ADELANTE LA FE
¿Cómo será el Papado después de Francisco?
10/02/18 12:01 am
En
los próximos días se cumplirán cinco años de la abdicación del Papa
Benedicto XVI uno de los hechos más graves y lamentables en la historia
contemporánea de la Iglesia. Apenas anunciada la renuncia las usinas del
progresismo comenzaron a propalar por todas partes que el gesto de
Benedicto era “un gesto revolucionario” (entre quienes utilizaron esta
expresión se contaba el entonces Arzobispo de Buenos Aires que, contra
toda previsión, sería el encargado de suceder al papa dimitente).
¿En qué consistía lo “revolucionario” del gesto? En que Benedicto,
finalmente, había comprendido que representaba el último residuo del
papado absolutista y “monárquico” y con su renuncia abría la puerta a
los nuevos vientos de la historia: ya no más un papa soberano absoluto
cuyas decisiones eran ley suprema e inamovible sino un Papado abierto a
la colegialidad que otorgaría al Colegio Apostólico su hasta ahora
negado papel en el gobierno de la Iglesia. De hecho, los gestos
iniciales del nuevo papa señalaban claramente este cambio de rumbo:
Francisco, el día de su elección, en su primera presentación al mundo,
se llamó a sí mismo “Obispo de Roma” y recordó, de la mano de San
Ignacio de Antioquía, que el Obispo de Roma “preside en la caridad” a
las otras iglesias obviando, llamativamente, que el Primado del Romano
Pontífice no es sólo de caridad sino también de jurisdicción y de
gobierno como fue definido dogmáticamente en el Concilio Vaticano I.
Las ya mencionadas usinas de la progresía se hartaron de batir el
parche sobre el “Obispo de Roma”, la “colegialidad” (brumosa noción
jamás definida con precisión), el final irreversible del “Papado
monárquico” (el jesuita argentino Ignacio Pérez del Viso publicó en uno
de los diarios de mayor tirada de Argentina un artículo con ese o
parecido título), se aclamó el fin del “autoritarismo romano” fuente de
tantos males y se anunció con gran júbilo la venturosa “primavera de la
Iglesia” bajo la suave conducción colegiada del Papa Francisco. En
definitiva, lo que venían a decir los fautores del progresismo era que
lo único bueno y rescatable de Benedicto XVI -cuyo Pontificado fue
blanco inmisericorde de toda suerte de ataques- había sido su renuncia.
Muchos afirmaron esto con el recurso a los eufemismos más variados e
hipócritas; otros lo manifestaron con todas las letras.
Por cierto, las cosas no ocurrieron exactamente de la manera como
preveía y anunciaba el relato progresista. En primer lugar, pocos papas
como Francisco han ejercido un poder tan absoluto, tan sin fisuras y
hasta, según algunos observadores, despótico. De hecho, desde su
ascensión al Papado ha ocupado, en exclusiva, el escenario eclesial
relegando por completo a un lejano segundo plano aún a sus más fieles
colaboradores y hombres de confianza. La anunciada colegialidad, si
hemos de ser sinceros, no se ve por ningún lado; por el contrario, la
más mínima disidencia es inmediatamente eliminada; los pocos obispos que
se han animado a formular algún planteo crítico han sido, en el mejor
de los casos, desoídos cuando no alejados de sus funciones o diócesis.
Sacerdotes y laicos que han expresado alguna disconformidad respecto de
cuestiones doctrinales poco claras han conocido la cesantía y la pérdida
de sus cátedras o puestos de trabajo.
Pero, en contraste con este férreo modo de ejercer la autoridad,
Francisco se ha dedicado a poner las bases de lo que en el futuro,
cuando él ya no esté, puede llegar a ser, nada más y nada menos, que la
demolición del Papado. En efecto, ya desde Evangelii gaudium habla de dar a las Conferencias Episcopales la potestad de definir cuestiones doctrinarias; el Motu Proprio Magnum Principium
otorga a esas mismas Conferencias una inusitada facultad en la
traducción de los textos litúrgicos con evidente mengua del papel de la
Santa Sede; en numerosos discursos, Francisco ha propuesto el modelo de
una “iglesia sinodal” concebida como una pirámide invertida en la que el
Magisterio está debajo y el sensuum fidelium, reinterpretado a
la luz de la llamada “teología del pueblo”, la corona por arriba. Todas
estas cosas hoy son, de hecho, letra muerta porque el feroz centralismo
que ha impuesto el Papa Bergoglio las torna imposible. Pero son las
bombas de tiempo que, a su tiempo, estallarán haciendo volar por los
aires la verdadera y auténtica soberanía universal del Romano Pontífice
sobre toda la Iglesia.
A este punto hemos llegado. Por eso resulta inevitable experimentar
una seria preocupación por el futuro del Papado. ¿Cómo será el papa que
suceda a Francisco? ¿Volverá sobre los pasos de éste y restablecerá al
menos el decoro de la figura papal tan banalizada en estos días? ¿Qué
hará respecto de Amoris laetitia y de sus gravísimas
consecuencias doctrinales y pastorales? ¿Qué pasará con la legión de
obispos nombrados por Francisco y que son todos a hechura suya? ¿Habrá
propiamente un magisterio papal claro e inequívoco en los asuntos
esenciales o se seguirá o aún se profundizará este estilo “magisterial”
difuso y confuso impuesto por el actual Pontífice? Estas y muchas otras
preguntas similares se imponen por la fuerza de los mismos hechos que
transcurren ante nuestros ojos.
Por cierto la respuesta a todos estos interrogantes nos la da el Señor: Tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam; et portae inferi non praevalebunt adversum eam (Mateo, 16, 18). El firme non praevalebunt
de Cristo es la fuente de nuestra esperanza y de nuestra certeza de que
al final el triunfo será del Señor. Pero también sabemos que no nos
faltarán tribulaciones y aunque nos ha sido revelado que esas
tribulaciones se acortarán no podemos escapar a las angustias e
inquietudes de nuestro corazón. Somos hombres viadores y lo propio de
este estado es la angustia de expectación sostenida por la esperanza.
Pero también es una exigencia de este estado viador el combate espiritual: militia est vita hominis super terram (Job,
7, 1). Quiere decir que debemos presentar batalla frente al avance del
mal; y respecto del tema que nos ocupa estimo que es necesario proveerse
de dos armas. La primera, sostener sin retaceos la verdad que la Fe
enseña sobre la Iglesia y el Papado. El primado de Pedro se funda en la
Sagrada Escritura, en la Tradición de la Iglesia y en el Magisterio
infalible. Es una verdad fundamental sostenida por los Padres, por los
teólogos escolásticos y pacíficamente aceptada por todos los doctores y
maestros que, más allá de las legítimas diferencias de escuelas y de
estilos, han permanecido fieles a las enseñanzas de Cristo y de la
Iglesia.
Ahora bien, los peores cismas y las máximas herejías han negado esta
verdad sublime. Por eso el Magisterio la ha sostenido sin concesiones.
La Constitución Dogmática Pastor aeternus del Concilio Vaticano
I, fechada el 18 de julio de 1870, resume y sintetiza la doctrina del
Primado de Pedro y de sus sucesores; no fue, en absoluto, como ha
pretendido cierta crítica malintencionada o infundada, la imposición de
un poderoso grupo de padres conciliares férreamente “centralistas”
movido, incluso, por intereses políticos. De ninguna manera: la
Constitución no hace sino recoger en sus fundamentos bíblicos,
históricos, teológicos y magisteriales, una doctrina sostenida desde
siempre pero formulada con singular firmeza precisamente en un tiempo en
que esa doctrina estaba bajo el ataque de los enemigos interiores y
exteriores. Así lo reconoce expresamente el texto de la Constitución:
Y ya que las puertas del infierno, para
derribar, si fuera posible, a la Iglesia, se levantan por doquier contra
su fundamento divinamente dispuesto con un odio que crece día a día,
juzgamos necesario, con la aprobación del Sagrado Concilio, y para la
protección, defensa y crecimiento del rebaño católico, proponer para ser
creída y sostenida por todos los fieles, según la antigua y constante
fe de la Iglesia Universal, la doctrina acerca de la institución,
perpetuidad y naturaleza del sagrado primado apostólico, del cual
depende la fortaleza y solidez de la Iglesia toda; y proscribir y
condenar los errores contrarios, tan dañinos para el rebaño del Señor[1].
No será ocioso recordar la firme y categórica definición dogmática
respecto del Primado contenida en el canon de la Constitución:
Por lo tanto, si alguien dijere que el
bienaventurado Apóstol Pedro no fue constituido por Cristo el Señor como
príncipe de todos los Apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia
militante; o que era éste sólo un primado de honor y no uno de verdadera
y propia jurisdicción que recibió directa e inmediatamente de nuestro
Señor Jesucristo mismo: sea anatema[2].
Recordemos que se trata de un dogma de nuestra fe. Sin embargo, a
partir del Concilio Vaticano II esta doctrina ha sido, directa o
indirectamente, cuestionada o, al menos, reinterpretada. De hecho,
ningún texto conciliar pone en duda el Primado; por el contrario, la
Constitución Dogmática Lumen Gentium ratifica plena y expresamente la doctrina del Vaticano I[3].
El problema ha consistido en la introducción, de parte de Vaticano II,
de la cuestión de la llamada “colegialidad”, término nunca definido con
propiedad con el que se hacía referencia a la doctrina acerca de los
Obispos que junto con el Papa gobiernan la Iglesia. Es cierto que el
Vaticano I había dejado sin tratar este vital punto; pero no es menos
cierto que el Vaticano II no fue más allá de acuñar el término colegialidad
sin definirlo y abriendo la puerta a multitud de incertidumbres y
equívocos. Esta colegialidad ha sido, en los hechos, una fuente de
constantes equívocos que nos ha llevado a esta “Iglesia sinodal” más
cercana al protestantismo que a la Fe Católica. Renovar y afianzar esta
doctrina es, por tanto, nuestra primera arma.
La segunda arma es renovar el amor al Papa como signo distintivo de
la identidad católica. Como decía Don Bosco, tres amores definen esa
identidad: el amor a Jesús Sacramentado, el amor a la Santísima Virgen y
el amor al Romano Pontífice. Pero, ¿es posible amar siempre al Papa y,
en todo caso, qué sentido tiene ese amor? Va de suyo que el amor al Papa
no se identifica exactamente con el mayor o menor afecto que podamos
profesar hacia la figura de la persona que ocupa, accidentalmente, la
silla de Pedro. De ser así no siempre sería posible amar al Papa. En
efecto, a lo largo de la historia se han sentado en la silla petrina
hombres de toda condición y ralea: grandes doctores y sabios y hombres
de limitado intelecto, miembros de nobles familias e hijos de campesinos
humildes, grandes santos y pecadores abominables, mártires que
derramaron su sangre y pusilánimes que negaron a Cristo. Toda esta
variopinta sucesión de personajes dispares responde, sin duda, a la
admirable pedagogía de Dios que podemos definir en estos términos: Dios quiere que su Omnipotencia brille en la impotencia de los hombres;
así queda claramente manifiesto que es Dios quien rige a Su Iglesia y
la conserva a pesar, muchas veces, de los hombres. Sin embargo, es
también su manifiesta voluntad que no ha querido prescindir de esos
hombres.
¿Se nos manda a amar a esos hombres? No exactamente: lo que se nos
manda es amar el misterio insondable de Cristo que habita en ellos más
allá y por encima de sus cualidades personales. En este hombre concreto,
en este Papa, se realiza el misterio de la unión de Cristo con su
Iglesia y esplende visiblemente la invisible Cabeza que la rige y
gobierna. Lo que amamos en el Papa es la grandeza del Papado que se
realiza en cada uno de aquellos que a lo largo de los siglos Dios ha
convocado para ser sus vicarios en la tierra.
No se trata, por tanto, de afecto sino de amor. Que este amor sea la
fuerza que nos lleve a resistir y a esperar en esta hora de tribulación
de la Esposa de Cristo.
Mario Caponnetto
[1] Santo Concilio Vaticano I, Constitución Dogmática Pastor aeternus, ASS, vol. VI (1870-1871), pp. 40-47.
[2]
Ibídem. Si quis igitur dixerit, beatum Petrum Apostolum non esse a
Christo Domino constitutum Apostolorum omnium principem et totius
Ecclesiae militantis visibile caput; vel eundem honoris tantum, non
autem verae propriaeque iurisdictionis primatum ab eodem Domino nostro
Iesu Christo directe et immediate accepisse; anathema sit.
[3] Santo Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen Gentium,
n. 18. Este santo Sínodo, siguiendo las huellas del Concilio Vaticano
I, enseña y declara con él que Jesucristo, Pastor eterno, edificó la
santa Iglesia enviando a sus Apóstoles lo mismo que Él fue enviado por
el Padre (cf. Jn 20,21), y quiso que los sucesores de aquéllos, los
Obispos, fuesen los pastores en su Iglesia hasta la consumación de los
siglos. Pero para que el mismo Episcopado fuese uno solo e indiviso,
puso al frente de los demás Apóstoles al bienaventurado Pedro e
instituyó en la persona del mismo el principio y fundamento, perpetuo y
visible, de la unidad de fe y de comunión. Esta doctrina sobre la
institución, perpetuidad, poder y razón de ser del sacro primado del
Romano Pontífice y de su magisterio infalible, el santo Concilio la
propone nuevamente como objeto de fe inconmovible a todos los fieles, y,
prosiguiendo dentro de la misma línea, se propone, ante la faz de
todos, profesar y declarar la doctrina acerca de los Obispos, sucesores
de los Apóstoles, los cuales, junto con el sucesor de Pedro, Vicario de
Cristo y Cabeza visible de toda la Iglesia, rigen la casa del Dios vivo.
