LA BULA DEL JUBILEO DE LA MISERICORDIA ES UNA BURLA A TODA LA IGLESIA
«He
escogido la fecha del 8 de diciembre por su gran significado en la
historia reciente de la Iglesia. En efecto, abriré la Puerta Santa en el
quincuagésimo aniversario de la conclusión del Concilio Ecuménico
Vaticano II» ( ver texto, n.4)
Sólo
un masón, como lo es Bergoglio, realiza un año sobre su falsa
misericordia fundamentado en un Concilio. Oculta a la Inmaculada para
poner su idea masónica. Profana la Pureza de la Virgen María con un acto
blasfemo.
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El Concilio Vaticano II ha traído tanta división a la Iglesia que es una burla decir: «La Iglesia siente la necesidad de mantener vivo este evento»
(Ib). ¿La Iglesia tiene necesidad de recordar tanta división, tanta
apostasía de la fe, tanto cisma que ha producido este Concilio?
La
ideología masónica entró dentro de la Iglesia bajo el Concilio Vaticano
II. Y ese Concilio, por la mala vida de muchos sacerdotes y Obispos
–por culpa de tanta Jerarquía que ha olvidado la oración y la
penitencia-, por no saber discernir e interpretar su doctrina a la luz
de la fe, a la luz de la Tradición y bajo el magisterio auténtico e
infalible de la Iglesia, ha sido la inspiración para que tantos
sacerdotes y Obispos se rebelaran contra el Papa y el Papado, y
abandonaran la Tradición católica, constituyéndose en guías ciegos de
muchas almas que han arrastrado –y continúan arrastrando- a la
condenación eterna.
¡Cómo se burla de todos los católicos el bufón del Anticristo, Bergoglio!
Los
masones predican los mismos escritos del Concilio Vaticano II. ¿Es un
año para recordar esto? ¿Hay necesidad de mantener vivo este evento?
¡Qué gran burla!
El
Concilio Vaticano II no es magisterio infalible ni auténtico de la
Iglesia. Y esto lo sabe muy bien Bergoglio. Y, muchos, como lo hace este
falsario, dogmatizan el Concilio para su conveniencia personal, para su
negocio privado en la Iglesia.
«Para
ella iniciaba un nuevo periodo de su historia» (Ib): los masones
pusieron falsos papas desde 1972 hasta el 2013, en que consiguieron
poner al falsario Bergoglio, al que hoy llaman papa –y no lo es-, porque
es sólo un juguete de la masonería.
Sí,
se iniciaba un nuevo período, pero no el de la Iglesia Católica, sino
del demonio dentro de la Iglesia. Dios ha llevado a Su Iglesia por otros
caminos fuera de la idea masónica imperante en el Concilio. Y, por eso,
durante cincuenta años se ha visto la gran división en toda la Iglesia,
pero Dios no ha roto nada, no ha separado el trigo de la cizaña, porque
había una Cabeza legítima y verdadera que sostenía la Iglesia en la
Verdad.
Pero, una vez que los masones, trabajando dentro de la Iglesia, con su Jerarquía infiltrada, la cual son muchos –y por sus obras se los conoce-,
han quitado la Cabeza visible de la Iglesia y han puesto a un loco,
vestido de papa, entonces ha comenzado el cisma dentro de la Iglesia: el
gran cisma.
Y un cisma querido por Dios, para separar el trigo de la cizaña.
Dos Papas en Roma, como está profetizado: uno verdadero y otro falso.
Uno
que ha mantenido la fe católica hasta el final. Pero no le dejaron
seguir. Le obligaron a renunciar. Con bonitas palabras, pero obligado.
Y
otro que está destruyendo lo poco que queda en pie en la Iglesia. Y al
que muchos, al ser tibios y pervertidos en su vida espiritual, lo llaman
santo. Y Bergoglio no tiene un pelo de santidad. Sino que está lleno
de abominación, tanto en su mente, como en su palabra y en sus obras
malditas.
El
Concilio Vaticano II no es un punto de partida para alejarse de la
verdad del dogma, de la tradición, de la doctrina de Cristo. Muchos lo
ven así: como punto de partida.
Bergoglio
lo anuncia: «Derrumbadas las murallas que por mucho tiempo habían
recluido la Iglesia en una ciudadela privilegiada, había llegado el
tiempo de anunciar el Evangelio de un modo nuevo» (Ib). Derrumbadas las murallas: punto de partida. La Iglesia ya no es una ciudadela privilegiada: punto de partida. Tiempo de anunciar el Evangelio de un modo nuevo: punto de partida.
El
Concilio es continuidad. No es algo nuevo, no es el Evangelio narrado
según la novedad de la mente del hombre. No hay que contar fábulas a la
gente con un lenguaje bello, atractivo, con garra. No hay una Iglesia
antes del Concilio ni hay una Iglesia después del Concilio. No hay un
antes ni un después. Está la misma Iglesia de siempre: Santa,
Inmaculada, Intocable, Inmortal. Lo que varía son los hombres, sus
miembros, que no son ni santos, ni inmaculados, ni intocables, ni
inmortales. Son lo que son.
Y
ese Concilio fue para toda la Iglesia, no para el mundo, no para los
hombres. Pero, cada uno lo tomó para su gran negocio: unos lo negaron,
otros lo dogmatizaron. Y muy pocos lo pusieron en su sitio. El Papa
Pablo VI lo salvó de la herejía.
El
Concilio no se hizo para introducir división alguna en el tiempo
histórico de la Iglesia. Fue la misma Jerarquía la que produjo esa
división dentro de la Iglesia. Fueron los mismos fieles de la Iglesia lo
que llevaron a esa división. Es decir, fue el pecado de unos y de
otros.
Errores
–pero no herejías- tiene ese Concilio por ser un magisterio abierto y
espiritual. Y esto no tiene que causar asombro, porque en este
magisterio abierto siempre está el error. En un magisterio dogmático no
hay error. Pero no es dogmático, no define nada nuevo, sino que es
espiritual, es decir, trata muchas cosas con un lenguaje espiritual.
Y,
por eso, hay que tener vida espiritual para saber interpretar ese
magisterio. Y este ha sido el gravísimo problema de mucha jerarquía y de
muchos fieles: no tienen vida espiritual. Muchos católicos, en estos
años, se han abierto sin filtros ni freno al mundo. ¡Han caído! Y la
culpa no es del Concilio. Sino de esos católicos que no han sabido
sostener la base de su identidad católica, la cual no se puede poner en
discusión, con la apertura, con el diálogo con el mundo.
Quien
tiene las ideas claras sobre su fe, no teme dialogar con nadie en el
mundo. Pero no dialoga para quedar atrapado en las ideas de los hombres;
no se abre al mundo para hacer las obras del mundo. Se habla para
convertir al otro a la Verdad. Se come con pecadores para convertir sus
almas. Pero, muchos interpretaron mal ese magisterio espiritual por no
tener vida espiritual. Ahora, por supuesto, no pueden creer que
Bergoglio no es papa. No les entra en la cabeza. ¡Han perdido su fe
católica!
Cuando
la persona se abre al mundo y a su cultura y se interroga sobre las
bases mismas del depósito de la fe, es que ha comenzado en ella la
apostasía de la fe.
El
verdadero católico no se opone al mundo, sino que vive en el mundo pero
sin el espíritu del mundo. Vivir en el mundo no es amar el mundo, no es
comulgar con el mundo. Es poner en el mundo lo que éste no tiene: la
verdad revelada.
Es
el mundo el que se opone a la Verdad, a la Iglesia Católica, a los
verdaderos católicos. Porque los que son del mundo no quieren vivir en
la Iglesia, sino que la combaten totalmente.
El
mundo se rebela siempre que se le dice la verdad. Cuando se habla del
pecado, el mundo se tapa los oídos y alza su rebelión. Cuando a las
cosas se les llama por su nombre, entonces el mundo ataca a la Iglesia
por los cuatro frentes.
¿Qué es lo que predica Bergoglio?
Su gran negocio: Dios lo perdona todo, Dios te ama, Dios es muy tierno con todos. Todos los hombres son santos y justos.
¡Este es el resumen de esta burla, que es su falso jubileo de su falsa misericordia!
Bergoglio anula la Justicia de Dios y sólo pone como el fundamento de la vida espiritual, su falsa misericordia.
Este hombre se llena la boca de un sentimentalismo podrido. Todo es dar vueltas a la palabra misericordia.
No es capaz de definir la Justicia de Dios, el pecado, el decreto del
pecado, el decreto de la Encarnación y la Obra Redentora de Cristo en la
Iglesia. Cuando habla del perdón habla de una blasfemia contra el
Espíritu Santo.
«No
juzgar y no condenar significa, en positivo, saber percibir lo que de
bueno hay en cada persona y no permitir que deba sufrir por nuestro
juicio parcial y por nuestra presunción de saberlo todo» (Ib, n 14):
aquí tienen la locura de esta mente diabólica.
Si no juzgas entonces percibes lo bueno en la otra persona.
Si juzgas, entonces eres presuntuoso. Ya ha sido juzgado por Bergoglio.
Este hombre no sabe discernir entre juicio espiritual y juicio moral.
Todo hombre juzga de manera necesaria, porque su razón sólo sabe hacer juicios. Esto es el abc de la filosofía. Es el juicio humano o natural.
No hay hombre que no haga juicios. No hay hombre que no juzgue.
Es necesario y conveniente juzgar.
Y ante las palabras y los pensamientos y las obras del otro, sea quien sea, hay que juzgar.
Lo
que prohíbe Jesús, en Su Evangelio, es hacer un juicio moral de la
persona. Es decir, juzgar su intención. Nadie conoce la intención del
otro. Se ven sus obras, se ve su vida, pero no el motor, no la razón
oculta por la cual se vive o se obra todo eso.
Pero
lo que nunca prohíbe Jesús es hacer el juicio espiritual, tanto de las
palabras, como de la mente, como de la vida y obras del otro.
Y
como Bergoglio no sabe distinguir estos dos juicios, por eso, no sabe
decir lo que es pecado y lo que no es pecado. Lo que hay que perdonar y
lo que no hay que perdonar.
Este el punto de su falsa espiritualidad. Bergoglio tiene una fe humana. Es decir, creer significa, para él, negarse a sí mismo.
La fe divina significa obedecer a un mandamiento de Dios. Quien cree obedece.
Para
Bergoglio, no es así: «creer quiere decir renunciar a uno mismo, salir
de la comodidad y rigidez del propio yo para centrar nuestra vida en
Jesucristo» (ver texto).
Para
Bergoglio, creer es salir del propio yo, pero nunca es una obediencia a
un plan de Dios. Es negarte a ti mismo: niega, renuncia a tus juicios
humanos para poder percibir lo bueno que tiene el otro.
El
hombre no tiene que renunciar a nada. Sólo tiene que obedecer a Dios.
Esa obediencia significa negar el propio pensamiento humano, que vive
en la soberbia por nacer el hombre en el pecado original. Si el hombre
sigue su juicio, ya no obedece el juicio de Dios. Y peca. Para no seguir
su juicio, el hombre no tiene que salir de su yo, ni de su vida cómoda.
Sólo tiene que someter su inteligencia humana al mandamiento de Dios. Y
esto es sólo la fe verdadera. Después, como el hombre peca, necesita la
penitencia: ayunos, mortificaciones, desprendimientos, sacrificios. Que
le ayudan a vencer el principal pecado que tiene todo hombre: su
soberbia.
Bergoglio
está en su falsa espiritualidad, que es un falso misticismo: «la
vocación cristiana es sobre todo una llamada de amor que atrae y que se
refiere a algo más allá de uno mismo, descentra a la persona, inicia un
”camino permanente, como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su
liberación en la entrega de sí y, precisamente de este modo, hacia el
reencuentro consigo mismo, más aún, hacia el descubrimiento de Dios”»
(Ib)
La vocación cristiana no descentra a la persona. ¡Qué absurdo! La vocación divina transforma a la persona humana.
La
persona no está encerrada en su yo, no vive existencialmente encerrada
en ella misma: esta forma de hablar es propia del idealismo. El hombre
está metido en sus ideas, construye la vida con sus ideas. Hay que
sacarlo de sus ideas, tiene que salir de su yo cerrado en sí mismo.
Tiene que salir de su humanidad. Y quien habla así tiene que imponer su
visión de ser hombre a los demás: esto es lo que hacen todos los
dictadores. Atacan al hombre, niegan al hombre, para imponer su hombre,
su estilo de vida humana a los demás. Así Hitler buscó su pueblo
perfecto, quitando de en medio a la escoria, a lo que él consideraba
miseria humana. Es el idealismo, que da culto a la mente del hombre.
Hablan
de esta forma porque han negado el pecado de soberbia y de orgullo, que
es el que cierra a los hombres en el juicio propio, en su yo orgulloso.
Pero la persona no vive encerrada en ella: es la soberbia la que obra
esta cerrazón. Pero es una cerrazón espiritual; no es moral, ni
psicológica, ni humana, ni existencial.
Entonces,
Bergoglio batalla constantemente contra todo el mundo. Cada hombre vive
encerrado en sus ideas, en su yo encerrado. ¿Cómo se sale? ¡No juzgues
al otro! Dale un camino para sus ideas. Si juzgas al otro entonces no
vas a percibir sus ideas, su mundo interior y lo vas a hacer sufrir. Y
encima eres presuntuoso.
Esto es todo en la falsa espiritualidad que enseña este hombre.
Si no juzgas, entonces vas saber perdonar y dar: «Jesús pide también perdonar y dar» (Bula, n. 14).
Y, entonces, es cuando pone su programa comunista:
«En
este Año Santo, podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a
cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que
con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea. ¡Cuántas
situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy!
Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su
grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los
pueblos ricos» (Bula, n 15).
Los de la periferia existencial: la culpa de vivir así: el mundo moderno. ¡Lucha de clases!
Gente pobre, que sufre, que no tienen voz: la culpa de todo esto: los pueblos ricos. ¡Lucha de clases!
¿Para qué hace este falso jubileo? Para atacar a las clases ricas, pudientes, altas.
Bergoglio es la voz de los pobres, no de los ricos. ¡Voz comunista!
Y vean la charlatanería de este bufón, de este loco:
«En
este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a
aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la
misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención» (Ib):
consuela a los pobres, a los de la periferia existencial, dales un poco de solidaridad
humana, atiéndeles en sus necesidades humanas, materiales, carnales.
Para eso va a hacer este falso jubileo. No para quitar pecados. No para
expiar los pecados ni de los pobres ni de los ricos. Lo va a hacer para
hablar mal de los ricos – para juzgarlos (él que no juzga a nadie)- y
para llenar estómagos de los pobres. Eso es todo.
Y, ahora, muestra su vena llorona:
«No
caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que
anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que
destruye. Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las
heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y
sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos
estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el
calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que
su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la
indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el
egoísmo» (Ib).
¿Ven su sentimentalismo podrido?
La
indiferencia humilla; lo habitual anestesia. Tienes que vivir
concentrado en los problemas del otro, pero no en su conversión. No
puedes juzgar su vida de pecado. Tienes que aceptarla, pero debes
preocuparte por su vida de pecado para no humillar al otro. No seas juez
del otro diciéndole que su homosexualidad es pecado. Acepta su
homosexualidad, preocúpate de ella para no lastimar al otro. Sé tierno
con el otro. Sé compasivo con el otro. Sé misericordioso, como Dios es
misericordioso.
¿Ven qué podrido está Bergoglio?
¿Ven cómo todo es llorar por los hombres, que viven en sus malditos pecados, y justificarlos de muchas maneras?
No guardes el depósito de la fe, que es lo habitual que todo católico tiene que hacer si vive en el mundo, porque eso es impedimento para poder descubrir la novedad en tu hermano que vive en su herejía.
¡Es todo justificar al pecador y su pecado!
Tienes que abrir tus ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tanta gente que no tiene dignidad:
ya no abras tus ojos para mirar que la gente está viviendo en su
pecado, y que es necesario la oración y la penitencia para sacarlos de
su pecado.
¡Hay mucha gente sin dignidad humana!
¡Dales dignidad! ¡Dales solidaridad! ¡Dales dinero! Dales un poco de
fama mundial! ¡Hagamos un mundo con personas con dignidad! ¡Comunismo y
masonismo!
¡Qué pena de tantos católicos que se van a condenar por seguir a Bergoglio!
Las prostitutas tienen más claro el camino de salvación que muchos católicos que tienen a Bergoglio como su papa.
¡Es más fácil que se salve una prostituta que un católico que obedezca a Bergoglio!
Bergoglio
te predica el beso y el abrazo: «Nuestras manos estrechen sus manos, y
acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia,
de nuestra amistad y de la fraternidad» (Ib). Pura idea masónica.
Abraza al prójimo aunque sea el mayor hereje de la historia, aunque sea
un ateo que blasfema contra Dios, aunque sea un musulmán que corta
cabezas por cortarlas. Dales un abrazo. Se lo merecen. Dales un signo de
fraternidad natural.
¡Qué locura de bula!
¡Qué burla esta bula de la falsa misericordia!
Ni una palabra sobre el pecado, que es el mal de este mundo. Ni una palabra. Todo es dar vueltas a lo mismo:
«Será
un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante
el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del
Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia
divina» (Ib): no tienes una conciencia despierta ante la pobreza; no
miras a los pobres que son los privilegiados de esta falsa misericordia.
Es
siempre lo mismo: los pobres, los pobres, los pobres. Bergoglio ha
puesto a los pobres por encima de Dios. Su claro comunismo. ¡Cómo apesta
este hombre a humanismo! ¡Es su herejía favorita!
Y, por supuesto, dice su gran blasfemia:
«Ser
confesores no se improvisa. Se llega a serlo cuando, ante todo, nos
hacemos nosotros penitentes en busca de perdón. Nunca olvidemos que ser
confesores significa participar de la misma misión de Jesús y ser signo
concreto de la continuidad de un amor divino que perdona y que salva.
Cada uno de nosotros ha recibido el don del Espíritu Santo para el
perdón de los pecados, de esto somos responsables» (Ib): como no tienes
que juzgar al otro, entonces a perdonar sin límites. Y la gran blasfemia
es que el Sacramento se ha dado tanto para atar como para desatar. No
se nos ha dado el Espíritu Santo para perdonar pecados, sino para hacer
un juicio tanto al pecador como a su pecado.
¡Pobres sacerdotes, lo que les espera en ese año de maldad como se atrevan a negar el Sacramento a un pecador!
Bergoglio
sólo coge la palabra misericordia y la repite sin cesar en toda esta
bula. Es una palabra vacía, acomodada a la mala interpretación que hace
de todos los textos de la Sagrada Escritura y de los Papas.
Le sale un documento que es una burla de la Justica y de la Misericordia Divinas. ¡Una auténtica burla!
¡Qué pocos saben ya enfrentar a Bergoglio como lo que es en la realidad!
¡Ahora, todos temen ya lo que va a suceder después de Octubre! Todos lo palpan.
Pero
todos son culpables porque tiempo han tenido de llamar a las cosas por
su nombre. Y sólo por agradar a un hombre, a este falsario, todos entran
en el castigo que viene para toda la Iglesia, que se manifestará en el
mundo entero.
Castigo
divino: todos encerrados en una gran oscuridad, de la cual nadie puede
ver. Es la oscuridad del demonio: su tiniebla. Y, en esa tiniebla
espiritual, la condenación de muchos, fieles y Jerarquía, que a pesar de
su gran inteligencia, se merecen el infierno.
No
salvan las teologías. Sólo salva poner la cabeza en el suelo y pedir a
Dios misericordia. Pero el gran pecado de muchos en la Iglesia es que se
creen salvados y santificados por su teología, porque han sabido
interpretar a su manera el Concilio.
Y
para no apartarse de la enseñanza espiritual del Concilio, el alma no
tiene que apartarse de la Voluntad de Dios en la Iglesia, que es en lo
que muchos han caído. Por querer sus tradiciones, sus liturgias, sus
magisterios, se han alejado de la Voluntad de Dios en una Cabeza
Visible. Y vemos la gran división que todo eso ha traído.
Ahora,
todos siguen a un ignorante de la Verdad. Y a pesar de ver sus grandes
herejías, sus claras obras de apostasía y su obra cismática en su
gobierno, se someten a su mente humana. No tienen las agallas de
levantarse contra ese hombre. En sus teologías no lo ven claro.
No salvan las teologías, sino la fe de los sencillos.
¡Cuánta gente sin inteligencia sabe lo que es Bergoglio!
¡Cuánta Jerarquía con años de teología y todavía no creen que Bergoglio no es papa! Se van a condenar.
En
este tiempo de Justicia, sólo las almas sencillas se salvarán. Los
demás, les espera una gran condenación. Y sólo porque ellos la han
buscado en sus grandes teologías.
Esta
bula del jubileo de la misericordia es una burla a la Misericordia de
Dios. No es un año de bendición divina, sino de maldición. Y esa
maldición la obra el demonio dentro de la Iglesia.


