viernes, 29 de noviembre de 2019

Golpeando audazmente día y noche: la historia del último bombardero



Los hombres de Canberra pusieron, por detrás de sí, todo derecho y ambición, colocaron el amor a sí mismos y el amor a sus familias a sus espaldas, y lo reemplazaron por un inmenso amor a Dios y a la Patria, entrega que jamás publicitaron, ni tampoco exigieron reconocimiento.
Por Daniel Roca Centurión
La Prensa
25 de noviembre de 2019
Cuando se relaciona el Conflicto del Atlántico Sur con la Fuerza Aérea, lo primero que llega a la mente de todos son las imágenes de los A4 y los Dagger lanzando bombas en el estrecho de San Carlos o en Bahía Agradable.

También aparecen, en forma más esporádica, las de los Pucará saliendo desde la BAM Malvinas a combatir al Istmo de Darwin y, un poco menos aún, a los helicópteros empleados para el rescate en combate en aquellos momentos: los Chinook y los Bell 212.
Sin embargo, las operaciones llevadas adelante por los bombarderos BAC (British Aircraft Corporation) MK62 -Canberra-, fueron también significativas, pero con menos prensa.
Esta noble aeronave, el último bombardero puro con que contó la Fuerza Aérea, era de origen inglés y al momento de su adquisición en 1970, estaba en servicio no solo en la RAF, sino en otras fuerzas aéreas del mundo en diferentes versiones y configuraciones. Este avión fue protagonista del frustrado ataque a las fuerzas británicas que habían acorralado a las fuerzas argentinas en Georgias, el 25 de abril de 1982. Habiendo sido alertados por un Hércules KC-130 y un Boeing 707 de la FAS (Fuerza Aérea Sur), se dispuso que tres aeronaves MK62 efectuaran un vuelo de 2.050 Km. desde Río Grande hasta Georgias, para tratar de dispersar a la pequeña flota que apoyaba a las fuerzas británicas terrestres en el lugar.
Uno de los Canberra falló, al querer eyectar los tanques de combustible auxiliares que llevaban en la puntera de las alas, debiendo regresar al continente en una configuración asimétrica, extremadamente peligrosa. La mala meteorología, junto con la nula visibilidad y la disposición irregular de la flotilla británica que no se encontraba en la Bahía Cumberland, frustraron el intento de ataque de nuestros bombarderos, que debieron regresar con su letal carga en bodega. Ese hubiera sido el bautismo de fuego de la Fuerza Aérea.
PRIMERAS MISIONES
Al principio del conflicto, 1º de mayo, la falta de experiencia en combate, hizo que el empleo de este bombardero no pasara desapercibido para los sistemas de detección de la flota británica, y al tratar de efectuar ataques diurnos a baja altura fue derribado, por aviones Sea Harrier que empleaban los temibles misiles Sidewinder, el primer Canberra del conflicto tripulado por el Teniente De Ibañez y su navegador el Primer Teniente González, quienes a pesar de haberse eyectado sobre el mar, jamás pudieron ser recuperados. Otro de los Canberra que salieron en misión ese día, regresó con una de las punteras de plano desflecado por la onda expansiva de un misil que explotó en su proximidad.
A partir de ese momento el empleo del Canberra debería hacerse de manera nocturna, para dificultar la interceptación por aeronaves británicas, efectuando dos tipos de ataque: o bombardeo de zona a gran altura (por encima de los 12 km., es decir a mas de 40.000 pies) a efectos de evadir los misiles antiaéreos de mediano y corto alcance lanzados desde buques y/o tropa, o a bajo nivel (entre los cero y 250 pies, poco más de setenta metros de altura, lo que permitía el armado de las espoletas haciendo que estallaran al impacto con el terreno, saliendo de la nube de esquirlas que se proyectan luego de la explosión, tratando de evitar los montes y adaptándose al relieve de las islas) con el fin de tener un factor sorpresa considerablemente alto. De allí que, a pesar de tener que efectuar lanzamientos solo con lo estimado por los cálculos del navegador y lo determinado en el radar doppler, sus operaciones fueron increíblemente efectivas, tanto que en varias oportunidades el Estado Mayor de las Fuerzas inglesas pudo ser impactado por las bombas de los temibles Canberra.
LA TACTICA EMPLEADA
Una táctica empleada por los bombarderos fue guiarse por un grupo de fogatas, que con rumbo exacto Norte-Sur, prendían en determinados horarios los defensores de Darwin, lo que les permitía a las aeronaves efectuar una última corrección de rumbo antes de iniciar la aceleración final para el ataque, al norte de esas posiciones. Sabían que luego de bloquear dicha vertical, llevando una determinada velocidad de navegación hasta el blanco, impactaban de manera precisa en el punto exacto que se les había dado por información de inteligencia. A su vez la conceptualización de la operación llevo al escuadrón a efectuar la combinación de las tripulaciones por experiencia y no por jerarquía, es decir, se combinaban pilotos con vasta experiencia, con navegadores con poca experiencia y viceversa. En ese contexto muchas veces el piloto era más moderno que el navegador y le daba órdenes, dentro del marco de la operación de combate, sin embargo, se operó perfectamente. Cabe destacar que si ponemos lado a lado, un caza Gloster Meteor y un BAC Canberra, se pueden observar las similitudes de diseño, evidenciando una misma "estética operativa", sin embargo, la amplitud de la superficie alar que le permite una gran sustentación a elevadas alturas con gran carga, tanto en bodega como en puntos externos, le otorga una importante firma radar y una baja maniobrabilidad a bajas alturas. Indudablemente, el poder de fuego de un bombardero Canberra se equiparaba, al de al menos, tres cazabombarderos de aquel momento, pero ciertamente, la capacidad de supervivencia también era muy baja. Recordemos que, en esas increíbles misiones, un bombardero despegaba con cinco bombas de mil libras cada una (aproximadamente 500 kg) en su interior, dos tanques suplementarios de puntera de ala y eventualmente, un tanque ventral central. No podía superar los 365 nudos (676 Km/h), y recién eyectando los tanques de puntera de ala, estaba habilitado para alcanzar los 500 nudos (926 Km/h) como máxima velocidad de ataque. En esa época se ponían en marcha con explosión de cargas pirotécnicas (posteriormente el ingenio argentino ideo un sistema de puesta en marcha por presión neumática), lo que muestra a las claras lo difícil, o casi imposible, que era de poner en marcha un motor en vuelo en caso de detención. A su vez esa asimetría, acarreaba una dificultad de vuelo delicada, al entrar fácilmente en tirabuzón y caer descontroladamente. De hecho la tripulación del B-101 en su misión del 5 de junio por la noche, al haber tenido una detención del motor por la combinación de la explosión de un misil antiaéreo que estalló en su proximidad, sumado al viraje extremadamente cerrado para evitar el impacto, tuvo que regresar al continente con un solo motor. Particularmente, esa aeronave tenía instalado el radar Bendix RDR-1400, lo que había modificado su configuración de vuelo debido a la protuberancia de este sistema en su parte delantera. Por su apariencia se lo llamo el Pelicano-1.
Esa protuberancia, sumada a la falta de uno de sus motores, hizo que al momento del aterrizaje la aeronave se saliera de pista y terminara barriendo el tren de aterrizaje de uno de sus lados. Lo importante fue que ambos tripulantes resultaron ilesos y que la pronta reparación del tren y del motor puso a la aeronave disponible en poco tiempo. Actualmente esta aeronave se encuentra restaurada en la Escuela de Suboficiales Córdoba.


LA ULTIMA EN COMBATE
El bombardero Canberra tuvo el honor de ser la última aeronave de combate de la Fuerza Aérea, que lanzó su armamento sobre las fuerzas británicas la noche del 13 de junio de 1982.
En esa lid fue derribado el "Baco 1", indicativo de la aeronave tripulada por los capitanes Roberto Pastran (piloto) y Fernando Juan Casado (navegador). Fueron impactados por un misil tierra-aire que les produjo el ingreso en un tirabuzón incontrolable, cayendo desde los 12.000 metros.
En esa oportunidad consigue eyectarse el piloto aproximadamente a unos 4.000 metros, sin embargo, el navegador no lo logra, debido a la deformación de la estructura de la aeronave, producto de la explosión del misil.
NO SON LAS ARMAS, SON LOS HOMBRES QUE LAS EMPUÑAN
Quiero compartir un par de infidencias. Tuve la suerte de conocer a finales de los 80" al que era en aquel momento el Mayor Pastran, sobreviviente del último ataque de la Fuerza Aérea Argentina en Malvinas.
Le pedí, le rogué, le supliqué, que me contara de primera mano esa última misión, que había leído en los pocos libros que, sobre la guerra aérea de Malvinas, se habían escrito hasta ese momento. Han pasado más de treinta años de ese encuentro y ya Roberto Pastran no está con nosotros. Lo que rescato de ese relato, y jamás olvidaré -recordó Pastran- que cuando se dio la reunión previa al vuelo sobre la situación en las islas y se pidieron voluntarios para la tarea de "atacar a las fuerzas británicas en las proximidades de Puerto Argentino, a los efectos de permitirle a las fuerzas propias organizarse, para poder replegarse a posiciones seguras" ya se sabía que la guerra se había perdido, que esa acción no cambiaría el curso del conflicto y que era una operación extremadamente riesgosa.
Pastran, que era más moderno que su navegador, capitán Casado, recibió esta orden: "Pastran tome el casco. Nosotros vamos". El piloto tomando su casco no dijo nada, solo le devolvió una mirada como diciendo: "¿está usted seguro de lo que vamos a hacer?
El relato de la misión es más que conocido, sin embargo, quiero rescatar un instante crucial del hecho: Luego del impacto del misil que los derriba, al momento de ir cayendo de manera vertiginosa desde los 12 kilómetros de altura, Pastran gritaba: "eyéctese, eyéctese, eyéctese", a lo que Casado le contesta: "no funciona, no puedo, eyéctese usted, es una orden". Mareado por la caída, golpeando su cuerpo con la cabina por la fuerza centrífuga, aferrado a la manija del asiento eyector, Pastran la activa y es despedido del Canberra que se pierde en la noche oscura, de un mar más oscuro aún. Finalizado el relato completo, ese hombre bueno, que abrió su corazón a un joven que lo tenía, y lo tiene por héroe, sin llorar, pero con los ojos llenos de lágrimas, lo mira y le dice: "debería haber caído en el avión con él, en cambio ahora, tengo que seguir viviendo, sin poder olvidarlo".
Poca gente sabe que el Primer Teniente Siri, navegador de Canberra padecía de cáncer linfático y que ocultó todo lo que pudo sus dolencias, con el fin de cumplir con su deber volando en diferentes misiones de combate. Gente del escuadrón contaba como lo tuvieron que sacar entre varios del avión, ya que por los dolores que padecía, no le permitían ni siquiera, desatarse de sus amarres. En épocas en las cuales exacerbamos los derechos y la libertad, nos olvidamos de aquellos que, libremente, ponen su propia voluntad al servicio de la voluntad de otros.
En realidad, en la escala de las jerarquías humanas, pocas son las personas en el mundo que obedecen, solamente, a sus propios designios y propósitos. Ya el solo hecho de vivir en comunidad implica, que todos debemos respetar los derechos del otro, y a su vez efectuarlo de manera recíproca. Los hombres de Canberra pusieron, por detrás de sí, todo derecho y ambición, colocaron el amor a sí mismos y el amor a sus familias a sus espaldas, y lo reemplazaron por un inmenso amor a Dios y a la Patria, entrega que jamás publicitaron, ni tampoco exigieron reconocimiento. Por eso verán a algunos de ellos jugando como abuelos buenos con sus nietos, sin embargo, debajo de esa curtida piel que los envuelve, todavía vive ese corazón de hierro que en las sombras del combate sobre Malvinas, hacían resonar sus motores y su acero sobre las tropas británicas, que no podían entender ni de dónde, ni cómo, eran atacados en la oscuridad de la noche. Por eso, no importa el armamento que usen nuestros hombres, el valor se encuentra en ellos mismos, ¡¡en lo que llevan inscripto en sus corazones!!.

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