UNA PAVOROSA CRUZ ECUMÉNICA
«Ése no es el estrumento de nuestra redención», clamó un paisano al paso de la informe cruz, al tiempo que una bandada de siriríes hacía sentir su rechifla y las fisgonas lechuzas chistaban. Si el periplo hubiese incluido nuestro altiplano, la «Cruz ecuménica de la resurrección» (tal su sesquipedal alias) no se hubiera librado del esputo de los guanacos.
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Se trata de una cruz de caños cromados rematada por un vidrio de
colores. Vino de Alemania, como Hegel y como Marx, acarreada por una
comitiva de la diócesis de Rottenburg-Stuttgart, y fue entregada a las
Comunidades Eclesiales de Base y organizaciones ecuménicas de la
Argentina en una parroquia de la diócesis de Quilmes con el fin de
que «peregrine por las comunidades, barrios y parajes». Había sido
bendecida por Francisco en el pasado mes de febrero, poco tiempo después
de lo cual su autor murió, víctima de una extraña y fulminante
infección (más información e imágenes aquí).
El secreto (si tiene alguno) del arte contemporáneo es su cinismo. Una
vez deshecha la figura y burlada la representación, lo que queda es
poner descaradamente en su lugar lo que el arbitrio mande. El siguiente
paso ha sido, con frecuencia, la risa del "artista" en las barbas del
público y la crítica, reprochándoles su candor. Así ocurrió repetidas
veces con varios de los capitostes del llamado pop art, que se
desenmascararon ellos mismos ante la prensa luego de ofrecer en salas de
exposición las etiquetas de latas de conservas o de productos de
limpieza; así lo hizo Picasso, quien no temió afirmar en un reportaje, a
propósito de sus lucrativas imposturas, que «a fuerza de divertirme con
todos estos juegos, con todas esas paparruchas, con todos estos
rompecabezas, jeroglíficos y arabescos, me he hecho célebre, y muy
rápidamente. Y la celebridad significa para un pintor: ventas,
ganancias, fortuna, riqueza [...] Pero cuando estoy a solas conmigo
mismo, no tengo valor de considerarme como un artista [...] Yo soy
solamente un entretenedor público que ha comprendido a su tiempo y se ha
aprovechado lo mejor que ha podido de la imbecilidad, la vanidad, la
avidez de sus contemporáneos».
| Al fondo, a la izquierda, el cardenal Ravasi, babeante admirador del arte moderno |

