¿Y por qué no?
marzo 17, 2014
Por Juan Manuel Otero
Se ha desatado una polémica en torno al supuesto pedido de “perdón”
que un grupo -no todos- de presos políticos estaría dispuesto a ofrecer
reconociendo haber cometido “Crímenes de lesa humanidad” con el único
objetivo de obtener su anhelada libertad.
Y como no podía ser de otro modo, esta petición ha levantado lógicas y
sinceras voces de indignación bajo el fundamento que para todo
argentino en general y especialmente para un soldado, defender a la
Patria es simplemente cumplir con su deber, el mayor de los deberes, el
más honorable de los deberes, el deber que se defiende con la propia
vida.
Y es natural que la ciudadanía solidaria, que ha reconocido el
heroísmo y mostrado el agradecimiento hacia nuestros soldados por su
defensa de la Nación y combate al terrorismo apátrida, rechace esta
posibilidad bajo el lógico argumento que no se debe pedir perdón por
defender a la Patria.
La vergonzosa actitud del General Balza nos viene de inmediato a la evocación.
Esa, debo confesarlo, fue mi primer reacción, el rechazo absoluto al reconocimiento y pedido de perdón.
Pero poco duró esta estoica y estricta posición. Analizando el hoy y
el ayer de nuestra Nación, especialmente la última década no pude menos
que aflojar la mandíbula, abrir mi corazón y llegar a comprender el
intento, respetando las opiniones en contrario.
Llevamos diez años elevando nuestras voces en defensa de nuestros
soldados y civiles presos, no somos muchos, pero somos fieles. No hace
falta detallar demasiado, todos conocemos a todos.
Nuestra solidaridad y nuestro espanto son sinceros. El olvido y la
indiferencia de sus propios camaradas, del Gobierno y de gran parte de
nuestra sociedad nos abruma.
Hemos denunciado con todo tipo de argumentos, la aplicación
retroactiva de la ley penal, la violación del Estatuto de Roma, de
nuestra propia Carta Magna, del derecho a la defensa, de la anulación de
la amnistía sólo para los terroristas, de los jueces prevaricadores, de
la negación de excarcelaciones pese a la edad y a los años sin
sentencia. En fin, hemos hecho lo que estaba a nuestro alcance y nos
dictaba nuestra conciencia.
Pero son ellos los que siguen en prisión.
Despojados de todos sus derechos, alejados de sus familias en las
condiciones más crueles que el ser humano pueda soportar, privados del
servicio médico para el cual aportaron toda su vida y al cual siguen
aportando. Enterándose, detrás de las rejas, del nacimiento de sus
nietos, del casamiento de sus hijos, de la muerte de sus seres queridos…
¿Y quién soy yo para negarles, a quien adopte tal temperamento, el derecho de intentar obtener su libertad?
Aunque sea llegando a falsear la realidad, a reconocer con un gesto
una mentira que se niega con el corazón, que se rechaza desde el fondo
del alma, una farsa que en modo alguno mudará la realidad de su gesta.
Galileo no fue el primero ni el último que, ante la desesperación que
causa un sufrimiento, no dudó en pervertir la historia o la realidad,
aunque ésta fuera inmodificable.
¿Y quién soy yo para negarles a sus familias y amigos el derecho de
poder darles un beso, un abrazo y agradecerles en persona el sacrificio
de su gesta, el honor de portar su sangre?
Soy de formación cristiana, aunque no hago estricto cumplimiento de
los ritos de la Iglesia, pero cuando mi hijo contrajo leucemia no sólo
nos pusimos en manos de la ciencia médica, los rezos nos acompañaban
cada día. Y cuando la cruel enfermedad doblegó nuestras fuerzas no
dudamos con mi esposa en recurrir a curanderos, hechiceros, manos santas
y demás personajes que prometían curas milagrosas. Luego de cuatro años
de lucha perdimos la batalla, pero no me arrepiento de haber intentado
todo lo que estuvo a nuestro alcance para seguir mirando a nuestro hijo a
los ojos, aunque tales intentos chocaran con nuestras creencias.
¿Y quién soy yo para criticar el intento de nuestros presos políticos?
Soy un ciudadano que está cómodamente instalado en su casa, que ve a
diario a sus hijas, sus nietos, sus amigos, su barrio, charla con el
diariero, toma un taxi, departe con sus amigos en el café de la esquina
sobre la campaña de Boca, ve cada amanecer en libertad…
Desde esa posición ¿Tengo acaso derecho a exigirles que sigan
encarcelados? ¿Que ni intenten desconocer lo que todos conocemos? ¿Que
me sentiría desilusionado si lo hicieran?
Aunque tenga ese derecho, no quiero ejercerlo.
No me parece justo que se pretenda obligar a todos a prestar adhesión
o rechazo, no tiene porqué haber unanimidad, no tiene nadie derecho de
arrogarse representaciones colectivas que no existen ni en uno ni en
otro sentido. Es un intento que libremente pueden ejercitar quienes así
lo deseen.
Por ello vaya desde acá mi solidaridad con el proyecto, reciban mi absoluta comprensión.
Nunca olvidaré ni dejaré de reconocer que defendieron nuestra Patria,
nunca olvidaré que se trató de una guerra provocada por intereses
foráneos y que cumplieron con el mandato y la orden del Presidente de la
Nación.
Dios quiera que, por un motivo u otro, pueda verlos en breve caminando por el suelo patrio en absoluta libertad.
