HACIA UN NUEVO TEMPLO CON UN NUEVO DIOS
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«El
intento de reunir todas las religiones, aun aquella que adoran a seres
falsos y falaces, con la perspectiva de una unión religiosa mundial para
la defensa de los valores humanos, es vano, peligroso y no conforme al
deseo de mi Corazón Inmaculado.
Esto
puede conducir incluso al aumento de la confusión, a la indiferencia
religiosa y puede hacer aún más difícil la consecución de la verdadera
paz» (P. Gobbi – La misión confiada a la Iglesia – 27 de octubre 1986).
La
Palabra de Dios es muy sencilla de comprender, pero muy difícil de
vivir. Por eso, es fácil que en la vida práctica, la gente viva de
cualquier cosa, menos del dogma, de la doctrina de Cristo.
Nadie hace caso a la Verdad Revelada, que son los dogmas, sino que todos hacen de esa Verdad, su negocio en la Iglesia.
A
nadie le interesa conocer lo que Dios dice en Su Palabra, sino que
todos buscan una razón para interpretarla y decirse a sí mismo que aman
la Palabra y que viven esa Palabra.
El
Evangelio no es la palabra de un hombre, o los escritos de una serie de
hombres, a lo largo de la historia, no es un conjunto de recuerdos
históricos, sino que es la misma Palabra de Dios, que Dios ha revelado a
los hombres. Es el mismo Pensamiento del Padre, que habla por la boca
del Hijo.
Pero,
como a los hombres les gusta pensarlo todo, por eso, les cuesta vivir
de fe. No entienden lo que es vivir la Palabra; pero sí comprenden lo
que es pensar la Palabra.
El
hombre que se acostumbra a pensar en Dios no sabe vivir de Dios. No
encuentra el camino para hacer vida lo que Dios le da en Su Palabra. No
sabe asentir a la Palabra, obedecerla como está escrita. Sólo sabe
acomodarla a su vida humana, a sus intereses humanos, a su manera de
entender a Dios. Y, de esa manera, se comienza la ingratitud contra Dios
y a abusar de todas las gracias.
La
Gracia, Dios la da para que el hombre obre lo divino en lo humano. Si
no se usa la Gracia en Dios, de forma conveniente, entonces el demonio
la usa para un fin demoniaco.
El
hombre, que ha recibido una Gracia y no sabe usarla, es siempre
instrumento del demonio. La Gracia es una inteligencia divina al alma.
Aquel que no viva esa inteligencia divina, vive la inteligencia
demoniaca. Por eso, hay tantas contradicciones entre la Jerarquía, que
se saben el dogma, pero predican otra cosa. Con su inteligencia
sobrenatural, comprenden las Escrituras, pero como no viven esa
inteligencia sobrenatural en sus vidas, sino que sólo la piensan, la
meditan, la trituran, el demonio les pone ideas para torcer la Gracia y,
de esa manera, aparecen todas las herejías y cismas en la Jerarquía.
Por
eso, es siempre la Jerarquía la que trae al mundo entero el castigo
divino. Ellos tienen el Poder para comprender toda la verdad, para
enseñarla y poner un camino de santidad a todos los hombres; pero como
son infieles a la Gracia que han recibido, entonces tenemos lo que vemos
actualmente en la Iglesia: un tonto que se cree dios en su pensamiento
humano, y una Jerarquía que obedece al tonto.
Y
esto es un escándalo para toda la Iglesia y para todo el mundo, que
produce la Justicia Divina: todos viven en sus pecados, porque la
Jerarquía viven en los suyos. Todos pecan y nadie quiere salir de sus
pecados, y se pasan la vida buscando soluciones a todos sus problemas,
sin comprender que el principal problema en sus vidas es su pecado.
Hoy,
en la Iglesia y en el mundo, todo está degenerado y depravado. No
existe ninguna Verdad, sino que los hombres se han hecho maestros para
destruir cualquier verdad. Y esos hombres son tenidos por todos como
grandes hombres, llenos de sabiduría, de ciencia, de poder. Los hombres
se han endurecido en sus pecados y no quieren salir de ellos. Ya no les
interesa. Ya viven para pecar, viven sosteniendo que el pecado es un
valor.
El tercer sello es la tercera guerra mundial: «Miré y vi un caballo negro, y el que lo montaba tenía una balanza en la mano»
(Ap 6, 5). Se mata por interés humano, por negocio. Es decir, por
maldad, buscando un mal, con el fin de conseguir un mal. Todo se pesa,
todo se mide, para conquistar, en la guerra, un proyecto humano, una
obra del hombre, una vida para el hombre en la que Dios no aparece. Y
está a punto de abrirse.
«Todos
reconocemos la importancia de esas palabras. Efectivamente, los
cristianos y los musulmanes son hermanos y hermanas de una única familia
humana, creada por el único Dios» (Mensaje para el final del Ramadán).
Para los autores de este documento, que son el cardenal Jean-Louis
Tauran y el padre Miguel Ángel Ayuso Guixot, los católicos somos
hermanos de gente terrorista, de personas que matan por un ideal
religioso. Y, entonces, en la cabeza de esta Jerarquía, que obedece a
Francisco, hay que hacer una unidad con personas que no aman a nadie,
sino sólo a sus ideales masónicos y marxistas.
«Todos reconocemos la importancia de esas palabras»: las que dijo Francisco, donde los llamó hermanos:
«Desearía dirigir un saludo a los musulmanes de todo el mundo, nuestros
hermanos, que hace poco han celebrado la conclusión del mes del
Ramadán, dedicado de modo especial al ayuno, a la oración y la limosna» (texto).
Ellos, la Jerarquía maldita, es la que reconoce esas palabras y las
tienen como importantes. Para los católicos, esas palabras son una
blasfemia.
Ellos,
recurren a las palabras que dijo Juan Pablo II a los líderes religiosos
musulmanes, en su viaje apostólico a Nigeria, el 14 de febrero de 1982 (texto). Pero allí, el Papa nunca dijo que los cristianos y los musulmanes eran hermanos y hermanas de una única familia, sino «en la fe en el único Dios». Porque los dos creen en un Dios monoteísta, entonces, en ese sentido,
creen en un Dios que es Uno. Después, es la tarea del teólogo discernir
el concepto de unidad que se da entre los católicos y los musulmanes.
Y, en el concepto, los católicos ya no son hermanos ni hermanas de los musulmanes: la fe de ambos sigue un camino opuesto. Pero los dos creen que hay un solo Dios.
Creer
esto no es concluir que pertenecemos a la misma familia humana y que
ésta ha sido creada por Dios, como se expresa en este mensaje. Esto es
decir dos herejías en una frase.
El
Islam nació para matar. Y no tiene otro fin su religión: son adictos a
la muerte. Son almas negras, que llevan en su corazón la muerte.
Dios
no ha creado al Islam. Es el invento del demonio. Dios ha creado las
almas de los hombres, pero los hombres han elegido pertenecer a la
familia del demonio: el Islam. Los católicos no pertenecemos al Islam.
Ni siquiera hacemos una familia humana con ellos. Este es el falso
lenguaje humano, que lleva a la ignorancia más supina: «los cristianos y los musulmanes son hermanos y hermanas de una única familia humana».
Los católicos y los musulmanes pertenecemos a la humanidad, pero no
hacemos familia humana: nadie quiere en su familia humana a una persona
que mata. Todos quieren que esa persona esté en la cárcel o en otro
lugar.
Hay
que saber discernir la pertenencia al género humano, del cual somos
todos los hombres, porque todos tenemos una naturaleza humana; y la
pertenencia a una familia humana. Si no se sabe discernir esto, tan
sencillo, tampoco se sabe discernir la familia espiritual ni la
religiosa.
Por
naturaleza, todos los hombres somos hombres, pero no hermanos: tenemos
una carne y un alma, que obran al unirse la naturaleza humana, el género
humano.
Por
nacimiento, los hombres tienen muchas raíces, una familia, una
generación familiar. Y, tampoco son hermanos en el sentido estricto de
las palabras.
Por
fe, los hombres tienen muchos credos, muchas familias espirituales. Y
habrá unidad en la fe en aquellas cosas en que se cree lo mismo; pero
habrá diversidad en la fe, en el credo diverso, múltiple.
Este
deseo humano de unir a todos los hombres en una familia humana no es la
realidad humana, no es algo objetivo. Es sólo un lenguaje humano para
engañar a las almas. El que tiene las ideas claras, dice las cosas con
la Verdad por delante. Pero el que es malicioso en el hablar, entonces
habla para crear confusión a los demás.
El problema de esta Jerarquía que está en el Vaticano es que aprueba como verdadera el islam: «vamos a demostrar que las religiones pueden ser una fuente de armonía para el beneficio de la sociedad en su conjunto». Este es el grave error.
Nunca la religión musulmana es una fuente de armonía para el mundo, porque viven para matar, para aniquilar el género humano.
Habrá
musulmanes que no sean vengativos, sino que tengan un mínimo de decoro
en la vida humana para no matar al otro. Pero el musulmán que sigue el
Corán vive para matar. Son como Caín: nacido para matar a su hermano.
Adán, en su pecado, creó un monstruo. Así es el Islam: un monstruo que
Mahoma concibió en su mente humana, con el objetivo de oponerse a Cristo
y a Su Iglesia, matando a los hombres.
Por
tanto, no vengan ahora la estúpida Jerarquía de la Iglesia, que la
gobierna usurpándola, con palabritas que no convencen a nadie, sino que
demuestran la herejía y el cisma que se vive en el Vaticano.
En
el vaticano se quiere demostrar que la Iglesia Católica ya no vale para
crear la armonía en el mundo, sino que es necesario recurrir a las
demás religiones. Este es el pensamiento claro en este mensaje, que
viene de Francisco.
En el diálogo «aprendemos
a aceptar a los otros en su modo diferente de ser, de pensar y de
expresarse. De esta forma, podremos asumir juntos el deber de servir a
la justicia y la paz, que deberá convertirse en un criterio básico de
todo intercambio. Un diálogo en el que se busquen la paz social y la
justicia es en sí mismo, más allá de lo meramente pragmático, un
compromiso ético que crea nuevas condiciones sociales» (EG – n.
250). Francisco busca una religión mundial para la defensa de los
valores humanos. Este es el gran peligro. No se busca la religión
mundial para la defensa de los valores divinos, de las leyes divinas, de
la norma de moralidad. Esto nadie lo busca ni lo sabe buscar. Y aquí
está el punto del verdadero ecumenismo, en el que todos quitan sus
pecados, sus errores, sus herejías, sus cismas, y entonces queda una
sola fe, la que Cristo dio a Sus Apóstoles, que es la que enseña la
Iglesia.
Pero
como no se cree en la Iglesia Católica, ni en lo que Cristo ha
enseñado, entonces tenemos a un Francisco que coge las palabras de Juan
Pablo II y las tuerce para su negocio humano.
Para
Francisco todo es crear nuevas condiciones, nuevas estructuras, para la
sociedad, para que los hombres vivan sus ideas, obren sus vidas, de
acuerdo a esas ideas, y crean en el dios que su cabeza humana les diga.
El Señor, en su Palabra, fue muy sencillo: «Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio a todas las criaturas: el que crea y se bautice será salvado».
El Señor no manda ir al mundo para hacer una nueva religión, para
formar un nuevo orden mundial. Sólo manda predicar, anunciar Su Palabra,
no buscar argumentos humanos para crear una nueva sociedad de hombres,
con nuevo templo, para adorar a un nuevo dios.
Quien
no sepa discernir lo que está haciendo Francisco en el Vaticano, es que
no sabe de qué va la película. La película es el cisma en el Vaticano.
La
Iglesia es de Cristo, porque ha nacido de Su Corazón traspasado. Y, por
tanto, la Iglesia no es de ningún hombre, de ningún fiel, de ninguna
Jerarquía. En la Iglesia no hay que inventarse el camino, porque Cristo
es el Camino. No hay que unirse a los judíos ni a los musulmanes para
hacer una oración a Dios pidiendo una absurda paz. En la Iglesia
Católica, para conseguir la Paz, hay que hacer penitencia por nuestros
pecados y los del mundo entero. Lo demás, es el marketing de Francisco y
de todo el Vaticano que lo apoya.
La
Iglesia, que camina con Cristo, tiene que purificarse para que pueda
reflejar en todas partes el mismo esplendor de Jesús Resucitado. Y sólo
en el Reino Glorioso de Cristo se podrá dar la unidad de todos en una
misma fe. Antes, los hombres sólo se empeñan en buscar el milenismo
carnal.
A
Jesús le trae sin cuidado todas las ofertas económicas, todos los
problemas sociales, todas las injusticas que los hombres viven
actualmente.
A
Jesús lo que le importa es que las almas vivan quitando sus pecados.
Eso es todo. Y, en la medida, que el alma luche contra sus tres
principales enemigos: mundo, demonio y carne; entonces ese alma se va
transformando en hija de Dios y puede realizar, en su familia, en su
trabajo, en la sociedad, obras divinas que arrastren a los demás hacia
lo divino.
Pero,
hoy, todo el afán de la Jerarquía está puesto en los hombres. Y hablan
de ellos y viven para ellos y sólo les interesa destruir toda la Iglesia
para hacer su negocio: el milenismo carnal, que da una falsa paz a los
hombres.
La
Paz desciende del Cielo, no viene de los hombres, ni de sus diálogos,
ni de sus ideas, ni de sus obras en el mundo. Los hombres niegan a Dios,
se rebelan contra sus leyes divinas, y han convertido a toda la
humanidad en un desierto, en donde el error ha cerrado las mentes de
muchos a la comprensión de la verdad. Los corazones de los hombres han
quedado endurecidos por el egoísmo y el odio. Y sólo se dedican a
cumplir con la sociedad, pero no con Dios. Y, en ese cumplimiento,
buscan la manera de encontrar una falsa paz sin quitar sus pecados, sus
herejías, sus cismas.
Por
eso, la Iglesia está llamada a sufrir y a darle a la humanidad el
camino de una interior y sangrienta purificación. Todo hombre que
quiera salvarse tiene que pasar por el Gran Aviso. Allí Dios va a poner
las cosas en su sitio. Y aquel hombre que no acepte sus pecados,
entonces va a elegir condenarse para siempre.
Hasta
que el Señor no envíe su castigo a la tierra, no es posible la Paz.
Todos los esfuerzos que hacen los hombres son vanos, peligrosos y en
contra de la Voluntad de Dios.
Estamos
asistiendo a la desmembración de la Iglesia en el Vaticano. Van cayendo
los pilares de la Iglesia; se van quitando muros. Y sólo queda los
cimientos. Y, entonces, se producirá el gran cisma. Ese cisma que nadie
quiere ver, pero que ha comenzado ya en el Vaticano. A todo el mundo le
asusta hablar de una Jerarquía herética, cismática, que apostata de la
fe.
Todos
quieren soñar que las cosas van bien y que tienen solución como antes. Y
ya nada es como el hombre lo conoce. Ya todo es como Dios lo quiere.
Porque Dios ha querido la renuncia del Papa Benedicto XVI para salvar Su
Iglesia de la destrucción de los hombres. Sólo de esa manera, el camino
está libre de toda la cizaña. Y el trigo será el que siga
fructificando, pero sin la maldad de los hombres malos, que sólo están
en la Iglesia con bonitas palabras, con gestos sentimentales, con el
solo fin de condenar almas al infierno.
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