Luego del fracasado ataque del ERP al Regimiento de Azul en 1974, que
dejó como saldo dos militares y un civil muertos y un coronel secuestrado,
Perón volvió a vestir su uniforme militar e hizo uso de la cadena nacional para
forzar la renuncia del gobernador de Buenos Aires, Oscar Bidegain, ligado a la
Tendencia. Lo acusó de incapacidad o tolerancia culposa para impedir este tipo de
acciones. El país vio a un Perón tenso, con Isabel a su lado, dando vuelta cada
página de su discurso, y a López Rega detrás de él, moviendo los labios en
forma monótona, con la visible intención de dar apoyatura cósmica a la decisión
de enfrentar la guerrilla y de eliminar los espacios políticos de la Tendencia.
Esa noche, por televisión, Perón dijo que "el aniquilar cuanto antes este
terrorismo criminal es una tarea que compete a todos los que anhelamos una
patria justa, libre y soberana" y anticipó que el "Movimiento
Nacional Justicialista movilizará asimismo a sus efectivos para ponernos al
servicio del orden". El vicegobernador, Victorio Calabró, asumió su nuevo
cargo con el firme propósito de "echar a los zurdos" de la administración.
La represión al ERP era una de las obsesiones de Perón durante las horas
en que se mantenía lúcido. En diciembre de 1973 le había propuesto a Galimberti
conducir un grupo de represión ilegal contra la guerrilla marxista. Ya había
insinuado en público esa cuestión, al recibir a ocho diputados nacionales de la
JP que fueron a plantearle sus dudas frente al proyecto de reformas al Código
Penal que el presidente había enviado al Parlamento. La nueva legislación
propuesta preveía sanciones más rigurosas para las acciones guerrilleras que
las que en su momento dictara Lanusse. Para el General, una vez derrocada la
dictadura y restituida la legalidad, se habían vuelto innecesarios la
existencia y el accionar delas "formaciones especiales" que lucharon
por su retorno. En ese sentido, y aunque diferenciaba perfectamente entre la
izquierda peronista y la izquierda marxista, ahora que había llegado al poder,
por imperio de la razón de Estado, tendía aconsiderar a todas como
organizaciones que incursionaban en la delincuencia, y decuyas acciones debía
ocuparse la policía o la Justicia.
El accionar conjunto entre la JP y el Ejército se denominó Operativo
Dorrego y comprendió tareas "codo a codo" en distintos municipios
bonaerenses. La aproximación entre la Juventud Peronista y el Ejército produjo
cierta preocupación en Perón, quien no asistió, como estaba previsto, al
desfile cívico-militar que clausuró el operativo. También desencadenó críticas
de la izquierda no peronista por la unión de la militancia "con el
Ejército represor". Por último, el general Carcagno, antes de ser
destituido, cuestionó la política de "seguridad hemisférica" de los
Estados Unidos en la X Conferencia de Ejércitos Americanos en Caracas y llegó a
promover la expulsión de las misiones militares norteamericanas y francesas,
instaladas en el Estado Mayor del Ejército, que propagaban la Doctrina de la
Seguridad Nacional y "la guerra sucia" como instrumento de combate a
la guerrilla.
Para discurso completo de Perón en respuesta al ataque del ERP al
Regimiento de Azul, véase revista Las Bases del 22 de enero de 1974. El propio
Perón había elegido a Oscar Bidegain para la gobernación, teniendo en cuenta su
pasado ligado a la Alianza Libertadora Nacionalista, vínculo que en los albores
dela década de los cuarenta implicaba la adhesión a las fuerzas del Eje. Pero
en la década de los setenta, Bidegain se rodeó de jóvenes de izquierda y les
cedió funciones de jerarquía a nivel administrativo y político en la
gobernación de Buenos Aires. Durante ocho meses compartió el Poder Ejecutivo
provincial con Victorio Calabró, ligado a los metalúrgicos, que representaba el
proyecto ideológico de los grupos que querían erradicar del peronismo a la
Tendencia Revolucionaria.
También dejaba margen para otras opciones. Aunque los diputados juveniles
habían esperado un encuentro privado, Perón los recibió acompañado por las
cámaras de televisión y flanqueado por López Rega y por el titular de
Diputados, Raúl Lastiri. Les aclaró que el que no estuviera de acuerdo con la
ley tenía la libertad de irse del Movimiento. Y amenazó en forma insistente con
desencadenar una represión ilegal si el proyecto no se votaba. Volvió a
mencionar el tema del ERP y dijo que los conocía en profundidad:
-He hablado con muchísimos de ellos en la época en que nosotros también
estábamos en la delincuencia, diremos así. Pero jamás he pensado que esa gente
podría estar aliada con nosotros, por los fines que persiguen. La cabeza de
este movimiento está en París. Es la Cuarta Internacional, un movimiento
marxista deformado que pretende imponerse en todas partes por la lucha. A la
lucha, y yo soy técnico en eso, no hay nada que hacer más que imponerle y
enfrentarla con la lucha. Nosotros, desgraciadamente, tenemos que actuar dentro
de la ley, porque si en este momento no tuviéramos que actuar dentro de la ley
ya lo habríamos terminado en una semana. Nosotros estamos con las manos atadas
dentro de la debilidad de nuestras leyes. Queremos seguir actuando dentro de la
ley. Pero si no contamos con la ley, entonces tendremos que salirnos de la ley
y sancionaren forma directa, como hacen ellos. Si nosotros no tenemos en cuenta
a la ley, en una semana se termina todo esto, porque formo una fuerza
suficiente, lo voy a buscar a usted y lo mato. Si no tenemos la ley, el camino
será otro. Y les aseguro que puesto a enfrentar la violencia con la violencia,
nosotros tenemos más medios posibles para aplastarla, y lo haremos a cualquier
precio, porque no estamos aquí de monigotes.
Véase revista Las Bases del 29 de enero de 1974, págs. 24-29. Por otra
parte, cuando Perón menciona la época en la que "estábamos en la
delincuencia", quizá se refiera al tiempo en que daba instrucciones
guerrilleras a la Resistencia Peronista, desde su exilio. En la época en que
estaba protegido por el dictador Trujillo en República Dominicana, y cuando su
enemigo era la Revolución Libertadora del general Aramburu, escribió una carta
en la que reflejaba su idea de la interacción de las fuerzas legales e ilegales
dentro del Movimiento: "Si ustedes han leído las Directivas Generales para
todos los Peronistas N° 2, habrán comprendido las causas por las cuales es
necesario organizar las fuerzas en la legalidad y en la ilegalidad. No hay que
confundir al Partido Peronista (o Justicialista) que se organiza en la legalidad
para encuadrar a todos los peronistas, con las fuerzas que se organizan en la
clandestinidad con funciones ilegales en un trabajo insurreccional. Como sería
lo mismo en los sindicatos peronistas que contendrían a todos los afiliados y
dentro de ellos existirían los grupos de choque organizados para el trabajo
ilegal y en la clandestinidad. No proceder de esta manera es quedarse de un
momento a otro sin organización y sin medios para luchar, como ocurrió el 16 de
septiembre de 1955. Así como la central obrera y los sindicatos deben tener
directivas de reemplazo, para el caso de que las directivas permanentes sean
detenidas, y grupos de choque, para emprender la lucha ilegal, el partido
político, en circunstancias como las que estamos viviendo, debe tener fuerzas legales y fuerzas ilegales. Las
primeras funcionan como partido político y las segundas como fuerzas de
resistencia, sin perjuicio de que las legales se conviertan en casos dados, en
ilegales". Véase Correspondencia Juan Domingo Perón, tomo II, págs. 58-59.
Por rara paradoja, esta concepción sobre el accionar insurreccional del
peronismo fue avalada cuando Perón asumió el poder en su tercera presidencia:
las fuerzas legales del Estado se convirtieron en ilegales para reprimir a la
ilegalidad.
Los ocho diputados de la JP renunciaron a sus bancas y el Consejo
Superior Justicialista los expulsó del Movimiento. La reforma al Código Penal
fue votada el 25de enero de 1974. Unos días más tarde, en la primera semana de
febrero de ese año, Perón hizo su último esfuerzo por reordenar bajo su mando a
la juventud, y organizó una reunión en Olivos. Pero ante la negativa de
Montoneros de participar del cónclave junto a los grupos ortodoxos, el
presidente convalidó a la JPRA de JulioYessi. Cuando López Rega presentó a
Yessi ante Perón como el titular de la Juventud Peronista, el presidente tuvo
la gracia o la osadía de preguntarle quién lo había elegido. Yessi no pudo dar
una respuesta inmediata. Junto a él, Perón recibió la visita de decenas de
dirigentes ortodoxos, nacionalistas, fascistas y antisemitas (entre ellos
Felipe Romeo y Patricio Fernández Rivero, de la CNU), a quienes bendijo con un
lenguaje más civilizado que el de El Caudillo, pero trabajando sobre la misma
idea: excluir a "los infiltrados y desviados del Movimiento". Perón
habló de purificar antes de organizar.
-Se está produciendo una infiltración que no es precisamente
justicialista. Tenemos que saber quién es quién. Ya los venimos viendo. Tengo
todos los documentos y además los he estudiado. Esos son cualquier cosa menos
justicialistas. No podemos admitir que se nos pretenda meter ideologías y
doctrinas totalmente extrañas a nuestra manera de sentir, dijo.
Perón ya no promovía líneas antagónicas para que acordaran o
colisionaran bajo su mando. Ese había sido su arte de conducción durante el
exilio. Ahora reclamaba pureza ideológica en un Movimiento que desde su génesis
se había distinguido por su capacidad de incorporar distintos proyectos
políticos, en muchos casos contradictorios. Perón sabía que los jóvenes
ortodoxos estaban muy lejos de llegar a los barrios y movilizar a las masas
como lo hacía Montoneros. Pero tampoco le preocupaba:
-Prefiero un buen hombre al frente de cinco, que uno malo al frente de
cinco mil, porque ése es el que a la larga me va a derrumbar.
Correspondencia Juan Domingo Perón, tomo I, pág. 173. Por otra parte,
entre los asistentes juveniles ortodoxos al cónclave con Perón se encontraba
Alejandro Giovenco, un integrante de la CNU que actuaba en la UOM de Lorenzo
Miguel y que moriría pocos días más tarde, cuando explotó la bomba que llevaba
oculta en su valija, y que iba a utilizar contra la sede del diario El Mundo.
En la edición anterior a su muerte, El Caudillo había denunciado al diario
ligado al ERP de haber baleado desde las ventanas de la redacción una
manifestación de la JPRA.
El cuerpo de Giovenco fue velado en la sede central del Partido
Justicialista. En 1966, Giovenco había sido protagonista de un desembarco a las
islas Malvinas junto a miembros del grupo MNA, entre los cuales estaba Dardo
Cabo, quien, en 1974, estaría situado en sus antípodas ideológicas: era
director del órgano montonero El Descamisado. Por otra parte, en esa época,
Montoneros decía compartir el proyecto estratégico de Perón, pero no el
ideológico. Lo explicaba así: "Hay una contradicción entre la ideología de
Perón y la política de Perón. La política de Perón, el antiimperialismo apoyado
en los trabajadores organi-zados, con una alianza de clases, etc., conduce
necesariamente al socialismo, es decir la situación objetiva determina una
contradicción entre las consecuencias de la política de Perón y su propia
ideología. Por eso, posiblemente, Perón nos vea a nosotros como infiltrados
ideológicos, y la burocracia (sindical) también nos vea como infiltrados
ideológicos, pero no lo somos. Somos el hijo legítimo del Movimiento, somos la
consecuencia de la política de Perón. En todo caso podríamos ser 'el hijo
ilegítimo' de Perón, el hijo que no quiso, pero el hijo al fin. Estas
contradicciones, nosotros las hemos descubierto hace muy poco y creemos que
Perón también las ha descubierto hace muy poco. En la etapa anterior, contra la
dictadura, las coincidencias eran totales [...] evidentemente siempre es mucho
más fácil ponerse de acuerdo para destruir algo que para construirlo".
Véase Roberto Baschetti (comp.), De Cámpora a la ruptura. Documentos 1913-1976,
volumen I, pág. 276. Véase El Caudillo del 8 febrero de 1974
El ajuste interno dentro del Movimiento había excluido a la JP ligada a
la Tendencia. A partir de entonces, toda agrupación juvenil que deseara
incorporarse a las filas del justicia- lismo debía ser aceptada por Julio
Yessi, como titular de la rama juvenil del Consejo Supe-rior Justicialista. El
aparato político montado seis meses atrás por López Rega, con fondos del
Ministerio, ya estaba en pleno funcionamiento. En tanto, mientras en sus
discursos Perón hablaba de pacificación, la guerra se había desatado.
Ese verano de 1974, Felipe Romeo, que desde El Caudillo advertía que
"todavía estamos hablando con palabras", fue tiroteado en Florencio
Varela, donde vivía, y algunos miembros de la ortodoxia peronista fueron
abatidos por militantes armados de Montoneros. En el peronismo ya no se peleaba
al calor de las ideas sino con la helada contundencia de las balas.
El Caudillo no detuvo su ofensiva. Al contrario, predijo que en 1974 se
libraría la batalla final: Sabemos tirar muy bien y no hemos dejado oxidar las
pistolas. Que el enemigo sepa claramente que por mucha prensa que tenga, a la
hora de las balas la prensa tiembla. Aunque publiquen sus comunicados arteros y
aunque dupliquen e inflen a gente que no existe, llegará el momento detener que
incluir esos mismos nombres en la columna fúnebre.
La Tendencia empezó a sentir el peso de las sentencias de El Caudillo.
Al tradicional embate de las bandas armadas de la JSP y los grupos de la
derecha peronista como el CdeO o la CNU, se sumó el accionar de los grupos para
policiales. Allí el enfrentamiento se hizo desigual. Los locales de la izquierda
peronista fueron atacados con explosivos plásticos, granadas Energa o
metralletas Ingram, un arsenal que excedía las posibilidades armamentísticas
de la ortodoxia.
Pero si dos años antes Las Bases denunciaba a los grupos parapoliciales
de Lanusse, ahora, en 1974, intentaba explicar que esos grupos no existían.
Según la revista, "para- policial" era sólo un término que estaba de
moda. Se trataba, simplemente, de policías de civil: "¿No se pretenderá
que se vaya a hacer un procedimiento a un aguantadero extremista lleno de armas
con lustrosos uniformes de gala?". El informe especial, publicado en el
órgano oficial del Movimiento Nacional Justicialista, explicaba que para las
fuerzas de seguridad "era imposible determinar el número exacto de
detenciones porque las investigaciones estaban en pleno proceso", pero
que, del total de detenidos, medio centenar "se hallan en estado de
Convictos y confesos' y listos para ingresar a los canales de la justicia. El
resto se encuentra en 'estado de declaración'. Y la mano dura que se comenta
consiste en 'careos con quienes fueron compañeros de lucha' cuando todos (los
peronistas y los no peronistas) actuaban bajo la misma bandera: Perón al
poder". Por último, el informe señalaba que "una vez que la investigación
ya haya entrado en la senda final, no tendrá motivos para ocultar cantidades ni
nombres de detenidos, como así los cargos que existen contra ellos" y
recordaba que las fuerzas de seguridad tienen el aval para actuar "hasta
las últimas consecuencias".
El informe publicado en Las Bases transmitía la nueva estrategia
policial, que acababa de ponerse en marcha. Además de amenazar con el uso de
fuerzas ilegales frente a los diputa- dos de la JP, Perón dio un paso decisivo
para que éstas se instrumentaran al reincorporar a la Policía Federal al
comisario retirado Alberto Villar. "Yo no lo necesito, lo necesita el
país...", le explicó Perón el 29 de enero de1974, al designarlo subjefe de
la fuerza con el propósito de velar por la seguridad interna y combatir la guerrilla.
Villar había sido uno de los jefes de su brigada de custodia en los años
cincuenta y estaba imbuido de las doctrinas militares francesas de guerra
contrarrevolucionaria, que en 1957 se aplicaron contra la guerrilla del Frente
de Liberación Nacional (FLN) en Argelia. Sus antecedentes lo mostraban como
algo más que "un comisario duro".
Véase Las Bases del 19 de febrero de 1974, pág. 6. La guerra "hasta
las últimas consecuencias" que emprendió el ejército francés en Argelia
implicaba torturas, los vuelos de la muerte (en los que arrojaban detenidos al
mar), ejecuciones sumarias o desapariciones, implementadas por grupos de
represores que obraban al margen de la ley, con el objeto de provocar el terror
en una sociedad que quería liberarse del dominio colonial francés. Villar
aprendió los métodos de la "guerra sucia" en cursos dictados en París
por miembros de la Organisation Armèe Secrète (OAS). Por otra parte, en 1970,
como jefe de Orden Urbano de la Policía Federal, tuvo oportunidad de ejercitar
sus conocimientos cuando organizó las primeras brigadas antiguerrilleras. Sus
acciones eran violentas e intempestivas. En 1971, enviado a Córdoba con un
contingente de la Guardia de Infantería a enfrentar y contener las
movilizaciones de los sindicatos combativos y clasistas, y de los estudiantes
universitarios, sus fuerzas se excedieron con un ciudadano, que dejó asentada
una denuncia en una seccional local. El comisario provincial inició un sumario
y detuvo a cuatro federales, amén de elevar el tema a la Justicia. Exasperado,
Villar asaltó la comisaría con su grupo en busca del expediente y luego de que
sus hombres terminaran de golpear al comisario provincial, lo metió en el
calabozo. Tuvo que intervenir el Ejército para evitar la guerra policial.
Villar quedó detenido en el Tercer Cuerpo de Ejército y fue liberado por orden
del entonces presidente Lanusse. Pasó un tiempo "en disponibilidad"
hasta que en agosto de 1972 reapareció y tomó la sede del Partido Justicialista
con las tanquetas del Cuerpo de Infantería mientras en su interior se velaba a
los guerrilleros fusilados por la Armada en Rawson. Todo el peronismo lo odió.
Villar pidió el pase a retiro cuando asumió Cámpora, y fue convertido en la
escoria de un pasado que jamás volvería. Perón se ocupó de rescatarlo de la
inactividad. El ex funcionario ya había montado la agencia de seguridad
privada, integrada por centenares de ex policías a su servicio. Para una amplia
descripción de Villar y su grupo de "tareas especiales", véase Martin
Edwin Andersen, La Policía. Pasado, presente y propuestas para el futuro,
Buenos Aires, Sudamericana, 2001, capítulo.
Un día después de su reincorporación a la fuerza, la prensa recibió la
primera lista de abogados, periodistas, políticos, militares, sindicalistas y
curas condenados a muerte por la Triple A. Entre los "condenados" estaban el obispo de La Rioja
Enrique Angelelli, Julio Troxler, el dirigente montonero Roberto Quieto y el
intelectual marxista Silvio Frondizi. La promesa era ajusticiarlos donde se los
encontrara. Y, tanto durante el gobierno justicialista como durante la
dictadura militar que lo sucedió, ese mandato se cumplió.
Para su desembarco en la fuerza, Villar había conformado un grupo de más
de cien hombres, a quienes llamaba "Los Centuriones", y que se dedicarían
a "tareas especiales". Muchos de sus miembros, que habían sido
reclutados para tareas de seguridad privada, pasaron a realizar operaciones
clandestinas bajo el resguardo del Estado. A partir de la reaparición de
Villar, López Rega pudo poner un pie en la Policía Federal. Ambos habían
compartido tareas de custodia en la residencia presidencial durante los dos
primeros gobiernos de Perón. Otro policía de entonces, Juan Ramón Morales, se
había convertido en el jefe de seguridad del ministro de Bienestar Social. De
este modo, los movimientos de la custodia de López Rega y delas "fuerzas
especiales" de la Policía Federal estaban coordinados: compartían el mismo
enemigo.
Villar tenía una visión internacionalista para la aniquilación del
marxismo y la guerrilla, los "enemigos internos", de acuerdo con la
Doctrina de Seguridad Nacional. Por ese motivo, todavía como subjefe policial,
estableció un acuerdo secreto con los organismos de seguridad de Bolivia, el
Uruguay y Chile para perseguir a los refugiados de esos países que escapaban de
la represión militar. El acuerdo facultaba a los policías extranjeros para
actuar ilegalmente en la Argentina contra los exiliados; creaba una central de
informaciones con una base de datos de militantes de izquierda, sumaba agregadurías
legales o "especialistas en la lucha antinarcóticos" en las embajadas
para tareas de espionaje, etcétera. De este modo, a través del Departamento de
Asuntos Extranjeros (DAE) de la Policía Federal, la Argentina empezó a
colaborar en forma activa con las dictaduras del Cono Sur, en un anticipo de lo
que luego se conocería como el Plan Cóndor.
Los efectos de esa política represiva se precisarían en el curso de
1974, cuando aparecieron decenas de cadáveres de exiliados que durante el
gobierno peronista habían buscado refugio en la Argentina. Es paradójico que
una de las víctimas de este plan haya sido el propio general chileno Carlos
Prats, ex ministro de Defensa de Salvador Allende, que se había exiliado en el
país y trabajaba en una empresa de la que Gelbard era accionista, y que hasta
el mismo verano del año de su asesinato intercambiaba afectuosas cartas con
Perón. En su correspondencia, el presidente lo prevenía respecto de los riesgos
de la hegemonía política norteamericana en el hemisferio y lo exhortaba a
cuidarse. Prats y su esposa Sofía Cuthbert de Prats morirían a manos de la
policía secreta chilena, con la colaboración del Departamento de Asuntos
Extranjeros de la Policía Federal Argentina, en un atentado realizado en Buenos
Aires el 30 de septiembre de 1974. Por otra parte, en el orden interno, la
jefatura de la policía política local (la Superintendencia de Seguridad
Federal(SSF)) quedó bajo control del comisario mayor Luis Margaride, también
recuperado para la institución por un decreto de Perón.
Hacia febrero de 1974, los grupos parapoliciales combinados con los
grupos de choque del sindicalismo y la ortodoxia peronista ya habían atentado
contra veinticinco unidades básicas de la Tendencia, hecho estallar bombas en
diarios y periódicos de izquierda, y asesinado a trece personas, la mayoría de
ellas dirigentes obreros. En una conferencia de prensa, a diez días de la
asunción de Villar, se le preguntó a Perón si el gobierno tomaría alguna medida
contra los grupos parapoliciales de ultraderecha. Ese día, en la Casa Rosada
había un clima de vacío de poder, se percibía una atmósfera muy tensa. Se
comentaba que el General y su esposa abandonarían el país; otra versión hablaba
de renuncias en el gabinete y del a implantación del estado de sitio. Perón
convocó a los medios para desmentir todo.
Cuando la cronista Ana Guzetti, del diario El Mundo, le hizo la pregunta
fatal, Perón se tomó su tiempo para que el edecán aeronáutico le encendiera un
cigarrillo, que fumaba en boquilla. Después contestó con otra pregunta:
-¿Usted se hace responsable de lo que dice? Eso de parapoliciales lo
tiene que probar. Tomen los datos necesarios para que el Ministerio de Justicia
inicie la causa contra esta señorita. Esos son asuntos policiales que están
provocados por la ultraizquierda, que son ustedes, y la ultraderecha que son
los otros. De manera que arréglense entre ustedes. La policía y la Justicia
procederán. Lo que nosotros queremos es paz, y lo que ustedes no quieren es
paz.
En la década de los sesenta, el comisario Margaride
cobró fama por requisar hoteles alojamiento y encarcelar a los amantes, previa
denuncia a los cónyuges engañados, en una sonada cruzada moralizadora que le
hizo ganar más burlas y desprecios que prestigio. Para correspondencia entre Prats
y Perón, véase Stella Calloni, Los años del lobo. El Plan Cóndor, Buenos Aires,
Peña Lillo Editores, 1999,págs. 54-56.
Para la política de
represión a los exiliados chilenos durante el gobierno de Perón, enacuerdo con
el general Pinochet, véase artículo "Perón y la Triple A" en Lucha
Armada, n° 3, 2005. En el artículo se menciona que la reunión Perón-Pinochet de
mayo de 1974 es considerada el primer antecedente de la colaboración
interregional con métodos criminales entre los gobiernos del Cono Sur, luego
conocido como Plan Cóndor.
Para la conformación del Departamento de Asuntos Extranjeros para la
represión policial, véase periódico El Auténtico, del 23 de diciembre de 1975.
El crimen del general Prats y su esposa, que contó con la participación de servicios
de inteligencia de Chile y la colaboración de funcionarios del Estado
argentino, fue declarado un delito de "lesa humanidad", según la
resolución de la Corte Suprema Argentina de marzo de 2005, y por lo tanto,
imprescriptible, según el derecho internacional. Por el homicidio del general
Prats y su esposa fue condenado a reclusión perpetua el agente de inteligencia
chileno Enrique Arancibia Clavel. Para un completo estudio de este proceso,
véase Alejandro Carrió,
Los crímenes del
Cóndor. El caso Prats y la trama de conspiraciones entre los servicios de
inteligencia del Cono Sur, Buenos Aires, Sudamericana, 2005.
El 22 de febrero de 1974, El Caudillo dedicó un estruendoso "¡Oíme,
chupatinta!" a Ana Guzetti, quien fue prevenida de lo que podría sucederle.
"Corres el riesgo de que ese nombre tuyo (chupatintas) tenga alguna
alteración y se cambie tinta por fuego." Un año más tarde, la periodista
sería secuestrada por "grupos civiles armados" que la retuvieron por
más de diez días y la liberaron, luego de infligirle diversas heridas, con la
cara práctica-mente desfigurada.
En sintonía con la estrategia de excluir a la Tendencia de todos los
órdenes de la administración del país, a fines de febrero de 1974 el coronel
Antonio Domingo Navarro, jefe de la policía provincial de Córdoba, entró a
punta de pistola a la Casa de Gobierno y depuso al gobernador Ricardo Obregón
Cano y a su vice Atilio López. Perón convalidó el procedi- miento de los
sediciosos que desplazaron al gobierno constitucional y se negó a imponer la
ley y restituirlo. En cambio, envió como interventor federal a Duilio Brunello.
El comisario Navarro sería procesado e indultado pocos meses después.
A partir de entonces, las bandas de paramilitares, organizadas por el
Comando III del Ejército (al mando del general Luciano Benjamín Menéndez), y
los grupos parapoliciales tendrían su "zona liberada" en toda la
provincia. Conformarían un grupo que se conocería como "Libertadores de
América", la versión cordobesa de la Triple A.
Mientras el país se ensombrecía, víctima de persecuciones y crímenes,
López Rega no olvidó su costado político y dio otro golpe por sorpresa sobre el
área de Economía. Pro- gramó un faraónico acuerdo multilateral con Libia,
gobernada por el coronel Muammar Khadafi, en un contexto internacional signado
por la crisis petrolera originada en el conflicto de Medio Oriente. La génesis
del intercambio había surgido a través del cónsul general deKuwait, Faysal
Nufuri, que en su intento de acercar a Perón al mundo árabe organizó, para el
último trimestre de 1973, la gira por Libia, Egipto y otros paísesde Asia
menor, de una delegación compuesta por directivos de YPF, la CGE, el empresario
petrolero Carlos Pérez Companc y el consultor Alejandro Name. La base
conceptual del acuerdo era el inter-cambio de proteínas por energía, y Orlando
D'Adamo, funcionario de Gelbard, empezó a trabajar en el volumen global del
proyecto.
Todo transitaba por los carriles institucionales normales, hasta que, de
pronto, López Rega constituyó la Unidad Operativa Proyecto Libia, la puso a
cargo de Celestino Rodrigo, su secretario de Seguridad Social, y viajó a ese
país con una delegación propia para firmar acuerdos de importación de petróleo
y gas licuado, construcción de viviendas, exportación de automóviles, venta de
productos agrícolas y ganaderos, armas, y numerosos convenios de distintos
rubros. En resumen: López Rega volvió con la noticia de que los libios
entregarían doscientos millones de dólares por adelantado, en cuatro cuotas, y
la Argentina devolvería ese dinero con parte de lo producido en las cosechas de
los siguientes tres años.
Tras el entusiasmo por el logro inicial, del que López Rega hizo
publicidad durante todo 1974, el convenio con los libios fue hundiéndose en
forma espasmódica por denuncias de negociados ocultos y conductas disparatadas.
En términos políticos, fue significativo el modo, y también la excusa, por los
que el ministro de Bienestar Social desplazó a Gelbard del control de los
negocios con Libia. En una reunión que organizó entre los embajadores árabes y
Perón para informar sobre su misión a Libia, dijo que los apellidos judíos del
gabinete habían traído dificultades en sus negociaciones, que sin embargo
habían concluido con éxito.
Era evidente que la alianza entre los ministros más poderosos del
gabinete empezaba a resquebrajarse. Ya había pasado el tiempo en que López Rega
decía que Gelbard (entendido como materia), Isabel (como espíritu) y él mismo
(como universo astral) com-pondrían la trilogía que protegería a Perón y dominaría
el gobierno. Su incursión en Libia también puede interpretarse como una
división de territorios entre ministros: Gelbard realizaba convenios con Cuba y
los países del Este, y López Rega se reservaba los territorios árabes,
aprovechando el andamiaje que le ofrecía la P2 por sus relaciones con el
gobierno revolucionario de Khadafi.
Si bien Perón, en principio, avaló públicamente la Unidad Operativa
Proyecto Libia, también formuló algunas críticas (laterales al acuerdo) al
mismo López Rega. Por ejemplo, no dejó de reprocharle que hubiera utilizado
dinero de fondos reservados de la Presidencia para solventar la fastuosa
estadía de la delegación libia que llegara posteriormente a Buenos Aires. En su
deseo de hacer más cómoda la visita, López Rega los había alojado en el hotel
Plaza, les envió cajas de whisky e incluso le encargó a su secretario de
prensa, Jorge Conti (también "veedor del Estado" en el Canal 11) que
enviara mujeres del mundillo televisivo para que se consustanciaran con los
usos y costumbres de la delegación árabe. En medio de la
reprimenda, entró un mozo al despacho y le sirvió un jugo al Presidente.
López Rega aprovechó esa coyuntura para iniciar el contragolpe. "Ahora
usted la tiene fácil, toca el timbre y le traen un pomelo. Pero se olvida los
años en que yo le exprimía el jugo en la cocina de Puerta de Hierro y se lo
llevaba a su dormitorio...", dijo, rememorando su época de mayordomo.
Perón quedó en silencio. Por otra parte, el interés de López Rega por consumar
el acuerdo con los libios era tan manifiesto que una vez llevó a la delegación
árabe a la playa de la residencia presidencial de Chapadmalal para discutir la
venta de fragatas a Libia, y los hizo recibir por Isabel Perón. Isabel entonces
ya era presidenta y estaba en traje de baño. La venta de fragatas provocó
desavenencias entre el almirante Eduardo Massera y el ministro de Bienestar
Social. El primero sintió que estaban poniendo los pies en un negocio que le
competía exclusivamente a él, por ser el jefe de la Armada. En realidad, el
convenio con Libia incluía aspectos no publicitados: además de la exportación
de fragatas, preveía la construcción bajo licencia argentina de cuatro
submarinos, además de cañones, ametralladoras, fusiles FAL y otras municiones
para equipar al ejército libio, frente a la hipótesis de conflicto con Israel.
Los árabes, por su lado, financiarían el desarrollo de un misil. Por otra
parte, hubo varios ítems del acuerdo libio-argentino que se malograron con el
paso de los meses: la Argentina no construyó casas en Libia; el valor del
barril de petróleo estaba por encima del precio de mercado (que era fluctuante,
ante la crisis de Medio Oriente), la carga de cereales argentina que llegó a
Trípoli en barco estaba "embichada", los catorce cadetes libios que
llegaron a la Argentina becados por la Armada fueron expulsados por su falta de
conducta y disciplina, etc. Véase La Nación del 11 de junio de 1986. Asimismo,
López Rega también le había encargado a Licio Gelli su gestión para que la
Argentina vendiera a Libia armas que fabricaría bajo licencia alemana. "De
acuerdo a las tratativas realizadas con la República Árabe Libia existe la
necesidad de obtener la aprobación para la venta de submarinos tipo Salta que
se construirán en el país", le escribió el ministro. Gelli, a fines de
1974, le explicó el fracaso de esa gestión: "Encontré la atmósfera muy
fría. Allí no tienen intenciones de armar a los árabes, y menos al país de
referencia". Véase revista Humor de mayo de 1986.
El plan de expansión de López Rega sobre el control de las diferentes
áreas del gobierno también tenía su correlato en las inversiones privadas. En
la Semana Santa de 1974, mien-tras descansaba en Bariloche junto a la
vicepresidenta y Perón reposaba en Olivos, López Rega envió una comisión al
Brasil para comprar tierras en las playas del sur, donde había bosquejado a
fines de la década de los cincuenta, y donde proyectaba vivir los últimos años
de su vida del modo que siempre había soñado: descalzo, con el viento golpeando
las maderas de su casa frente al mar, mientras él escribía historias de
maestros e iniciados hindúes.
Para comprar esas tierras, envió una comisión integrada por Claudio
Ferreira, Marco Aurelio, hijo de su primer matrimonio, y Mario Rotundo, en un
vuelo de la empresa Cóndor alquilado por el Ministerio de Bienestar Social. El
avión partió de Buenos Aires, hizo escala en Porto Alegre y volvió a salir. A
minutos del despegue, el motor empezó a fallar, la nave quedó suspendida en el
aire, el piloto intentó hacerla planear para hacer menos traumático el
descenso, pero cayó de trompa desde quinientos metros, atravesando unos cables
de alta tensión que amortiguaron el choque. El avión se frenó sobre un arrozal.
La máquina quedó destrozada, pero todos los tripulantes fueron rescatados vivos
dos horas más tarde por un helicóptero de una base aérea de Canoas. El más
perjudicado resultó Claudio Ferreira, que perdió parte de un pie y al que con
el golpe se le había salido un ojo. Mario Rotundo intentó auxiliarlo. Se lo
limpió para que no quedara infectado, y lo repuso provisoriamente sobre la
cavidad. Luego de una internación en Porto Alegre, Ferreira viajó a Buenos
Aires a realizarse una cirugía. No recuperaría la visión de ese ojo, aunque la
operación plástica no empeoró demasiado su apariencia. Pero lo que quedaría perdido en la nebulosa del
accidentes ería la valija con el dinero destinado a la operación inmobiliaria.
Las miradas de los allegados a López Rega se dirigieron al único que permaneció
consciente luego del accidente: Mario Rotundo. De todos modos, López Rega
insistiría con la compra de tierras pocos meses más tarde, aunque jamás
lograría darle el destino que había soñado.
Mario Rotundo había conocido a López Rega en Madrid, a fines de los años
sesenta. Cuando éste era secretario de Perón, colaboró con él en algunos
trabajos editoriales. En 1973, Rotundo no intervino en el Ministerio de
Bienestar Social. Instalado en la agencia de Turismo Rotamund, se dedicó a la
actividad privada. Cuatro personas entrevistadas por el autor (que guardan algún
rencor contra Rotundo—) lo acusan de haberse guardado el dinero del maletín en
el accidente aéreo. La referencia a este maletín también fue publicada en el
diario O Globo el 7 de julio de 1975, donde se indicó puntualmente que
"amigos de Claudio Ferreira dicen que éste no oculta que es intermediario
en los negocios de López Rega en Brasil". Entrevistado por el autor,
Rotundo dijo que en el maletín llevaba documentación que le había encomendado
el mismo Perón para rearmar el proyecto de integración regional con el Brasil,
conocido como ABC, y que el avión tenía como destino Brasilia.
A pocos días del accidente nació Claudinho, el primer hijo de Ferreira
de su relación con Eloá Copetti Vianna. Lo bautizaron en Buenos Aires. López
Rega fue el padrino. Sin embar-go, a pesar de la entrañable amistad que unía a
los dos hombres, y que se mantendría constante en los buenos y los malos
tiempos que les tocó vivir, había cuestiones complejas, ligadas a la
personalidad en algún punto inescrutable de López Rega, y para las que Ferreira
no encontraba explicación. Esas cuestiones lo herían profundamente. Una tarde
de mayo de 1974, impresionado por la foto de un militante asesinado que
apareció en la porta-da de un diario porteño, le confesó a Eloá:
-Lo que más me duele es que todo esto es por culpa de López. Todo el
sufrimiento, toda la violencia, todos los muertos.
A Eloá también le resultaba incomprensible que el López que ella
conocía, una persona- lidad fascinante, serena, carente de ira, de odio y de
rencores, pudiera tener responsabi-lidad en tantas muertes. Para Ferreira, sin
embargo, esos abismos del ser no bastaban para destruir la amistad. López Rega
era su hermano y debía aceptarlo tal como era.
La misma incertidumbre que López Rega le producía a Ferreira la
experimentó el nuevo embajador norteamericano, Robert Hill, en la Semana Santa
de 1974, sólo que ligada a cues- tiones políticas. Un informante le refirió que
el ministro de Bienestar Social e Isabel se ha-bían enemistado, y que Perón no
tomaba partido en esa pelea. En el cable enviado a Washington, el embajador
intentó desmenuzar la intriga de palacio: Varios motivos fueron dados por la
fuente de la pelea. El más importante, Lastiri y María Estela (Isabel Perón)
llegaron a la conclusión de que López Rega es odiado por la mayoría del
movimiento peronista excepto por los pocos aduladores de quienes se rodeaba. El
ministro todavía sueña con se rel sucesor de Perón pero el hecho es que su
único apoyo es el mismo Perón, por lo tanto, más tarde, este apoyo puede
desaparecer al morir o quedar incapacitado el presidente. Entonces López Rega
caería inmediatamente.
Lastiri y María Estela habían llegado a la conclusión de que los dos
tenían una mejor posición de cara a la Argentina post-Perón y debían
desarrollar posiciones por sí mismos, diferenciándose de López Rega, o corrían
el riesgo de ser arrastrados por la caída de éste.
Lastiri y María
Estela (pero especialmente el primero) estaban en desacuerdo con López Rega
sobre puntos más amplios de estilo de gobierno.
Para la percepción de Ferreira sobre López Rega, entrevista del autor a
Eloá Copetti Vianna. En 1975, a instancias del ministro de Bienestar Social,
Ferreira se convertiría en ciudadano argentino y representaría al país ante el
Brasil en su nueva condición de presidente de la Cámara Comercial
Argentino-Brasileña. También por intermedio de López Rega —y pese a que sus
conocimientos periodísticos eran precarios—, sería designado director de la
oficina de Río de Janeiro de la agencia de noticias estatal Télam, cuyos costos
de instalación derivarían en una causa judicial que lo llevaría a prisión por
unos días. Véase capítulo 17.
Lastiri es fuerte precursor de línea moderada, consenso, diálogo
continuado con otros partidos y adherente al constitucionalismo. Él,
aparentemente, convenció a María Estela en el momento de la crisis de Córdoba,
diciendo que su futura posición (la de ella) dependía de la amplia aceptación
pública de la sucesión constitucional, por lo tanto cualquier acción que socave
la Constitución irá contra sus intereses. López Rega, por su parte, de acuerdo
a un informante, había apoyado el ala derecha en el caso Córdoba y en un más
amplio contexto ha dado evidencia de estar poco comprometido con leyes,
consenso y diálogo con otros partidos. Las fuentes no están seguras respecto de
dónde está parado Gelbard, pero creen que estaría alineado con Lastiri y María
Estela. En este contexto, es interesante notar que María Estela descansó en
Bariloche el fin de semana de Pascuas, acompañada por López Rega, Gelbard y su
última esposa e hija. Perón permaneció en Buenos Aires "para cuidar la
casa". Hill no tenía absoluta certeza de la veracidad de la información
que transmitía a Washington. Y prefirió dar detalles de su fuente para tomar
algunas precauciones.
A mediados de abril de 1974, Perón designó a Villar como jefe de la
Policía Federal, en reemplazo del general Miguel Ángel Iñíguez. Quizá un
elemento a tener en cuenta para entender la destitución haya sido que el jefe
de Policía había detenido a Mario Firmenich el mes anterior, y luego de cuatro
días lo liberó. Pero el hecho que determinó la baja de Iñíguez fue su oposición
al regreso de López Rega a la institución policial. En cambio, ya bajo la
jefatura de Villar, el ministro de Bienestar Social se reincorporó a la fuerza
por decreto 1350 del Poder Ejecutivo Nacional, y sobre la base de una petición
del centro de jefes y oficiales de la fuerza. Según la solicitud, López Rega se
había retirado de la Policía Federal por "causas políticas" en 1962
y, en compensación, el 3 de mayo de 1974 fue ascendido de sargento a comisario
general.
En el cable enviado a Washington, Hill agregó: "Comentario: El
informante es muy pro-Lastiri y puede haber exagerado alguna cosa sobre la
seriedad de la pelea y el rol positivo de Lastiri. Al menos por un tiempo el
comportamiento en las reuniones públicas, para aparentar, sería como si ninguna
pelea hubiera existido. Si la pelea continúa, con implicaciones a largo plazo,
con respecto a cuestiones como sucesión, tono y estilo de gobierno, entonces
debe ser considerado. No hay indicaciones de que L. Rega haya perdido o esté
perdiendo la confianza de Perón. Será interesante y significante, ver la
actitud que Perón tome eventualmente". Véase archivo desclasificado por el
Departamento de Estado del 15 de abrilde 1974, E.O. 11652. En forma simultánea a
su designación, López Rega entregó un millonario subsidio a la institución para
realizar obras en el hospital policial Bartolomé Churruca. Aunque este ascenso
rompía todas las reglas internas y podía revelar cierta vanidad del ministro,
en realidad ilustraba la creciente influencia que iba ganando sobre la Policía
Federal. Por entonces, la conexión entre López Rega y Villar en la tarea de reprimir
a la izquierda (peronista y no peronista) era constante, pero la relación entre
los dos estaría sujeta a controversias personales por los celos mutuos
generados en la disputa por el mando de la fuerza.
Una muestra de la doble representación de poder de policía y poder
político que ejercía López Rega fue el convenio bilateral de represión al
narcotráfico que firmó con el embajador de los Estados Unidos. Robert Charles
Hill era un experto en seguridad y también un operador de la política global de
Nixon, quien, bajo la cobertura de la "guerra a las drogas", buscaba
neutralizar el desarrollo de las organizaciones guerrilleras en América latina.
Desde esta perspectiva, López Rega podía considerarse un aliado, porque también
entendía que el combate contra las drogas formaba parte de un plan político de
lucha contra la subversión, y así lo expresó, a través de una anécdota, en el
encuentro que mantuvo con Hill, y del que también participaron los comisarios
Villar y Margaride, un funcionario de la Comisión Nacional de Toxicomanía y
Narcóticos, y Carlos Villone, secretario de Coor-dinación y Promoción Social
del ministerio.
La antesala del encuentro entre López Rega y Hill estuvo marcada por la
excentricidad: el ministro relató al embajador detalles de su paso por los
Estados Unidos en 1953: le dijo que había estudiado ópera, y le cantó
"Rose Marie, I love you". Pero la reunión también dejó abierta la
posibilidad de una vinculación de López Rega con la CIA. En el cónclave, según
la exposición posterior de Hill al Departamento de Estado norteamericano, el ministro
le confió que la guerrilla "era guiada desde Moscú" y, en ese
contexto, criticó a Gelbard por acomodarse con los países del Este donde
acababa de realizar una gira de acuerdos comerciales. Por su parte, Hill
describió a López Rega como un hombre elegante, inescrupulosamente ambicioso,
excéntrico pero no tonto, que quería ser presidente de la Argentina, y también
informó que había viajado al Brasil "para participar de un ritual del
culto haitiano, que incluía la ingesta de sangre de un pollo sacrificado y
colgado cabeza abajo".
Según una información publicada en el libro Bernardo Alberte. Un militar
entre obreros y guerrilleros, de Eduardo Gurrucharri, ob. cit., pág. 361, López
Rega y Villar se reunían en el salón comedor de la Casa Rosada para confeccionar
las listas de los "infiltrados" que debían ser eliminados. Por su
parte, la defensa que López Rega hacía de su custodia era cerrada. Le reclamó
al ministro de Justicia Antonio Benítez que indultara a Rodolfo Almirón, que
todavía cargaba con un proceso judicial por sus antecedentes penales. Como el
indulto se demoraba, López le anticipó que "sus días estaban
contados", sin aclarar si se refería a su vida personal o a sus funciones
ministeriales dentro del gobierno (información obtenida en una entrevista
realizada a Gustavo Caraballo).
En 1973, los funcionarios norteamericanos tenían dos líneas de
interpretación diferentes frente a la figura de Perón. Una tendía a creer que
era nacionalista y antinorteamericano. La otra afirmaba que Perón buscaba mimetizarse
con los Estados Unidos. Por su parte, la salida de David Lodge a fines de1973
supuso un seguimiento más riguroso de la evolución política de la Argentina por
parte de los Estados Unidos. (Entrevista del autor al periodista Martin
Andersen.)
Dos meses antes de su muerte, Perón endureció su relación con
Montoneros. A partir de las elecciones del 11 de marzo de 1973, vivió con ellos
un proceso de incomprensión mutua que derivó en un final traumático, que se
expresó en su discurso del 1 de mayo de 1974, cuando los trató de "idiotas
útiles" y "mercenarios al servicio del extranjero". Ese día,
desde
temprano, los servicios de inteligencia habían pintado las paredes del
centro de Buenos Aires con consignas contra Perón e Isabel, a los que acusaban
de "vendidos" y "traidores", y colocaron la firma de
"Montoneros". López Rega llevó la noticia de las pintadas a oídos de
Perón. Por la tarde, el ambiente se fue calentando en el interior de la Casa de
Gobierno.
Cuando encaró hacia el balcón, Perón estaba desorbitado, con la cara
hinchada, roja de furia, y los montoneros, abajo, en la Plaza de Mayo, tampoco
se mostraban dispuestos a tranquilizarlo. Demoraron el comienzo del discurso
presidencial durante nueve minutos, al grito de "el pueblo te lo pide, queremos
la cabeza de Villar y Margaride". Para salir del paso, Isabel coronó a la
Reina del Trabajo. Luego, la columna de Montoneros, que ocupaba la mitad de la
plaza, la defenestró por omisión; "Evita hay una sola...", y lanzaron
como un bramido un grito de incomprensión: "¿Qué pasa, General, que está
lleno de gorilas el go-bierno popular?".
Hill realizó esta exposición en Washington el 27 de noviembre de 1974.
Allí comentó que López Rega había grabado la conversación sin que él lo
supiera, y que la había hecho publicar en Las Bases. Hill se sorprendió con la
actitud pero no se avergonzó de nada de lo que había sido publicado. La
relación entre Hill y López Rega, según distintas publicaciones, habría surgido
a principios de los años setenta, cuando el embajador norteamericano estaba
destinado en Madrid. Según el libro La Triple A, de Ignacio González Jansen
(Buenos Aires, Contrapunto, 1986), a partir de su llegada a la Argentina, Hill
habría designado a uno de sus asistentes "para mantener una estrecha
relación con López Rega, y eran usuales los encuentros de ambos en el bar del
hotel Ritz. Fue allí donde fueron presentados el secretario de Perón y uno de
los jefes de las bandas terroristas guatemaltecas, el coronel Máximo
Zepeda". Según ell ibro, que no cita la fuente de la información, ante la
preocu-pación por la infiltración marxista en el peronismo, "Hill lo puso
en contacto con un experto en la eliminación sistemática de opositores. Zepeda
trabajaba desde hacía algunos años con la CIA, y su especialidad era la de
organizar grupos paramilitares para aniquilar a los comunistas". De
acuerdo con esta hipótesis, Zepeda entregó manuales a López Rega donde se
especificaba que se debía eliminar a "dirigentes políticos y sindicales,
con religiosos progresistas, a periodistas opositores, etc. Véase pág. 98 de
ob. cit. Por su parte, el periodista Rodolfo Walsh, como jefe de inteligencia,
preparó una investigación para la conducción montonera sobrel a conexión de la
CIA con la Triple A. La focalizó en la relación del comisario Villar con los
jefes policiales del Uruguay, el Brasil, Chile, Bolivia y el Paraguay, que
componían un comando que incluía la participación de oficiales y suboficiales
de la Policía Federal Argentina. Utilizaban una casa operativa dela calle San
José al 700. Walsh indicó que el comando dependía del Departamento de Asuntos
Extranjeros de la policía, al mando del comisario inspector Juan Gattei, y
tenía como jefe de operaciones al inspector Juan Pietra, y al inspector Rolando
Nerone como jefe de inteligencia. Walsh marcaba el nexo entre la AAA y la
inteligencia norteamericana a través del comisario Gattei, egresado de la
escuela de policía de la CIA en 1962, e informó que Gattei y el comisario
Antonio Gestor "estaban sometidos a la autoridad de Mr. Gardener Hathaway,
station chief de la CIA en la Argentina". Por último, Walsh concluía:
"Si la hipótesis consignada sobre la conducción de la CIA en las
operaciones de las AAA fuera exacta, la jefatura real recaería en el oficial de
dicho servicio que atiende a López Rega". Véase El Periodista del 21 de
marzo de 1986
En su alocución, Perón los trató de estúpidos e imberbes, y rescató la
historia de las organizaciones sindicales (llamó a sus dirigentes "sabios
y prudentes") y rindió homenaje a los sindicalistas asesinados, "sin
que todavía haya sonado el escarmiento". Apenas comen- zaron los insultos,
los montoneros empezaron a retirarse, frente a la vista de la otra mitad de la
plaza, ocupada por los gremios ortodoxos, que gritaba "Ar-gen-ti-na".
Luego de aquel día, y a través de distintos interlocutores, Perón
intentó retomar el diálogo con Montoneros, pero la iniciativa (quizá por falta
de voluntad o de tiempo) no pros-peró. De todos modos, Perón entendía que sólo
los sindicalistas y el aparato partidario podían defender la homogeneidad del
peronismo y aplastar los "intentos de disociación y anarquía" de
"los infiltrados": su decisión de terminar con el accionar de la
guerrilla, por las buenas o por las malas, era irrevocable.
El 12 de junio, el General amenazó con renunciar a la Presidencia por
las constantes críticas de la prensa ante el creciente desabastecimiento de
productos, que sólo podían encontrarse a mayor precio en el mercado negro.
López Rega informó que, en ese caso, él e Isabel también se irían del país. La
CGT convocó a sus afiliados a la Plaza de Mayo para respaldar al presidente.
Por la tarde, cuando Perón salió al balcón de la Casa de Gobierno por última
vez en su vida, reivindicó en su discurso todas las políticas que había soñado
aplicar para su tercera presidencia: la liberación nacional, el pacto social,
el proyecto nacional y el programa de reconstrucción democrática.
Pero la democracia se iba consumiendo día tras día por la violencia
política y la represión ilegal instrumentada por el Estado. Las últimas
palabras de Perón en el balcón fueron: "Yo me llevo en mis oídos la más
maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo
argentino".
El 12 de junio Perón pronunció dos mensajes, uno en el Salón Blanco de
la Casa de Gobierno, por la mañana y otro, en la Plaza de Mayo, por la tarde.
Por la mañana expresó que había vuelto para servir lealmente a la Patria, que
sabía que era un proceso difícil y peligroso pero que también era consciente de
que no podía rehuir sus responsabilidades frente al pueblo. "Yo nunca
engañé a ese pueblo, por quien siento un entrañable cariño. Ese es mi
sentimiento y la relación que me ha dado fuerzas para seguir adelante, en medio
de diarias acechanzas y conjuras ridículas, tanto de quienes sueñan con un pasado
imposible como de los que desean apurar las cosas. Yo vine al país para unir y
no para fomentar la desunión de los argentinos. Yo vine al país para lanzar un
proceso de liberación nacional y no para consolidar la dependencia. Yo vine al
país para brindar seguridad a nuestros ciudadanos y lanzar una revolución en
paz y armonía y no para permitir que vivan temerosos quienes están empeñados en
la gran tarea de edificar el destino común. Yo vine para ayudar a reconstruir
el hombre argentino, destruido por largos años de sometimiento político,
económico y social. Pero hay pequeñas sectas, perfectamente identificadas, con
las que hasta el momento fuimos tolerantes, que se empeñan en obstruir nuestro
proceso; son los que están saboteando nuestra independencia y nuestra
independencia política exterior; son quienes intentan socavar las bases del
acuerdo social, forjado para lanzar la Reconstrucción Nacional [...] Creo que
ha llegado la hora de reflexionar acerca de lo que está pasando en el país y
depurar de malezas este proceso porque, de lo contrario, pueden esperarse horas
muy aciagas para el porvenir de la República". Frente a la concentración
popular, por la tarde, expresó: "Compañeros: retempla mi espíritu. Estoy
en presencia de este pueblo que toma en sus manos la responsabilidad de
defender a la Patria. Creo, también, que ha llegado la hora de que pongamos las
cosas en claro. Estamos luchando por superar lo que nos han dejado en la
República, y en esa lucha no debe faltar un solo argentino que tenga el corazón
bien templado. Sabemos que tenemos enemigos que han comenzado a mostrar sus
uñas. Pero, también sabemos que tenemos a nuestro lado al pueblo, y cuando éste
se decide a la lucha, suele ser invencible [...] Sabemos que en la marcha que
hemos emprendido tropezamos con muchos bandidos que nos querrán detener, pero
con el concurso organizado del pueblo, nadie puede detener a nadie. Por eso
deseo aprovechar esta oportunidad para pedirles a cada uno de ustedes que se transformen en un vigilante observador de estos hechos
que quieran provocarse y actúen de acuerdo a las circunstancias". Para
discursos completos de Perón del 12de junio de 1974, véase Documentos 1973-1976.
De la ruptura al golpe. Volumen II, págs. 76-84,compilador Roberto
Baschetti.
Su vida se estaba consumiendo. En sus últimos meses Perón casi no salía
de la residencia de Olivos y atendía sólo por algunas horas al día las
cuestiones de Estado. En los momentos en que no permanecía acostado en su cama
jugueteando con los caniches, le gustaba vestir el uniforme de general, o
ponerse alguno de sus trajes blancos y salir a caminar por el parque de la
residencia. No existía para él mayor placer que conversar con los soldados
rasos, contarles anécdotas de su vida militar, de la época en que había
persuadido a los obreros para que levantaran una huelga en Salta por la década
de los veinte, y disfrutaba con ellos del sabor de un asado, una copa o el
último cigarrillo, mientras la custodia del ministro López Rega retozaba dentro
de sus autos Torino Grand Routier negros con comunicación policial, o tomaban
las armas para afinar la puntería en el polígono de tiro de la quinta.
En la percepción de su muerte, Perón pensó que no era su esposa quien
debía sucederlo en la Presidencia, sino Ricardo Balbín, el jefe de la Unión
Cívica Radical. Entonces, las fuerzas políticas tenían cada vez menos
incidencia en la vida del país. El problema para que asumiera Balbín era de
orden legal. Por tal motivo, Perón pensó de nuevo en el secretario legal y
técnico para que le preparara otra vez un "esquema institucional" que
librara a Isabel de la responsabilidad de ejercerla primera magistratura. Lo
hacía pensando en el bien del país y también en el de su esposa. Hay dos
sólidas versiones que (pese a sus diferencias parciales) conducen a la misma
idea: en su lecho de enfermo, Perón, a sus 78 años, intentó torcer la línea de
sucesión. Esta idea, que provocó sorpresa y escozor en el ministro López Rega,
no logró concretarse.
Según la versión publicada en el libro Doy fe (Buenos Aires, Losada,
1979, págs. 36-40) del periodista Heriberto Kahn (un testigo de la época que
contaba con fuentes de primer nivel en el radicalismo y la Armada), Perón llamó
a su dormitorio al secretario legal y técnico Gustavo Caraballo para que
estudiara la posibilidad de que, luego de su muerte, el poder pasara a manos de
Ricardo Balbín. Lo hizo en presencia de Isabel y López Rega. La primera
permaneció en silencio, el ministro estalló en cólera y el tema quedó en
suspenso. Después Perón volvió a convocar a Caraballo y le pidió que abandonara
la idea, pero, en su presencia, le recordó a Isabel: "Nunca tomes ninguna
decisión importante sin consultar a Balbín". El radicalismo, a través del
dirigente Enrique Vanoli, intentó posteriormente que Caraballo hiciera público lo
sucedido para generar un hecho político de magnitud. Pero Caraballo mantuvo su
silencio. En entrevista con el autor, Caraballo hace una observación parcial a
la versión publicada por Kahn: "En los últimos días, yo no lo vi a Perón.
Estaba bloqueado por López Rega. Él le llevaba a firmar todos los decretos a su
dormitorio. En una oportunidad López Rega me comentó que Perón estaba loco, que
quería convocarme a mí para que hiciera designar a Balbín como heredero, pero
no me dejó verlo. Estaba presente el secretario de la Casa Militar. Supongo que
Perón quería realizar el mismo esquema de sucesión que habíamos evaluado para
que él lo sucediera a Cámpora, sin realizar elecciones. En elf ondo, tenía
desconfianza sobre la capacidad de Isabel. Durante mucho tiempo, yo me negué a
contar esto porque Isabel ya era la presidenta y esta revelación le iba a
quitar autoridad. Además, también consideré que era peligroso para mi propia
persona. Después de unos meses, le pregunté a (miembro del Consejo Superior
Peronista, Deolindo) Bittel si me daba permiso para hacer pública la última
voluntad de Perón, porque entregar su gobierno al jefe de la oposición era un acto de grandeza. Y también para que no se le
echara en cara que había dejado a una inútil como Isabel en el poder. Pero
Bittel me dijo que no dijera nada porque si lo hacía público 'perjudicaba a
todos los peronistas'"
A principios de junio de 1974, Perón viajó al Paraguay. Estaba enfermo y
pálido, ojeroso, pero también emocionado al recordar en la misma cañonera Humaitá
los primeros días de su desdicha en el exilio, luego de que la Revolución
Libertadora lo expulsara del poder en 1955. Permaneció en cubierta, bajo una
implacable lluvia. Al regresar, se detuvo a almorzar en un restaurante de la
Costanera, expuesto al viento helado que subía desde el Río de la Plata. Se
recluyó en Olivos. Desde hacía un tiempo, ya no recibía a nadie.
Ese mes, en reunión de gabinete, se decidió que todo lo que tuviera que
firmar le fuese entregado por Isabel o por López Rega, y que no fuese
perturbado por los ministros por cuestiones que podían alterar su ánimo. Estaba
al cuidado de un pequeño equipo de emergencias, integrado por médicos
residentes del Hospital Italiano, que había logrado instalarse en la planta
baja, en los últimos meses, pese a la desconfianza que generaba en el ministro
de Bienestar Social. López Rega, a su modo, también quería protegerlo: había
instalado un micrófono en la mesa de luz del General, que estaba conectado a su
habitación del primer piso, y cuando escuchaba sus quejidos, aparecía de
inmediato.
Sus diagnósticos vinculaban la aparición de los males a la posición de
los astros. El 15 de junio, López Rega e Isabel iniciaron una gira por España,
Suiza e Italia. Fueron condecorados por el Generalísimo Franco en el Palacio de
las Cortes; en Ginebra, la vicepresidenta expuso en la Organización
Internacional del Trabajo(OIT); en el Vaticano los recibió el Sumo Pontífice.
Pero mientras los partes médicos que divulgaba la Secretaría de Prensa y
Difusión hablaban de una "bronquitis", el 18 de junio Perón sufrió un
pequeño infarto. A los dos días, aconsejado por Vanni y Villone, López Rega
volvió al país. La embajada norteamericana supuso que era para proteger
"sus flancos políticos". López Rega temía que en una reunión de
gabinete se decidiera la creación de un Comité Nacional de Seguridad, con
participación de las Fuerzas Armadas.
A su regreso, el proyecto quedó paralizado. Isabel permaneció en Europa
por razones de protocolo .Prensa y Difusión aseguraba que Perón presidía
reuniones de gabinete, pero no permitía el ingreso de fotógrafos. El día 24 la
embajada sospechó que había algo más que un fuerte resfrío cuando supo que
Perón había cancelado a último momento la audiencia con el canciller
australiano. Al día siguiente ya tenían conocimiento de que el problema era más
serio. Enviaron un cable a Washington:
Viejas fuentes de la embajada con estrechas conexiones al círculo íntimo
de Perón nos han admitido que Perón está de hecho bastante enfermo. Ha habido
complicaciones respiratorias. Mientras la prensa indica que presidió reuniones
de gabinete por dos horas, solamente lo hizo por quince minutos. El gobierno
desea no alarmar al público. Está ocultando el hecho en su totalidad. El 26 de
junio Perón tuvo un dolor anginoso precordial. Los medicamentos ya no bastaban
para modificarle la arritmia. El viernes 28, por la tarde, llegó Isabel. Prensa
y Difusión anunció que Perón no realizaría tareas oficiales. Al anochecer, sus
doctores informaron que desde hacía doce días el presidente tenía una
broncopatía infecciosa que repercutía sobre una antigua afección circulatoria
central. Le recomendaron reposo absoluto. Por la noche Isabel le mostró las
fotos del viaje a Europa.
El sábado 29 de junio, por la mañana, Perón delegó el mando presidencial
en su esposa. Firmó desde la cama. La rúbrica era temblorosa. Esa mañana
intentó sentarse en el sillón para ver los pájaros desde la ventana, pero se sintió mareado y enseguida
volvió al lecho. Su mucama española Rosario Álvarez Espinosa, que lo acompañaba
desde hacía casi quince años, escribiría en su diario personal. Nos llamaron a
España y nos dijeron que el General estaba muy resfriado y volamos a Buenos
Aires. Llegamos el viernes 27. Perón me preguntó por mi familia. La verdad es que
lo encontré un poco decaído. Siempre que cogía un catarro no permanecía en cama
más de tres días. El domingo 30 empeoró mucho. Yo le pedí a Dios que me quitase
a mí la vida y se la alargara a él para que pudiera continuar su obra.
En el atardecer del domingo 30, los médicos conservaban un mediano
optimismo. Prensa y Difusión redactó un comunicado que hizo que los argentinos
fueran a dormir tranquilos: Perón había experimentado una sensible mejoría en
su cuadro clínico en las últimas horas. Continuaba en reposo.
A la madrugada del lunes, Perón no encontraba la posición adecuada en la
cama. No podía conciliar el sueño. A las 3.30, en el monitor del aparato médico
se detectaron extra sístoles ventriculares. Pero a la mañana, a las 8, las
perspectivas eran mejores. El General parecía recuperado. La mucama escribió:
El lunes 1 de julio Isabelita llamó a una reunión de gabinete de ministros. Y
Perón le dijo ¿justo hoy tiene que ser...? Yo estaba al lado. Después se
levantó de la cama y se sentó en un sillón.
A las 10 empezó la reunión de gabinete. A las 10.15, apareció el padre
Héctor Ponzio en el dormitorio de Perón. Era el capellán del Regimiento de
Granaderos, que oficiaba las misas los domingos en la capilla de la residencia,
y que guardaba la costumbre de teñirse el pelo con tintura rojiza, lo cual
hacía más llamativa su pequeña figura. Ponzio le dio la extremaunción. Diez
minutos después se escucharon corridas en el primer piso. Bajaron a buscar al
doctor Taiana en la Sala de Acuerdos de la residencia. El General se había
descompuesto. La reunión se interrumpió a los gritos. Todos los ministros
quedaron paralizados. López Rega subió hacia el dormitorio de Perón. Escribió
la mucama en su diario: De golpe, Perón empezó a perder el aire, tenía la boca
abierta y una gobernanta empezó a abanicarlo. Estaba con convulsiones en el
sillón y dijo "me voy, me voy" y cayó para el suelo de costado. Era
un paro cardíaco. Todo el equipo médico empezó a funcionar. Perón fue puesto en torso
desnudo, le dieron medicación, le hicieron respiración artificial, le dieron un
masaje cardíaco enérgico, rítmico. Isabel lo miraba compungida. El General ya
no tenía irrigación cerebral ni reflejos pupilares. El monitor que mostraba el
corazón de Perón se iba apagando, apagando, apagando, hasta que llegó al último
puntito. Cuando la muerte clínica ya era un hecho, intercedió López Rega. Despejó
a los médicos de alrededor de la cama. Era su momento. -El General ya murió
en una ocasión y yo lo resucité, advirtió. Lo tomó de los tobillos. Entrecerró los ojos y, con pronunciación
monótona y ritmo constante, balbuceó unos mantras, en su intento de alcanzar
armonía con lo Divino. Hasta que gritó: -¡No te vayas,
Faraón!, al mismo tiempo que sacudía las piernas muertas del General.
Al cabo de febriles
intentos por volverlo a la vida, se resignó: -El Gran Faraón no
responde a mis esfuerzos por retenerlo acá en la Tierra. Debo desistir. El padre Ponzio comenzó a rezar un Padre Nuestro. A las dos y cuarto de
la tarde, las emisoras de radio y televisión transmitieron el videotape en el
que Isabel anunciaba la muerte del presidente. Dos horas más tarde, López Rega
tomaría la cadena nacional para confirmar la noticia. Argentina se preparaba
para vivir sin Perón.