domingo, 25 de marzo de 2018

24 de marzo e hipocresía





24 de marzo e hipocresía

 
El sábado 24 de marzo se conmemora el cuadragésimo segundo aniversario del derrocamiento de María Estela Martínez de Perón, dando origen al “Proceso de Reorganización Nacional” a cargo de las Fuerzas Armadas. El relato que se impuso con el correr de los años fue más o menos el siguiente: el 24 de marzo de 1976 un grupo de forajidos con uniforme militar tomó por asalto la Casa Rosada derrocando a la presidenta de ese momento ante el estupor y la desesperación del pueblo argentino. La realidad es muy diferente. Efectivamente, el 24 de marzo de 1976 se produjo el derrocamiento de “Isabel” protagonizado por las Fuerzas Armadas pero la actitud del pueblo fue de alivio. “Por fin la rajaron”, sintetiza a la perfección el estado de ánimo colectivo en aquella triste jornada. En efecto, aunque hoy muchos se nieguen a reconocerlo el derrocamiento de “Isabel” contó con el apoyo de importantes sectores de la población, por no decir su inmensa mayoría. Expresado en lenguaje de la ciencia política, el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 gozó de una innegable legitimidad, si por tal entendemos el apoyo popular brindado a dicho accionar.

Lo que sucedió el 24 de marzo de 1976 no sorprendió a nadie. Nunca hubo en la historia un golpe de Estado tan anunciado y esperado por la población. Es por ello que cuando nos anoticiamos aquella mañana de lo que acababa de suceder no nos llamó para nada la atención. Lo que cabe preguntar es por qué el pueblo sintió alivio cuando se enteró de la destitución de “Isabel”. Ello nos conduce inevitablemente a rememorar lo que había acontecido en el país durante los tres años de gobierno peronista. El 20 de junio de 1973 Perón regresó definitivamente al país con un único objetivo: volver a ser presidente. Lo que aconteció ese día en los bosques de Ezeiza le demostraron que el peronismo era un polvorín que amenazaba seriamente la paz social. Fue tal la violencia desatada entre la derecha y la izquierda del movimiento que el anciano líder se obligado a descender en el aeropuerto de Morón. Un mes más tarde se deshizo de Cámpora y Solano Lima para que su camino a la presidencia quede despejado. Las elecciones presidenciales tuvieron lugar el 23 de septiembre y Perón recibió un aluvión de votos. El pueblo le había otorgado toda su confianza ya que lo consideraba el único dirigente capaz de sacar al país del atolladero en que se encontraba. Dos días más tarde, Montoneros asesinó a balazos a José Ignacio Rucci, uno de los hombres de mayor confianza de Perón. Fue la manera que eligieron para recordarle al líder que debía contar con ellos a la hora de gobernar. Las consecuencias de ese hecho atroz fueron nefastas. Lejos de amilanarse Perón redobló la apuesta. A partir de entonces el país se tiñó de rojo. Los cadáveres comenzaron a aparecer cada día a lo largo y ancho del país. Durante el verano de 1974 se produjo un hecho terrible: la subversión intentó el copamiento del regimiento militar de Azul. Perón no toleró semejante afrenta. Al poco tiempo expulsó de las provincias a aquellos gobernadores afines a la “tendencia”. Había estallado una guerra sin cuartel. El 1 de mayo la izquierda peronista desafió nuevamente a Perón quien, encolerizado, expresó que había llegado la hora de hacer tronar el escarmiento. El 1 de julio muere y es reemplazado por su Vice, su esposa María Estela Martínez. La derecha peronista copó el gobierno que quedó en manos de José López Rega. Promediando 1975 “Isabel” se tomó unas breves vacaciones y el presidente interino Luder ordenó el aniquilamiento de la subversión, la que venía ejecutando Bussi en la provincia de Tucumán desde hacía unos meses. En ese ambiente violento y desgarrador los grandes medios comenzaron a machacar con la idea del vacío de poder y el flagelo de la subversión. En agosto el general Numa Laplane fue reemplazado por Videla en la jefatura del Ejército. El golpe comenzó a ponerse en marcha. El 23 de diciembre un sector de la Fuerza Aérea se adelantó a lo planificado e intentó derrocar a “Isabel”. El plan falló no porque careciera de apoyo sino precisamente porque no había respetado el cronograma establecido. Mientras tanto el líder sindical Casildo Herreras se fue del país pronunciando la famosa frase “yo me borré”. Durante el verano de 1976 cada noche los argentinos se preguntaban si ése había sido el último día de “Isabel” como presidente.
El 24 de marzo de 1976 puede considerarse, parafraseando a García Márquez, como la crónica de un golpe anunciado. A nadie sorprendió la destitución de “Isabel” y casi todos respiraron aliviados cuando el hecho tomó estado público. El golpe contó con el apoyo de la inmensa mayoría del pueblo, de la Iglesia Católica, del poder económico concentrado, de los grandes medios de comunicación, de gran parte de la dirigencia política y sindical, y del gobierno de Gerald Ford y Henry Kissinger. El pueblo estaba harto de la violencia y la inseguridad. Exigía orden a cualquier precio. El Leviatán de Hobbes alcanzaba su máximo esplendor. Ese mismo 24 de marzo comenzó a aplicarse el terrorismo de Estado que, en realidad, venía ejecutándose durante el gobierno de Isabel. La triple A puede concebirse como la antesala siniestra del sistema de desaparición forzada de personas. Cuando asume Videla como presidente de facto su imagen positiva era altísima. Su supuesto profesionalismo y su supuesta apoliticidad eran muy bien vistos por grandes sectores del pueblo. Clarín y La Nación no podían ocultar su beneplácito por el arribo de las Fuerzas Armadas al poder mientras Videla anunciaba el comienzo de una regeneración profunda de las instituciones políticas (partidos y sindicatos) y del tejido social argentino. La sociedad estaba muy enferma y había que curarla. Mientras tanto Martínez de Hoz comenzaba a sentar las bases de un nuevo sistema económico basado en el poder del capital financiero y la jerarquía católica bendecía al flamante gobierno militar.
Los militares que destituyeron a “Isabel” no nacieron, pues, de un repollo ni asaltaron la Casa Rosada sembrando de cadáveres la Plaza de Mayo. Por el contrario, se trató de un golpe de Estado incruento que fue bien visto por casi todo el pueblo. Esa es, guste o no guste, la verdad histórica.