No me toquen a Sócrates
Reconozco que esta vez me han pateado la
bisectriz. Después de muchos años comentando lo que estaba por venir en
Cataluña –menester para el que tampoco era necesario el don de la
profecía– y encajando el escepticismo de cantamañanas que me llamaban
exagerado y pesimista, decidí no volver a tocar el asunto en esta
página. Tras permitir entre todos que se desbordara el asunto mediante
las adecuadas dosis de pasividad, oportunismo y cobardía, ahora nos toca
disfrutarlo, me dije. Así que desde ahora, por mi parte, punto en boca y
a otra cosa, mariposa.
Tal era la idea, como digo. Mantenerme lejos de toda esa basura. Al
fin y al cabo no soy un periodista con obligaciones informativas o de
opinión, sino un fulano que escribe novelas y utiliza esta página para
hablar de lo que le apetece. Y en cuanto a opiniones, ahora que quienes
antes callaban como putas cantan en plan orfeón –lanzada a moro muerto,
se llama la figura–, mi aporte es innecesario. Sin embargo, como digo,
acaban de tocarme el asunto. Lo ha hecho.
