miércoles, 26 de agosto de 2020

MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE: LA VERDADERA OBEDIENCIA

sábado, 22 de agosto de 2020

MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE: LA VERDADERA OBEDIENCIA (CAPÍTULO XVIII)

La indisciplina reina en todas partes dentro de la Iglesia, comisiones de sacerdotes envían conminaciones a sus obispos, los obispos hacen caso omiso de las exhortaciones pontificias, ni siquiera las propias recomendaciones y decisiones conciliares son respetadas, y sin embargo nunca oímos pronunciar la palabra desobediencia, salvo para aplicarla a aquellos católicos que quieren permanecer fieles a la tradición y sencillamente conservar la fe.
La obediencia constituye una cuestión grave, pues supone permanecer unido al magisterio de la Iglesia y particularmente al Sumo Pontífice; ésta es una de las condiciones de la salvación. Tenemos profunda conciencia de ello y nadie es más adicto que nosotros al sucesor de Pedro que reina hoy, así como lo fuimos a sus predecesores; hablo aquí de mí mismo y de los numerosos fieles rechazados en las iglesias, de los sacerdotes obligados a celebrar la misa en cobertizos como se hacía durante la Revolución Francesa y a organizar catecismos paralelos en las ciudades y en las zonas rurales.

Somos adictos al Papa cuando éste se hace eco de las tradiciones apostólicas y de las enseñanzas de todos sus predecesores. La definición misma del sucesor de Pedro lo obliga a conservar este depósito. Así nos lo enseña Pío IX en su Pastor aeternus-. "El Espíritu Santo no fue, en efecto, prometido a los sucesores de Pedro para permitirles publicar, según sus revelaciones, una doctrina nueva, sino que les fue prometido para conservar estrictamente y exponer fielmente, con su asistencia, las revelaciones transmitidas por los apóstoles, es decir, el depósito de la fe".
La autoridad delegada por Nuestro Señor al Papa, a los obispos, a los sacerdotes en general, está al servicio de la fe. Valerse del derecho, de las instituciones, de la autoridad para aniquilar la fe católica y no comunicar vida, es practicar el aborto o la anticoncepción espirituales.
Por eso somos sumisos y estamos dispuestos a aceptar todo lo que está de acuerdo con nuestra fe católica tal como fue enseñada durante dos mil años, pero rechazamos todo lo que se le oponga.
Porque, en efecto, se ha planteado un grave problema a la conciencia y a la fe de todos los católicos durante el pontificado de Pablo VI. ¿Cómo un papa, verdadero sucesor de Pedro, seguro de la asistencia del Espíritu Santo, puede presidir la destrucción de la Iglesia, la destrucción más profunda y más extensa de su historia, en el lapso de tan poco tiempo, algo que ningún heresiarca nunca logró hacer? Algún día habrá que dar respuesta a esta pregunta.
En la primera mitad del siglo V, san Vicente de Lérins, que fue soldado antes de consagrarse a Dios y que declaró haber "estado zarandeado mucho tiempo en el mar del mundo, antes de encontrar refugio en el puerto de la fe" hablaba así del desarrollo del dogma: "¿No habrá ningún progreso de la religión en la Iglesia de Cristo? Los habrá ciertamente muy importantes, de manera tal que se trate de un progreso de la fe y no de un cambio. Importa que crezcan abundantemente e intensamente, en todos y en cada uno, en los individuos como en las Iglesias, en el curso de las edades, la inteligencia, la ciencia, la sabiduría, siempre que esto ocurra dentro de la identidad del dogma, de un mismo pensamiento".
San Vicente conocía el impacto de las herejías y dio una regla de conducta que continúa siendo buena después de mil quinientos años: "¿Qué hará pues el cristiano católico si una parte de la Iglesia llega a separarse de la comunión, de la fe universal? ¿Qué otro partido puede tomar sino el de preferir al miembro gangrenado y corrompido el cuerpo que en su conjunto está sano? Y si algún nuevo contagio amenaza envenenar no ya una pequeña parte de la Iglesia sino a la Iglesia toda entera a la vez, entonces su gran empeño deberá ser el de aferrarse a la antigüedad que evidentemente ya no puede ser seducida por ninguna novedad mentirosa".
En las letanías de las rogativas, la Iglesia nos hace decir: "Señor, te suplicamos que mantengas en tu santa religión al Sumo Pontífice y a todas las órdenes de la jerarquía eclesiástica". Esto quiere decir que semejante desgracia puede sobrevenir.
En la Iglesia no hay ningún derecho, ninguna jurisdicción que pueda imponer a un cristiano la disminución de su fe, todo fiel puede y debe resistir a aquello que afecte su fe, apoyándose en el catecismo de su niñez. Si se encuentra en presencia de una orden que lo pone en peligro de corromperla, la desobediencia es un deber imperioso.
Tenemos el deber de desobedecer y de conservar la tradición porque estimamos que nuestra fe está en peligro a causa de las reformas y las orientaciones posconciliares. Agreguemos esto: el mayor de los servicios que podamos hacer a la Iglesia y al sucesor de Pedro es repudiar la Iglesia reformada y liberal. Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, ni es liberal ni puede ser reformado.
En dos ocasiones oí decir a dos enviados de la Santa Sede: "La realeza social de Nuestro Señor ya no es posible en nuestro tiempo, hay que aceptar definitivamente el pluralismo de las religiones". Eso fue exactamente lo que me dijeron.
Pues bien, yo no pertenezco a esa religión, no acepto esa nueva religión. Es una religión liberal, modernista, que tiene su culto, sus sacerdotes, su fe, sus catecismos, su Biblia ecuménica traducida en común por católicos, judíos, protestantes, anglicanos, en la que todo se mezcla para dar satisfacción a todo el mundo, es decir, sacrificando muy frecuentemente la interpretación del magisterio. Nosotros no aceptamos esa Biblia ecuménica. Está la Biblia de Dios que es su palabra y que nosotros no tenemos el derecho de mezclar con la palabra de los hombres.
Cuando yo era niño, la Iglesia tenía en todas partes la misma fe, los mismos sacramentos, el mismo sacrificio de la misa. Si entonces me hubieran dicho que todo eso cambiaría, no lo habría podido creer. En toda la extensión de la cristiandad se rezaba a Dios de la misma manera. La nueva religión liberal y modernista ha sembrado la división.
Hay cristianos divididos en el seno de una misma familia a causa de esta confusión que se ha instaurado, ya no van a la misma misa, ya no leen los mismos libros. Hay sacerdotes que ya no saben qué hacer: o bien obedecen ciegamente lo que sus superiores les imponen y así pierden de alguna manera la fe de su niñez y de su juventud y renuncian a las promesas que han hecho en el momento de ordenarse, al prestar el juramento anti modernista; o bien se resisten, pero con la impresión de que se separan del Papa que es nuestro padre y el vicario de Cristo. ¡Qué desgarramiento en cualquiera de los dos casos! Muchos sacerdotes han muerto prematuramente de dolor.
¡Cuántos otros se vieron obligados a abandonar las parroquias en las que durante muchos años ejercían su ministerio, al ser el blanco de una persecución abierta por parte de su jerarquía y a pesar del apoyo de los fieles a quienes se privaba de su pastor! Tengo ante mi vista las conmovidas palabras de despedida que uno de ellos dirigió a la población de las dos parroquias de las que era el cura: "En su entrevista del día... monseñor el obispo me dirigió un ultimátum: aceptar o rechazar la nueva religión; no podía zafarme, de manera que para permanecer fiel al compromiso de mi sacerdocio, para permanecer fiel a la iglesia eterna, me vi obligado contra mi voluntad a retirarme... La simple honestidad y sobre todo mi honor sacerdotal me obligan a ser leal precisamente en esta cuestión de gravedad divina (la misa)... Es esta prueba de fidelidad y de amor la que debo dar a Dios y a los hombres, particularmente a vosotros, y por ella seré juzgado en el último día, como por lo demás serán juzgados todos aquellos a quienes ha sido confiado este mismo depósito".
En la diócesis de Campos, en el Brasil, la casi totalidad del clero fue expulsada de las iglesias después del alejamiento de monseñor Castro-Mayer por no haber querido abandonar la misa de siempre tal como ellos la celebraban aún hasta una fecha reciente.
La división afecta las menores manifestaciones de piedad. En el Val-de-Marne, el obispado hizo expulsar por la policía a veinticinco católicos que recitaban el rosario en una iglesia que carecía de cura habilitado, desde hacía muchos años. En la diócesis de Metz, el obispo hizo intervenir al alcalde comunista para que se suspendiera el préstamo de un local otorgado a un grupo de tradicionalistas.
En el Canadá, seis fieles fueron condenados por el tribunal (pues en ese país la ley permite ventilar esta clase de asuntos) por haberse obstinado en comulgar de rodillas. El obispo de Antigonish los había acusado de "perturbar voluntariamente el orden y la dignidad de un servicio religioso". ¡Los "perturbadores" fueron puestos en libertad vigilada durante seis meses por el juez! ¡Que un obispo prohíba a los cristianos doblar las rodillas ante Dios! El año pasado, la peregrinación de jóvenes a Chartres terminó con una misa en los jardines de la catedral pues en ella estaba prohibida la misa de san Pío V. Quince días después, las puertas de la catedral se abrían de par en par para un concierto espiritual durante el que una ex carmelita interpretó danzas.
Aquí se enfrentan dos religiones; nos encontramos en una situación dramática, pues no es posible no hacer una elección, sólo que esa elección no supone elegir entre la obediencia y la desobediencia. Lo que se nos propone, aquello a que se nos invita expresamente y por lo que se nos persigue es que elijamos una apariencia de obediencia. En efecto, el Santo Padre no puede pedirnos que abandonemos nuestra fe.
Nosotros decidimos pues conservar nuestra fe y no podemos engañarnos cuando nos atenemos a lo que la Iglesia enseñó durante dos mil años. La crisis es profunda, está sabiamente organizada y dirigida hasta el punto de que en verdad se puede creer que su autor no es un hombre, sino el mismo Satanás.
Ahora bien, Satanás hizo algo magistral cuando logró hacer desobedecer a los católicos en nombre de la obediencia. Un ejemplo típico está dado por el aggiornamento de las sociedades religiosas; por obediencia se hace desobedecer a religiosos y religiosas a las leyes y constituciones de sus fundadores, leyes que juraron observar cuando hicieron su profesión de fe. En este caso la obediencia debería ser una negativa categórica. La autoridad, aun siendo legítima, no puede mandar que se realice un acto reprensible, malo. Nadie puede obligar a alguien a transformar sus votos monásticos en simples promesas, así como nadie puede obligarnos a convertirnos en protestantes o modernistas.
Santo Tomás de Aquino, a quien siempre hay que remitirse, hasta llega a preguntarse en la Suma Teológica si la "corrección fraternal" prescrita por Nuestro Señor puede ejercerse respecto de los superiores. Después de haber hecho todas las distinciones útiles, el santo responde: "Se puede ejercer la corrección fraternal respecto de los superiores cuando se trata de la fe".
Si fuéramos más firmes sobre este particular, evitaríamos asimilar poco a poco y sin advertirlo las herejías. A principios del siglo XVI, los ingleses vivieron una aventura parecida a la que vivimos hoy, con la diferencia de que aquélla comenzó, con un cisma. Por lo demás, las similitudes son sorprendentes y propicias para hacernos reflexionar. La nueva religión que habrá de llamarse anglicanismo, comienza atacando la misa, la confesión personal, el celibato eclesiástico. Enrique VIII, por más que haya asumido la enorme responsabilidad de separar a su pueblo de Roma, rechazó las sugestiones que se le hicieron, pero, al año siguiente de su muerte una ordenanza autorizó el empleo del inglés para celebrar la misa.
Quedaron eliminadas las procesiones y se impuso el nuevo orden, el Order of Communion, en el cual ya no existe el ofertorio. Para tranquilizar a los cristianos, otra ordenanza prohibió toda clase de cambios en tanto que una tercera permitía a los curas suprimir las imágenes de los santos y de la Santa Virgen de las iglesias. Obras de arte venerables fueron vendidas a mercaderes así como hoy se las vende a anticuarios y a negocios de antigüedades.
Sólo algunos obispos hicieron notar que el Order of Communion atacaba el dogma de la presencia real al sostener que Nuestro Señor nos da su cuerpo y su sangre espiritualmente. El Confíteor traducido a la lengua vernácula era recitado al mismo tiempo por el celebrante y por los fieles y servía de absolución. La misa quedaba transformada en una comida, "turning into a Communion". Pero hasta los obispos más lúcidos terminaron por aceptar el nuevo Libro para mantener la paz y la unión. Exactamente por las mismas razones la Iglesia posconciliar querría imponernos el nuevo orden. En el siglo XVI los obispos ingleses afirmaron ¡que la misa era una "rememoración"! Una nutrida propaganda hizo entrar los puntos de vista luteranos en el espíritu de los fieles; los predicadores debían tener la aprobación del gobierno.
En esa misma época, ya se llama al Papa sólo "el obispo de Roma", ya no es el padre, sino que es el hermano de los otros obispos y, en este caso, el hermano del rey de Inglaterra, que se proclamó jefe de la Iglesia nacional. El Prayer Book de Cranmer fue compuesto mezclando partes de la liturgia griega y de la liturgia de Lutero. ¿Cómo no pensar en monseñor Bugnini cuando redactaba la misa llamada de Pablo VI con la colaboración de seis "observadores" protestantes agregados al consejo para la reforma de la liturgia?
El Prayer Book comienza con estas palabras: "La cena y santa comunión, comúnmente llamada misa", y prefigura el famoso artículo siete de la Institutio Generalis del Nuevo Misal, recogido por el congreso eucarístico de Lourdes en 1981: "La cena del Señor, llamada de otra manera la misa..." La destrucción de lo sagrado a que me referí antes estaba incluida también en la reforma anglicana: las palabras del Canon debían decirse obligatoriamente en voz alta, exactamente como ocurre en las "eucaristías" actuales.
El Prayer Book fue también aprobado por los obispos "para conservar la unidad interior del reino". Los sacerdotes que continuaron diciendo "la antigua misa" incurrían en penas que iban desde la pérdida de sus rentas a la revocación lisa y llana en caso de reincidir y a la prisión perpetua. Hay que reconocer que en nuestros días ya no se encarcela a los sacerdotes "tradicionalistas".
La Inglaterra de los Tudor se precipitó en la herejía casi sin advertirlo al aceptar el cambio con el pretexto de adaptarse a las circunstancias históricas de la época, con sus pastores a la cabeza. Hoy toda la cristiandad corre el peligro de echar a andar por el mismo camino y ¿ha pensado el lector que si nosotros, que tenemos cierta edad, corremos un peligro menor, los niños, los jóvenes seminaristas formados con los nuevos catecismos, con la psicología experimental, la sociología, sin sombra alguna de teología dogmática y moral, de derecho canónico, de historia de la Iglesia, son educados en una fe que no es la verdadera y así encuentran normales las nociones neo-protestantes que se les inculcan? ¿Qué será de la religión de mañana si no oponemos resistencia?
El lector tendrá la tentación de decir: "Pero, ¿qué podemos hacer nosotros? Es un obispo quien afirma esto y aquello. Este documento es de la comisión de catequesis o de otra comisión oficial".
Entonces, no le queda al cristiano otro remedio que perder la fe. Pero nadie tiene el derecho de reaccionar de esta manera. San Pablo nos lo advirtió: "Aun cuando un ángel venido del cielo os dijera otra cosa diferente de la que yo os he enseñado, no lo escuchéis".
Ése es el secreto de la verdadera obediencia.