Homilía: «Segundo domingo de Cuaresma» por el R.P. Alfonso Gálvez Morillas
Título: Homilía: «Segundo domingo de Cuaresma»
Autor: R.P. Alfonso Gálvez Morillas
Homilía correspondiente a la Misa del 16 de marzo de 2014. Publicado aquí sin el permiso expreso del autor
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Los
tres ayunaron cuarenta días: los tres aparecen con gloria. Su esplendor
divino lo manifiesta Jesús entre Moisés y Elías, prefigurando con ello
su resurrección: él es el alfa y el omega, el comienzo y el fin de todas
las cosas.
Es grande el contraste entre la gloria de
Cristo en el Tabor y el aniquilamiento de su Pasión. Pero, en sus
designios redentores, quiere Dios que su Hijo soporte el castgo de
nuestros pecados, que sufra y muera, para llevarnos con él a su
resurrección.
Dios nos bendice en Jesús. Y en Jesús,
una nueva humanidad, la rescatada por él, se convierte en heredera de
las bendiciones divinas prometidas a nuestros padres.
Continuando las lecturas de las grandes
páginas de la Biblia, comenzadas en Septuagésima, nos presenta hoy el
oficio de maitines la bendición del patriarca Isaac a su hijo Jacob. En
Jacob, suplantador del primogénito Esaú, para ser, en su lugar, objeto
de las predicciones divinas, han visto los Padres una figura de Cristo,
segundo Adán y nuevo jefe de la humanidad regenerada, «en quien hallarán
bendición todas las naciones». En el evangelio de la transfiguración
han visto, igualmente, realizarse l oque prefiguraba la narración
bíblica del Génesis: Dios bendice a su Hijo «revestido de nuestra
carne», como Isaac bendijo a Jacob, revestido de las ropas de su
hermano. Y porque él se ha solidarizado con nosotros hasta llevar en la
cruz «una carne semejante a nuestra carne de pecado», como dice san
Pablo, nosotros hemos llegado a ser, en su gloria, los coherederos de
Cristo, único objeto de las complacencias del Padre.
Antes de seguir a Cristo en su gloria,
debemos pasar por la prueba de esta vida. En medio de nuestra debilidad,
que reclama el constante socorro de la gracia, hemos de mantener
nuestros cuerpos y almas en la práctica de una vida santa, que agrade a
Dios.
La Biblia y la Liturgia del este día.
Sobre la transfiguración, ver 2Pedro I,16-18. Recuérdese con este
motivo las teofanías del Antiguo Testamento, cuya referencia se
encuentra en la fiesta de la epifanía. Igualmente, a Moise´s, que baja
trnsfigurado de la cumbre del Sinaí (Éxodo XXXIV,29-35 – 2Corintios
III,7), y a Esteban, glorificado ya antes de su martirio (Hechos VI,15).
Leer en Apocalipsis I,12-18 la descripción de Cristo glorioso, en
cotejo con Daniel VII,13-14. Y concluir que los cristianos, ya
transfigurados interiormente en esta vida (2Corintios III), deben serlo
también en su conducta (Romanos XII,2 y lo que se dice en el 19º domingo
después de Pentecostés sobre el «hombre nuevo»), y lo serán
corporalmente en la vida eterna (Mateo XIII,43 – Lucas XX,34-38 –
1Corintios XV,35-57 – Filipenses III,20-21 – 1Juan III,2 – Apocalipsis
XXII,1-5).
Sobre la obligación de ser santos, además
de la espístola de este día, ver, entre otros muchos textos. Éxodo
XIX,3-6 citado por 1Pedro II,9-10 – Deuteronomio VII,6 – 1Corintios
I,1-3 – Efesios I,3-6 – Hebreos XII,14. Debemos, en efecto asemejarnos a
Dios santísimo, que nos hallamado (Éxodo XV,11 – 1Reyes II,2 – 1Pedro
I,15-16 en conformidad cpn Levítico XI,44-45 – Apocalipsis IV,8, según
Isaías VI,1-3. Ver también Mateo V,48) y que es el único que puede
santificarnos (Éxodo XXXI,13 – Ezequiel XXXVII,28), en Cristo
(1Corintios I,30; VI,11 – Efesios V,26 – Hebreos X,10).
Lectura de la Biblia. Génesis XXXIX a XLI; XLII,1 a XLIII,30; XLV; XLVIII,1 a L,3 – Éxodo II,1-10; III,1-15, 7-8 a XI,10.
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«Segundo domingo de Cuaresma»
