Partitocracia. Por Juan Manuel de Prada
Las resacas electorales siempre nos
traen, como una marea de detritos, los ‘pactos’ y ‘alianzas’ de los
partidos para formar gobiernos ‘estables’ (o sea, gobiernos que
garanticen la estabilidad a quienes pactan). Y, con la atomización del
mapa político, estos ‘pactos’ y ‘alianzas’ post-electorales alcanzan
cotas de chalaneo difícilmente superables, tan descaradas y sórdidas que
hasta la gente con más tragaderas siente que su idolatría
partitocrática se tambalea. «¡Yo no voté a Fulanito para que ahora forme
gobierno con Menganito!», se quejan amargamente algunos. ¡Qué
espectáculo de conmovedora ingenuidad!
En sus Notas para la supresión de los partidos políticos,
la filósofa francesa Simone Weil nos enseña que «nunca hemos conocido
nada que se asemeje, ni de lejos, a una democracia. En lo que nombramos
con ese nombre, el pueblo no ha tenido nunca la ocasión ni los medios de
expresar un parecer sobre un problema cualquiera de la vida pública; y
todo lo que escapa a los intereses particulares se deja para las
pasiones colectivas, a las que se alimenta sistemática y oficialmente».



