CUANDO LOS OBISPOS ERAN OBISPOS
Nos hemos acostumbrado, culpablemente, a aceptar con toda
naturalidad la actitud complaciente con el mal y el lenguaje ambiguo o
directamente herético de los Obispos de hoy, incluyendo al propio Papa,
modelo y promotor de esos vicios. Esta aceptación nos va haciendo
connaturales con una idea de lo que es la Iglesia que es como una peste
mortífera que pone en riesgo la salvación de nuestras almas. Por
eso, me parece muy saludable transcribir el discurso del Arzobispo
Hervée de Reims, con el cual abrió el Concilio de sus Obispos vecinos
realizado por él en Trosli, diócesis de Soissons en el año 909, comienzo
del siglo X, llamado "el siglo de hierro" por el gran historiador
Rohrbacher (René Francois) autor de la monumental "Historia Universal de
la Iglesia Católica", un clásico editado a mediados del siglo XIX que
goza de inmensa autoridad. Llamó al siglo X "el siglo de hierro", por
la pavorosa crisis que padecía la Cristiandad en esos tiempos. De ese
libro tomo el discurso que traduzco del francés:
"Es necesario, dijo a lo Obispos Mons. Hervée, que por vuestro
consejos y vuestra autoridad, prestéis un pronto socorro a la religión
cristiana que parece caer por una pendiente hacia su ruina. El mundo
entero está librado al espíritu maligno y no podemos continuar
desconociendo los flagelos con que Dios nos golpea por su cólera. Vemos
todos los años tierras estériles y vosotros sabéis qué destrozos hace
todos los años la mortalidad; las ciudades son saqueadas, los
monasterios destruidos o saqueados y los campos reducidos a la soledad.
Podemos decir que la espada vengadora ha penetrado hasta el alma; no
nos abochornemos de reconocer que son nuestros pecados, y los del pueblo
que debemos guiar, que atraen sobre nosotros estos crueles flagelos. La
voz de nuestras iniquidades se ha hecho oír hasta en el Cielo; la
fornicación, el adulterio, el sacrilegio y el homicidio han inundado la
faz de la tierra. Despreciando las leyes divinas y humanas y los
mandatos de los obispos, cada uno vive hoy según el placer de sus
pasiones, el más poderoso oprime al más débil y los más grandes devoran a
los más pequeños. En una palabra, todo el orden de la Iglesia está
confundido y destruido.
"Y para no excusarnos nosotros mismos, nosotros que somos honrados
con el Episcopado, ¿que no podrá reprochársenos? ¡Ay!, nosotros llevamos
el glorioso nombre de Obispos y no cumplimos con nuestros deberes.
Nosotros, por nuestro silencio dejamos que nuestro rebaño se pierda y se
desvíe. Cuán terrible será la cuenta que deberemos rendir, cuando el
último día, todos los pastores comparezcan en la presencia del Pastor
eterno, para entregarle el fruto de nuestro talento, es decir, el
aumento del rebaño que Él ha confiado a nuestros cuidados, y las
gavillas de la cosecha que nos mandó recoger!. ¡Cuál será nuestro
confusión! Nos dan aquí la calidad de "pastores" y allí aparecemos sin
un rebaño que podamos presentar!
"...Pero el peso de cual están cargados los Obispos es todavía más
grande, porque deberán rendir cuentas al tribunal de Dios por la
conducta de los gobernantes" (Op.cit. Paris, 1870, Tomo V, pags. 420/1).
Este fue el discurso de un Obispo entre tantos que hubo en el siglo
X, "siglo de hierro", durante el cual la Iglesia había sufrido las
invasiones de los bárbaros, el relajamiento del clero y la apostasía de
muchos, y de todos esos males, hasta de los malos gobiernos, los Obispos
eran culpables. De esa culpa el Arzobispo Hervée no se consideraba
exento, pero se lamentaba amargamente y se esforzaba en repararla, como
vemos por sus palabras terribles.
Sin embargo, en el siglo XXI, siglo de la homosexualidad, del
comunismo, del amor libre, de la herejía triunfante, de los crímenes más
horrendos, del enfriamiento y falsificación de casi todas las formas de
piedad católica, de las injusticias más atroces, de los Presidentes que
presentan a sus concubinas como "primeras damas", los Obispos no
parecen sentir contrición alguna, ni tampoco el más mínimo deseo de
enmendarse para combatir firmemente esos males. Saben que sus rebaños
están abandonados y confundidos y que ellos son la causa principal de
esos males, pero viven en la más descansada indiferencia.
En el "siglo de hierro", además de esos delitos que le merecieron
ese nombre, había también muchos obispos y reyes santos; los Papas jamás
defeccionaron de la Fe y en medio de los crímenes y pecados, fermentaba
una levadura de santidad: la nueva Orden religiosa de Cluny de la cual
salieron innumerables santos que fue fundada y dip comienzo al
resurgimiento católico más maravilloso de todos los tiempos: la Edad
Media de los siglos XI, XII y XIII.
Para colmo de nuestro oprobio, siendo nuestro siglo mucho peor que
el X de tal manera que podría llamarse "el siglo podrido", sin dejar de
ser de hierro por su crueldad, si hay algún buen Obispo, es destituido o
se calla cobardemente; en la Santa Sede reina el espíritu de la herejía
modernista-progresista; los gobiernos están todos en manos de la
masonería anticristiana pero los Obispos están con ellos en las mejores
relaciones; los pueblos están sumidos en la ignorancia y en el error;
los "buenos" no son tan buenos como para arriesgarse en una lucha
peligrosa contra el mal ni tan humildes como para aceptar ser dirigidos
por otros mejores. Y las "clases cultas" están entregadas al error, el
placer y el robo.
¿De dónde sino directamente de Dios y por vía milagrosa puede surgir
un renacimiento como el de los siglos XI, XII y XIII? Pidamos a la
Reina del Cielo y Madre de Misericordia ese milagro.
Cosme Beccar Varela
e-mail: correo@labotellaalmar.com
