Algo más sobre el procreacionismo extremo
Hace poco decía un
amigo que a veces Bergoglio «…toca temas con melodías afines a las nuestras, pero las despedaza como
un mal pianista». Es posible que esto haya sucedido –en el mejor de los
casos- con los dichos de Francisco sobre los «conejos». Vale decir que haya
aludido –de modo brutal, desconsiderado y grosero- a la necesaria regulación
prudencial del uso del matrimonio (v. aquí).
Ofrecemos ahora la
transcripción de unas páginas del dominico Henry sobre esta delicada
materia. Sólo nos resta insistir en que la verdad no se encuentra en la
«sexofobia jansenista», ni en el «procreacionismo extremo», ni en una
«casuística numérica». Como dice el autor, una sana «pastoral» no debería tratar estos temas con abstracción de la «vida cristiana total y sin tener en
cuenta el grado de su desarrollo».
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«…Es,
pues, necesario evitar dos errores posibles acerca del acto procreador.
En primer lugar, el pesimismo dualista. Bendiciendo el
matrimonio, la Iglesia indica que no siente ningún desprecio por
él. La carne, la mujer, el matrimonio, no proceden de un principio
malo como pretendían los maniqueos o como tiende a hacerlo creer
una cierta mentalidad jansenista que ha dejado en algunas
oraciones una huella a veces tan perniciosa. Todo lo que Dios ha hecho es bueno. Lo único malo es el pecado.
La carne es buena; la sensibilidad es buena; la sensualidad, en el sentido
en que es una cualidad de la naturaleza que debe serle siempre atribuida,
es buena. Despreciando estos bienes, ocurre que el moralista
presuntuoso o el asceta demasiado austero, llegan paradójicamente a una
vergonzosa sensualidad. «El que quiere nacerse un ángel se hace una
bestia». No hay que despreciar
estos bienes, sino que hay que dominar la anarquía de las concupiscencias
que suscitan. Porque también es verdad que el espíritu está pronto,
pero la carne es flaca. El otro error sería el de un optimismo imprudente.
El hombre no puede conceder a la
naturaleza todo lo que pide, so pretexto de que siempre es «la
naturaleza». Hay una jerarquía en las potencias naturales que el hombre
posee. La razón debe establecer el
orden y dominar. Su gobierno será fructuoso y verdaderamente
«humano» si llega a imperar, no ya tiránicamente —pues la sensibilidad
o la sensualidad se encabritarían y el hombre podría conocer un
día espantosas sublevaciones o terribles represiones—, sino con
una especie de respeto hacia lo que es gobernado. Tanto la
sensibilidad como la sensualidad tienen sus fines, sus leyes, sus maneras
de desear; a la razón corresponde
no ignorarlas, sino conocerlas perfectamente para usar bien de ellas.
El matrimonio es normalmente una fuente de equilibrio, por el hecho de procurar al
hombre, animal racional, legítimos placeres y alegrías sanas. Pero es necesario que el hombre sepa
recibir sin estrechez y sin debilidad los goces que se le ofrecen, y que
afronte racionalmente las dificultades que no dejará de encontrar. Ni para el hombre ni para la mujer hay
equilibrio automático en ningún estado de vida. El equilibrio es
siempre producto de un esfuerzo por imponer a todas las actividades la
regla de la razón. Aquellos cuyo temperamento está mal dispuesto, aquellos
cuya existencia es un cúmulo de «desventuras» y de condiciones desfavorables,
no recobrarán la salud de su vida afectiva y espiritual, de su vida
sensible y sensual, imaginativa y artística, si no buscan ante todo lo que
es recto según la sana razón que Dios ha dado al hombre y no se
proponen ponerlo por obra. Los «análisis» de los psiquiatras,
aunque pueden representar una ayuda, nunca pasan de ser secundarios
en comparación con este esfuerzo fundamental; y así también, sólo
él procura al hombre el gozo digno del hombre.
Fácil es aplicar esta doctrina general al acto procreador. El deleite que a este acto une la naturaleza intencionadamente, no
debe ser ni despreciado ni buscado exclusivamente por sí mismo; la
persona de otro nunca puede ser un «objeto» de placer, y el sibarita que
cambia de compañía para renovar el efecto de su placer, se condena a
no conocer jamás el verdadero gozo. El deleite debe ser recibido con alegría, pero también con la gravedad que
impone la grandeza del acto procreador. La unión de la carne es el
signo de una unión espiritual que solamente la fidelidad de los esposos es
capaz de hacer viva y eficaz.
Es, por ejemplo, faltar a la alta virtud moral de la
prudencia, en el sentido en que constituye la primera de las virtudes
cardinales (cf.
t. II, p. 519-549), el darse sin proponérselo nuevos hijos si se
está enfermo y sin trabajo, si no se cuenta con los medios suficientes
para criarlos y educarlos. El recurso a la Providencia, que siempre es
necesario, aun en las condiciones más favorables, no es una
coartada merced a la cual los pecadores puedan ocultarse a sí mismos
sus propias faltas, y la Providencia no está obligada a reparar los
actos que la razón prohibía.
Pero si la imprevisión, que puede ser grave, de los esposos no
les ha preparado para esta continencia, si su amistad flaquea, si se han cruzado ya
palabras amargas, si la tentación se cierne sobre uno de los cónyuges, puede suceder que sea pecado observar la
continencia con peligro de la armonía conyugal. Los esposos rectos y
para quienes esta medida sea eficaz podrán
entonces limitar sus encuentros a las épocas en que la fecundidad es casi
imposible. Pero ¿y cuando esta medida no es eficaz? ¿Será
necesario entonces no vivir más que como hermano y hermana?
Es muy fácil frente a este problema pronunciar la respuesta legal. Pero con frecuencia el sujeto es incapaz de soportar el peso de la ley, y entonces ésta, sin la gracia, no sirve
más que para hacer conocer el pecado y conducir a una irremediable
desesperanza: «Yo no he conocido el pecado más que por la ley — dice
justamente San Pablo —; cuando el precepto sobrevino tuvo lugar el
nacimiento del pecado mientras que yo moría, y resultó que el precepto
hecho para la vida me condujo a la muerte» (Rom. 7, 7-10). Sucede aquí con el sujeto de la ley
como con un niño de cinco años a quien se quisiera hacer llevar un fardo
de cien kilos. ¿Quién se extrañará de que cada vez que se
intente cargar tal peso sobre una espalda tan frágil el niño se desplome?
Ante todo hay que darle músculos y huesos y la fuerza interior que se
requiere para sostener semejante carga. ¿Por qué asombrarse de que unos
esposos que tienen una vida teologal muy débil, que rezan poco, que se
acercan de tarde en tarde a los sacramentos, que carecen casi por completo
de la preocupación apostólica por el prójimo, que no están acostumbrados a
hacer penitencia, queden aplanados y sin aliento cuando se les dice:
«Prometéis no volver a nacerlo?» Se les pide un esfuerzo allí donde la
pasión lleva la voz cantante, mientras que aparentemente no se presta
ninguna atención a su vida teologal, no se muestra ninguna exigencia
semejante con respecto a su vida de oración, a su participación en
los sacramentos, al progreso de su espíritu de penitencia, de su
generosidad y de su fe conquistadora. Se pide al egoísta un acto
heroico de don de sí mismo, y se querría que lo hiciera sin más. Se
pide al hombre que no tiene costumbre de abstenerse de ningún
placer, un acto de templanza heroico.
Es manifiesta la inconsecuencia de abordar este problema fuera del seno de
una vida cristiana total y sin tener en cuenta el grado de su desarrollo.
Es, pues, necesario poner a los esposos en la vía del
progreso, estimulándolos, en la medida en que sea posible, a que tomen en
consideración toda su vida cristiana y no tal o cual artículo de la
ley aislado del conjunto. Sobre todo en este dominio no hay
seccionamiento posible. ¿«Quién es el que vence al mundo» y todo lo que
esto significa, todas sus seducciones, «sino el que cree que Jesucristo es
el hijo de Dios»? (I Ioh 5, 5). Hay que poner en acción todo el
organismo espiritual del alma y no tal o cual virtud aisladamente. »
Fuente:
Henry,
OP, A.M. Initialion Théologique. Ed.
Cerf, París, 1955; trad. Herder, Barcelona, 1964. Pp. 606-608.


