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sábado, 14 de septiembre de 2019

CUATRO MÁRTIRES ARGENTINOS DE LOS ‘70: GENTA, SACHERI, AMELONG Y LARRABURE

CUATRO MÁRTIRES ARGENTINOS DE LOS ‘70: GENTA, SACHERI, AMELONG Y LARRABURE

Jordan Bruno Genta
 
Por Héctor Hernández
(Colaboración para Santa Iglesia Militante)
Conferencia en San Rafael, IVE, 18 de enero 2011.
Cuatro mártires…

Sumario:
I Cuatro argentinos - 1. Genta - “Genta se nos va” – Conversión - Sus ideas – Patria - Brazo armado de la Patria - Pedagogo del “Oh juremos con gloria morir” – Legado - “La Argentina que yo quiero” - La señal del cristiano - 2. Sacheri – Herencias - Centro de una red - Dos libros – Tercermundismo - Cristo Rey - Laicidad responsable - Una red - “Sin sangre no hay redención” - 3. Amelong - Testimonio de su esposa y de un amigo - 4. Larrabure - En la plenitud de sus amores – Secuestro - Rezar, cantar el Himno y morir
II. Doctrina del martirio - Confesores y mártires - Caso típico - Mártir por un hermano - Mártires por la Patria
III. Los requisitos en los cuatro casos - A. El primer requisito. La muerte dolosamente causada por otro - B. El segundo requisito - 1. Genta y Sacheri - El comunicado de las 553 palabras - Benedicto XVI - Aparte del comunicado - 2. Amelong - 3. Larrabure - C. La aceptación religiosa de la muerte (Tercer requisito) - 1. Genta - 2. Sacheri - 3. Amelong - 4. Larrabure - Se cumple con los tres el tercer requisito - Mensajes de Larrabure - Diario del cautiverio de Larrabure – Conclusiones – Testimonios – Sacheri – Genta – Amelong – Larrabure -
IV. Tipos ganadores - 1. Testimonio inglés (Genta) - 2. La derrota del tercermundismo (Sacheri) - La faja del libro - 3. Huelga trágica solucionada (Amelong) - 4. “Larrabure nos venció”
**************** 

miércoles, 4 de febrero de 2015

"EL ORDEN NATURAL" Carlos Alberto Sacheri-48-LA DEMOCRACIA 49- RESISTENCIA A LA AUTORIDAD 50-EL ESTADO Y LA IGLESIA




"EL ORDEN NATURAL"

Carlos Alberto Sacheri

"MUERTO POR DIOS Y POR LA PATRIA"


PARTES
48-LA DEMOCRACIA
49- RESISTENCIA A LA AUTORIDAD
50-EL ESTADO Y LA IGLESIA
48. LA DEMOCRACIA

Uno de los temas más candentes, tanto de la ciencia como de la práctica contemporánea, es el relativo al régimen o sistema demo­ crático. La vehemencia de las discusiones deriva de la constatación del fracaso universal de las democracias modernas, en las cuales los respectivos pueblos habían cifrado sus más vehementes anhelos de prosperidad y de paz. Resulta paradójico, en efecto, observar el vigor con el cual las naciones modernas han adoptado por doquier el sistema democrático como el mejor (y hasta el único) medio de gobierno político, cuando, por otra parte, esos mismos pueblos pa­ decen frecuentes crisis en el plano institucional y hasta erigen en jefes, con grandes atributos, a líderes de fuerte personalidad.
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martes, 3 de febrero de 2015

"EL ORDEN NATURAL" Carlos Alberto Sacheri- 45-LA FUNCIÓN DEL ESTADO 46-LA SOBERANÍA POLÍTICA 47-PARTICIPACIÓN POLÍTICA Y FORM AS DE GOBIERNO




"EL ORDEN NATURAL"

Carlos Alberto Sacheri

"MUERTO POR DIOS Y POR LA PATRIA"


PARTES
45-LA FUNCIÓN DEL ESTADO
46-LA SOBERANÍA POLÍTICA
47-PARTICIPACIÓN POLÍTICA Y FORM AS DE GOBIERNO
 45. LA FUNCIÓN DEL ESTADO
El vaivén de las ideologías modernas ha terminado por dislocar en muchos casos el sentido y la finalidad propia de múltiples institu­ciones del orden social. Así vemos que la universidad, el sindicato, la empresa, el municipio y la misma familia, padecen hoy una crisis profunda que afecta su normal funcionamiento y el cumplimiento cabal de sus objetivos fundamentales: Lo mismo acontece en el plano político con el concepto del Estado. 
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lunes, 2 de febrero de 2015

"EL ORDEN NATURAL" Carlos Alberto Sacheri-42-ORIGEN Y FUNCIÓN DE LA AUTORIDAD 43-LOS GRUPOS INTERMEDIOS 44-EL PRINCIPIO DE SUBSIDIARIDAD




"EL ORDEN NATURAL"


Carlos Alberto Sacheri


"MUERTO POR DIOS Y POR LA PATRIA"

PARTES
42-ORIGEN Y FUNCIÓN DE LA AUTORIDAD
43-LOS GRUPOS INTERMEDIOS
44-EL PRINCIPIO DE SUBSIDIARIDAD
 42. ORIGEN Y FUNCIÓN DE LA AUTORIDAD
Una -vez considerado el concepto de bien común como el fin propio de la sociedad política, debemos examinar la noción de au­toridad, su origen y su función dentro del cuerpo social. Así como un error en la doctrina relativa al bien común entraña enormes con­ secuencias de índole política, así también una equivocada idea res­pecto de la autoridad política tendrá graves implicancias prácticas y dará pie a un sinnúmero de confusiones. La historia de las ideas ilustra abundantemente esta vinculación entre el error conceptual y sus consecuencias negativas en el plano de la praxis política.
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jueves, 29 de enero de 2015

"EL ORDEN NATURAL" Carlos Alberto Sacheri- 39EL HOMBRE, SER SOCIAL-40 LA SOCIEDAD POLÍTICA- 41- EL BIEN COMÚN




"EL ORDEN NATURAL"

Carlos Alberto Sacheri

"MUERTO POR DIOS Y POR LA PATRIA"

PARTES
39-EL HOMBRE, SER SOCIAL
40-LA SOCIEDAD POLÍTICA
41-EL BIEN COMÚN 


39. EL HOMBRE, SER SOCIAL
Mucho es lo que se ha escrito acerca de la sociabilidad humana, esto es, la tendencia del hombre a la convivencia. No obstante, las teorías emitidas son tan variadas, y aún opuestas, que el tema re­ quiere un análisis detenido.
No se trata tan sólo de comprobar una vez más que el hombre es un ser social, hecho manifiesto. Lo importante es determinar cuál es la naturaleza propia de¡dicha sociabilidad y cuáles son sus límites, dado que de la respuesta que se formule dependerá toda nuestra concepción de lo social y del hombre como sujeto u objeto de las relaciones sociales y políticas.
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miércoles, 28 de enero de 2015

"EL ORDEN NATURAL"-Por Carlos Alberto Sacheri-PARTES 36-LA MONEDA Y EL CRÉDITO 37-LA COGESTIÓN 38- LA ECONOMÍA INTERNACIONAL



"EL ORDEN NATURAL"


Carlos Alberto Sacheri


"MUERTO POR DIOS Y POR LA PATRIA"


PARTES
36-LA MONEDA Y EL CRÉDITO
37-LA COGESTIÓN
38- LA ECONOMÍA INTERNACIONAL 



36. LA MONEDA Y EL CRÉDITO
Uno de los aspectos del orden económico que manifiestan más claramente la profundidad y coherencia del pensamiento social de la Iglesia, es el referente a la moneda y el crédito. Desde los principios del Cristianismo, los Padres de la Iglesia iniciaron la formulación de una doctrina respecto de esta institución clave de todo recto or­denamiento de la economía, cual es la moneda. A lo largo de los siglos, diversos autores continuaron profundizando la doctrina “del justo precio” , condenando la usura y desarrollando la doctrina de la justicia en sus aplicaciones a la economía: Tomás de Aquino, Antonino de Florencia y los teólogos españoles del siglo XVI, jalonan con admirables aportes el esfuerzo ininterrumpido del pensamien­to cristiano para esclarecer los principios básicos de la política mone­taria y crediticia, hoy en día tan distorsionados por la prédica del liberalismo económico.
La moneda según el capitalismo liberal
Dado que la doctrina liberal ha presidido la formulación de la ciencia económica moderna, resulta indispensable referirnos a su peculiar concepción de la naturaleza de la moneda y su función dentro del dinamismo económico.
Inspirado en su materialismo individualista, el liberalismo erigió la acumulación de las riquezas en el fin último de la actividad econó­mica, con total descuido del esencial problema de la distribución social de dichas riquezas. Los primeros mercantilistas afirmaron que la verdadera riqueza consistía en la moneda de oro y de plata, con lo cual se fomentaba el atesoramiento de estos metales. La modifica­ción ulterior de este concepto por Adam Smith el cual sostuvo que la moneda, aún metálica, es mero instrumento de cambio y que a menor cantidad de moneda en circulación, mayor es su poder adquisitivo de otros bienes- no varió la consecuencia fundamen­tal, a saber, que la prosperidad de una economía se mide por la cantidad de moneda metálica que ésta posee.
Las consecuencias principales de esta concepción fueron: 1) toda la economía giró en torno a las nociones de capital y de utilidad; 2) se propició la disminución de los salarios para aumentar las utili­dades del capital, con lo cual se concentró la riqueza en cada vez menos manos; 3) la función de la moneda no fue la de permitir el pleno rendimiento de los factores productivos, sino la de aumentar indefinidamente el capital; 4) se impuso en el mundo entero el culto del patrón oro, como máxima garantía de la salud monetaria; 5) el crédito bancario se instrumentó para aumentar los grandes capitales; 6) el oro ha sido progresivamente sobrevaluado, lo cual se ha tradu­cido en una recesión creciente de la economía internacional; 7) se instauró una permanente dialéctica entre capital y trabajo, en cada economía nacional y en el comercio internacional, con los consi­guientes conflictos y abusos.
La verdadera naturaleza de la moneda
La concepción de los autores cristianos respecto de la naturale­za y función de la moneda es muy diferente de la liberal. Como ya lo señalara admirablemente Aristóteles (Etica a Nicómaco, libro V) la moneda es una unidad de medida cuya función reside en facilitar el intercambio de los demás bienes. Su carácter es, por lo tanto, meramente instrumental, al servicio de la producción y distribución de los bienes y servicios. El valor en moneda de los diferentes bie­nes está dado por la necesidad que los hombres tienen de los mis­mos, y no por la cantidad de tiempo empleado en producirlos (como enseñó Marx).
El carácter artificial de la moneda como creación humana, exige la participación activa del poder político o Estado, tanto en su crea­ción, como en su uso y distribución al servicio del bien común tem­poral. Puede afirmarse que debe existir una relación estricta entre la cantidad de bienes y servicios producidos anualmente por un país (renta nacional) y la cantidad de moneda utilizada en el mismo (circulante más depósitos bancarios). En otras palabras, la moneda es una parte proporcional de la renta nacional, determinada por las necesidades internas de la producción y por los requerimientos del intercambio con otros países. Como consecuencia de ello, la cantidad de moneda ha de acompañar el aumento o disminución de los bienes producidos, para adecuarse con sano realismo a las necesidades siempre cambiantes de la economía nacional. La esta­bilidad de la moneda empleada en un país no será, en consecuen­cia, algo absolutamente fijo, ni algo determinado por prescripciones externas a la economía nacional, sino que estará dada fundamendalmente por su adecuación a la masa de bienes producidos. Esto último muestra a las claras la oposición entre el culto monetarista de la escuela liberal y neoliberal hacia la moneda y su estabilidad como un fin en sí mismo; y la concepción cristiana de la moneda.
Lo mismo cabe decir respecto del crédito y de su función social. El crédito es el “préstamo para adelantar el empleo del capital contra la amortización mediante el beneficio a obtener” (Messner). Su base es la'‘confianza que la institución tiene en la seriedad del prestatario para el buen uso del crédito que se le otorga. La mayor o menor abundancia de crédito dentro de una economía nacional depende­rá -al igual que la abundancia de moneda circulante- de los reque­rimientos del crecimiento sostenido del producto bruto que debe conjugarse armónicamente con el pleno empleo y con la justa dis­ tribución de la riqueza producida. Corresponde al Estado el velar por una adecuada política monetaria y crediticia que asegure la par­ticipación efectiva de todos los sectores sociales en el incremento de la renta nacional. Tal es la principal función del Estado en materia de economía: la de constituir el árbitro supremo entre los distintos sectores económicos, estimulando y protegiendo el legítimo interés de cada uno, a la vez que controlando su contribución a la riqueza común y contrarrestando sus intereses ilegítimos o egoístas.
El principio clave: la reciprocidad en los cambios
Lo expuesto anteriormente ha puesto de relieve la incidencia que el empleo del instrumento monetario y crediticio tiene para la jus­ta distribución de la riqueza producida en un país. La expresión de la justicia en materia económica está dada esencialmente por el prin­ cipio de la reciprocidad en los cambios (ver cap. correspondiente).
El núcleo de dicho principio radica en que el intercambio de los bienes ha de darse de tal modo que la situación social de cada uno de los agentes que en él participan sea la misma después de operado el intercambio. Como consecuencia de ello, todo aumento que se produzca en la renta nacional deberá ser equitativamente distribuido entre todos los sectores sociales. De lo contrario, el enriquecimien­to de unos se verificará necesariamente a expensas del empobreci­miento proporcional de los demás. En la economía actual, que es muy compleja por la siempre creciente división del trabajo, y alta­ mente dinámica como consecuencia del impacto científico-tecnológico, el mayor desequilibrio se verifica en el incesante incremento de las utilidades del sector financiero (bancos, compañías de seguros, inversoras privadas, etc.) con relación al agropecuario y al industrial. Ello es la resultante lógica de la falsa concepción de la moneda y del crédito antes señalada. Baste mencionar como ejemplos claros de tal distorsión las directivas impartidas por entidades tales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, obsecuen­tes servidores de un patrón-oro hoy inexistente, pero cuya defensa enmascara los más sórdidos intereses de grandes grupos financieros internacionales. Su acción perjudicial se realiza en las economías de las naciones en vías de desarrollo, que se ven constreñidas en sus posibilidades de evolución y crecimiento autónomos, con todas las lamentables consecuencias a nivel social.
Mientras no se restablezca en el seno de las sociedades moder­nas una verdadera organización profesional de la economía, a la cual se subordine el sector financiero en apoyo de las distintas ramas de la producción,- no habrá solución real a los enormes problemas que acarrea en el mundo entero un sistema monetario y crediticio desvinculado de su verdadera misión.
37. LA COGESTIÓN
Cada vez que se roza el candente problema de la “reforma de la empresa” resulta inevitable aludir a otro concepto crucial: la cogestión. Los más variados autores han asumido posiciones con re­ lación a la cogestión en la economía y, en particular, dentro de la empresa. Muchos son hoy los que asignan a la cogestión el carácter de panacea de los males del capitalismo, especialmente autores co­mo Bloch-Laine y otros, impregnados de mentalidad tecnocrática. Por ello resulta imperioso esclarecer cuál es la naturaleza precisa de la cogestión, si cabe o no hablar de un derecho de cogestión; más aún, de un “derecho natural a la cogestión”, y cuál es el ámbito y los límites de la cogestión en una sana concepción del orden eco­nómico.
La participación y sus niveles
El término de “cogestión” resulta equívoco, en razón de los múlti­ples significados que hoy por hoy se le asignan indiscriminadamente. En su acepción propia designa ciertas formas de participación. Esta última es más amplia que la idea de cogestión, a la cual incluye.
Participar es “tomar parte en” algo: en el orden práctico, esto es, en lo relativo a la conducta humana, participar consiste en tomar parte en una actividad o función. Pero existen muchas formas y modos de participar. De ellas nos interesan tres en particular. En primer término, se participa siendo informado de lo que otros de­ ciden o hacen. En segundo lugar, se participa siendo consultado por quienes han de adoptar una resolución. Por último, se participa decidiendo en común una medida.
Este último nivel, el de la decisión, es el que corresponde a la cogestión propiamente dicha. En efecto, por cogestión económica ha de entenderse la aspiración del sector asalariado a participar responsable y solidariamente en las decisiones relativas a la organi­zación de la uida económica y social. El ejercicio de tal participación en las decisiones hace que toda decisión tomada sin tal colabora­ción carezca de valor jurídico.
Las modalidades principales de la cogestión económica así en­ tendida son: 1) el veto o derecho de impugnar una decisión una vez adoptada ésta o su suspensión, por considerarla atentatoria de los intereses de los asalariados; 2) la ratificación de las medidas adoptadas por las otras partes, acuerdo éste sin el cual las medidas carecerían de fuerza legal; 3) la participación activa en la toma de decisiones de común acuerdo con las otras partes.
¿Puede hablarse de un derecho natural a la cogestión?
Distinguidos autores católicos han querido investir a la cogestión del carácter de derecho humano fundamental y, aún más, de dere­cho natural de toda persona. Tales expresiones son excesivas y no respetan la realidad de la empresa ni la esencia del derecho natural. Así lo ha declarado enfáticamente Pío XII frente a las conclusiones del Katholikentag celebrado en Bochum, en 1949: “Pero ni la na­turaleza del contrato de trabajo ni la naturaleza de la empresa impli­can por sí mismas un derecho de esta clase [natural]. Es incontes­table que el trabajador asalariado y el empresario son igualmente sujetos, no objetos de la economía de un pueblo. No se trata de negar esta paridad; éste es un principio que la política social ha he­cho prevalecer ya y que una política organizada en un plano profe­sional todavía haría valer con mayor eficacia. Pero nada hay en las relaciones del derecho privado, tal como las regula el simple contrato de salario, que esté en contradicción con aquella paridad fundamen­tal. La prudencia de nuestro predecesor Pío XI lo ha mostrado clara­mente en Quadragesimo Anno; y, en consecuencia, él niega allí la necesidad intrínseca de modelar el contrato de trabajo sobre el con­trato de sociedad. No por ello se desconoce la utilidad de cuanto se ha realizado hasta el presente en este sentido, en diversas formas, para común beneficio de los obreros y de los propietarios; pero, en razón de principios y de hechos, el derecho de cogestión económica que se reclama está fuera del campo de estas posibles realizaciones” (Discurso del 3-6-50; cf. Radiomensaje del 14-9-52 y Carta del Secretario Montini del 29-9-52).
Las precisiones aportadas en diversos textos por Pío XII hicieron frente a diversos errores muy difundidos hasta hoy, que pretendían invocar un texto de Quadragesimo Amo para afirmar abusivamente que el régimen de salariado es intrínsecamente injusto, etc. El texto en cuestión es el siguiente: “Pero juzgamos que, atendidas las circuns­tancias actuales del mundo, sería más oportuno que el contrato de trabajo se suavizara un tanto en lo que fuera posible con elementos tomados del contrato de sociedad, tal como se ha comenzado a hacer en diversas formas con no escaso provecho tanto para los obreros como para los mismos patrones. Así es como los obreros y emplea­ dos llegan a participar, ya en la propiedad y administración, ya -en una cierta proporción- en las ganancias logradas” (n. 29). Resulta imposible fundar en un pasaje tan ponderado y preciso un derecho natural a la cogestión o la ilegitimidad del régimen de salariado...
Pero si no puede hablarse de un derecho natural a la cogestión por parte de cada obrero, cabe preguntarse cuál sería el fundamento de una cogestión bien entendida en el orden económico. Entendemos que este fundamento existe y que se basa en el concep­to de la persona humana (cf. cap. “La Persona Humana y su digni­dad” ). Siendo el hombre un ser racional, libre y responsable, es menester brindar a cada individuo la posibilidad concreta de su realización personal. Tal posibilidad real implica un margen de au­tonomía, de iniciativa y de participación solidaria. Así lo ha reafir­mado Juan XXIÍI en perfecta continuidad con el Magisterio anterior: “Además, moviéndonos en la dirección trazada por nuestros prede­cesores, también Nos consideramos que es legítima en los obreros la aspiración a participar activamente en la vida de las empresas en las que están incorporados y trabajan. No es posible prefijar los modos y grados de tal participación, dado que están en relación con la situación concreta de cada empresa” (Mater et Magistra, n. 91-92). Vemos, pues, que ha de hablarse de participación y no de cogestión, por una parte, y que, por otra, la cuestión rebasa los lí­mites del derecho natural para transformarse en un juicio prudencial, que ha de formularse adecuándolo a la realidad concreta de cada caso singular.
La verdadera cogestión económica
Uno de los graves errores que subyacen en las interpretaciones antes mencionadas, radica en concebir la cogestión como circuns­cripta a! plano de la empresa. En Mater et Magistra queda claramen­ te señalado que el nivel adecuado para una auténtica cogestión de la economía, no es el empresario sino la organización profesional de la economía a nivel nacional: “Pero las resoluciones que más in­fluyen sobre aquel contexto no son tomadas en el interior de cada uno de los organismos productivos. Son, por el contrario, decididas por poderes públicos o por instituciones que operan en el., plano mundial, o regional, o nacional, o de sector económico o de catego­ría productiva. De ahí la oportunidad o la necesidad de que, en ta­les poderes o instituciones, además de los que aportan capitales o de quienes les representan sus intereses, también se hallen presentes los obreros o quienes representen sus derechos, exigencias y aspira­ciones” (id., n. 97-99; cf. Pío XII, Discurso a la UNIAPAC del 31-1- 52). Una participación auténtica y permanente como la enunciada por Juan XXIII, tiene su plena realización en los consejos profesio­nales e interprofesionales a nivel local, regional y nacional (cfr. cap. “Los organismos interprofesionales” ).
La razón de la insuficiencia de la cogestión a nivel de la empresa estriba en que ésta es una célula viva del dinamismo económico y, como tal, debe adaptarse constantemente a nuevas circunstancias que la someten a una inestabilidad considerable por razones de su dimensión, de las exigencias del mercado, de las innovaciones tec­nológicas, etc. Ello hace que la participación de los asalariados se vea constantemente comprometida y que no pueda ser viable en muchos casos. En cada rama productiva, en cambio, esa inestabili­dad queda superada y la participación obrera puede ser mucho más efectiva.
Salvados los equívocos en materia tan delicada, corresponde subrayar lo que una adecuada participación obrera ha de respetar: 1) los derechos complementarios de la propiedad; 2) la libertad de decisión del empresario; 3) la responsabilidad personal de los partici­pantes. Esto último resulta particularmente actual en razón de cierta tendencia a delegar ciegamente en las organizaciones sindicales (con su anonimato peculiar) la representatividad de los asalariados en los comités de empresas, etc. La responsabilidad ha de ser siempre personal, so pena de desvirtuar el fin perseguido.
Los riesgos a evitar
38. LA ECONOMÍA INTERNACIONAL
Dentro de los problemas que deben afrontar las naciones, se encuentran los derivados de las relaciones económicas que man­tienen con los demás países. Las expresiones más recientes del magisterio pontificio han hecho especial hincapié en aquellos as­ pectos del orden económico internacional que suelen dar lugar a las más graves injusticias. Mater et Magístra, Pacem in Terris y Populorum Progressio son ejemplos claros de cómo el pensamiento de la Iglesia sigue de cerca las cambiantes circunstancias del mundo contemporáneo, iluminando los nuevos problemas con los principios rectores del orden natural.
Sin pretender en absoluto abarcar todos los tópicos hoy en discu­sión, conviene esclarecer algunos de los problemas más cruciales de la economía internacional contemporánea: las relaciones co­merciales, las finanzas internacionales, el desarrollo de los pueblos jóvenes.
El falso dilema
La mente contemporánea está habituada a manejarse frecuen­temente con ideologías perimidas, que plantean falsos dilemas. El liberalismo impuso su utopía de la “división internacional del traba­jo”, por la cual cada economía nacional debía especializarse en la producción de determinados bienes: unas habían de dedicarse a la producción de materias primas, las otras a las manufacturas. Así es como la Argentina tenía -según el ministro George Canning- vo­cación de “granero del mundo” . Dicha tesis se vio completada por otras, tales como el equilibrio perfecto de oferta y demanda en materia de comercio internacional, el dogma del patrón-oro, la preemi­nencia de la libra esterlina y, luego, del dólar, en las transacciones, etc. El fracaso lógico de tal irrealismo se concretó en las crisis perió­ dicas, la absorción de las monedas débiles por las más fuertes, el desequilibrio creciente entre países industrializados y países en vías de desarrollo.
Para muchos, la única alternativa válida consistió en el socialismo o el comunismo. Este popularizó sus esquemas dialécticos de “impe­rialismos”, “colonialismos”* “internacional proletaria” , “dictadura del proletariado”, etc., sin haber logrado hasta ahora la formulación de otra solución que no sea la concentración de toda la economía en manos del Estado, el fomento de la “nueva clase” (Djilas) buro­crática, la baja producción, la capitalización forzada gracias al sub-consumo general, etc. Semejante alternativa no hace sino agravar los males ya deplorables del capitalismo pseudoliberal.
El problema real
El verdadero problema a nivel internacional consiste en el cre­ciente desequilibrio entre las diversas economías nacionales: “Las naciones altamente industrializadas exportan sobre todo productos elaborados, mientras que las economías poco desarrolladas no tie­nen para vender más que productos agrícolas y materias primas. Gracias al progreso técnico los primeros aumentan rápidamente de valor y encuentran suficiente mercado. Por el contrario los productos primarios que provienen de los países subdesarrollados, sufren am­plias y bruscas variaciones de precio, muy lejos de ese encarecimien­to progresivo. De ahí provienen para las naciones poco industrializa­das grandes dificultades, cuando han de contar con sus exportacio­nes para equilibrar su economía y realizar su plan de desarrollo. Los pueblos pobres permanecen siempre pobres y los ricos se hacen cada vez más ricos” (Populorum Progressio, n. 57).
En otras palabras, nos enfrentamos con un problema de justicia en las relaciones mutuas de las diferentes economías nacionales, justicia que exige -en tiempos de producción diversificada y de tec­nología muy avanzada- se mantenga cierta paridad o proporción entre las naciones en la distribución de la riqueza. Así como en el seno de cada país es necesario que el incremento de la renta nacio­nal beneficie a todos los sectores del cuerpo social, así también el incremento mundial de la riqueza requiere una distribución equita­tiva de la misma, de modo que no sean unos pocos países los eter­nos favorecidos, sino que el aumento de bienes y servicios redunde en provecho de la comunidad internacional.
En síntesis, resulta imperioso que las relaciones de la economía internacional sean reguladas por criterios éticos y no por la apetencia y voracidad insaciable de los más poderosos, que instrumentan en su servicio a los países de menores recursos. De lo contrario los males actuales se agravarán.
Las relaciones comerciales
El intercambio de productos a nivel internacional no puede seguir basado en la utopía librecambista, por cuanto ésta supone una igual­dad real de posibilidades entre los países que participan del inter­cambio; dicha igualdad nunca existió y hoy, por el contrario, la dis­paridad aumenta, generando una verdadera “dictadura económica” (.Populorum Progressio, n. 59). “La regla del libre cambio no puede seguir rigiendo ella sola las relaciones internacionales. Sus ventajas son ciertamente evidentes cuando las partes no se encuentran en condiciones demasiado desiguales de potencia económica: es un estímulo del progreso y recompensa el esfuerzo. Por eso los países industrialmente desarrollados ven en ella una ley de justicia. Pero ya no es lo mismo cuando las condiciones son demasiado desiguales de país a país: los precios que se forman “libremente” en el mercado pueden llevar consigo resultados no equitativos. Es por consiguiente el principio fundamental del liberalismo, como regla de los intercam­bios comerciales, el que está aquí en litigio” (idem, n. 58). El mismo documento agrega: “La justicia social exige que el comercio interna­cional, para ser humano y moral, restablezca entre las partes al me­nos una cierta igualdad de oportunidades” (n. 61). Esta paridad a establecer entre las naciones no es otra cosa que el respeto de la ley de reciprocidad en los cambios, explicada con anterioridad (cf. cap. “La reciprocidad en los cambios”). Para ello resulta indispensa­ble que los países industrializados hagan un esfuerzo por respetar los derechos de las economías más pobres al fijar los niveles de precios de los productos de estas últimas, superando el espíritu de lucro que ha sido y es fuente permanente de injusticias.
Las finanzas internacionales
Mención especial merece lo relativo al sector financiero interna­cional y sus mecanismos concretos de acción. Es aquí donde la utopía liberal deja ver la crudeza del manejo que los grupos financie­ros ejercen sobre países enteros. Ya Pío XI en Quadragesimo Armo hablaba del “imperialismo internacional del dinero” , denunciándolo en términos vehementes.
El sector financiero es el que ejerce en la economía capitalista la acción más distorsionante. La agilidad que la tecnología moderna le acuerda, permite a los grupos financieros retraer süs inversiones en un país y transferirlas por un simple telex al otro extremo de la tierra, siempre en busca de los negocios más rentables. Si esto es sumamente grave dentro de una economía nacional, suele llegar a extremos en el plano internacional, sometiendo enteramente la eco­nomía de un país al imperio de un grupo financiero particular (ejem­plo: “United Fruit Co.”; en Guatemala y otros países). Tal situación es de todo punto inaceptable.
Como ya se ha explicado (cf. cap. “La moneda y el crédito” ), las inversiones y créditos juegan un papel importantísimo pero ins­trumental. Son el mecanismo que facilita una producción abundante y diversificada de bienes y servicios. Por lo tanto resulta gravísimo que tal relación se invierta y que la producción de un país esté direc­tamente subordinada a la voluntad de lucro de grupos inversores. Esto ha alcanzado en la actualidad una cobertura institucional, pues­to que instituciones como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional imponen a los países en desarrollo una política suicida, so pretexto de asegurar la estabilidad de sus respectivas monedas. De este modo, los países industrializados utilizan los aportes de las naciones jóvenes al Fondo para resolver sus propios problemas in­ternos...
El desairrollo económico
Los problemas mencionados no tendrán solución mientras no se establezcan bases reales para que todas las naciones vayan reali­zando solidariamente su propio desarrollo socioeconómico, con la ayuda de los países más poderosos. Esto pone de manifiesto que el actual caos económico internacional tiene raíces espirituales y morales, y no económicas ni técnicas. Una justa solidaridad por parte de los grandes países, en apoyo de los más débiles, es indis­pensable, pues la situación actual impide el desarrollo de éstos en beneficio de aquéllos. De ahí la necesidad de plantear a nivel de la comunidad internacional la formación de un Fondo Mundial para el desarrollo y otros medios similares, constituidos por el aporte de los países ricos. Estos han de hacerlo no sólo por razones de justicia, sino aun por elementales razones de seguridad, ya que el colapso de los débiles impedirá sostener la prosperidad de los fuertes. No es casual que Pablo VI haya dicho que “el desarrollo es el nuevo nombre de la paz” (idem, n. 76-80).

martes, 27 de enero de 2015

"EL ORDEN NATURAL" Carlos Alberto Sacheri-PARTES 33. DESOCUPACIÓN Y PLENO EMPLEO 34. LA SEGURIDAD SOCIAL 35. PROLETARIADO Y PROMOCION OBRERA


"EL ORDEN NATURAL"

Carlos Alberto Sacheri

"MUERTO POR DIOS Y POR LA PATRIA"

PARTES

33. DESOCUPACIÓN Y PLENO EMPLEO
 34. LA SEGURIDAD SOCIAL
35. PROLETARIADO Y PROMOCION OBRERA
 
33. DESOCUPACIÓN Y PLENO EMPLEO
Uno de los síntomas más graves de las consecuencias provoca­das por la difusión del liberalismo económico en la mayor parte de los países del mundo, ha sido y es la desocupación. Las crisis cíclicas que se han producido periódicamente en los últimos 150 años, traje­ron aparejado este fenómeno del desempleo masivo, en particular en el sector obrero. Baste recordar que en la Alemania anterior a 1933 existían 6.000.000, de desocupados comprobados estadística­mente, junto a cerca de 1.500.000 más no registrados oficialmente. La crisis mundial de 1929, de tremendas consecuencias, provocó igualmente una desocupación masiva de alcance internacional.
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lunes, 26 de enero de 2015

"EL ORDEN NATURAL" Carlos Alberto Sacheri-30- LA ORGANIZACIÓN SINDICAL 31-EL SINDICALISMO! ACTUAL: SUS PROBLEMAS 32- EL DERECHO DE HUELGA

"EL ORDEN NATURAL"

Carlos Alberto Sacheri

"MUERTO POR DIOS Y POR LA PATRIA"

PARTES 

30- LA ORGANIZACIÓN SINDICAL

31-EL SINDICALISMO! ACTUAL: SUS PROBLEMAS
32- EL DERECHO DE HUELGA



30). LA ORGANIZACIÓN SINDICAL
Entre los derechos esenciales de la persona humana se encuentra el de reunirse y asociarse con fines útiles. En el orden económico también encuentran estos derechos amplio margen de aplicación, al igual que en lo social, lo político y lo cultural. Una de las formas de asociación económica más típica es la de las organizaciones sin­ dicales, surgidas como consecuencia de la cuestión social. Corres­ponde, pues, establecer cuál es la naturaleza y fundamento de los sindicatos, cuáles son los principios básicos que han de ser contem­plados en su estructuración y actividad.
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domingo, 25 de enero de 2015

"EL ORDEN NATURAL" Carlos Alberto Sacheri-27-¿TIENE DEHECHOS EL CAPITAL?- 28- LA IGLESIA Y EL CORPORATIVISIMO

"EL ORDEN NATURAL"
Carlos Alberto Sacheri
"MUERTO POR DIOS Y POR LA PATRIA"
PARTES 
  27-¿TIENE DEHECHOS EL CAPITAL? 
28- LA IGLESIA Y EL CORPORATIVISIMO
29- LOS ORGANISMOS INTERPROFESIONALES
 
27. ¿TIENE DEHECHOS EL CAPITAL?
 
Al hablar de la empresa, la hemos caracterizado como la institu­ción en la cual se asocian el trabajo y el capital con miras a la produc­ción de bienes o servicios. Resulta necesario ahora considerar cuáles son los fundamentos de la legitimidad del capital y las condiciones de su recto uso, dado que en el sistema económico contemporáneo, el capital aparece como “fuente de derechos” para quien lo posee.
Necesidad del capital
En sentido estricto, llámase “capital” a todo bien destinado a la producción de otros bienes. Así, por ejemplo, una máquina que produce tornillos, piezas de motor o tejidos, etc., es capital. En este contexto, el dinero sólo es “capital” en la medida en que posibilita la adquisición de bienes de capital.
Puede decirse que es un instrumento de trabajo acumulado en vista a una mayor eficiencia del trabajo. Sin él, el hombre no podría satisfacer sus necesidades vitales de otro modo que arrancando con sus manos los frutos silvestres y los elementos brindados espontánea­ mente por la naturaleza. De ahí que trabajo y capital sean dos con­ceptos complementarios por su misma esencia: “No hay trabajo sin capital, ni capital sin trabajo” (Rerum Nouarum). Sin trabajo, el capital es estéril, puesto que no produce nada sino mediante el tra­bajo; sin capital, el trabajo no puede transformar la naturaleza.
Esta necesidad recíproca permite obtener una primera conclu­sión en cuanto a la regulación moral de sus relaciones: Si ambos son indispensables para la producción de los bienes económicos, ambos han de participar en el beneficio producido por dichos bienes.
Función personal
El concepto de capital está estrechamente vinculado al de propie­dad. Si dejamos de lado, la propiedad de bienes de consumo, capta­mos de inmediato la relación entre capital y propiedad de bienes de producción. Cuando sé expuso la doctrina concerniente a la pro­piedad, se señaló que ésta constituye la primera proyección de la personalidad sobre los bienes materiales. El hombre los domina, utilizándolos, transformándolos, disponiendo de ellos; en eso consis­te la propiedad. Siendo el capital un trabajo acumulado, necesaria­mente su empleo o utilización supone que alguien es propietario del mismo. En consecuencia, el capital, al igual que la propiedad, cumple para los hombres una función personal, ya que por su me­diación el individuo se perfecciona, satisface sus necesidades y pue­de garantizar para sí y su familia un nivel “humano” de vida. Asegu­rando una suficiente abundancia de bienes mediante el ahorro y su inversión, los hombres aseguran además su futuro,~previendo las posibles contingencias (enfermedad, muerte, accidentes) que puedan afectarlos.
Pero la función personalizadora del capital consiste en algo aún más profundamente humano. En efecto, el poder disponer de él requiere, por parte de la persona, el empleo de su capacidad creado­ra, su iniciativa, el ejercicio ordenado de su libertad; en una palabra, le exige obrar en forma responsable. Todas estas cualidades afectan al hombre en su misma esencia; el obrar responsable, con verdadero auto-dominio, lo constituye en persona. El individuo despojado prácticamente de su capacidad, libertad y responsabilidad, se des­personaliza y se convierte en un ente amorfo, pasivo, masificado.
Propiedad y capital tienen por función propia el asegurar un ám­bito propicio que garantice a cada sujeto su plenitud personal, li­bremente realizada.
Función social
Inseparable de su función personalizadora resulta ser la función social del capital Pío.XI exige que se respete igualmente el doble carácter individual y social del capital y de la propiedad, por una parte, y del trabajo, por la otra (ver Quadragesimo Anno).
En efecto, el capital constituido mediante el ahorro de bienes ya producidos y aplicados a nueva producción, permite multiplicar las riquezas. Tal multiplicación se traduce en una abundancia gene­ral, naturalmente destinada a facilitar a todos los miembros del cuer­po social su plenitud personal. Para que esto se dé en la práctica, es necesario que el mayor número posible de personas participen en alguna medida en la formación de dicho capital: “No ha de perderse de vista que resulta sumamente ventajoso para una sana economía social, que este aumento del capital provenga de fuentes tan numerosas cuanto sea posible. Por consiguiente es deseable que también los obreros puedan participar, mediante el fruto de sus aho­rros, en la constitución del capital nacional” (Pío XII, Discurso a la UNIAPAC , del 7-5-49).
La doctrina social de la Iglesia ha rechazado siempre y con la máxima severidad las ideas y las prácticas que desvirtúan el recto uso del capital, para subordinarlo a la búsqueda egoísta del máximo lucro: “No se ha de tender únicamente en los progresos de la técnica, al máximo posible de ganancia; sino a servirse de los frutos que puedan obtenerse para mejorar las condiciones personales del obre­ro, para hacer su labor menos difícil y menos dura, para fortalecer sus vínculos familiares con el suelo que habita, con el trabajo del cual vive” (Pío XII, Alocución del -13-6-43).
No otro sentido tiene la crítica que la Iglesia ha realizado en for­ma permanente frente a los excesos del liberalismo económico: “El capital ha logrado durante mucho tiempo arrogarse ventajas excesi­vas. El reclamaba para sí la totalidad del producto y del beneficio, dejando apenas a la clase trabajadora algo para rehacer sus fuerzas y poder perpetuarse” {Quadragesimo Anno). En esta condición, el capital se transforma en instrumento de dominio, dando lugar a la violación del orden natural (id.).
Pero la subversión de la función personal y social del capital, tam­bién se opera por la “vía muerta” del socialismo estatizante. Al con­centrarlo todo en manos del Estado -so pretexto de “socializar” los bienes productivos- el sector asalariado se ve menos protegido que nunca; su acceso a la propiedad de una buena parte del capital nacional resulta prácticamente imposible, por cuanto el Estado encarna “a toda la nación” . El estatismo no hace sino reforzar un anonimato irresponsable en la gestión económica por parte de quienes ejercen el poder público.
Un orden de justicia
La formación y el uso del capital nacional ha de realizarse en el pleno respeto de la doble:dimensión (personal y social) que por na­ turaleza le corresponde. Ello requiere ante todo que los poseedores del capital sean efectivamente dueños de sus decisiones económicas, dentro de los límites fijados por el bien común de la sociedad (ver Pío XII, Alocución a UNIAPAC, del 7-5-49).
Para lograrlo es preciso que, en razón de un deber de solidaridad, todos los sectores contribuyan a la formación del capital nacional; de este modo, participarán de su propiedad y de los beneficios que de él provengan.
No ha de olvidarse, empero, que en el delicado equilibrio entre capital y trabajo, es este último quien tiene preeminencia “como expresión inmediata de la persona, frente al capital, que es un bien instrumental, por naturaleza” {Mater et Magistra, n. 107).
Asegurar la preeminencia efectiva del trabajo sobre el capital exige evitar los siguientes peligros: 1) su distribución injusta; 2) el anonimato de su gestión; 3) las pretensiones de dominio sobre el poder político; 4) las inversiones improductivas o contrarias al interés nacional; y 5) la no solidaridad del capital en los riesgos que los sectores productivos deban asumir.
28. LA IGLESIA Y EL CORPORATIVISIMO
Abordamos ahora uno de los puntos más controvertidos y menos conocidos de la doctrina social de la Iglesia: el corporativismo. Mu­chos autores, llevados por su ligereza o sus prejuicios antirreligiosos, han deformado gravemente la concepción cristiana del orden eco­nómico, asimilándolo sin más al corporativismo fascista, como sí la sola mención de un orden profesional corporativo fuera sinónimo de sistema totalitario o algo semejante.
Para aclarar estos equívocos es menester distinguir con toda pre­cisión un corporativismo “vertical” o estatista, por una parte, y la organización profesional de la economía, por la otra.
Ideologías modernas
Es de sobra conocida la nefasta influencia que el individualismo liberal tuvo en la conformación de la economía denominada “capi­talista” . A ella nos hemos referido en otra oportunidad y sus excesos han quedado definitivamente enunciados y condenados ante la pos­teridad en la encuesta Villermé de 1840.
No obstante, resulta importante reflexionar sobre su consecuencia más grave en materia social y económica: la atomización de la socie­dad en un conglomerado inorgánico y material de individuos total­mente desvinculados los unos de los otros, incapaces de hacer valer sus más elementales y legítimos intereses frente a los abusos de una burguesía que logró someter el poder político a sus intereses económicos.
La condenación que Rousseau emitiera en su Contrato Social contra las antiguas corporaciones y artesanías y oficios, fue traducida en los hechos por el Edicto de Turgot de 1776, por el cual se supri­mían las maestranzas y las jurandas sin indemnización alguna, afir­mando que las reglamentaciones profesionales constituían otros tan­tos avasallamientos a la libertad individual: “la fuente del mal reside en la facultad acordada a los artesanos de un mismo oficio de reunir­se y asociarse en cuerpos” . En 1791, el Decreto de Allarde enuncia el principio del libre ejercicio de cualquier actividad u oficio y, dos meses más tarde, la Ley Chapelier consuma la maniobra dispo­niendo en su artículo 10: “Siendo la aniquilación de toda especie de ciudadanos del mismo estado o profesión una de las bases funda­mentales de la constitución francesa, queda terminantemente pro­hibido restablecerlas bajo cualquier pretexto y sea cual fuere la for­ma que se adoptare.” En su artículo 2 prohíbe a los ciudadanos de igual estado o profesión deliberar o reglamentar acerca de sus “pre­tendidos intereses comunes”... Jamás se insistirá con suficiente vehe­mencia acerca de la radical inmoralidad de esta ley, convertida en dogma político de Occidente por más de un siglo.
Por otra parte, las reacciones de tipo socialista y, muy especial­mente, marxista, reaccionaron apasionadamente contra las conse­cuencias del individualismo, sin atinar a ver la gravedad de sus causas. De ahí que adhirieron por otras razones al pragmatismo materialista de aquél y se negaron a reconstruir lo que la Revolución destruyera, los grupos y cuerpos intermedios, para facilitar el dominio y la omnipresencia del Estado en todos los ámbitos de la vida nacional.
Tampoco aportaron ninguna solución las experiencias más re­cientes del nazismo y del fascismo, movimientos ambos de origen netamente socialista. Ambos trataron de encuadrar la actividad obre­ra dentro de organizaciones creadas y digitadas por el Estado, confi­gurando ambas experiencias meras variantes del esquema marxista básico. El matiz consiste en crear un corporativismo vertical, que es lo contrario de lo que la doctrina social cristiana ha considerado siempre como la verdadera solución de la cuestión social.
Es precisamente por esta semejanza puramente externa entre la concepción cristiana y la concepción fascista, que todos los sectores liberales rechazan sin conocer a la primera, identificándola arbitraria­ mente con el fascismo..
Concepción cristiana del orden profesional
La organización profesional de la economía es la tesis central de la doctrina cristiana en el orden económico. En ella se superan y rectifican los errores, tanto del liberalismo atomizador como de los estatismos masificantes.
Esta concepción parte de la persona humana como ser racional, libre y responsable, verdadera imagen de Dios y centro de la crea­ción material. Todo el dinamismo económico debe estar al servicio de la persona, pues no constituye sino un medio para que aquélla logre su plenitud personal y social. Para ello los hombres se agrupan en instituciones y asociaciones de todo tipo, mediante las cuales tratan de realizar progresivamente fines que sírvan a la perfección de sus integrantes. Son estos fines perfectivos los que constituyen la razón de ser de la acción comunitaria de todos los distintos grupos intermedios existentes entre las familias y el Estado, como supremo gestor del bien común de la sociedad política.
En esta actividad múltiple que coordina los esfuerzos de innume­rables individuos, existen intereses egoístas -fruto de la debilidad y mezquindad de los hombres- y fines legítimos. El ordenamiento social debe darse de tal manera que los primeros sean limitados en beneficio y respeto de estos últimos. En el plano económico, los in­ereses egoístas individuales o de grupo aparecen constantemente en juego; esto explica el surgimiento de la cuestión social que enfren­tó a patrones y asalariados como si fuesen grupos por definición hostiles. La dialéctica de clases en pugna no es ni podrá ser nunca fundamento para la paz y concordia sociales. En contra de ella, precisamente, se formula la concepción cristiana del orden económico, que integra todos los sectores en juego, armonizando y respetando sus derechos esenciales, al servicio del bien común nacional.
La organización profesional de la economía ha de respetar ple­namente el principio de subsidiaridad formulado por Pío XI en Quadragesimo Anno y retomado literalmente por Juan XXIII en Mater et Magistra y en documentos oficiales posteriores como Gaudium et Spes de Vaticano II y Populorum Progressio de Pablo VI, en una formulación más abreviada. Este principio exige que todo el orden social y económico se edifique desde abajo hacia arriba, como todas las realidades vivientes. Solo así podrá respetarse en los hechos la iniciativa, la creación y la responsabilidad de las personas y los gru­pos. Proceder a la inversa sería caer en los errores comprobados del estatismo comunista o, al menos, en uno de tipo fascista. La vi­da social no puede ser “fabricada” a golpes de decretos más o me­nos arbitrarios, ni siquiera para “forzar” la pronta instauración de un orden más sano.
Evolución de la doctrina
La ordenación profesional por ramas de la producción ha sido una tesis permanente de toda la elaboración de la doctrina pontifi­cia, desde León XIII hasta la fecha.
En Rerum Nouarum, León XIII contrapone a los excesos del in­dividualismo la organización de los gremios medievales, con sus talleres y corporaciones, mostrando cómo se dio en los hechos un mayor equilibrio en la distribución de la riqueza, pese a todas las limitaciones de la época.
Pero es Quadragésimo Anno el documento central en esta mate­ria, por cuanto expone los principios arquitectónicos del orden socio­ económico según los valores cristianos. Así como subraya la idea de subsidiaridad, el núcleo del documento expone lo relativo al or­den profesional corporativo, cómo han de integrarse en el seno de la misma rama de producción los sindicatos obreros y las uniones patronales, en la protección de los comunes intereses, y gozando de un estatuto de derecho público.
Con posterioridad, Pío XII? ante una Europa en crisis y en los albores de una reconstrucción social, multiplica en numerosos docu­mentos la enseñanza de Pío XI sobre el orden profesional, señalando que es el principio clave de la economía (Alocución del 7-5-49). .
A partir de Juan XXIII, los documentos dejan de lado la conflic­tiva fórmula de “corporación” para salvar el principio mismo, como atestiguan varios pasajes de Mater et Magistra en que se refiere al orden profesional y a la necesidad de los cuerpos intermedios. Lo mismo hacen Gaudium ét Spes y Pablo VI en varios documentos muy recientes. No hay, pues, modificación de la doctrina sino tan sólo un leve cambio en su formulación.
29. LOS ORGANISMOS INTERPROFESIONALES
Hemos señalado con anterioridad que la organización profesional de la economía constituye el principio clave del pensamiento cristia­no en materia económica. No habrá, por lo tanto, verdadera solu­ción de fondo a la “cuestión social” de nuestro tiempo hasta tanto dicho ordenamiento sea instaurado en el seno de las sociedades políticas. Para completar lo ya explicado, debemos considerar la articulación de las diversas organizaciones profesionales entre sí.
Del sindicato a la profesión
La dinámica propia del orden económico requiere, para el respe­to de los principios de justicia, la participación articulada, orgánica y responsable de todos los grupos que concurren al esfuerzo produc­tivo nacional.
Claro está que el requisito esencial para que tal articulación sea viable y duradera, reside en la participación según la propia compe­tencia de cada persona o sector. De acuerdo con la doctrina clásica sobre la llamada justicia distributiva, la recta participación depende directamente de las aptitudes, las cualidades, las competencias y las responsabilidades que concretamente posea o deba asumir cada uno. De lo contrario, se oscilará permanentemente entre las “cons­trucciones” utópicas y las “facilidades” de la demagogia; nuestro tiem­po exhibe innumerables ejemplos de esta oscilación permanente.
En la disgregación o atomización social que las modernas so­ciedades han heredado de la ideología liberal, sólo ha dejado existir hasta la fecha una institución defensora de intereses en lo económi­co: sindicato, tanto obrero como patronal, pero sindicato al fin, aun cuando este último prefiera recurrir a otras “etiquetas” . Como se verá oportunamente, la organización sindical no basta de suyo para remediar el gran desencuentro de nuestra.época: la dialéctica social obrero-patronal.
Surgidos de un clima de “lucha de clases” , los sindicatos moder­nos han mantenido casi siempre una actitud “reivíndicativa” frente al sector empresario, mientras este último, por su parte, se organizó para defenderse de tales reivindicaciones. Esta estrechez de miras dificulta la integración y defensa de los legítimos intereses de ambas partes. De ahí la necesidad imperiosa de elaborar un orden profesio­nal, en el cual tanto patrones como obreros se vinculen en forma estable para proteger sus ¡intereses comunes: “Las corporaciones se constituyen por representantes de los sindicatos de obreros y patro­nos del mismo oficio o profesión y, en cuanto verdaderos y propios órganos e instituciones del Estado, dirigen y coordinan los sindicatos en las cosas de interés común” (Quadragesimo Anno, n. 93).
El ordenamiento de las profesiones ha de establecerse a iniciativa de los propios interesados, en cada una de las ramas de la produc­ción. Así, por ejemplo, en toda sociedad se dan tres sectores princi­pales: producción agropecuaria, producción industrial y el sector terciario o de servicios. Pero dentro de cada uno de ellos existen distintas ramas de producción. Por ejemplo, el sector agrícola se divi­de en vitivinicultura, cereales, ganadería, frutas y legumbres, bos­ques, etc. En el sector manufacturero existen las ramas metalúrgica, textil, petrolera, etc. En el seno de cada una han de unirse todos los grupos que participan en las mismas: “Perfecta curación no se obtendrá sino cuando, quitada de en medio esa lucha (de clases), se formen miembros del cuerpo social bien organizados, es decir, órdenes o profesiones en que se unan los hombres, no según el cargo que tienen en el mercado de trabajo, sino según las diversas funciones sociales que cada uno ejercita” (idem, n. 83).
De la profesión a la interprofesión
De modo similar a la admirable y compleja estructura del orga­nismo humano, el ordenamiento social supone una pluralidad de niveles e instituciones. Así como las células se agrupan en tejidos y éstos en órganos, y éstos a su vez en aparatos, así también el cuerpo social requiere que los sindicatos de los diversos oficios se inserten en las profesiones y que cada una de éstas se agrupe en organismos interprofesionales: “El orden, como dice egregiamente el doctor An­gélico, es la unidad resultante de la conveniente disposición de mu­chas cosas: por esto el verdadero y genuino orden social requiere que los diversos miembros de la sociedad se junten en uno con al­gún vínculo firme. Esta fuerza de cohesión se encuentra, ya en los mismos bienes que se han de producir u obligaciones que se han de cumplir, en lo cual de común acuerdo trabajan patronos y obre­ros de una misma profesión, ya en aquel bien común a que todas las profesiones juntas, según sus fuerzas, amigablemente deben concurrir. Esta unión será tanto más fuerte y eficaz, cuanto con ma­yor fidelidad cada uno y cada una de las agrupaciones tengan em­peño en ejercer su profesión y sobresalir en ella” (id., n. 84).
Cada profesión ha de contar con un triple grado de organismos corporativos: local, regional y nacional, jerárquicamente dispuestos. Su composición, por regla general, será mixta y paritaria, pero podrá variar según la naturaleza de cada profesión. Dichos consejos serán instituciones públicas no-estatales, con poder reglamentario y jurisdiccional sobre los miembros.
En cada uno de los niveles señalados han de existir también or­ganismos interprofesionales, cuya función esencial consistirá en la regulación de las mutuas relaciones. Así surgirán los consejos econó­ micos locales, regionales y, por último, el Consejo Nacional de las profesiones. Cada uno de estos Consejos debe representar el conjun­to de los intereses propios de su jurisdicción y sirve de nexo, a la vez que de contrapeso, entre los intereses a veces contrapuestos de las diversas profesiones. Así, por ejemplo, si la profesión petrolera desea elevar el precio del gasoil, todos los demás sectores velarán sobre la justicia de tal medida que afectaría el nivel de precios de sus propios productos.
Los organismos interprofesionales resultan, pues, indispensables para balancear los intereses en conflicto. Por otra parte, como cada sector profesional, a la vez que es productor de ciertos bienes o servicios es consumidor de los productos y servicios de los demás sectores, al reunirse en el seno de una institución común, se logra una efectiva protección de los derechos de los consumidores. Sin la organización profesional e interprofesional, tal protección resulta muy problemática, como la experiencia lo demuestra.
Orden profesional y orden político
Por último, cabe hacer referencia a dos aspectos importantes re­lativos al ordenamiento profesional de la economía: el carácter po­lítico o apolítico de los consejos profesionales y la función del Estado con relación a las profesiones.
Con relación al carácter político o no de los consejos profesio­nales, especialmente del Consejo Nacional, existen dos variantes principales que deben ser estudiadas atentamente para cada nación: 1) la organización profesional reviste sólo un carácter de organismo consultivo, independiente del gobierno político; o 2) la organización profesional culmina insertándose como poder legislativo (Cámara, etc.) del propio Estado (caso de Portugal). Ambas soluciones son legítimas en doctrina y deben ser establecidas en cada caso, pruden­cialmente.
Respecto de la función del Estado con relación al orden profe­sional, cabe señalar que, en su carácter de gestor del orden piúblico de convivencia, compete al Estado cristalizar en fórmulas jurídicas adaptadas al contexto social las instituciones básicas que el país re­quiere para su normal desenvolvimiento. Esto ha de ser realizado sin caer en la tentación fácil de pretender forzar la realidad a fuerza de decretos... Nada puede reemplazar la lenta maduración de gru­pos dirigentes en todos los sectores sociales, conscientes del bien común que los une y decididos a realizarlo comunitariamente. El orden profesional no se improvisa ni se urge arbitrariamente. El or­den jurídico debe plasmar en textos las aspiraciones más legítimas de los diversos sectores. Ello supone un gran esfuerzo de “pedagogía política” que disipe dudas, señale ventajas, muestre las posibles difi­cultades con sinceridad y confianza. Solo así se logrará vencer las naturales resistencias que toda transformación de fondo despierta inevitablemente.