EL ESTADO DEBE SER RELIGIOSO Y CATOLICO
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«Todos
habéis de estar sometidos a las autoridades superiores, que no hay
autoridad sino por Dios, y las que hay, por Dios han sido ordenadas, de
suerte que quien resiste a la autoridad, resiste a la disposición de
Dios, y los que la resisten se atraen sobre sí la condenación» (Rom 13, 1-2).
La
sociedad y el Estado deben ser, en cuanto tales, religiosos y
católicos. Esta verdad ya se ha perdido en todo el mundo. Dios ha dado
al Estado el Poder y, en consecuencia, el Estado tiene el deber de
reconocer y reverenciar al verdadero Dios, Uno y Trino, y a la religión
verdadera, que es la Iglesia Católica: «Así como no es lícito a
nadie descuidar los propios deberes para con Dios, el mayor de los
cuales es abrazar con el corazón y con las obras la religión, no la que
cada uno prefiera, sino la que Dios manda y consta por argumentos
ciertos e irrevocables como única y verdadera, de la misma manera los
Estados no pueden obrar, sin incurrir en pecado, como si Dios no
existiese, ni rechazar la religión como cosa extraña e inútil, ni
pueden, por último, elegir indiferentemente una religión entre tantas» (León XIII – Inmortale Dei)
No hay autoridad sino por Dios:
el hombre no tiene poder en sí mismo, en su naturaleza humana. Tiene un
poder dependiente del Poder Divino, que emana de Él. Está subordinado a
la Autoridad de Dios. Todo hombre que quiera gobernar, que quiera
ejercer un poder, una autoridad entre los hombres, tiene que saber que
cualquier autoridad por Dios ha sido ordenada. El poder
de los demonios viene de Dios; el poder de los hombres, buenos y
malos, viene de Dios; cualquier gobierno procede del orden divino.
Y hay que saber comprender esta procedencia para discernir las diversas autoridades.
El Poder Absoluto sólo está en Dios. Los demás poderes son relativos, son dependientes del Poder de Dios.
Con
el Poder de Dios se obra cualquier bien, divino y humano. Con el poder
de los demonios sólo se puede obrar el mal. Con el poder de los hombres
se obran bienes y males. Y todo bien procede de Dios, es ordenado por
Dios.
En
la Iglesia sólo se posee el Poder de Dios. No se posee el poder humano.
Los poderes humanos emanan de la Autoridad Divina, que el Papa tiene.
Ese Poder Divino en la Iglesia es Absoluto, no relativo. Descansa sobre
un hombre, y lo guía para que ejerza en la Iglesia tres órdenes
distintos: enseñar la Verdad, guiar en la Verdad, santificar con la
Verdad.
En
el mundo sólo se posee el poder humano, nunca el poder divino. Ese
poder humano depende, en todo, del Poder de Dios. Está sometido a ese
Poder. Y, por tanto, su fin humano-temporal está subordinado al fin
divino sobrenatural. Y, por tanto, en el Estado hay una vida religiosa,
hay unos fines espirituales, hay un camino en la verdad: «La
justicia y la razón prohíben, por tanto, el ateísmo del Estado, o, lo
que equivaldría al ateísmo, el indiferentismo del Estado en materia
religiosa y la igualdad jurídica indiscriminada de todas las religiones»
(León XIII – Libertas)
Dios
creó al demonio con una libertad dependiente de la divina. El demonio
pecó con su libertad, y obra el mal con ella. Obra con el poder de su
libertad. Obra para hacer el mal. No puede, con ese poder, hacer ningún
bien. Es el Misterio del Mal.
La
libertad es un poder, es algo más que una elección hacia el mal o hacia
el bien. Se obra un mal o un bien porque se puede. Hay un poder. Y se
obra, ese bien o ese mal, con la voluntad de la criatura. En la voluntad
está la elección hacia el bien o hacia el mal. Pero en la libertad está
el poder.
Dios ha hecho libres a los hombres: eso es un poder, una autoridad, un gobierno.
Dios ha dado a los hombres la capacidad de elegir: eso no es un poder, sino una voluntad.
Los
hombres se salvan o se condenan por su voluntad, no por su libertad. No
se es libre para condenarse o salvarse. Se es libre para ejercer una
salvación o una condenación. Se es libre para poner en obra una elección
de la voluntad.
Por
eso, aquellos hombres que sólo miran la libertad como una conquista en
sus vidas, viven de una utopía, de un engaño, de una falsedad. Hoy los
hombres quieren ser libres, pero no quieren decidir nada en sus vidas:
eso es la utopía, la fábula que muchos hombres viven.
Si
el hombre, primero, no decide un bien o un mal, no puede ejercer su
libertad, su poder. Se quiere ser libre porque el pensamiento busca una
razón para ser libre: se vive la idea de la libertad, pero no se es
libre.
Muchos
hombres luchan por una idea del bien, pero no son buenos. Otros, por
una idea del mal, pero tampoco son malos. Otros por una idea de la vida,
pero no saben vivirla. Otros por una idea de la sociedad, pero no saben
ser sociables.
Porque
la libertad no está en la razón del hombre. La mente del hombre no es
libre. No está hecha para la libertad. Es lo que muchos hombres no
comprenden. La mente del hombre está hecha para la Verdad, para
conquistar la Verdad, para llegar a la Verdad. La razón no descansa, en
su juicio, hasta que no tenga la Verdad Plena. Por eso, en la vida de
todo hombre no puede haber rutinas, descansos en la mentira,
entretenimientos en filosofías que no llevan a nada. En la vida de los
hombres tiene que existir siempre la búsqueda de la Verdad, porque no es
el hombre el que posee la Verdad, sino que es la Verdad la que posee al
hombre: «Ciertamente, no somos nosotros quienes poseemos la
verdad, es ella la que nos posee a nosotros: Cristo, que es la Verdad,
nos ha tomado de la mano, y sabemos que nos tiene firmemente de su mano
en el camino de nuestra búsqueda apasionada del conocimiento» (S. S. Benedicto XVI – Discurso a la Curia Romana con motivo de la Navidad 2012 – 21 de diciembre del 2012).
El
hombre soberbio nunca es poseído por la Verdad, porque está dando
vueltas a su mente humana, y llama a sus ideas como verdaderas: descansa
en sus ideas. Ya no lucha por la Verdad. Ya no vive caminando tras la
Verdad. Ya no le interesa conocer la Verdad.
La Verdad es para la razón del hombre. Y conseguir la Verdad hace al hombre libre: «y conoceréis la Verdad, y la Verdad os librará»
(Jn 8, 32). En la Verdad, el hombre tiene poder, autoridad, gobierno.
En la mentira, el hombre no tiene ninguna autoridad sobre los otros
hombres.
El
demonio, en su mente, es mentira. Con su mente no es capaz de alcanzar
ninguna verdad. La verdad no puede poseer al demonio. El demonio no es
libre porque no tiene verdad: «él es mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8, 44g). El demonio eligió la mentira para su vida: «no se mantuvo en la verdad». Con su razón vio la verdad; con su voluntad, escogió la mentira. Y, con su libertad, obra la mentira: «él es homicida desde el principio»
(v. 44c). Su obra es la muerte. Su poder es para la muerte. Gobierna la
muerte, el infierno. Su poder no proviene de la Verdad. No es un poder
que le hace libre, que le libra de la mentira, del pecado. Es un poder
que le esclaviza a su mentira, a su mismo infierno, que es su mismo
pecado. Es un poder relativo a su mentira, dependiente de su mentira,
que incluye su misma mentira.
Sólo
el Poder que nace de la Verdad, del conocimiento de la Verdad, es libre
de manera absoluta. El que dice la Verdad habla con autoridad. El que
dice la mentira no tiene autoridad en su palabra. El que dice la Verdad
todos le siguen: «y las ovejas le siguen, porque conocen su voz»
(Jn 10, 4b). Es una voz que habla con autoridad, con poder, con
libertad, porque es Verdadera. Pero el que dice la mentira nadie le
sigue: «porque no conocen la voz de los extraños» (Jn
10, 5b). Nadie, que esté en la Verdad, puede seguir a un mentiroso. El
que no esté en la Verdad es el que sigue al mentiroso.
En la vida de los hombres hay tres cosas:
1. Razón: que busca siempre la Verdad;
2. Voluntad: que elige siempre un camino;
3. Libertad: que obra siempre el camino elegido.
Quien,
con su razón no busca la Verdad, sino que la rechaza, como el demonio,
elige automáticamente el camino de la mentira. Y, por tanto, obra
libremente su mentira. Obra con un poder mentiroso, para engañar, para
crear falsedades. Ese poder de la mentira no es libre, pero es ejercido
con la libertad de la persona. La persona es libre, pero es esclava de
su mentira, de su pecado. Es libre para vivir su pecado. Y lo que le
condena no es su libertad, sino la elección de su pecado. En su pecado,
gobierna con su mentira y para su mentira. Hace de su pecado la vida
para otros muchos. Por eso, la maldad de mucha Jerarquía que no se pone
en la Verdad, que no conoce la Verdad, que no habla con la Verdad:
gobierna con la mentira en la Iglesia. El Poder, que reciben de Dios, lo
usan para la mentira, para establecer una iglesia que no es la de
Cristo: eso es una abominación.
El
hombre es sociable y, por tanto, el hombre crea comunidad de hombres.
El hombre, al ser sociable, es libre: obra, con su libertad, aquello que
ha escogido con su voluntad. Y lo obra en sociedad. Y, por tanto, lo
obra para todos los demás hombres. No lo obra sólo para él mismo, sino
para los demás.
Dios
puso al hombre una obra sociable con la mujer en el Paraíso. Y el
hombre escogió su pecado, para caminar, con su libertad, en contra de la
obra de Dios. El hombre, en su pecado, hizo una sociedad maldita. Y,
por eso, Dios tuvo que mandar un castigo. Esa sociedad maldita no venía
de Dios, pero el hombre la gobernaba con su pecado. El hombre tenía
autoridad en esa sociedad maldita. Un poder humano. No la gobernaba con
un poder divino porque no escogió el plan de Dios, la sociedad que Dios
quería con la mujer. Y esa autoridad humana de Adán, en su pecado,
provenía de Dios, era ordenada por Dios. Porque Dios ha puesto en el
hombre tres órdenes: razón, voluntad y libertad. Pero lo que Adán constituyó, con su pecado, no era agradable a Dios. Y Dios, con su Poder Divino, machacó el poder del hombre.
Dios
todo lo gobierna y, por tanto, pone al hombre, en su libertad, un fin
sobrenatural. Dios hace al hombre sociable y le da un fin sobrenatural
en esa sociedad. Y, por eso, el Estado tiene un fin sobrenatural. Este
fin tiene que seguirlo el hombre. El Estado no puede legislar en contra
de Dios, porque posee este fin, desde el principio de la creación del
hombre. Cuando el Estado legisla en contra de Dios, entonces él mismo se
hace maldito. Y viene el castigo divino por esa maldición que el hombre
ha creado con su pecado.
El
Estado no puede poner leyes que vayan en contra de la verdadera
religión y del culto al verdadero Dios. Eso sería una aberración. Y, por
eso, decía Pío XII: «Ante todo es preciso afirmar claramente
que ninguna autoridad humana, ningún Estado, ninguna Comunidad de
Estados, sea el que sea su carácter religioso, pueden dar un mandato
positivo o una positiva autorización de enseñar o de hacer lo que sería
contrario a la verdad religiosa o al bien moral. Un mandato o una
autorización de este género no tendrían fuerza obligatoria y quedarían
sin valor. Ninguna autoridad podría darlos porque es contra la
naturaleza obligar al espíritu y a la voluntad del hombre al error y al
mal o a considerar al uno y al otro como indiferentes. Ni siquiera Dios
podría dar un mandato positivo o una positiva autorización de tal clase,
porque estaría en contradicción con su absoluta veracidad y santidad» (6.XII.1953).
Esta
Verdad se ha perdido claramente, en la Iglesia y en el mundo. Hoy
tenemos Estados malditos, laicos, lleno de hombres que viven sus pecados
y que obran sólo para hacer el mal que conciben con sus inteligencias
humanas. Sus mentes ya no conquistan la Verdad, sino la mentira. Sus
mentes se dan culto a sí mismas y, por eso, ponen leyes en contra de las
leyes divinas, morales, naturales. La Ley Eterna no existe en muchos
Estados del mundo. Existen las leyes humanas, preceptos humanos, que es
el origen de muchos males que los hombres, después, no saben
solucionarlos.
Si
el Estado ya no es religioso ni católico, entonces no puede darse la
Verdad. No puede existir una Autoridad verdadera. Los hombres, en los
gobiernos del mundo, son guiados en la mentira y para condenarse. Sólo
los hombres que permanecen en la Verdad, pueden oponerse a los Estados
mentirosos, a los gobiernos que dictan leyes en contra de Dios. Por eso,
no es fácil vivir en este mundo de demonios. Es un mundo maldito. Es un
mundo que merece el castigo de Dios por sus muchos pecados.
Si
todo Estado es religioso y católico, entonces tiene el deber y el
derecho de poner leyes en contra de las demás confesiones religiosas,
porque no son la verdadera religión: «Primero: lo que no
responde a la verdad y a la norma moral no tiene objetivamente derecho
alguno ni a la existencia, ni a la propaganda, ni a la acción» (Pío XII – 6.XII.1953).
Pero el Estado no puede forzar a sus ciudadanos a profesar la fe
católica ni obligarles a dar un culto externo a Dios. Y, por eso, se
pueden justificar ciertas leyes que aprueben la existencia de religiones
falsas o cultos falsos. Se tolera o permite el mal por un bien
superior: «Segundo: el no impedirlo por medio de leyes estatales
y de disposiciones coercitivas puede, sin embargo, hallarse justificado
por el interés de un bien superior y más universal.» (Ibidem).
Esta
Verdad, tampoco es seguida hoy día. Y, por eso, en muchos estados, no
sólo se permite el mal, sino que se aprueba, se da validez, se vive para
el pecado. Y no importa ser musulmán, budista, católico, judío, ateo,
homosexual, terrorista, etc. Lo que importa es crear una sociedad
maldita, llena de pecado, de males, de obras para el mal.
El
Estado no tiene el deber ni el derecho de reconocer las demás
religiones ni dioses. Y estas religiones no tienen derechos ante el
Estado. Esta es la consecuencia lógica de la obligación que tiene el
Estado de profesar, fomentar y defender la verdadera religión. Por
eso, hay un principio de la intolerancia, que todo Estado tiene que
seguir:
La
intolerancia es la posición firme ante el bien, sin ceder ante el mal.
Es una actitud negativa ante el mal en razón de una firme actitud ante
el bien.
Hoy ha caído este principio de intolerancia: todos ceden ante el mal. Todos se dedican a hacer el mal en sus gobiernos.
Y si ha caído este principio, también tiene que caer el principio de la tolerancia: «no sea que al querer arrancar la cizaña arranquéis con ella el trigo» (Mt 13, 29).
La
tolerancia es la permisión del mal, en razón de no impedir mayores
bienes o de no provocar mayores males. Se permite el mal para que no se
produzcan otros males o para que no se provocan males mayores. Se
permiten ciertas leyes por un bien superior. Se permite que existan
otras confesiones religiosas para un bien universal, mayor,
sobrenatural. Pero hay que saber legislar esas leyes. Como los hombres,
al no poseer vida espiritual, no saben discernir los pensamientos de los
hombres, entonces tampoco saben poner esas leyes que permitan el mal.
No saben legislar el mal. Y, entonces, se produce la decadencia de la
Verdad: todos los Estados presentan el mal como un bien.
Dios
tuvo que permitir el mal de Adán en el Paraíso. Y lo permitió por un
bien sobrenatural. El Señor permite, en Su Iglesia, muchos males, mucha
cizaña. Y la Jerarquía tiene que saber legislar esos males dentro de la
Iglesia. Si la Jerarquía se pone a ceder ante el mal, pone leyes que
aprueban el mal como un bien, entonces se produce una abominación en la
misma Iglesia.
Y
esto nos lleva a la idea masónica de la fraternidad, de la tolerancia
de los pensamientos y actitudes humanas para que, en el diálogo, se
forme un nuevo orden mundial y una Iglesia universal, que será una
abominación para Dios: es crear un Estado mundial sin Dios, maldito por
los cuatro costados. Sin ninguna referencia a la Verdad. Todo él una
mentira. Será la obra del demonio entre los hombres. Será aquello que no
pudo conseguir por medio de Adán porque el Señor mandó su castigo.
Estamos,
en estos momentos, en el punto final de la maldad. El demonio ha
trabajado, con su poder, para obrar la perfección del Mal. Por eso, es
un tiempo de Justicia. Hay que arrancar la cizaña. Porque, si no se
arranca, el bien divino no puede obrarse.
