domingo, 23 de agosto de 2020

NUESTRO ENEMIGO MÁS FORMIDABLE

LA GRAN Y PERSITENTE HEREJÍA DE MAHOMA (Hilaire Belloc) - Parte 5


Mahoma fue un camellero que tuvo la buena suerte de concertar un matrimonio favorable con una mujer rica mayor que él. Desde la seguridad de esa posición, desarrolló sus visiones y sus entusiasmos, e hizo su propaganda. Pero todo ello de un modo ignorante y a muy pequeña escala
No existió una organización y, en el momento en que las primeras bandas tuvieron éxito en la batalla, los caudillos comenzaron a pelearse entre si; y no sólo a pelearse sino a asesinarse entre si. 


Después del asalto original, la Historia de toda la primera generación y algo más – la Historia del gobierno mahometano (en la medida en que lo fue) mientras estuvo centrado en Damasco – es una historia de intrigas y asesinatos sucesivos. 
Sin embargo, cuando apareció la segunda dinastía – la de los abasidas, que gobernó al Islam durante largo tiempo con su capital más hacia el Este, en Bagdad, sobre el Éufrates, y que restauró la antigua dominación de la Mesopotamia sobre Siria, gobernando también a Egipto y a todo el mundo mahometano – surgió ese esplendor, esa ciencia, ese poder material y esa riqueza de la que he hablado y que deslumbró a todos sus contemporáneos. 
Con lo que debemos reiterar la pregunta: ¿por qué se produjo esto? La respuesta está en la misma naturaleza de la conquista mahometana. Esa conquista no destruyó, como con tanta frecuencia se repite, de inmediato todo lo que encontró en su camino; no exterminó a todos los que no querían aceptar el Islam. Hizo justamente lo contrario. De entre todos los poderes que gobernaron aquellas regiones a lo largo de la Historia se destacó por lo que equivocadamente se ha dado en llamar su “tolerancia”. 
El ánimo mahometano no fue tolerante. Por el contrario, fue fanático y sangriento. No sintió respeto, ni siquiera curiosidad, por aquellos de quienes se diferenciaba. Estuvo absurdamente pagado de si mismo, considerando con desprecio a la alta cultura cristiana que lo rodeaba. La sigue considerando así hasta el día de hoy.
Pero los conquistadores, y aquellos a quienes convertían y reclutaban de entre las poblaciones nativas, seguían siendo demasiado pocos para gobernar por la fuerza. Y (más importante aún) no tenían ni idea de organización. Siempre habían sido negligentes y oportunistas. Por consiguiente, una mayoría muy amplia de los conquistados siguió con sus viejos hábitos de vida y de religión. Lentamente la influencia del Islam se extendió entre ellos también, pero durante los primeros siglos la gran mayoría de Siria y hasta de la Mesopotamia y Egipto, siguió siendo cristiana manteniendo la Misa cristiana, los Evangelios cristianos y toda la tradición cristiana. Fueron ellos los que preservaron la civilización grecorromana de la cual descendían y fue esa civilización, sobreviviendo bajo la superficie del gobierno mahometano, la que ofreció su saber y su poder material a los amplios territorios que debemos denominar, aún en un momento tan temprano, como “el mundo mahometano” a pesar de que el grueso del mismo todavía no era mahometano en su credo. Pero hay todavía otra causa más y que es la de mayor importancia.
 La causa fiscal: la apabullante riqueza del temprano califato mahometano. En todas partes la conquista mahometana alivió la suerte del mercader y el campesino, el negociador y el propietario. Una masa de usura fue barrida a un costado, al igual que el intrincado sistema impositivo que se había atascado, arruinando al contribuyente sin brindar los correspondientes beneficios al gobierno. Lo que hicieron los conquistadores árabes y sus sucesores en la Mesopotamia fue reemplazar todo ello por un sistema tributario simple y directo. Todo lo que no era mahometano en el inmenso Imperio Mahometano – esto es: la mayoría de su población – estaba sujeto a un tributo especial; y fue este tributo el que proporcionó directamente la riqueza al poder central, al beneficio del Califa, sin las pérdidas ocasionadas por una intrincada burocracia. Ese ingreso permaneció siendo enorme durante todas las primeras generaciones. El resultado fue el que siempre sigue después de una alta concentración de riqueza en un centro de gobierno; la totalidad de la sociedad gobernada desde dicho centro reflejó la opulencia de sus dirigentes. Aquí tenemos, pues, la explicación de ese extraño, único, fenómeno de la Historia: una revuelta contra la civilización que no destruyó la civilización; una herejía voraz que no destruyó a la religión cristiana contra la cual estaba dirigida. El mundo del Islam se convirtió y por largo tiempo continuó siendo, el heredero de la antigua cultura grecorromana y el preservador de la misma. De allí es que, como caso único entre todas las grandes herejías, el mahometanismo no sólo sobrevivió sino que sigue siendo, después de casi catorce siglos, espiritualmente tan fuerte como siempre. Con el tiempo echó raíces y estableció una civilización propia en contra de la nuestra y rivalizando permanentemente con la nuestra. Después de haber entendido por qué el Islam, la más formidable de las herejías, adquirió su fuerza y su sorprendente éxito, tenemos que tratar de entender por qué fue la única herejía que sobrevivió con plena potencia e incluso continúa expandiéndose (en cierto modo) hasta el día de hoy. Este es un punto de decisiva importancia para comprender no sólo nuestra cuestión sino la Historia del mundo en general. No obstante, es un tema que, desafortunadamente, casi ni se ha discutido en el mundo moderno. Millones de personas modernas de la civilización blanca – esto es: de la civilización de Europa y de América – lo han olvidado todo acerca del Islam. Nunca entraron en contacto con él. Dan por sentado que está decayendo y que, de todos modos, es tan sólo una religión foránea que no les tiene que importar. 
De hecho, es el enemigo más formidable y persistente que nuestra civilización ha tenido y puede volverse una enorme amenaza en el futuro así como lo fue en el pasado. 
Al tema de su amenaza futura regresaré al final de estas páginas sobre el mahometanismo. Todas las grandes herejías – excepto esta del mahometanismo – parecen pasar por las mismas fases.