Una felonía politicamente correcta
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Como
todo en Argentina, pasado el remezón de los primeros momentos donde la
indignación y la rabia cegaron a muchos simpatizantes del PRO que se
sintieron defraudados con la bufonada que los diputados elegidos por
ellos habían cometido, lentamente las aguas van bajando; todo residirá
en olvidar que los pañuelos, o pañales, total a los efectos es lo mismo
aunque se ensucien con diferentes materias, que generaron este incordio
son trapos baratos y sucios- si fueran de Hermès sería otra cosa-
mientras se obligan a calmarse haciendo esfuerzos para negar u olvidar
lo que algunos cerriles aún siguen llamando traición.
El miedo no es zonzo y esta actitud ante un engaño- buscar como sea
tranquilizarse ante un estrago moral- tiene siglos. Todo cornudo, desde
Menelao hasta ahora, se siente, en principio, enfurecido por la
deslealtad pero busca, con conmovedora porfía, una justificación a la
doblez sufrida frente a los problemas que esta situación impensada pueda
depararle en el futuro.
Entendamos entonces que esta situación malsana- donde el engañado
busca por un lado satisfacer su orgullo traicionado y por otra parte
intentar comprender la falta porque el vacío se le ha abierto delante de
los pies- es lo que le está pasando al votante del PRO, pero también
por extensión a muchos otros que, asqueados por una década donde las
“virtudes” se llaman prepotencia, robo, injusticia y mentira, habían
puesto sus ojos en ese esquife político creyendo que la lucha por la
unidad y el bien común de todos los argentinos, repetidamente
declamados, sería la tabla de salvación de la República. Ilusiones que
cayeron devastada cuando parte de los diputados de este espacio político
decidieron tomar parte activa en la payasada de los pañuelos
“simbólicos”.
Deberían- a fuer de mansos como han sido siempre estos presuntos
votantes- aceptar que el atropello político cometido por algunos
diputados de este espacio que vive proclamando a todos los vientos que
han venido a “desarrollar una nueva manera de hacer política” se basa en
que, al igual que cualquier otro “político viejo”, creen a rajatabla
que en Argentina para prosperar en política hay que ser “políticamente
correcto” aunque esto signifique faltar a la verdad y cometer actos
infames. Solo entendiendo esto podrán justificar que esta murga
parlamentaria -producto de una boba simbiosis de farándula, fútbol y
estupidez- cometa estos disparates.
Pero también tendrían que aceptar, estos supuestos votantes, que la
otra parte que avaló este desatino, esos que, al igual que la diputada
Laura Alonso dieron el “faltazo”, tampoco sienten mucho en el alma el
fuego de la “nueva manera de hacer política”, ya que actúan en función
de un axioma político tan viejo como el país- hacerse humo ante un
problema que no se atreven a resolver- que ha dado resultado casi
siempre y no pierde vigencia casualmente por la mansedumbre de muchos
votantes, sean del PRO o no, ya que la Argentina es el único lugar donde
aún se puede quedar bien con Dios y con el diablo, sin consecuencias ni
cicatrices, fugándose de la responsabilidad.
Que no aparezca ahora un chusco que quiera endosarme que yo he dicho
que los votantes o simpatizantes del PRO son cornudos. Muy lejos estoy
de ser irrespetuoso con ellos ya que la compasión se da de patadas con
la ofensa. Lo que pasa es que, desde el lunes hasta hoy he escuchado los
desconsolados comentarios de muchos de ellos, que se debaten entre la
indignación por la actitud de unos logreros y el miedo al vacío político
que se les abre.
