EL VIRUS DE LA MENTALIDAD PROGRESISTA
– Por Nicolás Márquez
Luego del fracaso mundial en el que ha incurrido el régimen
comunista (derrota formalizada y simbolizada con la caída del Muro de
Berlín en 1.989), resulta sumamente dificultoso explicar y analizar por
qué sus adherentes, en vez de efectuar un riguroso acto de constricción y
reflexión mudando de tan horrorosa ideología hacia aquellas que han
demostrado eficacia y vigencia, prosiguen aferrándose al marxismo y sus
derivados a modo de masoquismo intelectual o espiritual. Creemos que una
de las causas que quizás explique esa perseverancia, en parte consiste
en que mayormente no se suele juzgar a esa ideología en función de sus
infructuosos resultados, sino en función de la aparente bondad de sus
objetivos.
De todos modos y a pesar de su insistencia en permanecer en el
desacierto, existe en los numerosos prosélitos de este espectro
ideológico una notable mutación en las formas y en el lenguaje con
respecto a la radicalizada militancia de otrora. En efecto, una vez ya
devaluado el “comunismo” y por ende el término “comunista”, la mayor
parte de sus simpatizantes de inmediato maquillaron el actuar y en
primera instancia salieron a la palestra aplicando un discurso vagaroso
nutrido de una fraseología repartidora y distribuidora de culpas
alegando que “es el fin de las ideologías” (metiendo a todas ellas en
una difusa licuación derrotista) cuando en verdad, prima facie,
solamente era el fin de la ideología comunista que había fracasado, pero
no de las exitosas que perduraron.
Dentro de esta estrategia disuasiva, se solía decir (y se sigue
diciendo) que las categorías “derecha-izquierda” son caducas; pero sin
embargo, los izquierdistas (concientes o no) insistentemente tildan de
“derechista” a todo aquel que no piense como ellos, lo cual resulta
contradictorio, puesto que como el concepto ¨derecha¨ se vincula
necesariamente con el de ¨izquierda¨, al declararse que la “izquierda”
después de la caída del Muro de Berlín ha desaparecido, por lógica
debería dejar de usarse la palabra ¨derecha¨. Asimismo, el término
“derecha” nunca es definido de manera concreta o taxativa, y se suele
llamar de ese modo a todo aquel que no sea de izquierda.
Ocurre entonces que la izquierda no ha desaparecido sino cambiado de
cáscara. El hecho de que en la actual coyuntura no le convenga
cuestionar del todo el Derecho de Propiedad (aunque se lo relativice) ni
la Economía de Mercado (aceptada a duras penas no sin regulaciones
estatales y todo tipo de dirigismos) no implica la extinción de la
izquierda, y muchísimo menos el aminoramiento de la cuantía de sus
militantes e ideólogos. Que el debate actual se haya perfilado hacia un
costado menos economicista y se haga mayor hincapié en aspectos
culturales o morales, ello no impide que tal antinomia se encuentre a la
orden del día.
Pero este “agiornamiento” no es absoluto, pues aunque en minoría,
subsisten sectores pertenecientes a una nostálgica izquierda tan
bulliciosa como dogmática y dividida en tantos partidos como militantes.
Estos, aunque numéricamente modestos, muchas veces y en determinados
puntos concretos marcan objetivos que luego son alcanzado no por ellos,
sino por el progresismo (poseedor de mayor poder político) que los
conciente cómplice y silenciosamente.
Esta izquierda rabiosa, según lo describe la fastuosa pluma del Profesor
Antonio Caponnetto, está compuesta por variados grupos que
“Ideológicamente hacen gala de anarquismo y marxismo explícitos, de
guevarismo y comunismo directo y brutal, y de una forma mentis signada
por la promiscuidad, el hampa, la roña moral y física, y el odio a todo
lo que represente la más elemental noción de autoridad humana o divina.
Son en sentido estricto, irrecuperables hordas rojas, llámense
quebrachos, polos obreros, corrientes clasistas y combativas, izquierdas
unidas o delincuentes rejuntados”.[1]
Empero, como ya fuera dicho, el grueso de la “izquierda” actual no está
representada por estas infelices comparsas sino que, utilizando
diferentes solapas, rara vez suele presentarse en sociedad como tal.
Pues el comunismo residual y sus adaptados simpatizantes comenzaron a
utilizar denominaciones que resultasen más almibaradas ante la opinión
pública, suavizando entonces los rótulos y así como la expresión
“socialdemócrata” o “reformista” fueron los eufemismos favoritos y más
utilizados durante las décadas 80/90, actualmente la denominación
predominante y en boga es el “progresismo”. La propia etiqueta nos lleva
a relacionarla instantáneamente con la palabra “progreso” que resulta
“talismánica” al sonar agradable a los oídos de cualquier interlocutor.
Tradición, Progreso y Progresismo
En efecto, el vocablo “progresismo” utilizado a modo de desprendimiento
del término “progreso”, es asociado ipso facto con el “avance”, a lo que
se suele vincular instantáneamente “mejoría” o “bienestar” en cualquier
área que se trate. Asimismo, quien se oponga a alguno de los “cambios”
(selectivamente promovidos por los hábiles manipuladores de esta
corriente) de inmediato es calificado difamatoriamente como un
“retrógrado”. Si bien oponerse a novedades nocivas no implica ser tal
cosa, la etiqueta ya queda colocada y luego es difícil erradicarla
cuando detrás del estigma hay además una profusa campaña mediática
dirigida a consolidar el mote de arcaico.
Este tipo de trampas lingüísticas no es nuevo ni exclusivo, puesto que
así como nadie puede estar en contra -en materia penal- de las
“garantías jurídicas”, estas nada tienen que ver con el “garantismo”
(que es la corriente criminológica del progresismo), doctrina tendiente a
beneficiar siempre y de cualquier modo a los delincuentes. Mutatis
mutandis, nada tiene que ver el “progreso” con el “progresismo”.
¿Y cuál es la verdadera naturaleza de aquello que se denomina
“progresismo”?. Aquí tendríamos que efectuar una clasificación
divisoria:
Por un lado encontramos lo que denominaremos el “Progresista Activo”,
que es el ideólogo, el militante conciente, portador de un objetivo
concreto.
Por el otro, encontramos al “Progresista Pasivo” (la inmensa mayoría de
sus miembros) que son simples adherentes al discurso superficial del
progresismo.
Es decir: tenemos progresistas abiertamente comprometidos y
compenetrados con una causa específica, y progresistas que repiten y
acatan el discurso con motivo y ocasión de una extraña mezcla compuesta
por el hábito, la ingenuidad, la hipocresía y el snobismo. A estos
últimos también les cabe el mote de “idiotas útiles”, pues en palabras
de Chesterton: “hay dos clases de dogmáticos: los que saben que lo son y
los que lo son si saberlo”.
En extrema síntesis, podemos decir que el progresismo constituye una
tendencia propensa a abrazar todo aquello que es nuevo o transgresor por
el sólo hecho de serlo. Vale decir, se nutre del hecho sintomático de
aplaudir y promover las novedades como un fin en sí mismo, sin siquiera
analizar la fecundidad de la novedad en cierne. Pero en rigor de verdad,
es dable efectuar la siguiente aclaración: el objetivo enmascarado de
los verdaderos ideólogos del “progresismo” (el progresismo activo) no
consiste en barrer con todo lo actual como un fin que se agota allí sino
para luego, y como objetivo ulterior, construir otro esquema de valores
y de sociedad (de tinte igualitaria y emparentada con el socialismo).
La consigna es entonces: “destruir para construir”, o como lo pregonaba
en otro contexto el lider comunista Mao Tse Tung: “desaprender lo
aprendido para aprender”.
La enmascarada finalidad de los “progresistas activos” consiste entonces
en “destruir” la cultura, las Instituciones y los valores tradicionales
o naturales, no para generar un gigantesco escombro socio-cultural como
un daño per se, sino para, sobre sus ruinas, edificar todo aquello que
no se pudo efectuar por la vía armada y la coacción. En cambio, el
“progresista pasivo” (probablemente bienintencionado) no tiene
conocimiento sobre estas metas ulteriores, pero resulta
involuntariamente funcional a los retorcidos intereses escondidos por
los “progresistas activos”, que obran como verdaderos titiriteros. Para
estos últimos, el objetivo de plazo inmediato es cambiar todos los
paradigmas antedichos y a la postre, modificar las estructuras
políticas.
A modo ejemplificativo de lo que conforma este fundamentalismo de
adhesión a lo flamante, tomemos en cuenta que el lema escogido por el
brillante pensador marxista italiano Antonio Gramsci (considerado como
el padre de la “revolución cultural”) para la revista Ordine Nuovo: “La
Verdad es Revolucionaria”, y tangencialmente, como la “revolución” es
por definición algo necesariamente “nuevo” que viene a suplantar a lo
vigente, lo “nuevo” es luego ofrecido como algo necesariamente
verdadero. A esto debemos agregar el siguiente detalle: el marxismo
nunca tuvo por objetivo buscar la verdad, sino “construir” una verdad, y
sobre esta “verdad artificiosa” o premisa falsa, construir una nueva
estructura social.
Dentro de su composición interna, los “progresistas activos” no siempre
trabajan en forma conjunta, pero tampoco inorgánica. Por lo general se
mueven en el marco de plataformas autónomas, pero unidas o entrelazadas
por objetivos comunes. O sea, el progresismo no tiene una textura
uniforme y está integrada por diversas expresiones, dirigentes, grupos u
O.N.Gs., que se especializan o dedican cada una a temáticas concretas,
que van desde los “ecologismos”, “pacifismos”, “ecumenismos”,
“feminismos”, “derechos humanos” y “pansexualismos” entre otros “buenos
propósitos”. Prima facie, ninguna de estas consignas conlleva un
objetivo malsano, sino que la perfidia suele esconderse detrás de sus
atractivos carteles.
Desde lo cotidiano, y concentrándonos en el perfil del “progresista
pasivo”, éste defiende las principales ideas-fuerzas direccionadas por
el “progresismo activo”, pero difícilmente consienta el objetivo
ulterior que se halla enmascarado. Siguiendo la pluma del citado
profesor Caponnetto, a este variado espectro lo componen por igual
“funcionarios y piqueteros, periodistas y legisladores, partidócratas y
punteros de comité, abortistas y manfloros, sedicentes defensores de los
derechos humanos y esa inmensa ralea en la que tanto cabe el cantautor
como el comunicador social, el universitario progresista, el marginal
salteador, el atildado dirigente oficial, el curerío apóstata, los
jueces garantistas y la turba juvenil o senil a la que han llenado el
alma de resentimientos e historias mendaces”.[2]
Según lo señala el impecable análisis de Juan José Sebreli, el
progresismo argentino constituye una “franja compuesta por un sector de
la clase media semiculta de los grandes centros urbanos, agrupada bajo
la denominación vagarosa de “progresismo”…Sus principios confusos y
contradictorios, mezcla de ingenuidad e hipocresía, de contestación y
conformidad con las bogas vigentes y beata devoción por las “buenas
causas”, asemejan a los progresistas de hoy a los “idiotas útiles” de
los tiempos dorados del estalinismo. “Los progresistas inciden en la
opinión pública, ya que muchos son profesores, escritores, periodistas,
psicoanalistas, artistas, comunicadores sociales, a los que se suman
ricos con sentimiento de culpa, o gente exitosa en el mundo del
espectáculo, el deporte o los negocios. Para muchos de ellos, el
progresismo, en la acomodada madurez, representa la fidelidad al
ultraizquierdismo cultivado en su juventud.
Rasgos característicos del progresismo son la confusión entre la moral y
política, entre moral y economía, el rechazo por toda forma de realismo
político, la sustitución de los análisis concretos por la denuncia y la
lamentación, el reemplazo de propuestas viables por la sujeción a
principios abstractos, a bellos deseos imaginarios, una obstinada
negación a ver la cruda realidad y una memoria histórica maniquea y
distorsionada…La indignación del progresismo es una actitud moralista y
sentimental que, en abierta contradicción con el marxismo clásico,
consideran reaccionaria la preocupación por los datos de la economía,
por los fríos y deshumanizados números…Por su incapacidad de crear un
nuevo partido o un movimiento homogéneo, el progresismo está obligado a
adoptar alternativamente a los dos partidos mayoritarios (radical y
peronista) aunque de tanto en tanto, rompe esta rutina con la aparición
de algún nuevo partido de
trayectoria fugaz… El progresismo, que nada aprende, repite eternamente
los mismos errores y su arrogancia no le permite admitirlos, prefiere
creer que fue traicionado por estos partidos aunque las expectativas no
cumplidas solo estaban en su propia imaginación y no en la voluntad de
los dirigentes políticos; el engaño será siempre posible mientras
existan quienes desean ser engañados y necesitan engañarse a sí
mismo”.[3]
Progresismo Pasivo -Hipocresía, Igualitarismo y Snobismo
Respecto al defecto de la “hipocresía” señalado por Sebreli, cuya
definición es “Fingimiento o falsa apariencia”, es ésta característica
(tan común en vastos sectores de nuestra clase media y alta) la que
provoca que este espectro poblacional adhiera al progresismo, al
advertir que ser ¨progre¨ suena ¨chic¨, y públicamente se definen de ese
modo o defienden y sostienen posiciones enroladas en él. De este modo,
el “progresista pasivo” a favor del “amor libre” (siempre y cuando no lo
practiquen su mujer y su hija); aplaude efusivamente la novedad del
¨casamiento gay” (siempre que el contrayente pederasta no sea su hijo);
en materia criminológica el “garantismo” se considera “un avance de los
derechos humanos” (hasta que le roban la casa e ipso facto peticiona la
pena de muerte); mira con antipatía al sistema económico capitalista,
pero cuando tiene que emigrar al extranjero en busca de prosperidad, ni
se le ocurre
escoger un país que no sea capitalista y así, se sirve y disfruta del
comfort y la tecnología occidental, aunque con entusiasmo repudie la
“sociedad de consumo”. Fustiga con virulencia a la Iglesia, hasta que
padece una enfermedad o situación grave y se rodea de Rosarios y
estampas con Santos de los más variopintas; en economía se abomina del
individualismo y se pregona un “distribucionismo solidario”, hasta que
le retienen o confiscan sus depósitos en algún ¨corralito¨ bancario y en
defensa de su patrimonio, no vacila en derrocar a un gobierno al que
votó (tal lo ocurrido en Argentina en el año 2.001) y así, se divulgan
inacabables declaraciones de principios nunca practicadas con el ejemplo
personal, que ratifican la doble faz entre el discurso y el actuar
concreto. En torno a este último ejemplo, un viejo chiste decía que
¨socialista es todo aquel quiere repartir lo que no le pertenece¨.
Pero todas las novedosas consignas que estamos viendo y que en materia
cultural se pretenden instalar como algo natural y cotidiano, no son
arrojadas a la opinión pública indiscriminadamente, sino que la mayor
parte de las ideas-fuerza promovidas poseen un inadvertido denominador
común: todas profesan el igualitarismo (columna vertebral del marxismo)
que trae como secuela la nivelación hacia abajo. De esta manera, en lo
económico, la postura “distributiva” pretende nivelar la remuneración
del vago con el laborioso o del productivo con el improductivo; en lo
criminológico el “garantismo” o el “abolicionismo” asimila al hombre
honesto con el delincuente; el “relativismo moral” iguala al asceta con
el depravado y así, numerosos ejemplos nos conducen a la misma finalidad
igualitaria.
La prédica “igualitaria” del progresismo llega a absurdos tan
grandilocuentes que no vacila en exaltar por ejemplo la “igualdad de
oportunidades”, que por definición es enemiga de la “igualdad ante la
ley”. Cuenta Benegas Lynch que “si se enfrenta un lisiado con una atleta
en un partido de tennis, para otorgarles igualdad de oportunidades
habrá que maniatar al atleta con lo cual se habrá conculcado su derecho…
de lo que se trata es de que la gente tenga más oportunidades pero no
iguales. La igualdad entonces es ante la ley, no mediante ella”.[4] Es
por ello que Milton Friedman alertaba: “Una sociedad que coloque a la
igualdad por encima de la libertad terminará sin libertad y sin
igualdad”. Agrega Benegas Lynch que hay tres factores que conducen al
igualitarismo: “la envidia, la inseguridad respecto a las propias
capacidades y la hipocresía. De los tres, tal vez este último sea el
elemento que, con más frecuencia,
aparece como rasgo sobresaliente en los “apóstoles de la igualdad” y
con pluma festiva se pregunta “¿cuáles son entonces las ventajas que
reporta la tan cacareada “justicia social” y su correlativa
“distribución de ingresos”? Ningún beneficio reporta, sólo quita
incentivo para la optimización de la capacidad creadora…Para ilustrar la
idea, recurramos a un ejemplo sencillo: si el gobierno decide nivelar
las fortunas “en 100″ – y todo excedente se expropia para entregarse a
los que tienen ingresos menores que 100— nadie en su sano juicio
producirá mas de 100, aunque su potencialidad fuera de 10.100”.[5]
La prédica “igualitaria” va tomando entonces tanta fuerza y aceptación
que, alegando el loable propósito de destruir privilegios y
desigualdades excesivas, se puede ir más allá, y abolir también
gradualmente desigualdades naturales y legítimas. A medida que el
rodillo compresor del igualitarismo se vaya tornando más pesado y
destructivo, la sociedad irá aceptando el igualitarismo como algo
normal, aunque no lo sea. A modo de mero ejemplo cotidiano, es
pacíficamente consentido por la masa el concepto del “impuesto a la
riqueza” (lo que es algo así como una sanción al éxito comercial), o en
otros campos (como el político) la absurda imposición del cupo mínimo de
mujeres en una lista partidaria (tratando a la mujer de infradotada al
presumir que no tiene capacidad de ganarse un espacio propio) y así, un
inacabable etcétera.
No sin relevante dosis de snobismo, el “progresista pasivo” es además
propenso a tomar posiciones favorables a temas de moda (ahora centradas
en un exaltado racionalismo) y así, opinará que en el Siglo XXI hablar
de Religión ya es algo propio del “oscurantismo medieval”, y no vacilará
en plegarse a despiadadas críticas a la Iglesia Católica (algo que
siempre queda bien y jamás hay represalia por blasfemar gratuitamente).
“¿Cómo vamos a creer en esas cosas en la era de Internet?” afirmará
teologalmente en la mesa de comensales nuestro “progre” lenguaraz,
mientras le alcanza el salero a uno de sus contertulios y sin vacilar lo
apoya en la mesa (no en la mano), caso contrario trae “mala suerte”.
Seguidamente el mentado “racionalista” ya “liberado de las ataduras
religiosas”, lo primero que lee en el diario es el “horóscopo” (los
hombres particularmente la “suerte numérica” y las mujeres los temas
referidos al
“corazón”) y probablemente participará en reuniones de “meditación”,
“gimnasias orientales” e “imposición de manos” entre otras “ciencias
milenarias” a efectos de “armonizar los chacras energéticos”. Del mismo
modo, y con el objeto de atraer las “energías positivas”, perfumará su
casa con “sahumerios”, decorará el interior de la misma con colores
perfecta y “científicamente” combinados a fin de ahuyentar las “malas
ondas” y no escatimará en consumir devotamente toda la proliferación de
textos de “autoayuda”, los cuales suelen traer una serie de aforismos y
moralejas pretendidamente profundas.
Al mismo tiempo, el progresista solerá tener una porción notable de
soberbia contraída a partir de la elevada capacidad intelectual que él
mismo supone tener (o que le han hecho creer que tiene) quizás por haber
transitado en educación terciaria o universitaria, convirtiéndose así
en un verdadero “especialista en generalidades” siempre predispuesto a
“reflexionar” y opinar autorizadamente sobre cualquier tema, siendo tan
capaz de analizar profusamente la política trasnacional como de armar
(en una servilleta de papel) la lista del equipo de fútbol imbatible.
Políticamente correcto y teorizador de un difuso “deber ser”, adhiere en
la mesa de café al “pacifismo universal”, y se indigna con igual
intensidad tanto por los “pingüinos que están impregnados de petróleo”o
“las injusticias que hay en el mundo” como por los “niños que mueren de
hambre” entre otros sollozos líricos. Propuestas económicas para
solucionar
los problemas que tanto parecen acongojarlo no se le suelen ocurrir
demasiado, aunque a veces recurre a soluciones asombrosas proponiendo
“vender las riquezas que hay en el Vaticano”.
Pero como el “progre” no necesariamente se limita al análisis de temas
contemporáneos, también se da el gusto de viajar cinco siglos en el
tiempo y en dos segundos afirmar que somos pobres por el “sometimiento
del que somos objeto tras la colonización europea”, teoría conocida y
repetida, aunque demasiado rebuscada al provenir de un “progre”
argentino (de apellido paterno y materno de origen europeo) que quizás
no posea el mínimo rasgo aborigen. Tampoco advierte que el supuesto
“saqueo” al que alude no fue hecho contra él y los suyos, sino por su
familia y cosanguíneos ascendentes, ni se le ocurre pensar por qué la
Argentina hace no cinco siglos sino cinco décadas era económicamente
superior a España, Portugal e Italia juntos.
Como característica destacada, agregamos que el “progresista pasivo”
incurre en la insistente indignación y no sabe ni propone ninguna
solución concreta a los temas universales que por el lapso de cinco
minutos diarios lo apesadumbran. En algún sentido, el progresista es un
“utopista”, y para el “utopista” la vida no puede tener normalmente un
sentido legítimo de lucha, de prueba y de expiación, sino solamente de
una paz blanda y regalada.
[1] Revista cabildo – Kirchner Jefe y Garante del delito – Antonio
Caponnetto –oct/nov 2005).
[2] Caponetto mazo abril 2004- Estado de Descomposición.
[3] (Crítica a las Ideas Políticas Argentinas – Juan José Sebreli –
402).
[4] (Alberto Benegas Lynch – Las Oligarquías Reinantes-102).
[5] Revista de la Cámara de Comercio de Guatemala, Nº 8, febrero de
1975.

