HE PELEADO EL BUEN COMBATE
EN EL COMBATE DE LA RESISTENCIA
He
peleado el buen combate, he terminado la carrera, he guardado la fe. En
adelante me está reservada la corona de la justicia, que me dará el
Señor, el Juez justo, en aquel día, y no sólo a mí sino a todos los que hayan amado su venida.
LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES
Introducción.
Idea general del libro.
En los
manuscritos griegos antiguos suele aparecer este libro bajo el título de
Πράξεις αποστόλων, ο sea, Hechos de Apσstoles; algunos manuscritos
añaden el artículo, “Hechos de los Apóstoles,” y otros ponen
simplemente “Hechos.” En los manuscritos latinos es llamado “Actus
Apostolorum,” o también “Acta Apostolorum.” Títulos de esa clase
estaban entonces muy en uso en la literatura helenística. Así, tenemos
las Πράξεις Αλεξάνδρου, de Galνstenes; y las Πράξεις ‘Αννίβα, de Sσsilo.
No se trataba en estos libros de presentar una biografía o historia
completa del personaje aludido (Alejandro o Aníbal), sino simplemente de
recoger las gestas más señaladas; es precisamente lo que hace también
Lucas respecto de los personajes por él elegidos, los apóstoles. Claro
que, en realidad, el título no corresponde del todo al contenido, pues,
de hecho, Lucas apenas habla de otros apóstoles que de Pedro y Pablo;
pero todo da la impresión de que Lucas presenta a los “apóstoles” como colegio (cf. 1:2.26; 2:14; 5:18; 6:2; 8:14; 9:27; 11:1; 15:2), de ahí que le baste con detenerse en sus portavoces y figuras capitales.
El libro es
de importancia suma para la historia del cristianismo, pues nos presenta
a éste en ese momento clave en que comienza a desarrollarse.
Con razón se
ha dicho que este libro es como una continuación de los Evangelios y
una prolusión a las Epístolas. En efecto, los Evangelios terminan su
narración con la muerte, resurrección y ascensión de Jesucristo; a su
vez, las Epístolas (paulinas y católicas) suponen ya más o menos
formadas las comunidades cristianas a las que van dirigidas; pues bien, a
llenar ese espacio intermedio entre Evangelios y Epístolas, hablándonos
de la difusión del cristianismo a partir de la ascensión del Señor a
los cielos, viene el libro de los Hechos.
El tema
queda claramente reflejado en las palabras del Señor a sus apóstoles:
“Descenderá el Espíritu Santo sobre vosotros, y seréis mis testigos en
Jerusalén, en toda la Judea, en Samaría y hasta los extremos de la
tierra” (1:8). En efecto, a través del libro de los Hechos podemos ir
siguiendo los primeros pasos de la vida de la Iglesia, que nace en
Jerusalén y se va extendiendo luego gradualmente, primero a las regiones
cercanas de Judea y Samaría y, por fin, al mundo todo. Esta salida
hacia la universalidad implicaba una trágica batalla con el espíritu
estrecho de la religión judía, batalla que queda claramente reflejada en
el libro de los Hechos y que pudo ser ganada gracias a la dirección y
luces del Espíritu Santo, como constantemente se va haciendo notar (cf. 6:1-14; 11:1-18; 15:1-33).
Tan en primer plano aparecen las actividades del Espíritu Santo, que no sin razón ha sido llamado este libro, ya desde antiguo, el evangelio del Espíritu Santo .
Apenas hay capítulo en que no se aluda a esas actividades, cumpliéndose
así la promesa del Señor a sus apóstoles de que serían “bautizados,” es
decir, como “sumergidos” en el campo de acción del Espíritu Santo
(1:5-8). Con su efusión en Pentecostés se abre la historia de la
Iglesia (2:4.33), interviniendo luego ostensiblemente en cada una de las
fases importantes de su desarrollo (cf. 4:8-12; 6:5; 8:14-17; 10:44;
11:24; 13:2; 15:8.28). El es quien ordena (8:29; 10:19-20; 13:2; 15:28),
prohíbe (16:6-7), advierte (11:27; 20:23; 21:11), da testimonio (5,
32), llena de sus dones (2:4; 4:8.31; 6:5.10; 7:55; 8:17; 9:17. 31;
10:44; 11:15; Ι3:9·52; 19:6; 20:28), en una palabra, es el principio de
vida que anima todos los personajes. Los fieles vivían y como respiraban
esa atmósfera de la presencia del Espíritu Santo. Por eso, como la cosa
más natural, dirá San Pedro a Ananías que con su mentira ha pretendido
engañar al Espíritu Santo (5:3); y como la cosa más natural también, San
Pablo se extrañará de que en Efeso unos discípulos digan que no saben
nada de esas efusiones del Espíritu Santo (19:2-6). Tan manifiesta era
su presencia en medio de los fieles, que Simón Mago trata de comprar por
dinero a los apóstoles ese poder con que, por la imposición de manos, comunicaban el Espíritu Santo (8:18).
Atendiendo a
la materia misma del libro, más bien que a posibles intenciones del
autor, de interpretación siempre problemática, podemos distinguir tres
partes:
La Iglesia
en Jerusalén (1:1-8:3). — Ultimas instrucciones de Jesús (1:1-8). — En
espera del Espíritu Santo (1:9-26). — La gran efusión de Pentecostés
(2:1-41). — Vida de los primitivos fieles (2:42-47). — Actividades de
los apóstoles y persecución por parte del Sanedrín (3:1-5:42). —
Elección de los siete diáconos y martirio de Esteban (6:1-7:60). —
Dispersión de la comunidad jerosolimitana (8:1-3).
Expansión de
la Iglesia fuera de Jerusalén (8:4-12:25). — Predicación del diácono
Felipe en Samaría (8:4-25). — Bautismo del eunuco etíope (8:26-40). —
Conversión y primeras actividades de Saulo (9:1-30). — Gorrerías
apostólicas de Pedro (9:31-43). — Conversión en Cesárea del centurión
Cornelio (10:1-11:18). — Fundación de la iglesia de Antioquía
(11:19-30). — Persecución de la iglesia en Jerusalén bajo Herodes Agripa
(12:1-25).
Difusión de
la Iglesia en el mundo grecorromano (13:1-28, 31). — Bernabé y Saulo,
elegidos para el apostolado a los gentiles (13:1-3). — Viaje misional a
través de Chipre y Asia Menor (13:4-14:20). — Regreso de los dos
misioneros a Antioquía (14:21-28). — El problema de la obligación de la
Ley discutido en Jerusalén (15:1-29). — Alegría de los fieles
antioquenos por la solución dada al problema (15:30-35)· — Segundo gran
viaje misional de Pablo, que, atravesando Asia Menor y Macedonia, llega
hasta Atenas y Corinto (15:35-18:17). — Regreso a Antioquía (18:18-22). —
Tercer gran viaje misional, con parada especial en Efeso (18:23-19:40).
— Sigue a Macedonia y Grecia, regresando luego a Jerusalén (20,
i-21:16). — Pablo es hecho prisionero en Jerusalén (21:17-23:22). — Su
conducción a Cesárea, donde permanece dos años preso (23, 23-26:32). —
Conducción a Roma, donde sigue preso otros dos años (27:1-28:31).
Como
fácilmente podrá observarse, en las dos primeras partes, el personaje
central es Pedro, y el marco geográfico queda limitado a Jerusalén,
extendido luego, en la segunda parte, a Palestina y Siria; en cambio, la
tercera parte tiene por personaje central a Pablo, rompiendo
definitivamente con ese marco geográfico limitado de las dos primeras
partes para llegar hasta Roma, capital del mundo gentil.
No se nos
da, pues, una historia completa de los orígenes de la difusión del
cristianismo. De hecho, nada se dice de las actividades de la gran
mayoría de los apóstoles, e incluso respecto de Pedro se guarda absoluto
silencio por lo que toca a su apostolado fuera de Palestina. Tampoco se
dice nada de la fundación de ciertas iglesias importantes, como la de
Alejandría o la de Roma, cuya fe cristiana es ciertamente anterior a la
llegada de San Pablo a esa ciudad. Incluso queda también en penumbra el
origen de las iglesias de Galilea (9:31), que sigue siendo un enigma.
Recientes tentativas han querido vincularlas a la vida pública de Jesús o
a las apariciones en Galilea. Nada podemos decir con certeza; pero, a
pesar de sus lagunas, ningún otro libro nos ofrece un cuadro tan
completo, dentro de lo que cabe, de la vida de la Iglesia primitiva en
sus dogmas, en su jerarquía y en su culto.
Autor
La cuestión
de autor puede decirse que no ha sido discutida hasta fines del siglo
XVIII y principios del XIX. Unánimemente se consideró siempre a Lucas,
compañero y colaborador de Pablo (cf. Gol 4:14; Flm 24; 2 Tim 4:11),
como autor del libro de los Hechos. Tenemos de ello testimonios
explícitos a partir de mediados del siglo II, pertenecientes a las más
diversas iglesias, prueba inequívoca de una tradición más antigua, que
se remonta hasta las mismas fechas de la composición del libro .
De otra
parte, el análisis del libro nos confirma en la misma idea. Nótese, en
primer lugar, que el libro se presenta como complemento a otra obra
anterior sobre los hechos y dichos de Jesús y está dedicado a Teófilo
(1:1-2); pues bien, ese libro anterior no parece pueda ser otro sino el
tercer evangelio, dedicado también al mismo personaje (cf. Lc 1:1-4).
Además, un examen comparativo de ambos libros bajo el aspecto
lexicográfico y de estilo nos lleva claramente a la misma conclusión;
dicho examen ha sido hecho repetidas veces por autores de las más
diversas tendencias, dando siempre como resultado una interminable lista
de palabras y construcciones gramaticales comunes, que revelan ser
ambas obras de un mismo autor, el cual ha empleado en ellas su habitual
patrimonio lingüístico, diferente siempre del de cualquier otro
escritor. Incluso, al igual que en el tercer evangelio (4:38; 5:18;
22:44), también en los Hechos encontramos términos más o menos técnicos
de carácter médico (cf. 3:7; 9:18; 28:8). Todo ello prueba que es uno
mismo el autor de ambas obras; de donde, si el autor del tercer
evangelio es Lucas, ese mismo ha de ser también el de los Hechos, y los
argumentos en favor de la paternidad lucana del tercer evangelio pasan, ipso fació, a ser argumentos en favor de la paternidad lucana de los Hechos.
A este mismo
resultado, sin salimos del examen interno del libro, podemos llegar
también por otro camino, tomando como punto de partida las “secciones
nos” o pasajes en primera persona de plural. Esos pasajes aparecen de
improviso en la trama lógica de la narración (16:10-17; 20:5-15;
21:1-18; 27:1-28:16), presentándose el narrador como compañero de Pablo,
presente en los acontecimientos allí descritos. Pues bien, si
examinamos, a través de Hechos y Epístolas, quiénes fueron los
compañeros de Pablo durante los períodos a que se refieren las
“secciones nos,” fácilmente llegará también a la conclusión de que,
entre esos compañeros, únicamente Lucas pudo ser el autor de dichas
narraciones. En efecto, quedan excluidos Sópatros, Aristarco, Segundo,
Gayo, Timoteo, Tíquico y Trófimo, pues todos éstos se separan de Pablo
antes de llegar a Tróade y, sin embargo, la narración prosigue en
primera persona de plural (20:4-6); queda también excluido Silas, pues
éste acompañaba ya a Pablo desde Antioquía al comenzar su segundo viaje
apostólico (cf. 15:40), mientras que la narración en primera persona de
plural no comienza hasta que llegan a Tróade (16:10). Además le
excluimos, e igualmente a Tito, porque ni Silas ni Tito parece que
acompañaran a Pablo en su viaje a Roma, donde nunca aparecen con él, y,
sin embargo, la narración está hecha en primera persona de plural
(27:1-28:16). Por el contrario, de Lucas, no mencionado nunca por su
nombre en los Hechos, igual que Juan en el cuarto evangelio, sabemos
ciertamente que estaba con Pablo en Roma durante la cautividad que
siguió a este viaje (Col 4:14; Flm 24), de donde cabe concluir que él es
el compañero y colaborador de Pablo que se oculta bajo esa primera
persona de plural de las “secciones nos.”
Esto
supuesto, es fácil ya dar el salto a todo el libro. Para ello bastará
demostrar que las características de lengua y estilo propias de las
“secciones nos” se encuentran igualmente en las restantes páginas de los
Hechos; de ser ello así, como pacientes y minuciosos exámenes
comparativos han demostrado, lógicamente cabe deducir que el autor que
habla en primera persona en las “secciones nos” es el mismo que habla en
tercera en el resto del libro. El cambio de persona se explica
sencillamente porque Lucas, autor del libro, con perfecta unidad de plan
desde un principio, ha querido indicar de este modo ser testigo ocular
de algunos de los hechos que narra. Incluso es posible, conforme
expondremos luego al hablar de la cuestión de las fuentes, que esas
“secciones nos” sean una especie de “diario de viaje,” redactado
precedentemente e incorporado luego al libro sin cambio siquiera de
persona.
De hecho,
que Lucas sea el autor de este libro sigue afirmándose, no sólo por la
inmensa mayoría de los autores católicos (Jacquier, Wikenhauser, Pirot,
Ricciotti, Renié, Dessain, Cerfaux), sino también por bastantes críticos
acatólicos (Harnack, Weiss, Zahn, Ramsay, Blass, Dibelius, Trocmé..)·
Sin embargo, otros muchos (Schleiermacher, Baur, Welhausen, Norden,
Goguel, Windisch, Haenchen, Kümmel..) niegan abiertamente a Lucas la
paternidad del libro de los Hechos. Dicen que Lucas no puede ser autor
del libro, al menos del libro en su conjunto, pues hay en él narraciones
que suponen un largo proceso de evolución, como son todas las que se
refieren a milagros e intervenciones sobrenaturales; éstas se habrían
ido formando poco a poco entre el pueblo, y habrían sido recogidas más
tarde por un autor desconocido, que habría sido, valiéndose de
documentos de diversa procedencia, el autor del libro. Ni hay
inconveniente en admitir, según muchos de ellos, que alguno o algunos de
esos documentos tengan por autor a Lucas .
En apoyo de
esta tesis, se insistirá luego mucho en ciertas diferencias entre Hechos
y Epístolas paulinas, lo que daría claramente a entender que no puede
tratarse de un compañero y colaborador de Pablo, como se supone que fue
Lucas. Esas diferencias no se refieren sólo al aspecto histórico, con
noticias relativas a la vida de Pablo (cf. Act 15:1-29 = Gal 2:1-14), sino también al aspecto teológico, con
concepciones radicalmente opuestas a las del Apóstol. Y así, mientras
en Act 17:22-31 se presupone una teología natural que permite disculpar
la ignorancia religiosa de los paganos, en Rom 1:18-32 se les hace
inexcusables; igualmente, mientras en varios pasajes de los Hechos se
presenta a un Pablo con absoluta fidelidad a la Ley judía (16:3;
21:24-26; 22:3; 24:14-16; 26:4-7), en sus Cartas sostiene él la tesis
contraria (Rom 2-7; Gal 3-4; Fil 3, 2-10). Lo mismo se diga respecto de
la cristología; pues, mientras en los Hechos tenemos una cristología de clara marca adopcionista (cf. 2:36; 5:31; 13:19-37), en las Cartas el título “Hijo de Dios” incluye la preexistencia y tiene carácter metafísico (cf. Rom 1:3; 8:3; Gal 1:16; 4:4).
Por lo que
se refiere a la unidad de estilo entre las “secciones nos” y el resto
del libro, niegan que de ahí se deduzca que hayamos de identificar
necesariamente ambos autores, el del libro y el de las “secciones nos”;
pues dicha unidad puede muy bien ser debida al redactor final, que
habría revestido de su propio estilo las narraciones todas del libro,
incluso las que procedían de ese documento o “secciones nos,” especie de
diario de viaje, escrito por alguno de los acompañantes habituales de
Pablo . Por lo demás, para muchos críticos actuales, ese diario de viaje o
documento primitivo no sólo incluiría las “secciones nos,” sino otros
muchos relatos referentes a la actividad misional de Pablo, lo cual
explicaría también en gran parte la unidad literaria entre las
“secciones nos” y el resto del libro .
¿Qué pensar
de todo esto? Comencemos con una observación de carácter general.
Nuestra actitud al estudiar el libro de los Hechos no puede ser nunca la
misma, querámoslo o no, que la de quien considera lo sobrenatural como
inconciliable con el pensamiento científico moderno. Unos y otros
podremos recorrer juntos grandes trozos de camino y buscar fuentes,
influjos de acá o de allá, intenciones apologéticas del autor..; pero
hay un punto en que no podemos coincidir, y es el de que muchos críticos
dan por descartado que el hecho milagroso pueda ser históricamente
real, y nosotros, aunque nos tachen de “hipocríticos,” ni podemos ni
debemos descartar esa hipótesis, que por otra parte parece obvio que
fuera la primera en considerar. Esto hará que la problemática no sea
siempre la misma para nosotros y para ellos, al estudiar determinadas
narraciones del libro de los Hechos y el largo proceso de evolución que
dicen suponer.
A este
respecto nos parece muy acertada la observación de M. Zervvik, al
reseñar una obra de G. Lohfink sobre los relatos de la conversión de San
Pablo. Dice el P. Zervvik que, si somos sinceros, reconoceremos que
incluso nosotros, hijos de nuestro tiempo, parece que sentimos cierta
aversión a explicar los hechos por la intervención divina. No negamos
que esa intervención pueda darse, pero preferimos, un poco pudorosos,
explicar todo basándose en tradiciones oscuras, que se desarrollan bajo
estos o aquellos influjos. Y añade: “en modo alguno negamos que tales
evoluciones se han dado muchas veces, y en ocasiones pueden tocarse
hasta casi con las manos; de ahí la legitimidad, o mejor, la necesidad
del método morfocrítico.. Pero, a veces, ¿no resulta mucho más lógico
explicar el hecho por la intervención milagrosa?” La objeción que aquí
hacemos, concluye Zervvik, “non est principii, sed applicationis vel potius formae mentís” .
Por lo que
respecta ya concretamente a las diferencias entre Hechos y Pablo, no
debemos exagerar. Con mucha razón escribe E. Trocmé: “Estas diferencias
son importantes y sería absurdo negarlo. Pero hay que decir que con
bastante frecuencia han sido ridiculamente exageradas, sobre todo por
los críticos, que, como los de la escuela de Tubinga, se forjaban una
falsa idea de Pablo y de su teología. La enérgica reacción de Harnak, no
obstante sus excesos” tuvo el mérito de poner las cosas en su sitio.
Nadie sostiene hoy día que el libro de los Hechos nos dé una imagen de
la vida del Apóstol de los gentiles radicalmente incompatible con la que
nos dan las Cartas.” Así lo creemos también nosotros, y en su lugar
respectivo del comentario lo iremos haciendo notar. Lo que sucede es que
Lucas en los Hechos y Pablo en las Cartas cuentan las cosas cada uno
según su punto de vista, que no siempre es idéntico, y recogen
precisamente aquellos datos que más interesan a la finalidad que
pretenden, sin que por eso falten a la verdad histórica. Si el Pablo de
las Cartas parece haber roto radicalmente con su pasado judaico,
mientras que el de los Hechos sigue mostrando veneración hacia la Ley, téngase
en cuenta que en las Cartas, a veces, abiertamente polémicas, Pablo
trata de defender la pureza del Evangelio contra las teorías judaizantes
y, por consiguiente, la imagen formada a base de sólo esos pasajes,
tiene que resultar necesariamente unilateral. En ocasiones, también el
Pablo de las Epístolas muestra gran amor hacia su pueblo (cf. Rom 9:1-5;
11:1-36; 2 Cor 11:18-22) y sabe hacerse judío con los judíos (1 Cor
9:20).
Por lo
demás, el hecho de esas diferencias, más que restar valor, confirma la
tesis de la paternidad lucana del libro; pues sería realmente
inexplicable que un autor posterior anónimo, sin vinculación alguna con
el Apóstol ni con los acontecimientos, hubiera obrado tan
independientemente de la perspectiva que presentan las Cartas paulinas.
Por lo que
se refiere al otro aspecto de la cuestión, es a saber, atribuir a la
fuente primitiva y a la habilidad del redactor final la unidad de estilo
entre las “secciones nos” y el resto del libro, nos parece una
hipótesis sin base ninguna sólida. Lo más obvio es atribuir toda la obra
a Lucas, compañero de Pablo, como desde el principio nos vienen
diciendo los testimonios de la tradición. Además, si es que el redactor
final del libro no fue testigo ocular y retocó sin escrúpulo alguno sus
fuentes, ¿cómo explicar que conservara las “secciones nos” en primera
persona de plural? Creemos que el empleo de ese “nosotros,” trátese
simplemente de procedimiento literario o de que se recoge un documento
anterior, no tiene otra explicación sino la de que quien escribió el
pasaje fue testigo ocular de los acontecimientos descritos.
Continuará…