viernes, 12 de junio de 2020

EL MODELO DE LAS MISIONES JESUÍTICAS: SOCIALISMO TOTALITARIO ENCUBIERTO (Parte 2)


EL MODELO DE LAS MISIONES JESUÍTICAS: SOCIALISMO TOTALITARIO ENCUBIERTO (Parte 2)



2. Organización social de las reducciones jesuitas paraguayas


Antes de emprender su obra evangelizadora en el Paraguay, los jesuitas ya habían establecido misiones en otros territorios de la América hispana, v.g. en el norte de México. Sería objeto de otra investigación estudiar en qué medida crearon allí, o no, sistemas sociales parecidos a los del Paraguay. Prescindo aquí de tales consideraciones.



Desde el punto de vista del Derecho español, los territorios adjudicados a una misión jesuita eran propiedad de la Corona usufructuados por la Compañía. Pero en la realidad, lo que se instituyó en las misiones
o sojuzgada por colonos, sino también para impulsar su prosperidad, material y espiritual.

Como ya lo he dicho, ese gran espacio comprendía, además de la mayor parte de la actual República paraguaya, muchas zonas vecinas. La Compañía lo dividió en misiones, que también se denominaron
«congregaciones» y «reducciones».

Normalmente sólo había dos jesuitas en cada reducción. Ellos no sacaban beneficio material alguno de esa misión. Los habitantes de tales reducciones —en su mayoría guaraníes—, mostraron una gran adhesión al sistema de propiedad común instituido por los padres jesuitas. Siempre temían las incursiones de los bandeirantes (o mamelucos) del Brasil portugués, que los esclavizaban. En las reducciones, evidentemente, se consideraban libres.

Que esos habitantes de las reducciones fueron hombres libres no es incompatible con que en ellas hubiera —como evidentemente había—paternalismo. Los jesuitas no ejercían su supremacía por el terror, sino por el consenso, no sólo para proteger a la población autóctona de ser esclavizada
El poder no lo ejercía sólo el par de misioneros jesuitas de cada reducción, sino una junta de notables de la propia etnia local. La vida no parece que fuera lúgubre, sino agradable, con un trabajo, sin duda duro, pero no extenuante (hay que tener en cuenta la tecnología de la época), con
adecuado tiempo de ocio, lleno de esparcimientos, festejos y diversiones, con niveles educativos insólitamente elevados, con preservación y promoción de su lengua guaraní, con atención médica —dentro de lo posible entonces— y con
comida suficiente
del sistema caciquil y patriarcal de la sociedad tribal precedente).
Para una parte de la población (posiblemente mayoritaria) era un paraíso en comparación con cualesquiera poblaciones circundantes. La comunidad velaba por el bienestar individual; todos estaban a salvo de atropellos, abusos y arbitrariedades, gozando de seguridad. Se respetaba y protegía la unidad conyugal y familiar, aunque no es seguro que se pudiera elegir libremente la propia pareja (verosímilmente persistían las imposiciones)
jesuitas nunca superó los 200. La teocracia jesuita era técnicamente avanzada, aportando todos los adelantos de su tiempo. Establecióse un sistema de seguridad social. La producción era planificada, desarrollándose no sólo la agricultura, sino también la industria. Los jesuitas instruían a los notables nativos, quienes organizaban la resistencia armada contra agresores foráneos (españoles, portugueses o amerindios —especialmente los indios del Chaco).
del bien común.

No era una sociedad ideal; no es la sociedad de nuestros sueños; tal vez ni siquiera era lo óptimo para aquellos tiempos, aun teniendo en cuenta el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas. Pero es dudoso que, en su época, hubiera sociedades donde la gobernación se ajustara más al principio
Nonneman, 2009, ofrece un estudio minucioso del comunismo jesuita.

Para una población guaraní de 150.000 almas, el número de misioneros
Aunque los jesuitas quisieron regirse por su principio —acariciado con tanto empeño en sus empresas evangelizadoras en Asia— de adaptarse a la
mentalidad local e incorporar lo más posible de la idiosincrasia nativa, forzaron a cambiar el modo de vida. Impusieron la abolición de la esclavitud
y de la poligamia. Surgieron así los hogares de la familia nuclear monogámica. Cada hogar tenía una casa y, dentro de ella, los enseres domésticos. La tierra era comunal, pero su posesión se distribuía entre las
familias, más o menos equitativamente, con el criterio de que cada hogar
viviera en lo esencial con su rendimiento durante un año. En algunas
reducciones los padres fijaban una medida mínima de asignación, la chacra.

En el momento del matrimonio, confiábanse a una familia los aperos de labranza, que seguirían vitaliciamente en su posesión. Al no existir propiedad privada (aunque sí posesión privada), no había herencia. Al morir
los indios, sus posesiones se devolvían a la comunidad, representada por el cacique. En términos jurídicos no estaba claramente fijado el estatuto de tal posesión; podemos considerarlo un usufructo. Los bienes de posesión privada (abambas) eran, además de los de consumo y las herramientas de trabajo, las
armas, utensilios de caza y pesca así como algunos objetos suntuarios, como alhajas y textiles importados de fuera de las misiones.


reducciones, como objetos de cobre y de hierro, armas, herramientas, adornos y objetos de culto.
El resto de los medios de producción eran de directa posesión pública (tupambas); eran la tierra (salvo los lotes familiares), instrumentos, animales de labor, silos, depósitos, obradores etc. Era mucho mayor el terreno público que la suma de los lotes hogareños. Con los bienes de posesión común se pagaban los tributos a la Corona (un peso por habitante), además de usarse para el comercio con el exterior a fin de comprar todo lo no producido en las
viudas, a los huérfanos, a los guerreros, caciques, corregidores y misioneros, así como a hacer provisiones para épocas de malas cosechas o calamidades (epidemias, desastres u otros estragos).
Una parte del producto colectivo se destinaba a mantenerlas y los
reemplazó al dinero, inexistente en el seno de las reducciones). Los trabajadores guaraníes no sólo laboraban las parcelas usufructuadas en familia, sino también las tierras públicas o comunales, produciendo maíz, arroz, algodón, yuca y diversas verduras, así como yerba mate (un bien de consumo, pero también de intercambio, en parte.
final —plagada de pestes y turbulencias— la esperanza de vida bajó a 30 años.

A quienes se entregaban a la ociosidad o laboraban con desgana se les disminuían las raciones. En períodos normales, el nivel de vida era superior al de la Europa del siglo XIX. Así y todo la vida era dura. En la fase
El trabajo era obligatorio para todos, incluyendo los jefes tribales. Las infracciones se castigaban. No había libertad ocupacional. A cada uno se le
encomendaba el oficio para el que fuera más apto, aunque se quiso instituir
una especie de derecho a la promoción social.

Había una avanzada división del trabajo —en lugar de que todos hicieran de todo— con oficios como los de tejer, curtir, carpintería, costura, sombrerería, cordelería, herrería, imprenta, fabricación de botes, carros, instrumentos musicales, etc. La ganadería recibió particular impulso, hasta el punto de que en 1767 la cabaña de las misiones era de 700.000 unidades.
¿Qué libertad había? No se permitía abandonar la aldea sin autorización de los misioneros. Procurábase que cada pueblo viviera aislado
y que fuera mínimo el contacto con el exterior. Así y todo los fugitivos no llegaron al 1%. (Y es que peor se vivía fuera.)

los varones, lo cual fue la principal causa de descontento.

Las autoridades indígenas eran seleccionadas por los jesuitas según sus méritos. Los caciques comían más, teniendo a su disposición guardaespaldas y mensajeros. Era obligatorio también el servicio militar para
Al no circular dinero dentro de las misiones, siendo menester establecer intercambios económicos entre ellas, acudióse, como medios de
pago, al tabaco y la yerba mate, aunque a veces se practicaba el trueque, con pago en maíz o en miel. Más tarde establecióse internamente un dinero
ficticio, puramente de cuenta (una especie de papel moneda), el peso hueco.
Para evitar disputas, reglamentóse el valor de cada producto en pesos huecos.

acumular tesoros, ni para la Compañía ni, menos aún, para los padres.
En el comercio con el exterior, los jesuitas buscaban la rentabilidad mercantil, lo cual les valió la acusación de violar las normas canónicas. Pero las ganancias se destinaban a la prosperidad colectiva de la comunidad.

Nunca se practicó la pena capital. Los reos de delitos tan graves que merecieran ese castigo eran expulsados de la comunidad. Castigábanse con cierta mansedumbre faltas comunes y arraigadas, como la bigamia, la indolencia y la embriaguez. Jamás hubo levantamiento alguno de los guaraníes.