La iglesia china, en venta
INFOVATICANA
1
febrero, 2018
No hay en este momento fenómeno informativo
en la Iglesia más grave que el que afecta a la Iglesia en China. Lo que están
sufriendo los católicos en
China no se puede explicar
en pocas palabras, pero podemos dar algunas pinceladas.
Cuando llegaron los comunistas al poder
hicieron lo que la Revolución Francesa: Prohibieron la Iglesia Católica y se
inventaron un sucedáneo de iglesia, copiando los ritos y símbolos del
cristianismo pero con sacerdotes y obispos elegidos, formados y patrocinados
por el régimen marxista.
Así, durante décadas han coexistido católicos
-laicos, sacerdotes y obispos- fieles al Papa, en la clandestinidad, junto con
la iglesia patriótica china, fiel al régimen maoísta.
El Cardenal Zen, el obispo emérito de Hong Kong, es un
icono de resistencia de la
Iglesia frente a la tiranía comunista que oprime a la nación más poblada de la
tierra.
Hace unos días denunciaba que la Santa Sede está obligando a los obispos católicos a apartarse de algunas
diócesis para que su sede
sea ocupada por obispos de la iglesia patriótica china, algo que el Cardenal
Zen explica de manera muy gráfica: “El Vaticano está vendiendo a la Iglesia católica en
China”.
Un obispo de la Iglesia Patriótica,
entiéndase, es tan legítimo como un tipo disfrazado de obispo en Carnaval,
porque obviamente el Partido Comunista tiene tantas facultades para ordenar
obispos como el Real Madrid o Walt Disney.
El cardenal viajó desde China hasta la Plaza de San Pedro para
encontrarse con el Papa Francisco en la Audiencia General y entregarle una
carta explicándole la gravedad del asunto.
Francisco le recibió en privado tras leer la
carta y le aseguró que había
dado órdenes a sus colaboradores de
evitar ese tipo de actuaciones.
Inmediatamente salió el portavoz de la Sala Stampa, Greg Burke, a atacar al Cardenal Zen, acusándole de sembrar “confusión y
polémica”, pero sin
desmentir ni un ápice de lo que había relatado el anciano purpurado.
Sin embargo, el punto más doloroso de todo
este asunto tuvo lugar ayer. El secretario de estado del Vaticano, Pietro Parolin, en una
entrevista para un medio italiano, confirmaba los peores temores de
los católicos chinos.
Estos son algunos extractos de esa
entrevista:
Claro, todavía hay muchas heridas
abiertas. Para curarlas se necesita el bálsamo de la misericordia. Y si a alguien se le pide un sacrificio, pequeño o
grande, debe quedarle claro a todos que este no es el precio de un intercambio
político, sino que forma parte de la perspectiva evangélica de un bien mayor, el bien de la Iglesia de
Cristo.
Lo que se espera es llegar, cuando Dios
quiera, a ya no
tener que hablar de obispos “legítimos” e “ilegítimos”,
“clandestinos” y “oficiales” en la Iglesia china, sino a encontrarse entre hermanos, aprendiendo
nuevamente el lenguaje de la colaboración y de la comunicación.
Si no estamos listos para perdonar,
significa, desgraciadamente, que hay otros intereses que defender: pero esta no
es una perspectiva evangélica.
Expresiones como “poder”,
“traición”, “resistencia”, “rendición”,
“enfrentamiento”, “ceder”, “compromiso”
deberían dejar sitio a otras, como “servicio”,
“diálogo”, “misericordia”, “perdón”,
“reconciliación”, “colaboración”,
“comunión”.
Queda clara la perspectiva de los diplomáticos italianos en sus oficinas decoradas con frescos de Rafael
y con vistas a la Plaza de san Pedro.
Intentemos ahora verlo desde la perspectiva
de la perseguida Iglesia católica china. Llevan en perpetua persecución, con
sus momentos peores y mejores, desde la revolución que llevó a Mao al poder.
Y ahora los fieles chinos, que tanto han sufrido y a tanto han renunciado
por mantenerse fieles a Roma,
ven como sus obispos legítimos tienen que abdicar y los cismáticos sucederles
“por el bien de la Iglesia de Cristo”.
Ante esta situación, surgen algunas
preguntas: ¿Cómo se favorece el bien de la Iglesia de Cristo permitiendo que
‘obispos’ designados por el Partido Comunista y controlados por el
sucedan a los buenos pastores que han cuidado de Su rebaño chino contra viento
y marea? ¿De qué modo puede hacer bien a la Iglesia universal, y más especialmente
a la Iglesia china, este decirle que toda su lealtad ha sido inútil e innecesaria, que se
podían haber ahorrado una vida de sobresaltos y humillaciones, y que un prelado designado por un oficina de un
gobierno oficialmente ateo vale lo mismo que uno ordenado por Roma? ¿Puede
alguien creer que unos obispos nombrados por el Partido Comunista van a servir a Cristo antes que a Pekín? ¿Cuál espera el Vaticano que sea el futuro del catolicismo en China bajo la guía de esos pastores?
