FE VIVA, FE MUERTA
«…la
verdad del entendimiento divino es inmutable. En cambio, la verdad de
nuestro entendimiento es cambiable. No porque ella esté sometida a
mutación, sino porque nuestro entendimiento pasa de la verdad a la
falsedad» (Sto. Tomás, parte 1, q. 16 a.8).
El
pensamiento no es libre de pensar lo que se le antoje porque existe la
verdad inmutable, que sólo está en la Mente de Dios. Por eso, todo
hombre que se precie en su inteligencia tiene que parecer terco,
dogmático e intransigente.
El hombre está hecho para pensar sólo
la verdad. Y la verdad no es lo que el pensamiento piensa con más o
menos evidencia subjetiva. Las cosas son como son: hay una verdad
objetiva de las cosas (porque Dios las ha creado así), se da una
auténtica realidad de las cosas. Y, por eso, el hombre tiene que ser
dócil de espíritu, es decir, tiene que reconocer la verdad donde quiera
que esté, y aunque el hombre –en su ser subjetivo- no la perciba con
evidencia.
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La verdad no es lo que percibe el sujeto, sino lo que se muestra a la persona.
El
sujeto cambia según el cambio de su entendimiento. Siempre el hombre
está pasando de una verdad a una falsedad; de una mentira a una verdad.
Por
eso, el Señor ha puesto una autoridad dogmática y espiritual, que es
infalible: el Papa. Es el que muestra la Verdad a todos los hombres. Una
Verdad Divina, Revelada, que ningún hombre, ningún sujeto, ninguna
mente humana puede cambiar. Porque la verdad no es subjetiva, ni
relativa, ni opinable o dada a deliberación, sino que es absoluta,
objetiva y accesible al hombre por dos caminos: la realidad de la vida y
la autoridad de la revelación.
Cuando
en la Silla de Pedro se sienta un hombre sin verdad, como es el caso de
Bergoglio y de todo su gobierno horizontal, inmediatamente el
pensamiento de los hombres se oscurece y se pierde en la mentira y en
cualquier error. Y esto sucede en todas partes: dentro de la Iglesia y
en el mundo entero.
Se quiere reformar la Iglesia para darle más credibilidad ante todo el mundo. Es lo que están haciendo, ahora, trastocando la Pastor Bonus, para
así meter a los laicos y a las mujeres en la Curia de Roma. Hacer una
nueva iglesia acorde con los nuevos tiempos. Y se pierde la verdadera
credibilidad de la Iglesia: la de los santos de todos los tiempos, la de
Cristo, la que enseña y gobierna con la Verdad. Y todos se engañan,
porque la credibilidad no está en cambiar las estructuras de la Iglesia,
sino en cambiar a las personas.
Se
cambian estructuras y permanecen los mismos sujetos, que viven sus
vidas en contra de la realidad misma de las cosas y de la autoridad
divina. Una persona que alabe su obra de pecado es un sujeto que mueve
masas -no corazones- en el mundo y en la Iglesia.
Es
la Iglesia Católica la que enseña a pensar la verdad absoluta. Cuando
la Iglesia comienza a enseñar la mentira, entonces el caos es total,
universal e inmediato. Se pierde el realismo de la fe y el realismo de
la verdad, que es el propio de la razón humana. La mente del hombre
comienza a vivir una fábula, una ilusión, una noche mágica, un
surrealismo, un encantamiento de la vida.
Una
Jerarquía que no dogmatice la verdad revelada y, por lo tanto, que no
excluya a los hombres, acaba imponiendo a todos la mentira de sus
mentes, de sus ideas, de sus filosofías y teologías. Y es una
imposición, una dictadura, que incluye a todos los hombres y que refleja
en todas partes la apostasía de la fe, que conduce, inevitablemente, a
la fe muerta.
San Anselmo hace una distinción entre la fe viva y la fe muerta:
«La fe viva cree en el ser en el cual debe creer1»: la fe viva es un creer en
la verdad revelada. Es la fe que enseña Dios con su Autoridad. Es la fe
que la Iglesia enseña con su magisterio infalible en el Papa.
«… la fe muerta cree solamente lo que debe creer»: la fe muerta
es un conformarse con lo que le dicen a uno que debe creer. Es vivir en
la ociosidad de la vida, en el lenguaje de los hombres. Es la fe que
dictan los hombres. Es una fe sin discernimiento espiritual. Es declarar
una mentira oficialmente como verdad, como ley, como norma de la vida.
La fe viva no está ociosa, porque está movida por el amor divino. Y, por eso, esa fe «se encuentra en que el ser que ama la justicia suprema no puede despreciar nada justo ni admitir nada injusto2».
Hay que amar la justicia: «Haz justicia y juicio, que eso es más grato a Yavé que el sacrificio» (Prov 21, 3).
Practicar la justicia: «Ofreced sacrificios de justicia y esperad en el Señor»
(Salm 4, 6). Para este ofrecimiento, el hombre tiene que ser humilde en
su mente: poner en el suelo su inteligencia humana. Es el mayor
sacrifico que un hombre puede ofrecer a Dios. Es un sacrifico de
justicia, para que se manifieste la Justicia de Dios entre los hombres.
Cuando los hombres buscan sus ideas, sus filosofías, sus reformas, sólo
se manifiesta la justicia de los hombres, que siempre es una injusticia,
porque no puede abarcar, ni todo el bien ni todo el mal.
La fe viva busca la Justicia de Dios, porque está movida por el amor divino en el alma. Busca lo justo: no puede despreciar nada justo.
«El justo halla su gozo en practicar la justicia, en tanto que los obradores de iniquidad se espantan» (Prov 21, 15).
Admitir
a Bergoglio como Papa es una injusticia, es obrar una iniquidad, es
escandalizarse de la verdad. ¡Aterrador es para muchos decir que
Bergoglio no es Papa! ¡Espantoso, ponen el grito en el cielo!: viven con
una fe muerta.
No
se puede creer en el diálogo, en la fraternidad, en la liberación de
los pobres por las injusticias sociales de los ricos, en las reformas
que se quieren hacer en el papado de la Iglesia…porque lo dice
Bergoglio.
La
Iglesia no es lo que está en la mente de un hombre. La Iglesia es la
Mente de Cristo. Es decir, es la Verdad Eterna, Inmutable, útil para
todos los hombres, necesaria para todos ellos, y el único camino que los
lleva a la Vida.
No
se puede creer allí donde no hay Verdad. Un hombre que se precie no
puede conformarse con lo que le dicen que hay que pensar, obrar, creer.
Aquella persona que cree en el Papa cree en la Verdad que el Papa le ofrece, le da, le recuerda. Esto es tener una fe viva. Se cree en
la Verdad. No se puede creer en un hombre ni en la mente de un hombre.
No se puede conformarse con la mente de un hombre. No se puede vivir en
la ociosidad que proviene de la mente de un hombre. ¡No se puede aceptar
una mentira como verdad!
Un hombre que se precie en su inteligencia humana es persona, no es sujeto de la sociedad ni de la Iglesia. No se vive para un subjetivismo, sino para un personalismo.
La persona es el yo
que nunca cambia en la naturaleza humana. La persona es la que decide
su vida según la verdad que encuentra con su mente humana. Es algo
inmutable y constante. Nadie puede cambiar a una persona. Pero todos
pueden cambiar la mente de esa persona.
Cuando
la persona se instala en la sociedad o en la Iglesia, se hace sujeto de
esa estructura, pero no pierde su personalidad, su personalismo.
Como sujeto, la persona aprehende muchas cosas que son cambiantes en su
vida personal. En las estructuras sociales o religiosas o familiares,
se dan muchas obras cambiantes, de acuerdo a las muchas ideas que los
hombres ofrecen.
Una
persona sin fe divina está expuesta a las modas, a las veleidades, a
ser una veleta de cualquier pensamiento humano, un juguete de los
hombres. Una persona que no esté asentada en la verdad dogmática se
comporta como sujeto, en la subjetividad, en el relativismo, pero no manifiesta su persona, su verdad inmutable. No es persona, no vive su personalismo, sino su subjetivismo.
Esconde su persona para seguir el pensamiento de muchos, el lenguaje
variado de los hombres. Y su vida es eso: cambiante según los tiempos,
según las culturas, según el progreso de los hombres.
Para dejar libre a la persona, para que se manifieste el personalismo, hay que matar en sí al sujeto: «si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, tome su cruz de cada día y me siga» (Lc 10, 23).
La
persona tiene que seguir la Verdad con su mente y, por lo tanto, tiene
que mortificar en sí misma lo que le inclina hacia la mentira, hacia el
error, lo que le hace cambiar. Ser sujeto de una sociedad, de un estado,
de una iglesia, dejándose llevar por lo que dicen, por lo que predican,
por las leyes que imponen, es sumergir la persona en el error y
llevarla hacia su autodestrucción.
«Expiación: ésta es la senda que lleva a la Vida»
(San José María Escrivá de Balaguer – Camino 210). Expiar los
múltiples extravíos de la mente humana, que se sumerge en las diversas
estructuras cambiantes. Que cambian porque las mentes de los hombres
pasan de la verdad a la falsedad continuamente.
Lo que le hace cambiar al hombre, a la persona, de su ser inmutable, es su propia mente.
La
mente está hecha sólo para la verdad. Pero el hombre vive en un mundo
de mentira, en un mundo opuesto a la verdad, a su esencia.
Y, por eso, dice el Señor: «No améis el mundo ni lo que hay en el mundo» (1Jn 2, 15) Quien lo ama transforma su propia naturaleza humana y su propia personalidad.
Toda mentira es ir en contra de la misma esencia de la verdad. Es un pecado contra la verdad.
Todo hombre que vaya en contra de su misma naturaleza humana, se auto-degrada él mismo, se autodestruye.
Un
homosexual no es persona porque va en contra de su misma naturaleza
humana. Su mente, que ama el mundo, que ama el error, que ama su pecado
de abominación (contra natura), sumerge a su persona en un
mundo que no existe en la realidad de las cosas. Vive sin su
personalidad, anclado sólo en el sujeto de su mente: en su subjetivismo,
en su relativismo. Y, por eso, un homosexual no puede tener derechos:
no existen en la realidad de las cosas. No existen en la Verdad Revelada
por Dios.
Y
toda sociedad, toda iglesia o religión que acepte a los homosexuales
como personas, no puede subsistir: es un monstruo que el hombre crea
como sociedad, pero que no se da en la realidad de la vida. No es una
verdad que esté en Dios. Es una verdad que el hombre ha creado y que
quiere proyectarla de alguna manera.
Un
mundo que cambia constantemente es un mundo en busca de su propia
autodestrucción. No quiere permanecer en la Verdad inmutable.
Necesariamente trae la muerte a todo hombre. Por eso, tiene que venir un
castigo divino a todo este mundo cambiante. Los tres días de tinieblas
no andan lejos. Son necesarios para que el hombre siga siendo hombre,
siga en la verdad de su naturaleza humana.
La expiación es la muerte de uno mismo3,
la muerte de ese sujeto que tiende al cambio constantemente. En la
expiación el hombre es hombre, adquiere el verdadero sentido de su
existencia humana.
La
fe no es el dictado de los hombres, sino que es la enseñanza del
Espíritu a todos los hombres. Y el Espíritu es el Amor de Dios.
La fe viva es la que posee la vida del amor de Dios. Pero la fe muerta es la que carece de amor:
«… la fe ociosa no vive, porque carece de la vida del amor, que la haría salir de la ociosidad4»:
muchos que se conforman con el pensamiento de Bergoglio no aman a Dios,
no aman la exigencia de la verdad, que pide al alma salir de todo lo
humano para poder comprender la vida de Dios.
Sólo en la expiación se llega a la vida de Dios. Ése es el camino.
Pero
cuando se muestra un nuevo camino: hay que dar a los malcasados la
comunión; hay que admitir a los homosexuales como hombres con derechos
en la sociedad y en la Iglesia, Dios no quiere el mal, no hace justicia,
no castiga, y por lo tanto, todo el mundo puede comulgar, todo el mundo
puede ser bautizado, las mujeres pueden ser sacerdotes y obispas…se
muestra el error, la muerte – no la vida- , la condenación eterna a los
hombres.
Muchos católicos, fieles y Jerarquía, viven con una fe muerta:
creen en lo que les dicen que deben creer. Y, por tanto, tienen que
admitir la injusticia. Y, consecuencia, tienen que despreciar lo justo,
lo santo, lo divino.
El
amor es lo que vivifica la fe; no es el lenguaje de los hombres, no es
la cultura del encuentro, no es el diálogo entre religiones, no es hacer
obras humanas para cuidar a los niños, a los ancianos, a los pobres, al
medio ambiente….
«Que amándote te encuentre, que encontrándote te ame5: la fe viva
lleva en sí misma una raíz, que no pertenece a este mundo, que impulsa
al alma a ver a Dios, que hace que el alma busque el rostro de Dios, se
aleje de todo lo humano para estar en la Presencia de lo Eterno.
La fe viva busca al verdadero Dios y, por tanto, sólo está centrada en la Verdad que Dios manifiesta a los hombres. ¡Verdad inmutable!
Aquel que en su vida no vaya en busca de la verdad es que no busca al verdadero Dios. Busca un dios para su mente humana, para su idea de la vida, para su obra en la Iglesia. Eso es lo que Bergoglio va buscando: su dios, su cristo, su mesías, su iglesia. Eso es lo que ese hombre manifiesta cada día.
Un hombre que no busque con su inteligencia la verdad, sino el error, es un hombre insensato.
«Deseo
entender de algún modo tu verdad, que cree y ama mi corazón. Y no busco
entender para creer, sino que creo para entender. Pues creo también que
si no creyera, no entendería6».
El que no cree no puede entender: es insensato.
Si
no se cree en la verdad que Dios revela, el hombre se ciega en su
mentira, y eso le afecta en todo lo que es: en su vida y en su propia
naturaleza humana.
La
pérdida de la divinidad es la autodestrucción del hombre por sí mismo.
La gente, hoy día, vive sin la gracia, en la desgracia de su pecado. Y
la gracia es lo que diviniza al hombre. Por tanto, la gente vive en lo
más absurdo de su vida: vive buscando la muerte, buscando su propia
destrucción.
Un
hombre que no cree en la verdad es un hombre que no levanta su mente a
la contemplación de Dios, sino que pone su mente en la visión terrena de
la vida. Hace como los puercos: no miran el cielo, sino las algarrobas
de la tierra. Comen tierra, se alimentan de la vanidad, del orgullo de
sus vidas.
El que tiene una fe viva, la verdad que encuentra con su mente, le hace ser lo que es y saber que lo es en Dios.
La fe que busca el intelecto, que busca la inteligencia de la verdad, es lo que se ha perdido en toda la Iglesia.
¡Cuántos católicos con una fe que busca la ociosidad, el conformarse con lo oficial en la Iglesia! ¡Son católicos necios, estúpidos, idiotas!
Una fe que no procura entender lo que pasa en el Vaticano es una fe muerta.
Una fe que no discierne si Bergoglio es Papa o no es Papa es una fe muerta.
Una fe que no combata las herejías que, cada día, se ofrecen desde el Vaticano, es una fe muerta.
«El insensato dijo en su corazón: no hay Dios»
(Sal 14, 1): Bergoglio niega a Dios. Y esto no es sólo una pura idea,
un lenguaje que se dice. Lo niega en su corazón. Por eso, se ha vuelto
un impío, un hombre insensato, es decir, sin inteligencia, sin mente,
sin razón, sin sentido de lo divino.
Y,
por eso, Bergoglio, carece de toda prudencia en el hablar: habla como
un enajenado, como un hombre fuera de sí. Es Obispo y habla fuera de su
ser de Obispo. No habla como Obispo. Mucho menos como Papa.
Es un loco que se viste de Obispo y de Papa.
Un
hombre cuerdo es el que entra en sí mismo, el que se recoge del mundo,
de los sentidos, el que cierra las puertas al espíritu del mundo, para
poder poseer la verdad, que sólo en Dios la encuentra.
Pero esto no es Bergoglio: leerlo es vomitar su contenido. Es insufrible para el alma, para el corazón y para el espíritu.
Bergoglio es demencia. Y sólo eso. Y los que le rodean han caído en la mayor estupidez de todas.
Aquel que niega la esencia de lo que es la Iglesia (= la verticalidad del Papado)
está autodestruyendo la propia Iglesia. Está haciendo una obra en
contra de la naturaleza de la Iglesia. Y eso es ser abominable. Eso es
la abominación. El gobierno horizontal es eso: no es una verdad que está
en la realidad de la Iglesia. No es una verdad que Dios ha revelado. Es
una verdad que el hombre se ha fabricado en su mente y que no puede
darse en la realidad de la Iglesia, porque Pedro es un gobierno vertical
siempre.
Por
eso, lo que hay en el Vaticano no se puede seguir: es algo
anticatólico: va en contra de la misma naturaleza de la fe católica. Es
la fe muerta, que se ha apoderado de toda Roma y que la lleva a una transformación que es su degradación más absoluta:
«vi
una mujer sentada sobre una bestia bermeja, llena de nombres de
blasfemia, la cual tenía siete cabezas y diez cuernos. La mujer…tenía en
su mano una copa de oro, llena de abominaciones y de las impurezas de
su fornicación» (Ap 17, 4).
Roma,
el Vaticano, comienza a enseñar sus fornicaciones y a derramar las
abominaciones por todo el mundo. La abominación es vivir una vida
totalmente contraria a la verdad de la Iglesia, a la verdad de la
naturaleza humana, a la verdad de la sociedad, a la verdad de la
creación. Es vivir un mundo que no existe en la realidad, no existe en
la Mente de Dios, pero que el hombre se esfuerza por que exista.

1
«Y así como esa fe que obra por el amor es reconocida como viva, por lo
mismo, aquella que permanece inactiva, por desprecio, sin dudar se la
llama muerta. Se puede, por tanto, decir con razón que la fe viva cree en el ser en el cual debe creer, y que la fe muerta cree solamente lo que debe creer» (San Anselmo – Monologion – Capítulo LXXVII). ↑
2
«En efecto, esta fe a la que el amor acompañe necesariamente, no será
ociosa si se presenta la ocasión; al contrario, se ejercitará
frecuentemente en actos que no hubiera podido hacer sin el amor, y la
prueba de esto se encuentra en que el ser que ama la justicia suprema no puede despreciar nada justo ni admitir nada injusto» (San Anselmo – Monologion – Capítulo LXXVII). ↑
3 «La santidad se adquiere muriendo uno a sí mismo en todo,
y esta muerte se adquiere con la mortificación de las pasiones, de los
sentidos y de los apetitos, esto en lo que toca al cuerpo; y en lo que
toca al alma, haciendo porque muera la propia voluntad, el juicio propio
y la vanidad y todos los apetitos del alma.…» (San José María Escrivá
de Balaguer – Decenario al Espíritu Santo – Día sexto). ↑
4
«Por tanto, si todo lo que obra algo muestra que hay en él una vida,
sin la cual no podría obrar, no es absurdo el decir que la fe operante
vive, porque tiene la vida del amor, sin la cual no operaría, y que la fe ociosa no vive, porque carece de la vida del amor, que la haría salir de la ociosidad» (San Anselmo – Monologion – Capítulo LXXVII). ↑
5
«Enséñame a buscarte, muéstrate al que te busca, porque no puedo
buscarte si no me enseñas el camino. No puedo encontrarte si no te haces
presente. Yo te buscaré deseándote, te desearé buscándote, te encontraré amándote, te amaré encontrándote» (San Anselmo – Proslogion – Capítulo 1, n. 100). ↑
6
«Reconozco Señor, y te doy gracias, que has creado en mí esta imagen
tuya, para que, recordándote, piense en ti y te ame. Pero borrada por el
desgaste de los vicios, obnubilada por el humo de los pecados, ya no
sirve para lo que fue hecha si tú no la renuevas y restauras. No
pretendo, Señor, penetrar tu profundidad, porque de ningún modo puede
comparar con ella mi inteligencia, pero deseo entender en cierta
medida tu verdad, que mi corazón cree y ama. No busco tampoco entender
para creer, sino que creo para entender. Pues creo también esto: que “si
no creyera no entendería” (Is 7, 9)» (San Anselmo – Proslogion – Capítulo 1, n- 100). ↑


