LA MUERTE DEL “PERRO” CISNERO
El
martes 8 de junio treinta efectivos de la Compañía de Comandos 602 reforzados por cuadros
del Escuadrón “Alacrán”, abordaron dos Land Rover y se encaminaron hacia el
monte Dos Hermanas.
A poco
de andar, en medio de la niebla, la sección alcanzó las posiciones del RI4 cuyo
jefe, el teniente coronel Diego Alejandro Soria, dejó su puesto de mando para
recibirlos.
Tras
una breve reunión, los comandos reiniciaron la marcha divididos en dos
columnas, la primera al mando de Aldo Rico y la segunda al del capitán Eduardo
Villarruel quien, a poco de echar a andar extravió el camino y ya no volvería a
reunirse con el grueso de la sección.
Reducida
a la mitad, la CC602
alcanzó la base del cerro donde se hallaba apostada una avanzada del RI4 al
mando del subteniente Marcelo Alberto Llambías, oficial a cargo de una veintena
de conscriptos y media docena de cabos, que habían rechazado varios intentos de
infiltración enemiga. La sección había perdido dos efectivos, cuyos cadáveres
yacían tirados unos metros más adelante y no habían podido ser recuperados1.
La
aparición de Rico fue como una bendición para aquella sacrificada vanguardia,
un verdadero alivio y un descanso psicológico según lo referiría Llambías, al
término de la guerra2, porque venía a romper la soledad y el
aislamiento en la que se encontraba su gente.

