sábado, 21 de marzo de 2015

LAS FALSAS ENFERMEDADES DE LA CURIA

 LAS FALSAS ENFERMEDADES DE LA CURIA
payaso
El Usurpador de la Silla de Pedro, Bergoglio, cuyo nombre de batalla es Francisco, y cuya mente es la de un demente, dio un discurso el 22 de diciembre del 2014, en la que puso de manifiesto su herejía, que es múltiple.
«…siendo la Curia un cuerpo dinámico, no puede vivir sin alimentarse y cuidarse…sin tener una relación vital, personal, auténtica y sólida con Cristo».
Primero, hay que recordar a Bergoglio una máxima en filosofía:
Las sociedades y las personas morales no son sujetos de la moralidad, porque carecen de libertad y de la advertencia del entendimiento.
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Sólo la persona física es el sujeto de moralidad.
Por lo tanto, la Curia no es un cuerpo moral y, en consecuencia, no tiene que alimentarse ni cuidarse, no tiene que tener una relación vital, personal, auténtica y sólida con Cristo.
Bergoglio tergiversa este pasaje de la Sagrada Escritura:
«Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vida, así tampoco vosotros, si no permanecéis en Mí. Yo soy la Vid, vosotros los sarmientos» (Jn 15, 4-5).
Cada miembro de la Iglesia es una persona física. Y, por tanto, cada miembro tiene que unirse, permanecer en Cristo. Cada miembro, no el conjunto de los miembros. No la Iglesia. No el Cuerpo Místico. No la Curia.
Porque la Iglesia es Cristo, es Su Cuerpo. La Iglesia es Cristo con sus almas, que están unidas a Él, a la Cabeza. Y la Cabeza y el Cuerpo de Cristo forman una unidad. Unidad moral: porque la Cabeza es una persona física. Cada alma se une místicamente a Cristo,  a la Cabeza, para formar Su Cuerpo. Pero el Cuerpo de Cristo es de Cristo, no del alma; no del conjunto de almas; no de la Curia.
El Cuerpo de Cristo sigue siendo Cristo. Las almas son los sarmientos en ese Cuerpo: son los frutos de la obra de Cristo. Una obra redentora, hecha con el entendimiento y la voluntad de Cristo.
Cada alma se une a esa obra redentora de Cristo para ser de Cristo. Se une a Su Cuerpo; no a Su Cabeza. Es el Misterio de la Iglesia.
Bergoglio no puede entender lo que es la Iglesia porque no cree en la Divinidad de Cristo. Jesús, al ser Dios, puede hacer una Iglesia con Su Cuerpo. Y en Su Cuerpo unir a las almas. Esa unión es espiritual y mística. Nunca humana, ni natural, ni carnal, ni material. Por eso, «Mi Reino no es de este mundo». La Iglesia es un organismo místico y espiritual, que se ve en la realidad de los hombres, pero que no es esa realidad. Es visible, porque existen almas unidas a Cristo, de una manera mística, que forman Su Cuerpo, Su Iglesia.
Si hay pecados en el Cuerpo de Cristo, en la Curia, en una comunidad, hay que buscarlos en cada alma, no en la Curia, no en la Iglesia en su conjunto. Porque la Iglesia es Santa, ya que el Cuerpo de Cristo es Glorioso, Santo, Divino. Pero las almas, que están unidas a Cristo, a Su Cuerpo, no son santas, no están gloriosas, sino que son pecadoras, siguen en estado de via.
No se puede hablar de los pecados de la Curia sin decir nombres concretos. Esto es lo que no hace Bergoglio. Todo un discurso para no decir nada. Se lo sacó de la manga para quedar bien con todo el mundo, menos con la Curia.
Si hay un mal en la Curia, entonces se debe a dos cosas:
  1. Al pecado de cada miembro;
  2. A las leyes o normas que rigen esa curia.
Si es lo primero, entonces hay que combatir el pecado y al pecador. Una persona que peca hace mal a todos en su trabajo. Ese mal repercute, de muchas maneras, en todos los miembros. Pero ese mal procede de una persona física. No es un mal de la Curia. Y los efectos de ese mal,  que salen del pecado de esa persona física, son otros males, que pueden o no pueden ser motivo de pecado en otros que componen esa comunidad.
Si es lo segundo, es fácil corregir esas normas para que todo funcione bien.
Si no se ataca el pecado, si no se dicen nombres, entonces el discurso que se hace es un absurdo. Es para conquistar aplausos. Es su ego. Todo gira alrededor de Bergoglio en su falso pontificado.
Bergoglio es un insensato. Su primer berrido:
  • «El mal de sentirse inmortal, inmune e incluso indispensable»: Bergoglio ataca la santidad de la Iglesia en estas palabras. Él no se dirige a una persona física. No está tratando de pecados de ciertos miembros de la Curia, que se sienten inmortales, inmunes, indispensable. Él no puede hablar de pecado porque –en su mente obtusa- no existe el pecado como ofensa a Dios.
Para Bergoglio, como para todos los hombres, existe el bien y el mal. Pero Bergoglio sigue el pensamiento de Mendeville, el cual estimaba que el bien y el mal son una invención de hombres superiores, que han llegado a convencer a los demás para considerar como bueno todo lo cuanto era para sí mismos, y malo, todo lo que fuera un perjuicio.
Esta curia tiene el sentimiento de sentirse inmortal: se cree superior a los demás hombres. Y esta curia, que ha trabajado durante tanto tiempo en convencer a los demás de hacer una serie de bienes, que sólo miran para sí mismos, para que sigan creciendo en su inmunidad, en verse como indispensables, entonces va mal: «una curia que no se autocrítica, que no se actualiza, que no busca mejorarse, es un cuerpo enfermo».
Es la persona física, cada alma, el sujeto de moralidad. No es la Curia la que tiene que hacerse una autocrítica. Cada persona de la Curia tiene que ver sus pecados y quitarlos para que la Curia funcione. Cada persona de la Curia tiene que ver si hay leyes o normas que son contrarias a la ley de Dios y quitarlas, para que la Curia funcione.
Pero Bergoglio no está en este sentido común de las cosas. Él llama cuerpo enfermo a la Curia porque no se actualiza. Está en su clara herejía: la Curia, como se ha entendido con todos los Papas, es un organismo de ayuda a todo el Papado, pero no de gobierno. Quien gobierna es el Papa y los Obispos obedientes a Él. Los demás, trabajan para el Papa.
Pero Bergoglio quiere meter el modernismo en la Curia, es decir, institucionalizar la herejía: poner leyes que vaya en contra de la santidad de la Iglesia. Y la razón: es que en la Curia hay un mal de creerse superior a los demás: «se convierten en amos, y se sienten superiores a todos, y no al servicio de todos».
Este mal, para esta mente subnormal, es una patología: «Esta enfermedad se deriva a menudo de la patología del poder, del complejo de elegidos, del narcisismo que mira apasionadamente la propia imagen y no ve la imagen de Dios impresa en el rostro de los otros, especialmente de los más débiles y necesitados».
1. Bergoglio está llamando locos a toda la Curia. Y es a toda porque no dice nombres concretos.
2. Bergoglio sólo concibe el pecado como un ser filosófico: «esta enfermedad se deriva a menudo de la patología».
Si te crees superior al otro es por dos pecados: orgullo y vanidad. Quita estos dos pecados y todo marchará bien. Pero, no. Es una patología que hay que ir a la farmacia para buscar unas pastillas y así acabar con la patología del poder.
3. Bergoglio da su herejía: el que obra así «no ve la imagen de Dios impresa en el rostro de los otros». Es su falso misticismo con sabor a panteísmo. Un pensamiento lleno de maldad, que le conduce a su idea comunista:
4. «especialmente de los más débiles y necesitados». La Curia está para servir a los débiles, no para aprovecharse de ellos, no para sentirse superiores a ellos. Es la lucha de clases, que siempre Bergoglio predica en todos sus discursos. Bergoglio enfrenta la Jerarquía con los fieles. La Jerarquía que enseña la verdad, el dogma, se está oponiendo a los fieles, porque se creen superiores a ellos.
Este es el pensamiento de un hombre que no sabe lo que es la norma de moralidad. No tiene las ideas claras sobre lo que es el bien y el mal moral.
En esta oscuridad de su mente, va a decir su estúpida concepción de la oración:
  • «El mal de «martalismo» (que viene de Marta), de la excesiva laboriosidad, es decir, el de aquellos enfrascados en el trabajo, dejando de lado, inevitablemente, «la mejor parte»: el estar sentados a los pies de Jesús».
El martalismo: una palabra que no existe, pero que Bergoglio la acuña para desprestigiar a Santa Marta. Esta Santa no tuvo el pecado de la excesiva laboriosidad, sino el pecado de no confiar en Dios. Son dos pecados diferentes:
«Marta andaba solícita en los muchos cuidados del servicio…» (Lc 10, 40). Pero, en su solicitud, creía en Jesús. Era una trabajadora, pero con fe. Le faltaba solo una cosa: la confianza en Dios. Todo se hace en el tiempo de Dios, no en el de los hombres: «te turbas o inquietas por muchas cosas; pero pocas son necesarias» (Ib).
Hay muchas personas que no son como Marta, que ponen en su trabajo todo el esfuerzo. Trabajan sin fe. Y, por lo tanto, sólo confían en sus esfuerzos humanos. Es la fiebre de la actividad que muchas personas tienen. Y que refleja su falta de fe en la Palabra de Dios, además de su falta de confianza.
Marta, en su actividad, tuvo tiempo de ir a la oración para pedir consejo a Jesús en su trabajo: «acercándose, dijo: Señor, ¿no te da enfado que mi hermana me deje sola a mí en el servicio?» (Ib). Marta paró su actividad para la oración. Una oración de queja, pero oración auténtica al Señor.
Muchas personas, en su febril actividad, no tienen ni siquiera la presencia de Dios para recordar que existe Dios, que Dios las está mirando. Y no paran su trabajo para ir a la oración. No tienen fe en Dios, que es lo que se ve en este mundo moderno.
Bergoglio, que no sabe lo que es Santa Marta, no sabe su espiritualidad, no conoce su alma, todo lo confunde; y ¿qué es lo que enseña? Una blasfemia:
«Jesús llamó a sus discípulos a «descansar un poco» (Mc 6, 31), porque descuidar el necesario descanso conduce al estrés y la agitación. Un tiempo de reposo, para quien ha completado su misión, es necesario, obligado, y debe ser vivido en serio: en pasar algún tiempo con la familia y respetar las vacaciones como un momento de recarga espiritual y física».
¿Ven el desequilibrio mental de este hombre?
Jesús llamó a Santa Marta a la confianza en Dios en el trabajo. Estás abrumada por tantas cosas. Deja tu trabajo e imita a tu hermana. Si haces esto, si pones tu confianza en Mi Palabra, el trabajo se hace solo: «pocas son necesarias, o más bien una sola. María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada».
No voy a quitar a María de la contemplación para darte un gusto a ti, Marta. Eres tú, Marta, la que te debes alejar de tu trabajo, dejarlo como está, para adentrarte en la sola cosa necesaria, que todo hombre tiene que tener para que su trabajo sea efectivo: amar a Dios. Hay que poner el amor de Dios por encima del amor del trabajo, por encima del servicio a los demás. A esta plena confianza, llamó Jesús a Marta, enseñando Jesús cuál es el camino espiritual. Qué cosa el hombre tiene que hacer en su vida: amar a Dios. Si ama a Dios profundamente, hasta el punto de dejar lo que hace para estar con Dios, en Su Presencia, entonces Dios se ocupa de lo demás: «Buscad, primero, el Reino de Dios; lo demás, por añadidura».
Bergoglio, ¿qué es lo que enseña? A descansar. Pasa un tiempo con tu familia, vete de vacaciones, haz una vida profana, mundana, pero nada de amar a Dios. Confundiendo, además, la oración con el descanso que todo hombre necesita en su naturaleza humana.
Su tercer berrinche:
  • “También existe el mal de la «petrificación » mental y espiritual, es decir, el de aquellos que tienen un corazón de piedra y son «duros de cerviz»”.
Aquí, Bergoglio, sólo se centra en la herejía del humanismo: «Es peligroso perder la sensibilidad humana necesaria para hacernos llorar con los que lloran y alegrarnos con quienes se alegran».
Eres un hombre duro porque no lloras con los que lloran; no te alegras con los que se alegran…. Eso es todo en la dureza de corazón, para Bergoglio.
Te vuelves duro, te escondes detrás de los papeles, de la doctrina, de la ley divina, del dogma. Y, en tu dureza, eres una máquina de legajos. Conviertes tu vida en fabricar papales para el archivo. Montones de papales reunidos, atados, que no sirven para nada, porque estás petrificado en tu mente y en tu espíritu. Petrificado en el dogma, en las leyes canónicas, en la doctrina inmutable de Cristo.
Y para salir de esa dureza, tienes que llorar con los que lloran. No archives montones de doctrina. No acumules el dogma. No enseñes la verdad. Llora, ríe, canta, habla, dialoga, vive, obra, sé generoso, entrégate a los demás, porque –para Bergoglio- «Ser cristiano, en efecto, significa tener «los sentimientos propios de Cristo Jesús», sentimientos de humildad y entrega, de desprendimiento y generosidad».
Si estás petrificado en tu mente y en tu espíritu, entonces tienes dos grandes pecados: soberbia y orgullo. Que son el caldo de cultivo para los demás pecados. ¿Qué hay que hacer para quitar estos dos grandes pecados? Tener los sentimientos de Cristo. ¿Cuáles son?
«…se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombres se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2, 7-8).
Bergoglio cita a San Pablo y da su propia interpretación, tergiversando así la Palabra de Dios.
Para quitar la soberbia y el orgullo: anonadarse, obedecer la verdad, someterse a la Voluntad de Dios, cumplir con los mandamientos divinos. Y entonces la petrificación de la mente y del espíritu se rompe.
Pero Bergoglio está en su humanismo: el bien y el mal son conceptos del hombre, no de Dios. No haces el bien de llorar con los que lloran porque estás petrificado en tu ideas dogmáticas. Es el bien y el mal como los concibe el hombre. Quita tus ideas petrificadas para explorar los afectos de los demás. Es la vida de sentidos a la cual Bergoglio llama a todos los hombres: salgan de sus ideas para dar un beso al otro, para abrazar al abominable homosexual. No estés petrificado en tu mente. No seas una persona orgullosa que cree estar en la posesión de toda la verdad.
Su cuarta blasfemia:
  • «El mal de la planificación excesiva y el funcionalismo»: para explicar este mal, acude a una herejía que predicó en Estambul, el 29 de noviembre del 2014:
«La Iglesia…es investida por el viento del Espíritu que no transmite un poder, sino que dispone para un servicio de amor, un lenguaje que todos pueden entender».
En Pentecostés, no se da el poder del Espíritu, sino un lenguaje común a todos. Esta es la gran blasfemia, que nadie ha captado.
Para Bergoglio, no existen las personas en Dios, sino sus modalidades:
«Y nuestra oración debe ser así, trinitaria. Tantas veces: ‘¿Pero usted cree?’: ‘¡Sí! ¡Sí!’; ¿En qué cree?’; ‘¡En Dios!’; ‘¿Pero qué es Dios para usted?’; ‘¡Dios, Dios!’. Pero Dios no existe: ¡no se escandalicen! ¡Dios así no existe! Existe el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: son personas, no son una idea en el aire… ¡Este Dios spray non existe! ¡Existen las personas!» (9 de octubre del 2014).
No existe el Dios Uno, la Esencia de Dios, el Dios como spray. Sino que existen las personas, pero no como reales, sino como modales: existe una forma de hablar de las personas divinas:
«Jesús es el compañero de camino que nos da lo que le pedimos; el Padre que nos cuida y nos ama; y el Espíritu Santo que es el don, es ese plus que da el Padre, lo que nuestra conciencia no osa esperar» (Ib).
Esta es su herejía del sabelianismo.
Padre, Hijo y Espíritu Santo no son más que tres modos con los que se manifiesta la única persona divina, como Creador.
La única persona divina, para Bergoglio, es el Padre. Es la herejía del subordinacianismo:
«Yo creo en Dios, no en un Dios católico, no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba es la luz y el Creador. Este es mi Ser» (1 de octubre 2013).
Dios es el Padre; Dios no es el Hijo; Dios no es el Espíritu Santo.
De este subordinacianismo, nace su herejía del sabelianismo: se niega la divinidad de Jesucristo para afirmar que en Dios se pueden distinguir un Jesús, que es el amigo, que actúa como compañero del hombre, porque es sólo una persona humana, no es Persona Divina; un Espíritu, que actúa como don, como una voluntad impersonal, que hace la función de unir lo que es la diferencia, lo que está disperso. Y un Padre, que es Creador, que es amor. Ese ser creador, Bergoglio, lo va a entender, como un Dios que está en el hombre, en la creación, dentro del hombre: será su paneneteísmo. Todas las cosas en Dios. La Creación, para Bergoglio, no se hace de la nada, sino de algo ya existente. Por eso, todas las cosas creadas son sagradas, divinas, modelos para todos los hombres.
El Espíritu Santo no es un poder personal, porque no es Dios, es sólo un modo de hablar para expresar el amor que deben buscar los hombres: un lenguaje común.
Este demente va en contra de la Iglesia, de su doctrina: «Se cae en esta enfermedad porque «siempre es más fácil y cómodo instalarse en las propias posiciones estáticas e inamovibles».
El dogma, que es algo estático, inamovible, que es una verdad inmutable, es una enfermedad para Bergoglio. Y los que están en el dogma «pretenden regular y domesticar al Espíritu Santo».
El Espíritu Santo, al no ser la Persona Divina que lleva al alma a la plenitud de la Verdad, sino sólo ser una forma de hablar, de lenguaje, una disposición para un amor, entonces los hombres no tienen que quedarse en sus lenguajes ortodoxos, dogmáticos, que son inamovibles. Si se quedan, están enfermos. Y están domesticando al Espíritu Santo.
El Espíritu Santo es novedad, frescura, sueño, ilusión, fantasía, alegría mundana, vida pecaminosa:
«…nosotros, los cristianos, nos convertimos en auténticos discípulos misioneros, capaces de interpelar las conciencias, si abandonamos un estilo defensivo para dejarnos conducir por el Espíritu. Él es frescura, fantasía, novedad».
¡Fíjense la maldad!: el auténtico cristiano es capaz de interpelar las conciencias si se deja el dogma, la verdad absoluta. Si se abandona el estilo defensivo… ¡Fuera la apología de la fe! ¡Hay que anular todo tipo de sana crítica filosófica y teológica! ¡No hay que defender la verdad! ¡No hay que defender la doctrina de Cristo! ¡No hay que defender a Cristo en la Iglesia! ¡No hay que luchar por una verdad en la vida, sino por un sentimiento, por un sueño, por una ilusión, por una fantasía por una novedad humana!
¿Ven qué demencia?
Hay que defenderse contra los herejes, los cismáticos, los apóstatas de la fe, si se quiere seguir siendo Iglesia.
Bergoglio quiere una Iglesia para todos, con las puertas abiertas a todo el mundo. Pero no quiere una Iglesia para la verdad. No existe la verdad en él. Sólo existen las fábulas que hay en su pensamiento humano.
No se puede seguir a Bergoglio en nada. En ninguna cosa.
No hay una verdad en todos sus discursos, en todas sus homilías, en todos sus escritos. Ninguna verdad. No hay alimento para el alma, sino para su mente.
Bergoglio no habla para el corazón, sino para la mente del hombre.
Y si no son despiertos en la mente, analizando cada idea, cada palabra, van a quedar atrapados en ese lenguaje barato y confuso, que constantemente usa ese hombre para engañar a todo el mundo.
Seguiremos analizando esta fábula de discurso, en la que se ve la demencia clara de ese hombre.