¿Corrección filial o colafización?
02/10/17 12:05 am
“Mas vuestro hablar sea sí, sí; no,no; esto es,para lo que es, baste decir es, y para lo que que no es, baste decir no es”. Santo Tomás de Aquino, Catena Aurea, Mateo, V,37
Desde las páginas de Civiltá Cattolica, con fecha reciente, 28 de septiembre del corriente, se han dado a conocer unas declaraciones de Francisco, objetando y criticando a quienes han expresado sus cuestionamientos a Amoris Laetitia. Tales declaraciones fueron realizadas durante un encuentro privado de Bergoglio con sesenta y cinco jesuitas congregados en Cartagena de Indias.
Lo que en sustancia contiene esa
defensa pontificia de la cuestionada Exhortación Apostólica, es que
“para entenderla hay que leerla de principio al fin”; esto es, no
solamente el álgido y problemático capítulo octavo; y que la moral en
que se apoya “es tomista, la del gran Tomás”. La consecuencia lógica a
la que arriba Bergoglio, y está dicha en forma expresa, es que quienes
arguyen contra Amoris Laetitia están “equivocados”. La
referencia a los autores de los “Dubia” y últimamente a los distnguidos
firmantes de la “Correctio filialis”, es muy explícita. Más que una
referencia, en rigor, se trata de una descalificación. Y conociendo a
Francisco, nadie espere otra respuesta que no sea ésta.
Pues bien, cuando salió Amoris laetitia,
hacia comienzos de abril de 2016, escribimos y publicamos un brevísimo
ensayo titulado “La nueva luz de Bergoglio”. Consciente y alertado por
los más sabios, de que el problema central y más grave de este documento
estaba en el capítulo octavo, decidimos leerlo “desde el principio al
fin, capítulo por capítulo”, como lo pide y lo reprocha hoy Francisco; y
encarar entonces el análisis crítico desde otra perspectiva.
Lo que hallamos, más allá del
proverbial capítulo octavo, no es precisamente la moral tomista ni nada
que pudiera tranquilizar la ortodoxia de los cristianos fieles. Sino una
serie de penosos desvaríos que incluyen –y es casi anécdótico este
ejemplo- la referencia positiva a un autor como Mario Benedetti,
terrorista tupamaro y blasfemo convicto y confeso.
Al fin de cuentas, y si a la invocada
moral tomista nos acogemos, le es lícito al súbdito desobedecer a un
superior devenido en déspota –en obstáculo para asegurar el bien común-
como le es lícito incluso resistirle en forma briosa y frontal. Le es
lícito y exigible al súbdito obedecer a Dios antes que a los hombres que
de Dios nos aparten. Y en cuanto “al Príncipe, a quien obedece la
multitud, se debe tolerar su pecado si no se le puede castigar sin
escándalo del pueblo, a no ser que su pecado sea tal que cause más daño espiritual o temporal a sus súbditos que el escándalo que se podría temer” (Suma Teológica, II-II,q.108,1,5).
Quedará para quienes estén en mejores
condiciones intelectuales que nosotros la dilucidación acerca de si este
triste caso que estamos presenciando con desgarramientos corporales y
espirituales, es el caso en el que se aplica el consejo de Santo Tomás.
Si la hora no es ya tan avanzada y descompuesta, que resulta mayor el
escándalo de no castigar al superior que el escándalo de la lenidad e
impunidad con que lleva a las ovejas al abismo.
***
La nueva luz de Bergoglio
El calambur
Aparecida la Exhortación Apostólica Postsinodal Amoris Laetitia,
no pocos católicos formados en la Verdad de la Iglesia dieron la voz de
alarma, con legítimas razones y fundadas prevenciones. Es que ocurre
que el texto, por donde se lo lea, conduce inevitablemente hacia el
puerto al que no debería llevar nunca la docencia petrina, en cualquiera
de sus posibilidades expresivas. Conduce al error, a la ambigüedad, a
la duda; a la confusión y al doble sentido. Y hasta para llegar a algún
eventual pasaje rescatable hay que sortear un tronco empecinado de
argucias e imprecisiones, cuando no de dolorosas concesiones al siglo.
El diccionario de nuestra lengua llama calambur a aquella
construcción idiomática o figura retórica que altera los significados
mediante juegos silábicos; y pone -entre otros- un ejemplo que pinta
perfectamente para la ocasión: “este es conde y disimula”. He aquí, en principio, y con el ejemplo de marras, el espíritu de la Amoris Laetitia: un tragicómico calambur de Francisco.
Acaso un punto particular probará lo que decimos.
La sociedad abierta y sus enemigos
Al llegar al capítulo V, Amor que se vuelve fecundo, la
exhortación discurre con delicadeza sobre el concepto de “fecundidad
ampliada”, que se da principalmente en aquellas críticas ocasiones en
las cuales el matrimonio no puede engendrar hijos. Entonces, la
fecundidad se amplía con el ejercicio de la maternidad y de la
paternidad espiritual, con la adopción generosa o con la práctica de
variadas formas de servicio al prójimo. Porque “la familia no debe
pensar (sic) a sí misma como un recinto llamado a protegerse de la
sociedad. No se queda a la espera, sino que sale de sí en la búsqueda
solidaria” (181).
Por cierto que en situaciones ideales la sociedad no debería ser una
amenaza para los hogares, ni una asechanza ante la cual protegerse. Pero
mucho han insistido los pontífices –sin necesidad de remontarse a San
Lino ni a Gregorio VII- en la prudencia que deben tener hoy las
familias, inmersas como están en una cultura hostil al cristianismo, por
decir lo menos. Prudencia vigilante, que si bien no ha de propiciar el
aislacionismo social, tampoco puede estimular el desguarnecimiento
frente a la sociedad presente, en gravísimo estado de corrupción
integral.
Es evangélica la plástica imagen de la casa edificada sobre roca
(Mt.7,25); y son de Nuestro Señor las prevenciones sobre los ríos
desbordados, las lluvias desmadradas, los vientos destructivos. Clara
señal para todos los tiempos; y tanto más en éstos, de que existen
motivos para abroquelarse y defenderse de la sociedad. Hay una lejana e
implícita matriz popperiana tras el planteo bergogliano de la relación familia-sociedad.
Parecería que los enemigos de la primera ya no se encontrarían en los
meandros de la segunda, si la segunda es –como está a la vista- una
inmensa democracia liberal con la que se puede interactuar sin riesgos.
Más bien los nuevos riesgos para un católico, a juzgar por el despliegue total de la Amoris Laetitia,
consistirían en no ser lo suficientemente acogedores con los frutos
descarriados y anómalos de esta comunidad moderna. Los enemigos de la
sociedad serían ahora los católicos negados a la apertura; aquellos que
“prefieren una pastoral más rígida que no dé lugar a confusión alguna”
(308). Una pastoral no divorciada del dogma sempiterno, hablemos claro.
Pero en este neo-magisterio dialéctico y pleno de heterodoxas
disyuntivas, la confusión es preferible a la rigidez, que en otros
tiempos se llamó sencillamente ortodoxia.
La mimetización familia cristiana-sociedad presente se
propone casi como un axioma vinculado a la historia sagrada. “Ninguna
familia puede ser fecunda si se concibe como demasiado diferente o
«separada». Para evitar este riesgo, recordemos que la familia de
Jesús[…] no era vista como una familia «rara», como un hogar extraño y
alejado del pueblo[…];era una familia sencilla, cercana a todos,
integrada con normalidad en el pueblo. Jesús tampoco creció en una
relación cerrada y absorbente con María y con José[…].Eso explica que,
cuando volvían de Jerusalén, sus padres aceptaban que el niño de doce
años se perdiera en la caravana un día entero, escuchando las
narraciones y compartiendo las preocupaciones de todos: «Creyendo que
estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día» (Lc 2,44).
Sin embargo a veces sucede que algunas familias cristianas, por el
lenguaje que usan, por el modo de decir las cosas, por el estilo de su
trato, por la repetición constante de dos o tres temas, son vistas como
lejanas, como separadas de la sociedad” (182).
El populismo político en el que ha abrevado Francisco le juega una
mala pasada. Va de suyo que los hogares católicos no tienen que ser
raros; ni mucho menos ajenos ni lejanos a las peripecias del suelo natal
en el que han sido plantados por Dios. Son –y así deberían
considerarlos todos- paradigmas de comportamiento doméstico; modelos de normalidad;
esto es de norma y de canon. Pero los cristianos, tanto como sujetos
individuales como agrupados en familias, están llamados a ser “piedra de
escándalo” (Is. 8,14) y “signo de contradicción”(Lc.2,34). Mala señal
en consecuencia si no se comportan “demasiado diferente” respecto de
los aborrecibles anti-modelos familiares que predominan hoy en el
deificado pueblo.
Desde el momento en que un nuevo hogar católico se constituye a
conciencia y libremente, su diferenciación y antagonismo con el resto de
los hogares es inevitable y hasta obligatorio. Diferenciación y
antagonismo que ha de presentarse en los hechos, no como un desprecio al
resto de los mortales, pero sí como el mejor servicio apostólico y
misionero que se le puede prestar al cuerpo social, y aún como el
ejemplo más edificante y regenerador. Para que los paganos puedan volver
a exclamar con admiración y deseo emulativo el proverbial “¡Mirad cómo
se aman!, que registran los Hechos de los Apóstoles.
En las cartas paulinas, San Pablo refiere varias veces el ejemplo de
la casa de Priscila y Áquila, modelos de esposos que “expusieron su
cabeza para salvarme”(Rm. 16,3-5); y que no trepidaron en ser diferentes y en tenerse por segregados del resto del pueblo,
precisamente por causa de su fidelidad a Cristo. De estos esposos ha
hecho el bellísimo elogio Benedicto XVI, en su catequésis del 7 de
febrero de 2007, instando a espejarse en ellos, porque prueban que, para
los bautizados leales, “toda casa puede transformarse en una pequeña
iglesia[…], toda la vida familiar, en virtud de la fe, está llamada a
girar en torno al único señorío de Jesucristo”.
Pero además, o por lo mismo, si una familia católica reconoce en la
casa de Nazaret su paradigma y su norte, ya no puede conformarse con ver
en la misma esa especie de carpintería de barrio, como la pinta
Bergoglio, “integrada con normalidad en el pueblo”. Aquello –ha dicho
Guardini en el capítulo tercero de La Madre del Señor- “no
era precisamente una familia, sino algo divinamente irrepetible, que no
tiene nombre. Una fecundidad que redime al mundo, inmediatamente a
partir de Dios. Un amor que era mayor, por ser diferente, que todo lo que ha unido jamás a las personas.
Puede ser entonces que se use el nombre de ‘familia’ para indicar ese
carácter de velamiento de lo propio y peculiar, tal como es
característico de María”.
Curiosa exégesis psicopedagógica
Así como no se quieren ya familias diferentes, que contrasten con el
resto por ser católicas, y hasta puedan ser perseguidas a causa de ello;
ni se quiere tampoco que los católicos consideren demasiado raras otras
uniones alternativas, los nuevos padres que necesitamos no han de estar
preocupados por saber dónde están sus hijos. A semejanza de María y
José -¡progenitores modernos, váya!- que perdieron a su hijo casi
adolescente en el camino de regreso de Jerusalén, pero no se inmutaron
demasiado, pues no tenían con él “una relación cerrada y absorbente”. El
muchacho podía hacer lío a discreción, sin tanto control represivo de
la figura paterna ni coacciones emocionales de parte de la madre.
Es un problema que el Evangelio de San Lucas diga algo distinto. Santo Tomás nos lo explica así en su Catena Aurea:
que Jesús se quedó en Jerusalén “sin que nadie lo notara”, “sin que sus
padres lo advirtiesen”; que se queda de este modo “para no ser
desobediente”. Que sus padres lo buscaron con preocupación primero y
sobresalto después, cuando se dieron cuenta de que no estaba “en la
caravana, entre los parientes y conocidos” (Ls.2,43); que regresaron
sobre sus propios pasos para localizarlo de una buena vez; y que al
verlo al fin, sano y salvo en el templo, su madre, exclamó: “tu padre y
yo te estábamos buscando con angustia”(Ls.2,48). “La madre –acota Orígenes- afectada en sus maternales entrañas,
manifiesta con lamentos sus dolorosas pesquisas, y expresa lo que
siente con la confianza, la humildad y la ternura de una madre: ‘hijo,
por qué te has portado así con nosotros’ (Ls.2,48). Tras el
significativo episodio, el mismo texto evangélico recuerda que Jesús
“enseguida se fue con sus padres, y vino a Nazaret y les estaba sujeto” (Ls.2,51-52). Es decir, volvió a ser “absorbido” por la autoridad de sus padres terrenos.
No está mal que Francisco quiera inculcar el principio de una
libertad gradual y responsable ofrecida paternalmente a la prole a
medida que crece. No está mal asimismo que quiera evitar los estragos de
familias monopolizadoras o enfermizamente endógenas. Pero para ello no
es necesario tergiversar los Santos Evangelios, ni incurrir tampoco en
el gravísimo error del historicismo o del evolucionismo dogmático. Dice,
en efecto, la Amoris Laetitia, “Aquí vale el
principio de que «el tiempo es superior al espacio”. Es decir, se trata
de generar procesos más que de dominar espacios. Si un padre está
obsesionado por saber dónde está su hijo y por controlar todos sus
movimientos, sólo buscará dominar su espacio[…]. Entonces la gran
cuestión no es dónde está el hijo físicamente, con quién está en este
momento, sino dónde está en un sentido existencial, dónde está
posicionado desde el punto de vista de sus convicciones, de sus
objetivos, de sus deseos, de su proyecto de vida” (261).
Una vez más las disyuntivas dialécticas –que son otros tantos guiños
al mundo moderno y a su psicologismo aterrador- no permiten inteligir la
plenitud de la verdad. Si un padre está “obsesionado” por saber dónde
está espacialmente su hijo, lo irrecomendable a lo sumo será la
obsesión, pero no el ordenado requerimiento. Porque los espacios no son
inocuos o neutros, ni somos sólo espíritus que habitamos espacios
existenciales; y porque aún suponiendo que cada padre llevara consigo a
un metafísico, antes inquieto por el ambiente del alma que por el
paisaje físico –aún un sábado a las cuatro de la mañana, con el hijo
púber ausente del hogar tras angustiantes horas de incierta espera- ese
saber dónde está el alma no puede jamás desvincularse de dónde está el
cuerpo. A no ser que neguemos el más elemental realismo antropológico.
Admitimos que “la gran cuestión” pueda consistir en saber “dónde está
posicionado[el hijo] desde el punto de vista de sus convicciones, de
sus objetivos, de sus deseos, de su proyecto de vida”. Pero esto, no
sólo no es independiente de saber “con quién está en este momento”, sino
que guarda estrecha dependencia. Porque las compañías elegidas, tanto
como los ámbitos espaciales predilectos, marcan y en ocasiones
condicionan o determinan las ubicaciones espirituales y los
posicionamientos existenciales. Es falaz la polarización bergogliana de
la preeminencia del tiempo sobre el espacio. Extravío fatal de raigambre
semítica, cuando el judío temporaliza las promesas divinas, se afianza a
sí mismo como siglo presente, sin ver el siglo venidero ni escudriñar
las profecías (Jn.5,39), y acaba matando al Justo, Señor del Tiempo y
del Espacio.
La poesía que destruye
Pero volvamos al concepto de “fecundidad ampliada”, analizado en Amoris Laetitia.
Tras referirse, como vimos, a algunos de esos modos a los que siempre
aludió la Iglesia, verbigracia la adopción, la Exhortación señala otro
modo, al que considera no menos significativo, y es el de la dedicación
de los esposos al cumplimiento de sus “deberes sociales”. “Los
matrimonios necesitan adquirir una clara y convencida conciencia sobre
sus deberes sociales. Cuando esto sucede, el afecto que los une no
disminuye, sino que se llena de nueva luz, como lo expresan los siguientes versos:
«Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia. Si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos»(181).
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia. Si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos»(181).
Es posible que el lector europeo –y aún el simple feligrés de a pie
de estos pagos- ignore en profundidad quién es Mario Benedetti, autor de
esta estrofa, como con toda inverecundia lo aclara la misma
Exhortación, especificando en su nota a pie de página 204 la
correspondiente referencia bibliográfica: “Mario Benedetti, “Te quiero»,
en Poemas de otros, Buenos Aires 1993, 316”.
Pues lo diremos en dos trazos; primero por respeto al sentido de lo
obvio de los lectores informados, a quienes abundar en detalles sería
cómo explicarles quién es el Che Guevara. Y segundo, porque lejos de
nuestro ánimo cambiar el tema central de estos comentarios, que no es
ciertamente el retrato de un vulgar escritor marxista, sino el dolor de
saber que Francisco ha optado por la poesía que destruye, según
la nunca olvidada distinción de José Antonio Primo de Rivera. Opción
que de ningún modo se reduce a una cuestión estética, ni es esa su
gravedad mayor, sino a una inequívoca predilección por un mensaje tan
alejado del pulchrum como de los restantes trascendentales del ser.
Bergoglio prueba una vez más con esta intromisión escandalosa de un
artista degenerado en un texto teóricamente dirigido a celebrar la
alegría del amor, que el timor Domini no es precisamente su
rasgo más distintivo. Tampoco un don más modesto aunque valioso, como el
cultivo del gusto por la Belleza y el consiguiente desdén por las
cursilerías. Nada lo detiene ni lo turba en su vocación de maridaje con
la contracultura y aún con la contra iglesia. Nada se le presenta como
dique a su moral de situación, a su misericordia despreocupada de la
justicia, a su praxeología inclusiva, ausente de criterios rectos que
separan la cizaña del trigo. Las cosas digámosla como son. Porque ya
todo está a la vista, excepto para los ciegos que guían a otros
ciegos(Mt. 15,14).
Mario Benedetti, en efecto, fue un hombre de letras de nacionalidad
uruguaya (1920-2009), dedicado en forma activa y perseverante a la
militancia comunista, a la propaganda revolucionaria sistemática y,lo
que es más grave, a participar de las acciones de la agrupación
terrorista Tupamaros, cuyos guerrilleros, principalmente en la
larga década de 1970, cometieron un sinfín de asesinatos a mansalva.
Todo; absolutamente todo en el perfil ideológico de Benedetti, delata al
enemigo declarado de la civilización cristiana. Y todo en su perfil
humano y creativo hace patente a un alma visceralmente odiadora de la
Iglesia y de su Magisterio Tradicional. Su poema “Si Dios fuera una
mujer” constata incluso, que los terrenos de la blasfemia y del
sacrilegio tampoco le estuvieron vedados. Es más; él mismo llamó a
tamaña toma de posición una “venturosa, espléndida,
imposible, prodigiosa blasfemia”.
El poema elegido por Francisco para ilustrar la fecundidad ampliada a la que puede y debe llegar un matrimonio cristiano para llenarse de una nueva luz
es, redondamente, un himno marxista, musicalizado y cantado por todas
las voces de las izquierdas americanas y españolas. Un himno
emblemático, repetido por todos los multimedios, machacado, reiterado,
difundido hasta el hartazgo y la náusea; sin que faltaran incluso las
apropiaciones lésbicas de la letra y del contenido; ya que, completo, el
engendro sostiene: “y porque amor no es aureola/ ni cándida moraleja/ y
porque somos pareja/ que sabe que no está sola”. ¿Esta es la nueva luz
de la fecundidad ampliada propuesta como programa e ideario para los
matrimonios católicos? ¿Esta es la nueva luz que encenderán y portarán
como antorcha cuando se aboquen al cumplimiento de sus deberes sociales?
¿Esta es la nueva luz que surgirá entre ellos y de ellos, cuando
vuelquen su potencial germinativo y fundante en los quehaceres cívicos
de la patria y del orbe?
Los matrimonios católicos –y sobre todo aquellos que no hemos
permanecido indiferentes a los compromisos con las legítimas y
justicieras luchas patrióticas- nos sentimos ofendidos con esta ruin
poesía que destruye, vulgar panfleto libertario y socialista, que
solicita una justicia, una rebelión y un pueblo absolutamente
identificados con el programa del enemigo. Nos sentimos ofendidos, y el
vejamen duele hondo, sabiendo que quien debería darnos “la leche pura de
la palabra espiritual”, nos entrega la “leche adulterada” (1 Ped.2,2).
Francisco no puede ignorar el modelo de fecundidad ampliada que les
está propiciando a los cristianos con estas rimas insidiosas. Tampoco
puede ignorar, pero lo hace, que el catolicismo es pródigo en cánticos
de amor conyugal, dadivoso y fértil en altos romanceros y cancioneros de
hombres y de mujeres entrelazados nupcialmente en el campo del honor,
espléndido en poemarios que exaltan la unión de los esposos que marchan
juntos al combate, radiante e inmenso en su antología de versos que
laudan la verdadera luz de Cristo, por la que caballeros y damas
asaltaron murallas en defensa de la Cruz. No puede ignorar incluso que
aquí, en el Rio de la Plata, familias enteras fueron diezmadas por el
odio castrista de los seguidores de Benedetti; y que en muchos de esos
casos, las esposas de nuestros soldados se hicieron acreedoras del
encomio quevediano:
“Hilaba la mujer para su esposo
la mortaja primero que el vestido;
menos le vio galán que peligroso.
la mortaja primero que el vestido;
menos le vio galán que peligroso.
Acompañaba el lado del marido
más veces en la hueste que en la cama;
sano le aventuró, vengóle herido”.
más veces en la hueste que en la cama;
sano le aventuró, vengóle herido”.
No; la nueva luz de la fecundidad ampliada, para quienes se aman
sacramentalmente y se abocan al compromiso social y político, no se
enciende en la hoguera roja de la rebelión marxista, sino en el cirio
vivo del Madero Reverberante y Transfigurador. Entonces el esposo no le
dice a la amada que es su cómplice, sino “hueso de mis huesos”
(Gen.2,23). No elogia sus manos porque trabajan por una justicia
homicida y rencorosa, sino porque corren por ellas “las gotas de mirra”,
vestigios del Amado (Cant.5,5). Ni cree que juntos sean mucho más que dos, sino “una sola carne” (Gen. 2,24).
Envío
“La ausencia de memoria histórica –dice la Amoris Laetitia–
es un serio defecto de nuestra sociedad. Es la mentalidad inmadura del
«ya fue». Conocer y poder tomar posición frente a los acontecimientos
pasados es la única posibilidad de construir un futuro con sentido. No
se puede educar sin memoria” (193).
Pues bien; no era ni es la poesía que destruye la que nos habilita o
alecciona a poner en práctica esta fecundidad ampliada, tan necesaria y
tan legítima para los matrimonios católicos, hayan podido o no traer
hijos al mundo. Es la memoria veraz y fiel de los hechos y de los
personajes paradigmáticos. Es el recuerdo vivo, real y vigente de esas
casas fundadas sobre piedra, con el padre por cabeza, la madre por
sostén y los hijos como linaje. A ellos el homenaje austero de estas
líneas finales.
A las familias vandeanas, perseguidas como bandidos y sostenidas sólo
por el amor irrefragable al Corazón de Jesús. A las familias cristeras,
derramando su sangre por los altos de Jalisco, con el Viva Cristo Rey
en cada labio. A las familias hispánicas, alistadas en la reconquista,
contra moros, judíos y rojos, según pasaron los siglos. A las familias
argentinas, a las que les tocó prolongar en suelo americano la
resistencia y la cruzada contra los enemigos de Dios. A las familias de
todos los tiempos y de todos los espacios –benditas coordenadas en el
plan del Creador- sin olvidarnos del más remoto de los años ni del más
pequeño de los paisajes terrenos. Cuándo hayan sido y dónde hayan sido
sus testimonios, no los olvidemos y les demos gracia, con el brazo
alzado y la mirada limpia.
A ninguno de estos personajes ejemplares, de carne y hueso, que
recorren la historia toda de la Cristiandad, se les cruzó por la cabeza
lo que sostiene esta desdichada Exhortación, según la cual, “hemos
presentado un ideal teológico del matrimonio demasiado abstracto, casi
artificiosamente construido, lejano de la situación concreta y de las
posibilidades efectivas de las familias reales” (36). Precisamente
amaban al sacramento del matrimonio por lo que tenía de ideal teológico;
y precisamente pudieron sus integrantes ser fecundos, en hijos y en
servicios, en descendencia y en obligaciones sociales y políticas,
porque encarnaron ese ideal teológico y le fueron fieles.
Coplas existen, y no son de poetastros menores, en las que se narran
aquellos heráldicos casos de esposos dados por muertos en las lides
medievales, y que vuelven un día, inesperada y milagrosamente, después
de añares infinitos, para encontrarse con la fidelidad intacta de la
esposa; tan intacta como su esperanza y su presentimiento del regreso,
razones por las cuales no había vuelto ella a casarse, ni él a conocer
tálamo alguno.
En la iglesia franciscana de Nancy, una lámina mortuoria ha
inmortalizado este gesto de recíproca observancia marital. Es la que
recuerda a Hugo I de Vaudemont y a su esposa Ana, íntimamente abrazados,
después de diecisiete años sin verse. Él retorna de las Cruzadas. Ella
lo aguardaba firme y devota como si hubiera partido anoche. Él y ella
son dos creaturas católicas, con un ideal teológico, que no les pareció
en absoluto demasiado abstracto. Por el contrario; llevaba la
gravitación de la carne, el impulso de la materia consagrada, el
dinamismo y la fuerza, el arrebato y el entusiasmo de todas las fibras
crispadas que laten al unísono entre dos bautizados que se aman. Fueron
concavidades y convexidades que se necesitaban la una a la otra, hasta
que la muerte los separe. Que lo diga mejor Gerardo Diego:
“Quisiera ser convexo
para tu mano cóncava.
Y como un tronco hueco
para acogerte en mi regazo
y darte sombra y sueño.
Suave y horizontal e interminable
para la huella alterna y presurosa
de tu pie izquierdo
y de tu pie derecho.
Ser de todas las formas
como agua siempre a gusto en cualquier vaso
siempre abrazándote por dentro.
Y también como vaso
para abrazar por fuera al mismo tiempo.
Como el agua hecha vaso
tu confín – dentro y fuera – siempre exacto”.
para tu mano cóncava.
Y como un tronco hueco
para acogerte en mi regazo
y darte sombra y sueño.
Suave y horizontal e interminable
para la huella alterna y presurosa
de tu pie izquierdo
y de tu pie derecho.
Ser de todas las formas
como agua siempre a gusto en cualquier vaso
siempre abrazándote por dentro.
Y también como vaso
para abrazar por fuera al mismo tiempo.
Como el agua hecha vaso
tu confín – dentro y fuera – siempre exacto”.
Antonio Caponnetto
