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Título: Grave vacilación del Superior de Distrito de la FSSPX, el P. Christian Bouchacourt: ¿Los judíos no son deicidas?
Autor: Alejandro Villarreal
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El día 1 de diciembre el diario argentino El Clarín
publicó una entrevista al Superior General del Distrito de América del
Sur, el Padre Christian Bouchacourt. En esta entrevista destaca una
afirmación de este sacerdote que muestra una vacilación preocupante
acerca de la responsabilidad de los judíos en la muerte de N.S.
Jesucristo, lo que siempre se conoció como el deicidio. Esta es la
pregunta hecha por El Clarín y la respuesta del sacerdote (http://www.clarin.com/edicion-impresa/Fraternidad-San-Pio-catolicos-Francisco_0_1039696144.html):
Clarín: -¿Usted defiende el deicidio, que imputaba a los judíos la muerte de Jesús, como era la visión de la Santa Sede antes del Concilio?P. Bouchacourt: -El pueblo judío no cometió el deicidio. Creo que la religión judía no aceptó a nuestro Señor como el Redentor y pidió la muerte de nuestro Señor.
La respuesta parece contradictoria, pero
en realidad es equívoca y errónea, quizás demasiado influenciada por las
nuevas ideas eclesiásticas que desean minimizar la responsabilidad de
los judíos en este tema y por lo tanto, el buscar cada vez menos su
conversión. Digo que parece contradictoria porque el P. Bouchacourt
primero dice: El prueblo judío no cometió el deicidio. Y en seguida agrega: Creo que la religión judía no aceptó a nuestro Señor como el Redentor y pidió la muerte de nuestro Señor. El P. Bouchacourt hace una distinción entre el pueblo judío y la religión judía,
diciendo que sólo la religión judía (de ese tiempo) habría cometido el
deicidio (N.S. Jesucristo es Dios y por lo tanto quien lo mató comete
deicidio), pero, ¿esto es verdad? Si nos atenemos al registro de los
hechos bíblicos de la Pasíon y Muerte de N.S. Jesucristo, bien podríamos
decir que no todo el pueblo judío quiso la muerte del Salvador, ahí
está la Sma. Virgen María, los apóstoles, Simón de Cirene y todos los
que no se dejaron arrastrar por las instigaciones de la cúpula
sacerdotal judía de ese tiempo. Pero, ¿podríamos decir con propiedad que
la religión judía fue la que no aceptó a N.S. Jesucristo y que
fue la que buscó su muerte? No. ¿Acaso Nuestro Señor no les reprochó a
los príncipes de los judíos que precisamente ellos no seguían esa
religión a pesar de haberla heredado de los primeros patriarcas?
(énfasis añadido):
¿No es Moisés el que os dio la Ley? Y ninguno de vosotros cumple la Ley. ¿Por qué queréis matarme? (Jn. VII,19)Yo hablo lo que he visto donde mi Padre; y vosotros hacéis lo que ha béis oído donde vuestro padre.» Ellos le respondieron: «Nuestro padre es Abraham.» Jesús les dice: «Si sois hijos de Abraham, haced las obras de Abraham. Pero tratáis de matarme, a mí que os he dicho la verdad que oí de Dios. Eso no lo hizo Abraham . Vosotros hacéis las obras de vuestro padre.» Ellos le dijeron: «Nosotros no hemos nacido de la prostitución; no tenemos más padre que a Dios.» Jesús les respondió: «Si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais a mí, porque yo he salido y vengo de Dios ; no he venido por mi cuenta, sino que él me ha enviado. ¿Por qué no reconocéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi Palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Este era homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira. Pero a mí, como os digo la verdad, no me creéis. ¿Quién de vosotros puede probar que soy pecador? Si digo la verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios, escucha las palabras de Dios; vosotros no las escucháis, porque no sois de Dios. (Jn. VIII,38-47)
¿Acaso no es la religión judía de los
tiempos anteriores a N.S. Jesucristo la que anunció largamente su
venida? Entonces no es que la religión judía fuera la que mandara la
muerte del Señor, más bien fue la ceguedad de los príncipes judíos los
que corrompían esta religión, esta Ley dada a Moisés, esta Revelación
divina, y por ello fueron incapaces de reconocer al Mesías. Pero el
asunto no queda aquí, el ejemplo bíblico no tiende a reducir o a
minimizar la responsabilidad del deicidio hacia un grupúsculo de judíos
en la cúpula sacerdotal en un tiempo determinado, sino que lo extiende a
todos aquellos que si bien no buscaron unirse directamente a Anás y
Caifás en sus instigaciones, se han quedado en cierta pasividad, porque
quienes reconocieron en este acto una injusticia de hecho se hicieron
cristianos, ellos fueron los primeros cristianos, no se quedaron en ese
carcarón vacío y ahora inexistente que es la “religión” judía, pues una
vez que la Iglesia católica entra en funciones, lo que debía perdurar de
esta religión judía pasa a la Iglesia católica, la absorbe. San Pedro
dice lo siguiente a los varones israelitas, notando que él no hace
distinciones de ninguna clase y se dirige a todos ellos, que tienen en
común que no se han convertido al cristianismo porque precisamente es
esto lo que les pide él como parte de lo que debe hacerse para
resarcirse con Dios ante ese grave acontecimiento del deicido (énfasis
añadido):
«Israelitas, ¿por qué os admiráis de esto, o por qué nos miráis fijamente, como si por nuestro poder o piedad hubiéramos hecho caminar a éste? El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, a quien vosotros entregasteis y de quien renegasteis ante Pilato, cuando éste estaba resuelto a ponerle en libertad. Vosotros renegasteis del Santo y del Justo, y pedisteis que se os hiciera gracia de un asesino, y matasteis al Jefe que lleva a la Vida… (Hch. III,12-15)«Israelitas, escuchad estas palabras: A Jesús, el Nazoreo, hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por su medio entre vosotros, como vosotros mismos sabéis, a éste, que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros le matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos… «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado.» Al oír esto, dijeron con el corazón compungido a Pedro y a los demás apóstoles: «¿Qué hemos de hacer, hermanos?» Pedro les contestó: «Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo; pues la Promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos , para cuantos llame el Señor Dios nuestro.» Con otras muchas palabras les conjuraba y les exhortaba: «Salvaos de esta generación perversa.» Los que acogieron su Palabra fueron bautizados. Aquel día se les unieron unas 3.000 almas. (Hch. II,29-40)
Por su parte, San Pablo nos dice lo siguiente (énfasis añadido):
Sin embargo, hablamos de sabiduría entre los perfectos, pero no de sabiduría de este mundo ni de los príncipes de este mundo, abocados a la ruina; sino que hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra, desconocida de todos los príncipes de este mundo – pues de haberla conocido no hubieran crucificado al Señor de la Gloria. (1Cor. II,6-8)
San Pablo extiende esta responsabilidad a
todo el mundo incrédulo que prefiere seguir sus designios o sus
creencias paganas que escuchar la Revelación divina (cf. Jn. VIII,24 “Ya os he dicho que moriréis en vuestros pecados, porque si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados.“).
Bien podríamos decir entonces que esta responsabilidad, lejos de
encojerse a una época y un pequeño grupo, se extiende a todas las épocas
y todos los grupos que siguen negando la divinidad de N.S. Jesucristo,
aliándose con lo que Él mismo llamó la Sinagoga de Satanás, de la misma
forma en que Pilatos se prestó a las jugarretas de los sacerdotes judíos
sabiendo que eran injustas.
En resumen, el P. Bouchacourt vacila
gravemente al quitar responsabilidad a los judíos, por medio de un juego
de palabras, y comete un error al culpar a la religión judía
de los tiempos de N.S. Jesucristo, aún cuando San Pedro nos dice que
esta responsabilidad se extiende a todos los judíos que no se han
convertido y San Pablo nos dice que es todo aquel incrédulo que
privilegia la sabiduría mundana y rechaza los designios de Dios, de la
misma manera que rechazaron los sacerdotes judíos al Mesías, cuidando
sus propios intereses. Esperemos que haya una apropiada rectificación de
lo dicho en esta entrevista, pues es de los sacerdotes de la
Fraternidad de quienes menos esperaríamos ambigüedades y errores, y de
quienes esperaríamos que privilegiaran la defensa de la Verdad aún
cuando les cueste restar popularidad entre los medios del enemigo o
entre los hombres de la Iglesia que se prestan activamente a ese
amiguismo cómplice con los judíos de hoy o que no lo ven mal. ¿O se
quedarán cruzados de brazos, con orgullo farisaico, mientras buenos
sacerdotes formados por ellos siguen abandonando la Fraternidad por
causa de estos errores fundamentales que hasta un laico puede ver?
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