Contra la risa inmoderada – San Juan Cristóstomo
Jesús lloró, pero no se cuenta que riera

Provecho sacaremos de la tristeza
— ¿Y qué provecho —me replicas— sacaré de no
reír y ponerme triste? —El mayor provecho —te contesto—; y tan grande, que no es
posible explicarlo con palabras. En los tribunales del mundo, dada la
sentencia, por más que llores, no escaparás a la pena; pero en el tribunal de
Dios, con sólo que te pongas triste, anulas la sentencia y alcanzas el perdón.
De ahí que tantas veces nos hable Cristo de la tristeza y que llame
bienaventurados a los que lloran, y desgraciados a los que ríen. No es este
mundo un teatro de risa, ni nos hemos juntado en él para soltar la carcajada,
sino para gemir y ganar con nuestros gemidos la herencia del reino de los
cielos. Si tuvieras que parecer delante del emperador, no tendrías valor ni para
sonreírte; ¿y, teniendo dentro de ti al Soberano de los ángeles, no estás
temblando ni con el debido acatamiento? Le has irritado muchas veces, ¿y aún te
ríes? ¿No comprendes que con eso le ofendes más que con los mismos pecados? Y,
en efecto, más que a los que pecan, suele Dios detestar a los que después del
pecado no sienten el menor remordimiento.
Sin embargo, hay gentes tan estúpidas, que
cuando nosotros les decimos esto, nos replican: “Pues a mí, que no me dé Dios
llorar jamás, sino reír y divertirme durante toda la vida.” ¿Puede haber algo
más pueril que semejante idea? Porque no es Dios quien da las diversiones, sino
el diablo. Oye, si no, lo que pasó a quienes se divertían: Se sentó el pueblo
—dice la Escritura— (Ex 32,6). Tales fueron los sodomitas, tales los contemporáneos
del diluvio. De aquéllos dice la Escritura: En soberbia, en abundancia y en
hartura de pan lozaneaban (Ez 16,49). Y los contemporáneos de Noé, no obstante
ver durante tanto tiempo la construcción del arca, se divertían en plena
inconsciencia, sin preocuparse rara nada de lo por venir. Por eso el diluvio,
sobreviniendo de pronto, se los tragó a todos, y aquél fue el naufragio de toda
la tierra.
La vida del cristiano es de combate y lucha, no de
diversión y placer
No le pidáis, pues, a Dios lo que habéis de
recibir del diablo. A
Dios
le toca daros un corazón contrito y humillado, un corazón sobrio y casto y
recogido, arrepentido y compungido. Éstos son dones de Dios, éstos son los que
nosotros señaladamente necesitamos. Un duro combate tenemos delante; nuestra
lucha es contra las potencias invisibles; nuestra batalla, contra los espíritus
del mal; contra los principados y potestades es nuestra guerra (Ef 6,12).

SAN JUAN CRISOSTOMO – “Homilías sobre el Evangelio de San
Mateo”
Nacionalismo Católico San Juan Bautista