a los dos errores democráticos fundamentales sobre los que acabamos de insistir. Sin embargo, no es su- perfluo el recordar alguna, entre Jas más explícitas, ya que la táctica constante de nuestros adversarios es la de echar sobre ellos el velo del silencio. Nunca hablan de esto ni jamás hacen aLusión esperando hacerles caer en el olvido, gracias a este mutismo. Esta estrategia na parece mala, pues ha contribuido a desarrollar la asombrosa ignorancia de la casi totalidad de Jos católicos contemporáneos. 
Hay que reconocer, desgraciadamente, que por timidez, inconsciencia y por dejarse llevar, muchas personas de recta intención, pero de inteligencia poco cultivada y formación religiosa demasiado rudimen* taria, cooperan a este modo de echar tierra sobre el asunto y hacen juego al Diablo sin sospecharlo. Por eso prefiero volver, hasta sobre hechos que debieran ser conocidos por todos los fieles, sin excepción. Ya sabe usted que las advertencias solemnes y apremiantes no han faltado. Le he citado las primeras reacciones de Pío VI, y recuerde la Encíclica Mirari vos, de Gregorio XVI, en 1832, contra Lamennais y la escuela de L‘Avenir, que es la primera admonición dirigida contra el Liberalismo (1). Pió IX continuó desarrollando sin descanso las condenaciones promulgadas por su predecesor, y se dedicó especialmente a perseguir a Satanás a través de todos los disfraces, más o menos ingeniosos, de que habia podido revestirse sucesivamente el infernal Frégoli (2): Naturalismo, Racionalismo, Indiferentismo, Latitudinarismo, Americanismo, Liberalismo, propiamente dicho, fueron desenmascarados y estigmatizados, y el Papa llevó su solicitud hasta añadir a la Encíclica Quanta cura, para mayor claridad y comodidad, ese catálogo llamado Sylabus, en el cual enumera 80 proposiciones tachadas de herejías o de graves errores, visados por actos pontificios anteriores. Señalemos, solamente para nuestro fin, la proposición condenada en el número 60: “La autoridad no es otra cosa más que la suma del número y de las fuerzas materiales.” Ahí se encuentra directamente condenada la So
 

(1) Lamennais fundó el periódico L ‘A venir en Octubre de: 1830. Con él colaboraron, al principio; sus discípulos Lacordare y Monta lembert que le abandonaron en cuanto empezaron los extravíos doctrinales del desgraciado abate. (N. del T.). (2) Los lectores que no sean muy jóvenes recordarán Haber visto en nuestros teatros a este famoso transformista italiano. (N. del l.j.
 


beranía del Pueblo en su aspecto práctico de sufragio universal—ese sufragio que el Papa calificaba de “mentira universal"—, el cual está destinado, evidentemente, a establecer y a consagrar la autoridad absoluta del número. De la misma manera está condenada la 80 y última proposición: “El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, al liberalismo y la civilización moderna.” La forma general y absoluta en que está redactada fué escogida, sin duda, para impresionar los espíritus y obligarlos a reflexionar, pues no hay que decir que el Papa no condena, en el progreso y civilización moderna, las conquistas de la ciencia, sino solamente la concepción material y anticristiana según la cual se las pretende utilizar. Por otra parte, la Encíclica Quanta cura estigmatiza formalmente la aserción en virtud de la cual “la voluntad del Pueblo manifestada por lo que algunos llaman opinión pública o de cualquier otra manera, constituiría la ley suprema, con independencia de todo derecho divino o humano”. Pío IX cuidó especialmente de descubrir y frustrar los esfuerzos y engaños de esos espíritus enamorados de la conciliación a cualquier precio que sueñan con la unión, contra ¡natura, entre el sí y el no, y se empeñan en establecer un acuerdo aparente entre la herejía y la ortodoxia. Por eso se levantó explícitamente contra el híbrido sistema bautizado por sus protagonistas con el nombre de Liberalismo católico; ve en él la más audaz y descarada de las astucias diabólicas, y no se priva de decirlo con insistencia. Por ejemplo, al recibir una delegación francesa, con motivo del 25 aniversario de su pontificado, denuncia abiertamente “la mezcla de principios” opuestos que tales y tales se obstinan en realizar, y no duda en decir, con íorma ruda como un latigazo, que no es habitual en él: “Hay en Francia un mal más reprobable que la Revolución y que todos los miserables de la Commune, especie de demonios salidos del infierno, y es el Liberalismo católico. Lo he dicho más de cuarenta veces y lo repito por razón del amor que os profeso.” Mas, he aquí que sube a la cátedra de San Pedro un Papa reputado como más politicante que zelfmte, y los espíritus de tendencia liberal sienten renacer sus esperanzas de combinazioni, y los anticlericales se hacen la ilusión de manejar al nuevo Pontífice. Gam- betta, que le juzga “aún más diplomático que sacerdote” y que la califica de “oportunista sagrado”, prevé ya la eventualidad de una “unión de razón” entre la Democracia y la Iglesia. Inútil espera. León XIII demostrará en su doctrina el mismo rigor que su antecesor. En la Encíclica Insrutabili Dei, donde reitera expresamente las condenaciones llevadas a cabo por Pío IX y confirma el Syllabus, reprocha a los partidarios del dogma revolucionario de haber eliminado a Dios “por una impiedad muy nueva que los mismos paganos no han conocido”, y de “haber proclamado que la autoTidad pública no tomaba de El su principio, su majestad y la fuerza para mandar, sino de la multitud del pueblo, la cual, creyéndose desligada de toda sanción divina, no ha soportado el estar sometida a otras leyes más que a las que ella habría promulgado conforme a sus caprichos”. En la Encíclica Immórtale Dei, que también se refiere al Syllabus, declara que “la soberanía popular que, sin tener a Dios en cuenta, dice residir en el pueblo por derecha natural” y los otros principios revolucionarios de Libertad y de Igualdad, constituyen doctrinas “que la razón humana reprueba” y que la Santa Sede no ha tolerado nunca ver- emitidas impunemente. En la Encíclica Diuturnum illud insiste de nuevo: Al hacer depender el poder público de la voluntad—perpetuamente revocable—del pueblo, se comete, primero, un error de principio, y, además, no se da a la autoridad más que un fundamento frágil y sin consistencia”. Y añade aún: “De la herejías (de la Reforma) es de donde nacieron el derecho moderno, la Soberanía del Pueblo y esta licencia sin freno fuera de la cual no saben muchos ver la verdadera libertad”. La Encíclica Humanum genus opone a la trilogía revolucionaria, estigmatizándola una vez más, la noción cristiana de la Libertad, Igualdad y Fraternidad, y la Encíclica Libertas prdestantissimus renueva explícitamente la censura contra la teoría según la cual el origen de la comunidad civil debe buscarse en la libre voluntad de cada uno y “el poder público emana de la multitud como de su fuente primera”, y tan bien, que el ex abate Charbonnel se lamenta de que “jamás ningún Papa haya anatematizado tanto las teorías democráticas y revolucionarias como León XIII, Papa liberal”. Otros veinte textos podrían añadirse a éstos, si fuera preciso, del mismo León XIII y de sus sucesores. Hagamos notar solamente que Pío X, en la Carta Notre charge apostotique sobre el Sillón, califica de “ideal condenado” la doctrina que “coloca la autoridad en ei Pueblo”; pretenden realizar la nivelación de las clases, y quiere que “la autoridad suba de abajo para ir hacia lo alto’7. “El Sillón, dice, se imagina un género de Democracia cuyas doctrinas son erróneas” (1). El Papa prohibe “hacer entre el Evangelio y la revolución aproximaciones blasfemas”, del tipo de las que citaré en seguida algunos ejemplos. La Encíclica contra el Modernismo ataca a la. última transformación de este Liberalismo que poco después nos mostraría Pío XI “abriendo el camino al Comunismo ateo”. Y si Pío XII, como antes León XIII, se presta, según luego veremos, a ciertas concesiones de vocabulario, no cede ni una jota, muy al contrario, en cuestión de principios, y frente a las concesiones revolucionarias toma exac


(1) Mar Sangnier fundó en Francia con mucho éxito, en 1894 la asociación de jóvenes católicos, principalmente, llamada Le Sillón (El Surco). Recta intención y sincero entusiasmo, pero falta de principios seguros y estables. Tendencias políticas peligrosas; iniciaciones místicas en la Iglesia y defensa de la secularización de la democracia; afición a novedades, hasta tratar con protestantes y manifestar simpatía por los anarquistas rusos, el Sillón sufrió el desvío del Episcopado francés y de la Santa Sede primero, y la solemne condenación el 33 de Agosto de 19 10 . Sangnier y la mayor parte de sus compañeros se sometieron al fallo de la autoridad de la Iglesia. (N . del T.)
 
tamente la actitud de los anteriores Pontífices. No, hay que perder toda esperanza de ver nunca a la Santa Sede volverse atrás de una doctrina tan minuciosamente definida y tan expresamente promulgada. Entra en el tesoro riquísimo de las verdades adquiridas, y no sería posible atenuarla o modificarla sin renegar de la tradición apostólica y consumar la más estrepitosa de las quiebras morales. Podría creerse que con estos reiterados golpes la Bestia democrática, por volver a la imagen de San Juan, había quedado herida de muerte y, en efecto, si las instrucciones dadas por la Santa Sede hubiesen sido observadas, la ofensiva diabólica hubiera tenido que reconocerse vencida; pero, naturalmente, Satanás se ingenió para detener la acción dirigida contra él. Su estrategia ha sido sumamente hábil, como era de suponer, y le ha permitido reparar sus pérdidas y llegar más allá. Por una parte, retirada táctica y resistencia silenciosa; por otra, recurso a la mentira en grandes dosis, mentira cínica o sutil», descarada o suavizada; mentira universal erigida en regla de vida polítcia y en el sistema de organización social. En lugar de movilizar en seguida todas sus fuerzas y suscitar una rebelión genera) con gran estrépito; en vez de lanzarse inmediatamente a un combate decisivo de conjunto en el que hubiera corrido grave riesgo de ser vencido por completo, como en su primera rebelión, Satanás prefirió establecer una resistencia elástica y pasiva, limitando la oposición abiera a algunas manifestaciones esporádicas, suficientes para mantener Jos dogmas destructores, pero no lo bastante graves, en apariencia, como para hacer presagiar una gran disgregación. En la mayor parte de los casos, Satanás encaja los golpes en silencio y sin protestas. Por eso, cuando la Santa Sede fulmina las condenaciones de las que he citado a usted algunos ejemplos, halla casi siempre, una obediencia aparente, pero superficial y floja, sin adhesión verdaderamente filial y profunda; un eco dócil al exterior, pero no una colaboración real de los espíritus y de los cuerpos, y, con frecuencia, sus admoniciones han sido recibidas con “el alma fugitiva”, como diagnosticaba Pío X por algunos elementos del Sillón. Se acataba con las formas, manifestando, si era preciso, discretas reservas más o menos respetuosas, una especie de escepticismo con tinte de conmiseración por la intransigencia y torpeza de la Santa Sede o de simpatía respecto a sus víctimas, y una esperanza, apenas declarada, en posibles desquites para el porvenir, y se continuaba profesando, in petto, de modo más o menos explícito, el error censurado invocando las necesidades de oportunidad y las exigencias de la hipótesis. No se organizaba contra él la lucha paciente, tenaz, con sanciones adecuadas y con la vigilancia ininterrumpida que hubiera sido indispensable, de manera que con el olvido, que llegaba pronto, la doctrina condenada recuperaba su vigor poco a poco, reclutaba nuevos partidarios y, rejuvenecida, maquillada, transformada, volvía o ganar terreno. Al cabo de algunos años, la masa, y hasta la mayor parte de los mandos, habían perdido la noción y el recuerdo preciso de las intervenciones pontificias y todo se hallaba como para volver a empezar de nuevo. Gracias a estas hábiles maniobras, el espíritu del Mal ha conseguido espantosos progresos. Sólidamente instalado, ya lo hemos visto, sobre las dos posiciones dominantes de la teoría revolucionaria, la Soberanía popular y el Liberalismo, que la ofensiva papal no ha conseguido desmantelar, a pesar de sus reiterados ataques; manejando, como maestro consumado, el orgullo humano, ha multiplicado sus infiltraciones e invasiones dentro de la organización y la vida sociales con progresos, ya esporádicos, ya indurables. La infestación diabólica se manifiesta y se asegura por todas partes, incesante y multiforme. A los avisados se les descubre por una señal irrecusable, infaliblemente característica “del que es mentiroso desde el principio” porque “no hay verdad en él”. Ya implica disimulo e hipocresía la actitud que hemos descrito ahora, pero este punto de vista parcial debe ser generalizado infinitamente. En efecto, el Príncipe de la bribonería y del fraude ha conseguido hacer reinar en el mundo contemporáneo, hasta un grado anormal, la confusión y la mentira, que es su esencial y más preciso medio de acción. Lo domina con maestría, y Simona Weil tiene razón al señalar, por ejemplo, que, “habiendo Dios producido el bien puro, el Diabla ha mezclado el mal con él, de tal manera, que Dios no pudiera separarlos sino destruyendo los dos... El Demonio es, en verdad, muy poderosa” (1).
 

(1) MMONEWEIL: La ConnaiJiancc surnaturelles, p. 3 7 1 . 152
 
En estas tinieblas, como observa muy bien Blanc de Saint-Bonnet, han desaparecido todas Las bases sólidas de la vida pública, toda la integridad del alma social, y en todas partes han sido reemplazadas por fingimientos. La duplicidad es universal y nos ciega, nos ahoga, nos extravia, pudre y disuelve todos nuestros puntos de apoyo. Nuestra época y nuestro espíritu se hallan tan gangrenadós de la mentira, que contaminan casi indefectiblemente hasta las instituciones y los hombres que quisieran permanecr indemnes, y los llevan, a falta de cosa mejor, a recurrir a la mentira para luchar contra la mentira. Mentira en la filosofía política, que pretende subrepticiamente reemplazar el espíritu por la materia, la cualidad por la cantidad, el Criador por la criatura, la razón por la ciega aritmética. Mentira en el lenguaje político, y especialmente en la jerga parlamentaria, que ha llegado a ser anfibológica y casi hermética, y de la que ni una palabra, como indica acertadamente Péguy, ha conservado1 su significación natural. Mentira en las instituciones políticas edificadas sobre fundamentos inestables y ruino
sos, y mentira en particular, lo hemos visto, en la soberanía del Pueblo, que desfigura la autoridad de la que hace una esclava, y el poder, al cual convierte en un despojo. Mentira en la Justicia, que se convierte en dócil sirvienta de la iniquidad triunfante, sin preocuparse siquiera de la evidencia; se prostituye a los poderosos de la actualidad, y pretende, impasiblemente, transformar la culpabilidad en inocencia, y la inocencia en culpabilidad. Mentira en la policía, que pervierte la moralidad pública que está obligada a defender, y mentira en la represión y en la venganza, que se esconden bajo la máscara de la legalidad y en la sombra de los calabozos. Mentira en la interpretación del bien común y del interés general, que no son invocados más que para servir el interés de los partidos o que se rebajan a un concepto sórdido, groseramente utilitario, que se confunde voluntariamente con el bienestar, las comodidades materiales y las satisfacciones concedidas a los institutos egoístas de las muchedumbres. Mentira en la Ley, que no es racional, impuesta para el bien de todos, sino la simple expresión, camuflada en derecho formal, de la
voluntad del más fuerte, entregándola así a una perpetua inestabilidad y a una injusticia permanente. Mentira en La Libertad, que no se quiere ver como es, a saber, una conquista lenta y penosa y la sublime íacuLtad de ser causa, sino un don gratuito y congénito al que se transforma en proveedora del mal, en disolvente de la autoridad, en negación de la responsabilidad. Mentira en la Igualdad, en cuyo nombre se pretende estúpidamente dar a todos los hombres un estatuto, derechos y satisfacciones uniformes. Mentira en la Fraternidad, que se envanece de hacer inútil la Caridad, y no consigue más que renovar sin interrupción el drama de Caín y AbeL Mentira en La Moral, privada de su base y de su fin, que ha llegado a ser puramente ficticia, y mentira en el himno entonado por doquier a la apoteosis de la persona humana, cuya dignidad nunca ha sido tan desconocida y ultrajada. Mentira en la educación, que es sólo un cebo sin función educadora y cesa, por tanto, de merecer el nombre que se le atribuye. Mentira en el crédito, que el Estado confunde abiertamente con la expoliación y el robo, y mentira en la moneda, cuyo valor real
está cada vez en mayor desequilibrio con el valor aparente y tiende irresistiblemente hacia el cero. Mentira en la virtud y la honestidad, reducidas, con demasiada generalidad, a no ser más que máscaras engañadoras, y mentira en el lenguaje, en que se obliga a las palabras a decir lo contrario de lo que ellas quieren significar. Mentira, diré yo, hasta en las oraciones, que algunos políticos, que se hacen reclamo con la religión, elevan públicamente al Cielo por la salvación de un Estado que es la negación y la violación permanente de los derechos divinos, pues según la gran frase de Bossuet, Dios se ríe de las súplicas que se le dirigen para evitar las públicas calamidades,, cuando no se opone nada a lo que se hace para atraerlas. Mentira, para remate de todo, en el comportamiento de los mejores, que juzgan un deber, pretendiendo evitar un mal peor, el pactar con lo falso, ostentar opiniones que no son las suyas y hacerse pasar por lo que no son. Mentira, ¡ay!, en la verdad, a la cual se incorpora sistemáticamente una parte de error, y mentira en el error, al cual se aña
de sistemáticamente una parte de verdad perturbando de tal modo el espíritu de los nombres, que a los ojos de muchos vienen a ser prácticamente indiscernibles o intercambiables. La perversión y la confusión han llegado a ser tan grandes, que un parlamentario francés ha podido proclamar, sin suscitar ninguna reprobación: “Más vale unirse en el error, que dividirse en la verdad”. Lo repito: no hay Indice más revelador ni más temible de la empresa diabólica en nuestra patria, y en el mundo entero, que ese descrédito absoluto y general en que ha caído la verdad; que esa indiferencia y tranquilo menosprecio que demuestran, respecto a ella, nuestros ciegos contemporáneos. Nada evidencia mejor la deformación, la intoxicación de los caracteres por las potencias infernales, que esta convicción, de que cada cual alardea, de ser verdad lo que a él le parece. Aún quedan oposiciones personales a esta concepción, pero en la sociedad civil no hay ninguna institución protectora contra semejante estado de espíritu Muy al contrario, toda la organización política de la Ciudad tiende a desarrollarle y reforzarle. Nada más siniestro que la quietud, la beatitud que parece experi
mentar en esta atmósfera, y tanto mayores cuanto más saturadas están de engaños, falsedades y perjurios. Casi podría decirse que la Ciudad practica el disimulo y la hipocresía con orgullo, ostentación y entusiasmo, y, bien entendido, Satanás previene toda mejora y cualquier arrepentimiento, y emboscado en los dogmas revolucionarios lanza sobre el mundo sus nubes corrosivas de imposturas, como oleadas de gases deletéreos. ¡Qué triunfo para el Padre de la Mentira el haber abusado así, con engañosos fantasmas, de la credulidad del pueblo soberano, que soñando con paz, dicha y tesoros, se despierta horrorizado, de cuando en cuando, para contemplar los hojas secas y los reptiles venenosos que tenía entre las manos! No puedo contener un gesto de aprobación, pero el abate Multi está tan absorto que ni siquiera me ve, y continúa: Contemple usted cómo después de haber corrompido las inteligencias y haber entretenido en el error el espíritu de los hombres, “el Mono de Dios” ha coronado su tarea con una obra maestra de duplicidad e insolencia. Le vemos empeñado, en todos los puntos del globo, y más particularmente entre nosotros, en copiar la obra divina, desnatura
lizandola y caricaturizándola de la manera mas odiosa para destruirla mejor. Sustituye disimuladamente doctrina con doctrina, místi- ca con mística, credo con credo, y da a la Revolución democrática el aspecto de una religión al revés, para captar las aspiraciones espirituales de las almas, invirtiendo todos los caracteres del catolicismo. Como Cristo vino a abrir al hombre el camino del Cielo, el Diablo pretende dar a éste libre acceso a los goces de este mundo y transportar el Paraíso a la tierra. Construye su falaz reino a imagen del reino celestial, y su malhechora Iglesia sobre el modelo de la Iglesia verdadera. A esta Contra-Iglesia, que él se esfuerza con éxito en hacer “católica” en el sentido etimológico de universal, ha dado un gran Fetiche, el Pueblo deificado en sus elementos y en su masa, el pueblo hiposta- siado (1) por la doctrina revolucionaria, y especialmente por Michelet, en un Idolo dotado de una personalidad propia, infalible e impecable, creando así una verdadera ido- latría democrática, una Demolatría cierta. Le ha dado un símbolo, condensado en la


(1) Traducimos literalmente este participio que no existe en castellano, en lugar de escribir personificado, que es la palabra exacta (N . del T.).

 
Declaración de los Derechos, y una verdadera teología, con exégetas sutiles en los doctores y pontífices que ofician en los cenáculos parlamentarios, y los comités políticos con misioneros que siembran incansablemente, por la palabra y la prensa, la cizaña que debe ahogar la buena semilla. Tiene su catecismo compuesto de slogans muy sencillos, repetidos constantemente para saturar bien las inteligencias, y propuestos sin descanso a la veneración de las muchedumbres, como axiomas indiscutibles. Tiene sus prestigiadores, que se esfuerzan en imitar los milagros, pero presentándose como exclusivamente científicos; su magia, que pretende operar la tran- substanciación de las ignorancias, de los impulsos frívolos, de los bajos intereses y de las opiniones malsanas en una Voluntad General infalible “siempre recta, inalterable y pura”. Tiene su culto y objetos sagrados figurados por las urnas electorales y las papeletas de voto, sus fieles, de los que hablaremos en seguida, sus sacristanes y sus pertigueros. De arriba abajo de esta Contra-Iglesia circula una fe ardiente y viva, inflamada y enardecida por abundante concesión de prerrogativas y ventajas, que llega, a menudo, hasta el más ciego fanatismo, y que sigue cui
dadosamente en todos los puntos esenciales el contrapié (1) de la fe católica. Bajo la cubierta de reivindicaciones políticas y sociales, el Príncipe de este Mundo establece progresivamente su imperio, y por su acción insidiosa la Democracia se identifi- ca cada vez más con la Demonocracia. Demos y Demon se parecen mucho, y Satanás habita con gusto en el número. ¿No dice él mismo que su nombre es Legión? Las masas, ciegas por naturaleza, no distinguen el carácter infernal de esta ocupación, cada día más extendida y poderosa. Atraídas por el reclamo de ciertas apariencias halagadoras, creen perseguir su propio bien, el mejoramiento de su suerte, y hasta un ideal más perfecto de justicia, mientras caen entre las redes del Tentador. Sin embargo, sus elementos más refinados empiezan a sentir inquietudes al comprobar el creciente desorden y la inseguridad e inestabilidad generales que se manifiestan en todas las comunidades nacionales* y en cuanto a las inteligencias un poco perspicaces, hace mucho tiempo que no tienen ninguna duda. Si hubiese sido necesaria, además, una prueba suplementaria de la acción infernal.,
 

(1) Huellas del pie vistas de fuente. (N. del T.).
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Satanás la hubiera dado en el caso en que, sobrepasando ios límites de una infestación cotidiana, hábilmente disimulada, revelara su terrible poder en fenómenos que ofrecieran todos los caracteres de una abierta crisis de posesión colectiva. Me refiero a los enormes trastornos acompañados de convulsiones sociales tetánicas como han sido, en España, la reciente Revolución roja, y entre nosotros, el Terror jacobino, y el Terror llamado depuración de los años 1944 y siguientes. No comprendo cómo se puede desconocer la influencia demoníaca en esos acontecimientos. Está patente y estalla en ellos, tanto por la explosión general y paroxística de los instintos más perversos, como por la voluntad deliberada de pudrir y corromper todas las nociones más corrientes, y hasta el mismo lenguaje, para mejor desorientar y perturbar los espíritus, sustituyendo, por todas partes, con un significado nuevo, vicioso o criminal, las ideas más venerables y los vocablos legítimamente consagrados: Religión, Patria, Ley, Piedad, Libertad, Igualdad, por ejemplo. Pero esa influencia brilla, sobre todo', en la orgía de sacrificios humanos, que interrumpen y alteran, de cuando en cuando, el pesado sueño de Demos. Porque Satanás, y ésta es otra señal tan probatoria y reveladora como la anterior de su intervención directa, no olvida que es, no solamente mentiroso y* padre de la mentira, sino “homicida desde el principio”, como declaró Jesucristo. No contento con engañar a sus inocentes y con frustrar las esperanzas que suscita en ellos, los somete, con intervalos cada vez más frecuen- tes, a*espantosas carnicerías, que ningún esfuerzo humano consigue prevenir ni detener. Aquí se conjugan y afirman la duplicidad y la crueldad, pues jamás se ha celebrado más pomposamente el sagrado derecho a la vida y las imprescindibles prerrogativas del.sér humano, que desde la promulgación de los dogmas demoníacos de la Revolución, y nunca han corrido por el mundo más torrentes de sangre. Jamás ha estado la existencia de los hombres más avasallada y tiranizada por leyes y reglamentos arbitrarios e impersonales, más despreciada, más alegremente sacrificada a ideologías ilusorias y vanas, ni nunca habían adquirido las inmolaciones humanas esta amplitud, tan terrible que, ni los peores caníbales, la han demostrado más atroz. Fusilamientos y guillotinamientos del Terror del 93, guerras de la Revolución, guerras del Imperio, guerras coloniales, guerra de Oriente, guerra franco-alemana y finalmente guerras mundiales de infierno, bajo cuyo fuego hemos visto desaparecer generaciones enteras y sucumbir los soldados por millones. Y a medida que se afirma y extiende la Soberanía del Pueblo y el derecho al voto es más ampliamente concedido, se agranda también el torbellino sangriento, porque, según la justa observación de Taine, el sufragio político universal e igualitario pide el servicio militar igualitario y universal, y la papeleta de voto del ciudadano no se concibe sin el fusil del soldado. Y vea usted: las mujeres, a quienes por todas partes se les va concediendo lo primero, empiezan a notar que se les impone también el segundo. Las guerras han llegado a ser conflagraciones de naciones, y luego de continentes, en vez de permanecer siendo rivalidades de príncipes y quedar limitadas a los ejércitos de profesión; y las poblaciones civiles se ven expuestas a golpes mortales. No es sólo el enemigo el que las arruina y destruye; no solamente los campos de concentración, de represalias, de exterminio, devoran miríadas de víctimas inocentes, sino que el contagio de homicidio y la evolución fatal de la guerra son tan imperiosos y desarrollan tal frenesí, que los beligerantes extermi- nan en masa, con el pretexo de hacer posibles las operaciones militares destinadas a Liberar las mismas poblaciones aliadas, como hicieron las escuadrillas de bombardeo inglesas y americanas en los países invadidos por Alemania. Esta sangrienta paradoja parece muy natural, y los supervivientes, apenas se ven al abrigo de sus perseguidores y de sus libertadores, son asaltados por una nueva crisis de furor fratricida, y su primer cuidado es el de matarse unos a otros en una orgía de asesinatos espontános u organizados, entregándose a una ciega represión Estos son verdaderos fenómenos de ocupación y de posesión colectivas, que provocan, naturalmente, una erupción de ocupaciones y hasta, eventualmente, de posesiones individuales, porque el desorden del ambiente social hace más accesibles a las empresas demoníacas el alma de cada uno de nosotros. Ya he señalado el hecho en la España comunis- ta y en la Alemania hitleriana. Francia, ¡ay!, se las había adelantado en este camino, y por un humillante golpe de rechazo, las ha imitado después criminalmente.
La historia de la Revolución abunda en atrocidades cometidas por monstruos, tan desprovistos de todo sentimiento humano, que parecen evidentemente, al menos en algunas ocasiones, dóciles instrumentos del Maestro de toda abominación. Aquel Juan Bon Saint- André, que deseaba reducir a la mitad la población francesa para asegurar la República. Aquel Hebert, que cada día predicaba ferozmente la necesidad de una “depuración” radical. Geoffroy, que pretendía reducir a cinco millones la cifra de los habitantes de Francia. Carrier, que declaraba que valía más transformarla en cementerio que no regenerarla a la moda republicana. ¡Cuántos otros podría citar, y cuántos émulos encontraron en provincias! ¡Cuántos asesinos de menor envergadura hicieron estragos por todos los puntos del territorio!... Pero existen muchos contemporáneos que no han desmerecido de sus ilustres antepasados, y se han entregado, a su vez, al demonio homicida que les inspiraba. Se empiezan a conocer algunos de los afrentosos crímenes que han ensangrentado a Francia durante la época de locura llamada Depuración: torturas sádicas con refinamientos de crueldad infligidos por la más ligera sospecha, o hasta sin mo
tivo, a los adversarios políticos; hecatombe de mujeres y de ancianos; asesinatos de niños en la cuna; ejecuciones arbitrarias con fútiles pretextos, destinadas únicamente a saciar los instintos sanguinarios de una horda de criminales desencadenados. Y todo esto con la aprobación y la complicidad de jeíes, algunos de los cuales se llaman católicos, y pretenden conciliar el crimen con la religión. Pues las perspectivas del mañana son aún más terroríficas. Los “progresos” de la técnica científica, puesta al servicio del infierno, permiten decuplicar, centuplicar la eficacia de los medios de destrucción y de mortandad; de aniquilar de un solo golpe, por decenas y centenas de millar, las vidas humanas, como en Hirosima y en Nagasaki. Hay a la vista hasta un “perfeccionamiento”, y se anuncia una máquina más potente en sus efectos que la bomba atómica. Tanto, que los sabios, espantados, dejados atrás por su ciencia diabólica, acaban preguntándose si algún megalómano desatado o algún loco furioso no sería pronto capaz de destruir la vida en la tierra entera... Esto sería, evidentemente, la más bella réplica de Satanás a la creación de Dios.
" Todavía no le he hablado más que del homi­cidio en su forma más simple, visible' y materal: la destrucción de los cuerpos. Pero este no es el aspec­to más importante y trágico de la cuestión. La ver­dadera catástrofe es que recaemos, casi sin aperci­birnos, en este Reino de las Tinieblas del que Dios nos había arrancado, dice San Pablo, para transpor­tarnos, al de la luz2. Obsérvese que, en realidad, en el mundo contemporáneo, Satán ataca más todavía al espíritu, a la razón y al alma, es decir, que apunta a matar en el hombre' lo que lo hace verdaderamente tal. Lo mata intelectual, moral, espiritualmente. El proceso de esta occisión es harto delicado y difícil de demostrar. Pues está, como siempre, cuidadosamente envuelto en el misterio y disfrazado, hasta el punto de presentar como beneficio inestimable uno de' los

2 Epístola a los Colosenses, I, 13.

peores riesgos que amenazan a nuestra especie'. El estudio por hacer sería muy largo y complejo; por otra parte ha sido ya enfocado de modo interesante. Me es imposible demorarme aquí. Déjeme sólo sub­rayar los hechos principales: esta progresiva meca­nización de' la actividad humana por una técnica que las fuerzas espirituales debilitadas y proscriptas ya no llegan a esclarecer, a dirigir, a equilibrar; esta civilización de las máquinas, que desarrolla una at­mósfera tan sofocante, tan deletérea, tan enceguece-dora, que transforma al ser humano en autómata y lo reduce a la servidumbre de motores y pistones, esos "esclavos técnicos", más poderosos que sus pre­tendidos amos, y que nos describe tan pintorescamen­te Virgil Gheorghiu. Civilización de máquinas que se convierte fatalmente en "civilización de los imbéci­les", porque acaba por suprimir el esfuerzo intelec­tual entre los fautores, por obnubilar el cuidado de las realidades invisibles para la casi totalidad de los hombres, los hace sumergirse en un estado habitual de pereza y embotamiento mentales y logra a la vez persuadirlos de que están en el único camino de la felicidad, sumirlos en la peor miseria y volverlos in­capaces de comprender esta miseria y escapar a ella. Vea, vea una ve'z más la marca siniestra, la ironía cruel e implacable del Príncipe de la Mentira y del Homicida en esta atroz y dolorosa comedia, en la que el hombre es persuadido de que se sobre-humaniza, mientras va en camino de deshumani­zarse.

  Pero casi no puedo decirle nada de este punto de vista capital porque estoy viendo marchar inexorablemente la aguja del reloj, y quisiera, al menos, poner de relieve otra manifestación muy reprobable de la duplicidad y actividad de Satanás, a propósito del reclutamiento, la composición y el comportamiento del ejército de ejecución que ha lanzado sobre el mundo, porque es un asunto que también merece una atención muy particular. En términos generales puede decirse que este ejército comprende dos categorías, y enfrente de nosotros tenemos, por una parte, los hijos legítimos de Lucifer y de la Revolución francesa; de otra, la multitud, un poco heteróclita, de los que yo llamaré bastardos de Satanás. Al oír este calificativo tan original, ha debido aparecer en mi semblante una expresión de risa, pues el abate se incomoda y se sofoca. —No se ría usted, dice, ni siquiera se sonría, pues llegamos aquí al punto más trágico de nuestras explicaciones y ponemos el dedo en la llaga más viva, que no sabemos si será mortal. No se distraiga usted, por lo que puede haber de involuntariamente pintoresco en un lenguaje que procuro hacer adecuado a las exigencias de la verdad, y únase, si le es posible, al dolor que me causa esta exposición. Debía aplazar el final, pero me resulta tan penoso, que prefiero hacer el esfuerzo de terminar hoy, y de imponer a usted el de escucharme, si es preciso, parte de la noche; pero aguarde un poco y permítame detenerme y recogerme unos minutos antes de abordar la última etapa.