¿Respaldo a los «cunicultores» y condena a los «sin hijos»?

En la audiencia general de este miércoles, el papa
Francisco ha dicho, entre otras cosas, lo siguiente:
«La concepción de los hijos debe ser responsable, como enseña también
la Encíclica Humanae Vitae del Beato Papa Pablo VI, pero el tener muchos hijos no puede ser visto automáticamente como una
elección irresponsable. Es más, no
tener hijos es una elección egoísta. La vida rejuvenece y cobra nuevas
fuerzas multiplicándose: ¡se enriquece, no se empobrece! Los hijos aprenden a
hacerse cargo de su familia, maduran compartiendo sus sacrificios, crecen en la
apreciación de sus dones».
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Después del escándalo suscitado
por sus palabras precedentes sobre los «conejos» viene una afirmación que es verdadera, sobre la
cual en esta bitácora hemos hablado en entradas precedentes. La comprensión de
la función de la virtud de la prudencia en la vida moral es difícil
por diversas razones, una de las cuales es la pervivencia de la mentalidad casuista
y de la «cuantofrenia». Una familia numerosa puede ser fruto de una decisión
prudente de los esposos, y por consiguiente manifestación de una paternidad responsable, o puede ser lo
contrario; y lo mismo se ha de decir de una familia reducida, que también
puede ser fruto de una decisión prudencial recta, o del vicio conocido como
prudencia carnal, y por ello expresión de una paternidad irresponsable respecto del bien personal, familiar y
comunitario, que podría verse lesionado por el egoísmo de los cónyuges.
Pero la segunda frase que hemos
resaltado merece al menos dos consideraciones:
- El no tener hijos puede ser
muchas veces una elección egoísta, sobre todo en los países occidentales
descristianizados que se han entregado a un crudo materialismo. Es el caso de
las denominadas parejas DINK (del inglés: Double
Income No Kids = doble salario sin hijos), que por lo general conviven sin casarse, pero que podrían contraer matrimonio sacramental. Las
características de este fenómeno social creciente se encuentran bien descritas
por numerosos sociólogos, por lo que no abundaremos ahora en el tema.
- Pero el no tener hijos no es
siempre y en toda circunstancia una elección egoísta. Aquí podríamos
traer diversos casos tomados de la Teología Moral*, en los cuales se considera
legítimo que los cónyuges renuncien al uso del matrimonio, de común acuerdo,
sea de forma temporal o perpetua. Pero para no entrar en una casuística que
podría resultar delicada y hasta escabrosa en sus detalles, nos basta
ahora con recordar que la Virgen María y San José contrajeron verdadero
matrimonio, con el derecho radical al cuerpo del otro, pero renunciaron al uso
de tal derecho. En este caso, por tanto, hay una elección moral que implica no
tener hijos, pero que no es en modo alguno fruto del egoísmo sino realización eminente de un bien mayor.
Hacemos votos para que la frase
del Papa «no tener hijos es una elección egoísta» no se transforme en un nuevo «bergoglema»
sembrador de mayor confusión.
*
P.S.: los moralistas tratan de la no obligatoriedad del débito
conyugal en los casos de enfermedad contagiosa, con diversas consideraciones y
matices en los que no nos interesa ahondar.
Lo que
queremos destacar es que la causa
eficiente del verdadero
matrimonio es el consentimiento matrimonial. Es el acto de la voluntad por el
cual ambas partes se dan y aceptan el derecho perpetuo y exclusivo sobre el
cuerpo en orden a los actos que de suyo son aptos para engendrar prole. No debe
confundirse el derecho radical –que es esencial al matrimonio- con el uso efectivo del mismo, al que pueden renunciar
los cónyuges de común acuerdo. La comunidad de vida, de mesa y habitación
pertenecen a la integridad del matrimonio, pero no a su esencia; un matrimonio sería
verdadero y válido aunque se excluyera por previo pacto esa comunidad, con tal
de mantener el derecho sobre el cuerpo del cónyuge, en orden a los actos que
son de suyo aptos para la generación, que constituye el propio fin del matrimonio, fin que no se
identifica con un resultado genésico.
Para
concluir, trascribimos unas palabras de Royo Marín que expresan el sentir común
de los moralistas católicos:
«Conclusión 3.a Por
mutuo acuerdo y libre consentimiento pueden los cónyuges abstenerse lícitamente
del acto conyugal por una temporada e incluso por toda la vida. Esta conclusión es
un mero corolario de la anterior. Porque, si ninguno de los dos cónyuges tiene
obligación de pedir el débito (aunque sí de concederlo), pueden libremente
ponerse de acuerdo para no pedirlo ninguno de los dos. Tal ocurrió con el matrimonio
santísimo de la Virgen María y de San José. La abstención temporal es
altamente beneficiosa para la salud del cuerpo y el provecho espiritual del
alma, por lo que lo recomienda San Pablo, como hemos visto en la primera
conclusión (cf. 1 Cor 7,5). La perpetua, en cambio, rara vez será conveniente,
por el peligro de incontinencia, enfriamiento del amor conyugal, etc. Pero, si
hubiera alguna razón especial que lo aconsejara (v.gr., la práctica perfecta de
la virtud de la castidad), podrían tomar esa determinación, con tal que el
acuerdo sea enteramente voluntario y libre por ambas partes y sin que suponga
una decisión irrevocable si se presentan dificultades en su cumplimiento.» (Teología
moral para seglares, Tomo II, n. 616, p. 688).

