SIN LA OBEDENCIA AL PAPA A UN PAPA TODO ESTA MALDITO EN LA IGLESIA
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«Yo
os digo que Dios lo quiere y así lo tiene mandado: que aunque los
Pastores y el Cristo en la tierra fuesen demonios encarnados y no un
padre bueno y benigno, nos conviene ser súbditos y obedientes a él, no
por sí mismos (no por ellos en cuanto ellos), sino por obediencia a
Dios, como Vicario de Cristo» (Sta. Catalina de Sena – Carta 407, I, 436).
Un
Papa legítimo tiene el Poder de Dios para guiar la Iglesia. Y su pecado
no anula este Poder Divino. Y aunque sea un demonio encarnado, sigue
teniendo la Autoridad en la Iglesia; y, por tanto, hay que obedecer, hay
que someterse a Su Pontificado en la Iglesia. Y hay que dar obediencia
por ser el Vicario de Cristo, no porque sea un hombre que tiene un
pecado o porque sea santo.
A
todos aquellos que critican a todos los Papas: Juan XXIII, Pablo VI,
Juan Pablo I, Juan Pablo II, Benedicto XVI, y no los obedecen, están
fuera de la Iglesia Católica. Se obedece a un Papa porque tiene la
Autoridad de Dios, por obediencia a Dios que ha puesto -en ese hombre-
Su Poder, Su Autoridad Divina. No se obedece a un Papa porque se sienta
en la Silla de Pedro. Sentarse en el Trono de Dios no es un honor sino
un Poder Divino, una Gracia que trae consigo, para toda la Iglesia, la
bendición de Dios.
Por
lo tanto, no se puede obedecer a un hombre, que se llame Papa y no
tenga esa Autoridad Divina, como es Francisco. Francisco es una
maldición para toda la Iglesia. Obedecerle es condenarse. Sólo se
obedece a quien posee la Autoridad Divina, al que tiene el Primado de
Jurisdicción en la Iglesia: Benedicto XVI, y todos los Papas anteriores a
él.
El
Primado de Jurisdicción pasa a todos los sucesores por la muerte del
Papa, no por su renuncia, porque es una gracia lo que tiene el sucesor
de Pedro, no es un título humano. Y aunque el Papa legítimo sea un
demonio encarnado, hay que obedecerle. Para ser Iglesia hay que ser del
Papa, hay que estar con el Papa, hay que obedecer al Papa. Y, por eso,
para ser Iglesia, con un hombre que no es Papa, que ha usurpado el
Papado, hay que ir en contra de él, en contra de toda la Jerarquía que
lo apoye, que le obedezca, hay que escupirle continuamente en la cara y
recordarle su negro pecado. No se puede ser Iglesia con un falso Papa,
con un antipapa, como lo es ese señor que han puesto los Cardenales en
Roma y que lo llaman Papa sin serlo. La Iglesia no está en Francisco: ni
en lo que dice, ni en lo que obra, ni en lo que declara, ni en nada de
lo que gobierna. La Iglesia está en el Papa Benedicto XVI porque en él
está el poder de Dios. Esta Verdad nadie en Roma la sigue ni le
interesa. Y la Jerarquía de la Iglesia anda con una venda en los ojos,
porque se han olvidado de lo que es un Papa en la Iglesia. A ellos
también les da igual quién esté sentado en la Silla de Pedro.
La
dificultad para muchos con los Papas es ver una doctrina, desde el
Concilio Vaticano II, que no es la de la fe católica. Una doctrina que
crea confusión en las almas. Y, entonces, llaman herejes a todo el
mundo. Y lo anulan todo: los Sacramentos, el Papado y la Iglesia. Y no
han comprendido lo que es la Autoridad de Dios en la Iglesia. La
dificultad en la Iglesia, para muchos, es la obediencia al Papa. Nadie
ha sabido obedecer a los Papas reinantes desde Juan XXIII y se han
descarrilado con la doctrina. Y, por eso, nadie sabe oponerse a un
antipapa, a un falso papa, como es Francisco. No han sabido discernir lo
que es un Papa: quedan ciegos para ver a un antipapa, para reconocerlo
como lo que es: un destructor, un traidor, un usurpador.
Si
hubieran obedecido a los Papas, a pesar de la doctrina que se sacaba,
entonces hubieran comprendido esa doctrina y habrían cogido lo que sirve
y desechado lo que no sirve: «Carísimos, no creáis a cualquier espíritu, sino examinad los espíritus si son de Dios»
(1 Jn 4, 1). Si no hay obediencia a un Papa, la Jerarquía, los fieles
no son capaces de discernir los documentos que la Iglesia saca. Y
tampoco saben discernir a los verdaderos sacerdotes, fieles, de los
falsos. Y esa ceguera les impide juzgar rectamente lo que viene del Papa
legítimo, que es siempre verdadero, porque tiene el Poder de Dios, es
infalible en su juicio, y lo que viene de los Obispos, Cardenales, que
ocultamente desobedecen al Papa y sacan documentos que parecen del
Magisterio de la Iglesia, pero que no lo son. «Probadlo todo y quedaos con lo bueno. Absteneos hasta de la apariencia del mal» (1 Ts 5, 21-22).
Este
es el punto que más cuesta entender: ¿cómo con un Papa legítimo se
puede dar una doctrina que, sin ser herética, conduce a muchos a la
herejía y al cisma dentro de la Iglesia? Y la respuesta está en dos
cosas: en el Poder de Dios, que guía a Su Iglesia, sin equivocarse con
un Papa, y la libertad de los hombres, que desobedecen, que no quieren
depender de ese Poder Divino, dado a un hombre, y que hacen lo que sea
para meter en la Iglesia otra doctrina.
Es
siempre el misterio de la Gracia y de la Libertad. Y, en este Misterio,
hay que juzgar todo lo que ha pasado con el Concilio Vaticano II, para
no equivocarse en el juicio contra los Papas. Porque todo el mundo
critica a los Papas, pero nadie critica a los Obispos, a la Jerarquía
maldita, infiltrada en la Iglesia, que no quiere someterse al Poder que
tiene el Papa, sino que obra en la Iglesia con otro poder, el humano, el
terrenal, el masónico.
Por
eso, ahora, todos siguen a un idiota y lo llaman Papa y le obedecen. Es
el castigo, porque han estado en la Iglesia sin discernir nada, es
decir, sin vida espiritual. Y a muchos, dentro de la Jerarquía, les
cuesta decir que Francisco no es Papa. Siguen ciegos, porque no tienen
ninguna fe.
Leer
los documentos del Concilio Vaticano II no daña si se tiene vida
espiritual. Si no se tiene, entonces es un gran daño para el alma y para
toda la Iglesia. Y para tener vida espiritual, hay que comenzar por
obedecer al Papa en la Iglesia. Si no hay obediencia, no hay vida
espiritual. Muchos se han ido de la Iglesia, durante los años siguientes
al Concilio, no por el Concilio, sino por desobediencia al Papa. Por
rebeldía. Porque no querían poner su libertad a los pies del Papa.
Hasta
el Papa Benedicto XVI, era necesario obedecer en la Iglesia, aunque las
doctrinas y las liturgias no fueran claras. Y era necesario obedecer
porque había un Papa legítimo, con una Autoridad Divina. Y, aunque el
Papa o la Jerarquía fueran unos demonios encarnados, había que dar la
obediencia. En Ella, el Señor mostraba el camino para no equivocarse en
la Iglesia, y para discernir los diversos escritos que se sacaban.
Pero
si hay desobediencia a un Papa legítimo, hay desobediencia al mismo
Dios. Y, por tanto, lo que se obra en la Iglesia es nulo. Todos aquellos
que han desobedecido a los Papas y siguen en la Iglesia, lo que obran
no vale para nada. Porque el valor divino de las obras en la Iglesia lo
da la obediencia al Papa. Sin está, cualquier apostolado en la Iglesia,
esta maldito desde el principio.
Por
eso, con un falso Papa, cae cualquier obediencia. No hay autoridad
divina, no hay apostolados, no hay nada. Todo es nulo. Todo está
maldito.

«¿A
quién dejó las llaves de esta Sangre? Al glorioso apóstol Pedro y a
todos los que le sucedieron y le sucederán hasta el día del juicio, que
tienen y tendrán la misma autoridad que tuvo Pedro. Ningún pecado en que
puedan caer disminuye esta autoridad ni quita nada a la perfección de
la Sangre ni a ningún otro sacramento. Porque ya te dije que este Sol no
se manchaba con ninguna inmundicia, ni pierde su luz por las tinieblas
de pecado mortal que haya cometido el que lo administra o el que lo
recibe, porque su culpa en nada puede dañar a los sacramentos de la
santa Iglesia ni disminuir su poder. En ellos, sí, disminuye la gracia y
aumenta la culpa en quien indignamente lo administra o lo recibe. Así,
pues, el Cristo en la tierra tiene las llaves de la Sangre para darte a
entender cómo los seglares deben respetar a mis ministros, buenos o
malos, y cómo me hiere toda falta de reverencia contra ellos» (Sta. Catalina de Sena – Diálogo, cap. CXV).
La
culpa, el pecado de la Jerarquía no daña los Sacramentos de la Iglesia.
Lo que daña a la Iglesia es la falta de fe de la Jerarquía. Y si no hay
fe no hay Sacramentos y no hay Iglesia.
Por
más que se hayan cambiado los textos en la liturgia de los Sacramentos,
desde el Concilio Vaticano II, no se ha tocado la fe en Ellos; y, por
lo tanto, se sigue consagrando válidamente. Pero, en el momento, en que
los hombres cambien la sustancia de los Sacramentos, es decir, escriban
unos nuevos, que ya no vienen de la Palabra de Dios, sino de las
palabras del hombre, entonces no habrán Sacramentos ni Iglesia.
Mientras
haya un solo sacerdote que consagre con fe a Cristo en el Altar, allí
estará toda la Iglesia. El Anticristo tiene que matar a todos los
sacerdotes para que la Iglesia desparezca totalmente. Y ese va a ser su
objetivo cuando aparezca. Y, por eso, tiene que venir el castigo de los
tres días de tinieblas para impedir esta obra del demonio.
Hay
que respetar a todos los Papas legítimos; pero no se puede respetar a
quien no es Papa, al usurpador del Papado, que es Francisco, ni a
aquellos que le obedecen, que lo siguen. Hay que obedecer al Papa
legítimo porque es el que tiene la Autoridad de Dios: Benedicto XVI. No
se puede obedecer a un hombre que no tiene esa Autoridad, del cual no
procede el orden clerical: la Jerarquía de la Iglesia no viene de
Francisco, sino de Benedicto XVI. El Papa legítimo tiene todo el Poder
en el Vértice de la Iglesia. Y ese Poder de Dios lo transmite a todo el
clero: a los sacerdotes, Obispos, Cardenales. Si no se tiene ese Poder
de Dios, no hay clero, no hay Jerarquía.
El
gobierno de la Iglesia es una pirámide, no es algo horizontal: no es un
conjunto de hombres que gobiernan. Es Pedro, el sucesor de Pedro, el
que gobierna toda la Iglesia. Y, por tanto, el pecado del sucesor de
Pedro, no inutiliza el Poder de Dios en la Jerarquía. Y hay que seguir
obedeciendo al sucesor de Pedro y a toda la Jerarquía.
Con
un usurpador del Papado, como Francisco, con una Jerarquía que se
somete a ese usurpador, cae toda obediencia y todo respeto a la
Jerarquía.
Francisco
ha cambiado el gobierno de la Iglesia y, por tanto, ha anulado el dogma
del Papado. Y, por eso, después de la muerte del Papa Benedicto XVI, no
hay más Papas.
El
acto de elegir a un Papa, por los Cardenales, estando el anterior vivo
anula el Papado. El acto de poner un gobierno horizontal en la Iglesia,
anula la Jerarquía de toda la Iglesia. El acto de abrirse al mundo,
acogiendo a todas las demás confesiones religiosas para hacer una
oración a Dios en el mismo Vaticano, anula la Palabra de Dios, el
Evangelio y, por tanto, la Iglesia.
No
se está en la Iglesia para invitar a los judíos o a los musulmanes a
rezar, cada uno con sus ritos, y a sus dioses. Se está en la Iglesia
para poner un camino de salvación a los hombres, que están en otras
religiones, y que dan culto a otros dioses. Hacer lo que hizo Francisco,
no sólo es el marketing del Vaticano, sino una abominación en toda la
Iglesia: es darle la espalda a Cristo, que ha puesto su doctrina, su
moral, en el Evangelio, y que ha dado a Su Iglesia la llave de la
salvación de los hombres.
A
Francisco no sólo no hay que obedecerle porque no tenga Autoridad
Divina, sino porque tiene una doctrina totalmente contraria a Cristo y a
la Iglesia. Eso todos los pueden ver con sus propios ojos. Nada más que
hay que leer sus infamantes discursos, escritos, declaraciones,
homilías, que cada día hace en la Iglesia.
El
problema de muchos hombres es que ya no saben leer a un hereje. Si no
han sabido leer a un Papa legítimo, menos a un antipapa herético. Porque
ya no les importa la doctrina, sino que están en la Iglesia para amar a
Jesús y servirlo de alguna forma. Están en la Iglesia por un motivo
humano, pero no por un motivo religioso, espiritual, divino. Y, por
tanto, están en la Iglesia para quedar bien con todos los hombres, para
gustar a todos los hombres, para hablar con todos los hombres. Pero no
están en la Iglesia para amar la Cruz de Cristo, ni para odiar el pecado
ni para hacer penitencia por los muchos pecados de los hombres. No
quieren ni salvarse ni santificarse. Sólo quieren ser del mundo y del
pensamiento de todos los hombres. Y llaman santos a los pecadores, como
Francisco, y se llaman santos a sí mismo porque aman a Jesús.
Al Papa Benedicto XVI, en su destierro, hay que decirle las mismas palabras que dijo Sta. Catalina de Sena al Papa: «¡Animo!
y a dar la vida por Cristo, ¿o es que no tenemos sólo un cuerpo? ¿Por
qué no dar la vida mil veces, si hiciera falta, en honor de Dios y
salvación de sus criaturas? Eso es lo que Él hizo: y Vos, Vicario suyo,
debéis hacer su oficio. Esta es la costumbre, que, si está el vicario,
siga los pasos y las maneras de su señor» (Carta 218, l, 64).
El
Papa Benedicto XVI, Vicario de Cristo, tiene que hacer el oficio de
Cristo: dar la vida en honor de Dios y para salvar a las almas. Hay que
seguir las huellas ensangrentadas de Cristo, que conducen al Calvario.
Hay que morir con Cristo en la Cruz para que la Iglesia se transforme en
un Cuerpo Glorioso.
Por
eso, al Papa Benedicto XVI hay que ayudarle para que salga de donde
está, porque lo tienen esclavo, lo tienen vigilado, lo usan para sus
fines diabólicos en el Vaticano. La gente está despertando y viendo el
horror que hay en Roma, y pone sus ojos en el Papa legítimo. Y eso no
gusta en la Roma maldita. Eso, en la mente de mucha Jerarquía, que se
cree dios en la Iglesia, les sienta como una patada en el vientre.
«Abre
los ojos de tu Vicario en la tierra para que no te ame a Ti por sí, ni a
sí mismo por sí, sino que te ame a Ti por Ti y a sí mismo por Ti:
porque cuando te ama a Ti por sí, todos padecemos, ya que en él están
nuestra vida y nuestra muerte y tiene él el cuidado de recogernos a
nosotros, ovejas que perecemos. Si se ama a sí mismo por Ti y a Ti por
Ti, vivimos, porque del Buen Pastor recibimos ejemplo de vida» (Elevazioní, 1; Morta, 569).
Un
Papa tiene que amar a Cristo por Cristo, no por él, no por su
humanidad, ni por su sacerdocio, ni por su rebaño, ni por la Iglesia, ni
por los hombres del mundo. La Iglesia sufre cuando un Papa ama a Dios
por él mismo, cuando se busca a sí mismo o busca algo humano, material,
natural, carnal. Pero la Iglesia vive, se santifica, cuando el Papa da
testimonio de Cristo enfrentándose a todos los hombres, a todos los
pensamientos humanos, a todas las obras del mundo, a todos los
gobiernos, a todas las iglesias. Porque no se puede amar a Cristo por
Cristo si no se odia todo lo demás.
Para
tener la Mente de Cristo hay que pisotear las mentes de los hombres,
los sentimientos de los hombres, sus proyectos en la vida, porque Cristo
tiene el Pensamiento de Su Padre, la Obra de Su Voluntad: es la Palabra
del Pensamiento Eterno del Padre que se encarna para la Obra de la
Redención. Y quien quiera ser otro Cristo, quien quiera imitar las obras
de Cristo en la Iglesia, tiene que tener el mismo Pensamiento del
Padre. Por eso, es difícil ser sacerdote, Obispo. Es muy difícil ser
Papa en la Iglesia. Porque a los hombres nos gusta ser hombres: pensar
como hombres, obrar como hombres, vivir como hombres.
Por
eso, un idiota como Francisco no merece obediencia como Obispo ni
respeto como sacerdote. No lucha para amar a Cristo por Cristo, sino que
toda su lucha es agradar a los hombres, darles un consuelo, decirles
las palabras, el lenguaje humano, que cada hombre quiere escuchar. Toda
su vida es buscar la gloria del mundo. Vive para recibir el aplauso de
los hombres. Vive para hacer lo que le da la gana en la vida. Vive para
condenar almas en el mundo y en la Iglesia.
«Si
es tu voluntad, tritura mis huesos y mis tuétanos por tu Vicario en la
tierra, único Esposo de tu Esposa, por el cual te ruego de dignes
escucharme: que este tu Vicario considere tu voluntad, la ame y la
cumpla para que no perezcamos. Dale un corazón nuevo, que crezca
continuamente en gracia, fuerte para levantar el pendón de la Santísima
Cruz, a fin de que los infieles puedan participar, como nosotros, del
fruto de la pasión, la sangre de tu unigénito Hijo, Cordero inmaculado» (Ibídem).
Esta
es la oración que hay que hacer por el Papa Benedicto XVI: penitencia
por su vida, para que, en el final de su Pontificado, pueda hacer lo que
el Señor le pida en estos momentos de gran crisis en la Iglesia. Él
tiene que llevar la Gloria del Olivo, el pendón de la santísima Cruz,
para indicar el camino de la Iglesia: el Calvario.
El
camino de la Iglesia no se encuentra siguiendo a Francisco ni a la
Jerarquía que lo apoya y obedece. El camino de la Iglesia es Cristo. Y
Su Vicario debe predicar a Cristo, y a éste Crucificado. Una Iglesia sin
Cruz es una Iglesia sin Cristo. Una Iglesia sin Papa es una Iglesia que
se esparce por el mundo y se pierde en las fauces de los lobos.
Benedicto
XVI es el olivo; y su gloria, la cruz. Tiene que sufrir y morir en la
Cruz, como Su Maestro. Y en la Cruz de la Cabeza Visible está el camino
del Cuerpo Místico de Cristo. La Iglesia tiene que morir, sufriendo en
la Cruz, como va a morir el Papa Benedicto XVI en su Cruz.
Toda
la Iglesia está llamada a morir como Cuerpo Místico; a morir como Su
Maestro, Cristo. Y a morir con su Maestro, abrazada a sus llagas, para
que resucite gloriosa.
«Perdonadme, perdonadme -le escribe a Gregorio XI-. El
gran amor que tengo a vuestra salvación y el gran dolor cuando veo lo
contrario, eso es que me hace hablar… Proceded de manera que no tenga
que apelar de vos a Cristo Crucificado, que a otro no puedo apelar, pues
no hay mayor que vos sobre la tierra, Permaneced en la santa y dulce
caridad de Dios. Humildemente pido vuestra bendición, dulce Jesús, Jesús
amor» (Carta 255, l, 93)
