martes, 24 de septiembre de 2019

El Padre Castellani y las elecciones

17 de Septiembre de 2019

El Padre Castellani y las elecciones - Antonio Caponnetto



Hemos visto con profundo dolor que, bajo el amparo y patrocinio del nombre del Padre Leonardo Castellani, un puñado de amigos entrañables –de cuya honestidad, patriotismo, probada Fe Católica y rectitud de intenciones tenemos sobradas pruebas- ha instado a dar su apoyo público al llamado Frente NOS.
No utilizaremos ni un minuto para probar lo que las evidencias hacen patente; esto es, que dicho Frente NOS es un conglomerado explícito de todos los funestísimos errores del liberalismo. 

Tampoco utilizaremos tiempo alguno para sostener otra evidencia: aquella según cada cual posee la libertad de elegir sus propias opciones políticas; eso sí, haciéndose cargo de las consecuencias sin incurrir en los ardides casuistas del consecuencialismo o del proporcionalismo moral.


Nuestra reacción sólo tiene dos motivos y por ende dos fines: No se siga diciendo que no se es liberal –en un acto de craso pelagianismo- cuando se coopera activamente con la consolidación del sistema demo-liberal. Tal actitud sólo acarrea y suma confusión. Somos lo que actuamos, puesto que cada quien es hijo de sus obras. Esto es lo primero.


Y lo segundo, no se siga utilizando y capitalizando el nombre del Padre Castellani para consumar estos confusos y desacertados pasos políticos, porque se trata, de mínima, de una malversación de su nombre y de su ideario; y de máxima, de un fraude intelectual y espiritual, lisa y llanamente hablando.


Conste expresamente, en síntesis, que nos mueve la clásica consigna agustiniana, de matar al error y amar al que yerra. Tanto más en el caso que nos ocupa, cuyos protagonistas son personas estrecha y antañonamente ligadas a nuestros afectos irrevocables. Estamos procurando una corrección fraterna, no una confrontación ideológica, de la que nos hallamos absolutamente alejados y desinteresados.



Lo que reproducimos a continuación es un fragmento del volumen segundo de nuestra obra “La democracia: un debate pendiente”(Buenos Aires, Katejon, 2016).

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“Se hizo demasiado claro a todos que con el cuento de la soberanía del pueblo(delegada naturalmente en sus representantes innaturales, los politiqueros), ella era una tapadera de la plutocracia, un caballo de Troya de la finanza apátrida, un cobertor de sociedades secretas y una arena espléndida para el Comunismo; y ainda más, terreno abonado de tilinguería. En el siglo pasado [el XIX] hubo quienes soñaron con bautizar a la democracia[...].Se la figuraban como una pagana doncella salvaje y sana, (singular bobería), a la que era una daifa enferma;malnacida de un adulterio en la cuna fangosa de los asesinatos, robos,sacrilegios y matanzas ciclópeas de la que llama usted



Leonardo Castellani,

Juan XXIII(XXIV). Una fantasía, Buenos Aires, Theoria, 1964, p. 298-99.





El caso del Padre Castellani es un clásico entre los nacionalistas democráticos dispuestos a justificar sus desaciertos a toda costa: el Padre Castellani, nos dicen, se  presentó como diputado de la Alianza Libertadora Nacionalista, en las elecciones del 24 de febrero de 1946. Ya le hemos dedicado espacio a comentar este tema, tanto en el volumen precedente de esta obra como en La perversión democrática. Pero armándonos de una paciencia que se extingue –al constatar una y otra vez la misma ceguera de los arguyentes- formulemos nuevas aclaraciones:


a) Nadie que conozca la vida y la obra del Padre Castellani puede afirmar seriamente que el cura creía que para pensar y salvar la Argentina había que lanzarse a “votopartidar”. La patria le importó siempre; le dolió cada vez más; la amó y procuró servirla con lucidez y coraje; y le dejó como tributo una obra intelectual y espiritual inmensa, gracias a la cual hasta algunos ajenos a nuestro ambiente empiezan a conocer y valorar lo recónditamente bueno que puede parir esta extraña tierra sureña.


Pero a medida que sus peripecias personales se acentuaron, que el mundo entero crepitaba en el crepúsculo de los siglos, y que la Iglesia incrementaba lacerantemente el drama interno de su apostasía, Castellani fue dando a esa misma vida y obra suya, tan sacerdotales, un inspirado cariz parusíaco y aún profético; hasta que ganado por la necesidad de predicar el regreso de Cristo y de predisponerse a una buena muerte, sin olvidarse de “la pobre patria yerma”, se le notó un acentuado desasimiento de las cuestiones políticas práctico-prudenciales. Lo central en Jerónimo del Rey acabó siendo lo que empezó: su consagración a anunciar la Segunda Venida, no el balotage; su vocación de katejon, no de sufragista; su disposición a crucificarse por la Palabra, no a inmolarse por las cifras finales del escrutinio.


Lo que queremos decir es que hablar del “diputado Castellani”, o mejor aún, del Castellani candidato a diputado, es incurrir en el similar despropósito de esas biografías amañadas de los santones liberales que el mismo cura detestaba y de las cuales se reía a dos carrillos. Como cuando, por ejemplo, se presenta a Sarmiento como multifacético titán, diciendo de él: “fue minero, maestro, ayudante de tienda, escritor, senador, presidente, etc, etc”. No; ni prima facie ni como ultima ratio, Castellani puede pasar a la historia por el episodio de su candidatura, ni servirnos en esto de infalible guía.


Pero hay más; sigamos.



b) Salvando las distancias, cuando se lee a Castellani, pasa lo mismo que decíamos respecto de Julio Irazusta: nadie sale demócrata. En prosa, en verso, en broma, en serio, en los múltiples géneros que cultivo, y que no se amilanó en practicar, Castellani aborrece al liberalismo, al sufragio universal, a la democracia, a los partidos políticos, al mal menor, a la soberanía del pueblo, a la Constitución del 53 y a la trampa inherente que significa el Régimen para quien sepa cabalmente cómo funciona. No hemos hecho un enunciado de objetos aborrecidos por él al azar; por el contrario, hemos hecho cuidadosa memoria de su enseñanza. Todo puede constatarlo por sí mismo el que emprenda la gozosa tarea de ir leyendo al cura.


Habiendo sido ya tan citadas sus públicas y éditadas lecciones al respecto, aportemos algunos testimonios menos o nada conocidos.


En el año 1975 escribió para sí, o en forma de carta con destinatario desconocido, unos comentarios a la biogragía de Hipólito Yrigoyen elaborada por Manuel Gávez. Créase o no, este comentario está escrito usando como papel los espacios en blanco de un libro de poemas, al que seguramente no tuvo en mejor estima más que el que le proporcionara soporte gráfico para redactar sus cuartillas. El libro es el de Germán Pardo García, Desnudez, México, Editorial Libros de México, 1973; y las hojas usadas para redactar sobre ellas son las 148 y 144,¡en ese “orden”! Veamos lo pertinente a nuestro debate:


  “La vida de Don Hipólito Irigoyen [sic] pergeñada cuidadosamente por Manuel Gálvez es una justificación incomparable de aquella metáfora o comparación de Ramón Doll, que se podría llamar su testamento político: ‘El liberalismo, importado hace un siglo de Yanquilandia y Francia, tuvo en los argentinos el efecto de una damajuana de caña en una jaula de monos’[...][En] esta vida de Don Hipólito [...]vemos un panorama muy vivo de aquello de Ramón Doll, dividido en dos partes, a saber:1º, una plebe embriagada con la soberanía del pueblo a la cual le han hecho creer que ella manda o debe mandar; poseída por la pasión politiquera, que es peor que la pasión del juego; y2º los capitostes que amasan esa plebe, trayéndola al retortero por medio de la astucia y la prosopopeya, usándola por medio de las votaciones, fraudulentas por lo más, para encaramarse al mando o a la caja fuerte. Todos son igualmente despreciables, incluso los honrados como Pellegrini y Sáenz Peña: hombres sin Dios[...].El Régimen y la Causa continuaron su marcha amalgamados; y Justo, Ortiz, De la Plaza y demás epígonos vinieron a dar en la pelamesa en que estamos ahora; que no es ni democracia ni dictadura, ni cosa que tenga nombre en ninguna lengua. Vivimos sometidos a ladrones y asesinos. ¡Ved en trono a la noble igualdad! Todos iguales en el desorden. Es que Irigoyen lo mismo que Perón –que podía haber refundido a fondo la constitución argentina– a pesar de odiar como creían al liberalismo (que hoy tomó el nombre de Democracia) actuaron el marco de él. Los dos usaron del sufragio universal indiscriminado, que el error básico de las actuales mal llamadas Instituciones. Actualmente instituciones significa politiqueros.


  El sofisma básico del sistema rusoniano que domina entre nosotros es suponer que todo hombre de cualquier edad, carácter o condición que sea está capacitado para conocer qué hombre es el apto para ser Rey efímero y dictatorial deste país; o por lo menos la mayoría. Eso viene del dogma liberal de la soberanía del pueblo que antes fue una herejía y ahora es una badulacada. ¡Contra el sentir de Irigoyen, jamás podrán las votaciones, por puras que sean, salvar a la patria! [...].Rotundamente fracasó Don Hipólito y nada dejó fuera de la cama de Perón”.


    En carta a Alberto Graffigna del 12 de octubre de 1971, le dice: “La República Argentina no tiene remedio hasta la Segunda Venida de Cristo. El pueblo está demasiado engañado; y los engañadores son demasiado fuertes. El culto de los ídolos (libertad, democracia, elecciones, partidos políticos, ins-ti-tu-cio-na-li-dad, etc)está demasiado firme; tanto que el arzobispo Aramburu es uno de sus feligreses, según parece”. Y en carta a Blanca Amione, del 3 de agosto de 1974, escribe: “Que el país anda mal lo nota cualquiera[...]. Es el liberalismo, que es erróneo y herético, condenado por todos los Papas desde Pío IX –menos el actual-. Afecta a todas las naciones del mundo. Es la causa de todas las calamidades modernas desde más de siglo y medio[...]. A la democacaracia la llaman aquí la Oligarquía, el Régimen, la Sinarquía, el Masonismo...Lo mismo que el diablo y todas las cosas feas, tienen muchos nombres”.


En “Esencia del liberalismo”, bien conocido entre sus lectores, Castellani protesta: “¡Maldito sea el mal menor y el que lo inventó. Jamás votaré por el Mal Menor, y no votaré más si no es por un bien total[...]. En cuanto a mí, no sólo descreo ya en esta farsa sino que estimo ilícito coinquinar con ella, de donde hasta el fin de mi vida votaré –porque hay multa- con un sobre vacío. Y si todos los nacionalistas hicieran lo mismo...” [1]


¿Se van dando cuenta los nacionalistas democráticos lo peligroso que puede resultarles mentar a Castellani para proponernos el votopartidismo como acción salvífica; o ampararse en él para la negación de nuestra tesis de que la democracia es perversa, de que el sufragio universal es el pecado de mentira universal, y de que no nos resulta lícito cooperar con tamaño sistema? ¿Se van dando cuenta los simples lectores a qué parte de esa disputatio convienen más las razones del Padre Leonardo Castellani?


c) Ahora sí vayamos a la famosa candidatura. Simplificando un poco las cosas, pero no faltando a la verdad, diríamos que Castellani tuvo ante ese episodio de su propia vida dos actitudes: la del arrepentimiento y la de la minimización, reduciéndolo a una simple broma, a un acontecimiento accidental protagonizado por mera amistad. Veremos que cabe una tercera valoración, pero la dejaremos para el final.


En carta a Ignacio Pirovano, del 6 de octubre de 1953, le confiesa: “¿Adónde hubiera ido yo, embarcado por simple amistad hacia hombres que más o menos apreciaba como Durañona y Fresco, en el efímero, fugaz y falso partido ‘nacionalista’? A malograrme. Era yo entonces demasiado desprevenido y entregado a los demás, carecía de ‘móviles de retracción’, como dicen; es decir, de la necesaria cautela y reserva que defienden en uno la propia personalidad. Era necesario quizá pasar por esa etapa digamos ‘juvenil’; pero era necesario pasarla, salir de ella; y sin la tribulación, quizá yo me hubiese demorado o eternizado en ella”


En su nota “Una religión y una moral de repuesto”[2], declara sin ambages: un cura electoralero me inspira más repudio que un cura concubinario; será que yo no sirvo para esto. Y todavía, si Dios no nos detiene, el clero argentino va a ayudar al tercer triunfo del liberalismo y la masonería en la Argentina –después del cual no se sabe lo que viene- me dijo Dom Pio Ducadelia, Obispo de Reconquista”.


Conversando con Pablo Hernández, sale el ríspido tema, y el padre responde: “Me costó muchos disgustos esa candidatura. Todavía ahora se acuerdan algunos. Pero fue una cosa accidental, hecha por amistad. Como casi todas las cosas que he hecho en mi vida, fueron por amistad. Entonces no era, ni fui después, ni jefe nacionalista ni nada por el estilo. Ni siquiera se puede decir que haya sido nacionalista, aunque escribía en un diario nacionalista”[3]. Y en Los papeles de Benjamín Benavides, se excusa de este modo: “Don Benya no  ama la política, a la cual sin embargo conoce y juzga desde un punto de vista religioso, desde su punto de vista. Me convenció que la candidatura a diputado de Castellani en 1945 fue un error. Yo tenía la idea de que era ‘una buena broma’ –como creo dijo él mismo- dado que era imposible que ganase, y que por si milagro ganara, se hubiera limitado a callarse, cobrar y votar. Pero en realidad hubiese sido arrastrado a discusiones inverosímiles”[4].


Abundemos todavía con un dato más que aporta Sebastián Randle. La carta de Castellani al padre Cándido Mazón S.J, fechada en Manresa el 12 de octubre de 1947. “Esto [la candidatura] no lo busqué ni lo quise: estaba fuera de Buenos Aires y aún un poco fuera de este mundo. Cuando lo supe me pareció humorístico. Cuando se produjo puse los medios que juzgué más convenientes in Dómino, aconsejado de mi confesor, para deshacerlo. Si me exigieran ahora que jurase que puse todos los medios y los medios más eficaces posibles, no lo juraría. Si me pidieran que jurase no puse ningún medio razonable, juraría mucho menos. Por lo demás, también están explicados los particulares de este chusco asunto en larga carta de P. Benítez S.J y mía”[5].


Recapitulemos con honestidad cuanto llevamos dicho. El Padre Leonardo Castellani es quien dice: 1)que su postulación a candidato a diputado fue un hecho propio de una etapa inmadura de su existencia, en la que le faltaban los móviles de retracción; 2)que de haber persistido en ese camino se hubiera malogrado e incluso torcido moralmente, pues ya diputado se hubiera limitado a cobrar y votar; 3) que un cura electoralero le inspira más repudio que un cura concubinario; 4) que fue un episodio accidental de su vida, no substancial, movido por los tironeos afectivos propios que se dan en la amistad; 5)que fue un error que le siguió ocasionando disgustos muchos años después;6)que no buscó ni hizo nada por obtener esa candidatura, y que su primer impulso fue anularla; 7) que no debe considerárselo nacionalista o jefe nacionalista por ese gesto amigo que tuvo en 1945[6];7)que fue una broma, una humorada, una boutade.


A la vista de estas claras y rotundas confesiones, ¿cómo es posible que se siga hablando de la candidatura del padre Castellani a diputado, cual una guía política para los nacionalistas?; ¿cómo es posible que se procure ignorar y ocultar el juicio del mismo interesado, que en ningún momento pretende poner este episodio accidental de su vida como paradigma de praxis o de prudencia política?;¿cómo es posible que se persista, una y otra vez, en desconocer el arrepentimiento, la pesadumbre, la compunción y  aún la retractación que el cura manifestó ante aquella circunstancia de su difícil trayectoria?; ¿cómo es posible, al fin,que se continúe levantando el pendón del Castellani diputado para justificar la cooperación  con el Régimen, cuando el más indicado para evaluar tamaño suceso, lo evalúa peor que un acto de adulterio, y expresamente afirma que juzga ilícito coinquinar con la farsa electoralera y democrática? ¿Qué más de lo que ya dijo tendría que haber dicho Castellani para que aquel acto fugaz y eventual de su larga vida no fuera tomado ahora, por algunos oportunistas, como el legado, la herencia y el magno bagaje de su magisterio político?


Se lo decimos por última vez a cuantos se han valido y se valen de este argumento para justificar el absurdo voto-partidar: no pongan más el ejemplo de Castellani diputado. No sirve. No va. No tiene el menor sustento. Ha caducado en los sucesivos y variados momentos en los cuales el padre manifestó su toma de distancia ante ese episodio.


d) Pero hay algo que queremos acotar nosotros, y que podría ser esa tercera explicación que mencionábamos más arriba.


Cuando la Alianza Libertadora Nacionalista se decide a constituirse en partido político y presentarse a elecciones, apoyando la fórmula de Perón pero con candidatos y boletas electorales propios, la verdad es que no había entonces ninguna asociación más políticamente incorrecta que ella. Digámoslo pronto: Alianza era para el mundo el nazi-fascismo vernáculo en su versión más estruendosa, más visceral y más profundamente antidemocrática. Ser de Alianza era pertenecer a la antítesis de la Unión Democrática; a una especie de monstruo que los manuales escolares llamaban “el Totalitarismo”. ¿Sólo para el mundo y su enfermiza guerra semántica –que apela permanentemente y hasta hoy al sofisma de la reductio ad hitlerum- era la Alianza el nazi-fascismo? La verdad es que no. Alianza (y no seremos nosotros los que lo formulemos al modo de un reproche) guardaba sintonía con los grandes movimientos nacionales europeos, que acababan de ser derrotados. Sintonía de estilo, de talante, de formas y aún de ciertas concepciones básicas.


Tan así es lo que decimos que dos fenómenos simultáneos sucedieron cuando los aliancistas se decidieron a efectuar el tránsito democrático de participar en la vida regiminosa. Uno fue la continua advertencia de sus principales líderes, acerca de que tamaño paso –que no podían sino percibir en su fuero íntimo como una incoherencia- no significaba abjurar de los principios ni de los modos épicos que habían hecho legendario al grupo. En tal sentido, y sólo a modo de ejemplo, es más que significativo el discurso pronunciado por Bonifacio Lastra el 31 de octubre de 1945[7].


Pero el segundo fenómeno es que el mismo Perón, en uno de sus habituales gestos canallescos, descalificó políticamente a la Alianza, cuando sus miembros, el 8 de diciembre de 1945, entablaron uno de sus acostumbrados y fieros pugilatos en la Plaza de Congreso, tratando de impedir un acto de la mismísima Unión Democrática “por la libertad contra el nazismo”, tal su lema. El pugilato dejó secuelas de heridos y aún de muertos, y el consabido repudio de todo el arco liberal, masón, comunista y judaico. Sumándose a este repudio oportunista, Perón sacó un Comunicado a través de la Junta Consultiva Nacional que promovía su candidatura, diciendo estas inequívocas palabras propias del felpudo de los Aliados que había firmado las Actas de Chapultepec: “Desde hace algún tiempo, sujetos irresponsables, al grito de ‘¡Viva Rosas y mueran los judíos, viva Perón!’, escudan su indignidad para sembrar la alarma y confusión en distintos actos cívicos que se desarrollan normalmente. Quienes así proceden son sujetos que viven al margen de toda norma democrática y no pueden integrar las filas de ninguna fuerza política argentina. Condeno estos procedimientos y espero que se pueda identificar a los culpables para aplicarles las condignas sanciones”[8].


Es decir que Alianza era tan revulsivamente anti-democrática, y tanto molestaba a la naturaleza del Régimen, que Perón decide descalificarla, aún sabiendo que apoyaba su candidatura. Por eso es otro error de Hernández creer que “Perón se recostó sobre las posiciones católicas y que enfrente suyo estaban los clásicos enemigos de la Iglesia: comunistas, masones, radicales, liberales”[9]. Perón y los enemigos de la Iglesia fueron siempre aliados y socios, y si hay algo fácil de probar es tamaño contubernio. Pero no será esta la ocasión.


Mas volvamos a nuestro hilo argumental. Dado que Alianza era la quintaesencia del “demonio totalitario antidemocrático”, un sinfín de trabas se le opusieron para que pudiera efectivizar su conversión a partido político y hasta el día exacto de los comicios. Trabas legales, administrativas, contables, de recursos humanos y de medios instrumentales. Trabas de toda índole y procedencia, sin que faltara el consabido clero felón y la jerarquía medrosa que se escandalizaba de los brazos en alto, los cóndores imperiales sobre los pechos de los aliancistas y los himnos castrenses que rubricaban su presencia. Si alguien supone que aquella campaña electoral tuvo las formas “civilizadas” actuales a las que estamos acostumbrados, supone muy mal. Fue campaña con tiros, heridos, muertos y confrontaciones cara a cara, en el terreno de las ideas y en el de los puños[10]. Y el proverbial 24 de febrero de 1946, tampoco fue una jornada de paz para los miembros de Alianza.


Castellani aguantó a pie firme tamaña embestida, y no sólo no abandonó al grupo nacionalista, sino que más lo acompañó cuanto más arreciaban los ataques. Sebastián Randle cuenta en su biografía de Don Leonardo, al menos en dos ocasiones, que el mote de “El cura loco” se lo puso Queraltó a Castellani, y él mismo terminó asumiéndolo como propio. La locura, claro, consistía,entre otras cosas, en que el cura no retiraba su adhesión a la Alianza, sabiendo que -en este caso, sí, sólo para el mundo- no le quedaba otra alternativa que pasar a la historia como nazi. Castellani se reía del disparate y en más de una ocasión se asumió como “nazi”, sabiendo que tal condición, en boca del Siglo, no significaba otra cosa más que un tópico de los agravios aliadófilos. En su Diario Íntimo, el 15 de junio de 1972, está comentando la revista nacionalista Ulises y acota: “yo jamás la hubiese llamado Ulises sino Nazis, conforme al chiste de Anzoátegui: ‘¿sois nazi? Sí, padre, por la gracia de Dios’”.


Emociona leer y releer la carta que al respecto le mandó Castellani al Cardenal Copello, el 25 de enero de 1946. En ella habla claramente de las tres razones que lo mueven a dar su respaldo público a la Alianza Libertadora Nacionalista. “Estas razones son tres: una de amistad, otra de patriotismo y otra de celo religioso. Amistad. La Alianza es una agrupación política de programa católico, a muchos de cuyos miembros juveniles católicos me atan las relaciones amistosas que la Iglesia, en su divina audacia, llama ‘paternidad espiritual’, como en el caso del padrino de bautismo. Esta agrupación está siendo ahora calumniada, perseguida y hasta baleada por los enemigos de Dios y de nuestra Madre la Iglesia. Es justo que la Iglesia no los desampare en este momento, y ya que Su Eminencia, por razón de su alto cargo no lo puede, al menos yo puedo (sin responsabilizar a nadie) cumplir con este acto de caridad y decencia”[11].


Castellani padeció las consecuencias de su toma de decisión, en todos los terrenos. La Compañía, por supuesto, terminó de considerarlo un borderline al que había que marginar y olvidar definitivamente. La jerarquía –o al menos la parte más visible y formal de ella- estaba dispuesta a tolerar a los curas demócrata-cristianos –que contaban con el visto bueno de Roma- pero tenía por impresentables a los nacionalistas. Y el mundo, por supuesto, desde el arco “intelectual” hasta el eclesiástico lo estigmatizó para siempre con el mote de nazi. Es más; la justicia le inició acciones penales, que a la postre no prosperaron[12].Cara le salió la broma o el sentido del humor a Castellani, si hemos de creerle a una de sus explicaciones sobre el porqué aceptó la candidatura a diputado. Más que broma en el sentido corriente del término, lo suyo se asemeja más a la ironía socrática, que conduce a la cárcel y a la cicuta, no a los festejos del público.


Llegamos al fin de nuestra explicación. La candidatura de Castellani, en las circunstancias temporales y espaciales bajo las cuales sucedió, reviste la forma de un hecho rotundamente antidemocrático. Fue, en concreto, un acto anti-democrático, percibido como tal, tanto por quien lo protagonizaba como por los muchos que le impedían ejecutarlo o lo castigaban por eso. De modo que he aquí nuestra paradojal conclusión, complementaria de cuanto ya llevamos dicho sobre este peculiar caso. No sirve de nada hablar de Castellani diputado para probar que es bueno “voto-partidar”, que es legítimo cooperar con el sistema, que a la patria la pensará y la salvará el “partido de los buenos”, o que son convalidables todas las cosas perversas que la democracia contiene y propala. Castellani jamás aprobó nada de esto. Pero lo paradójico es que si alguien insiste en poner el ejemplo de su candidatura a diputado, en las elecciones del 24 de febrero de 1946, por la lista de la Alianza, se topará con un episodio de neto corte antidemocrático y “nazi-fascista”, una especie de pateadura de tablero –del religioso, del político y del políticamente correcto-, de rancia estirpe nacionalista. No se hallará en cambio, en absoluto, con lo que proponen los nacionalistas funcionales al sistema.




 Antonio Caponnetto







[1] Utilizamos la versión publicada junto con su “Lugones” y “Nueva Crítica Literaria”, por Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1974, p.148,150.

[2] Leonardo Castellani, Una religión y una moral de repuesto, Dinámica Social,n.85-86, Buenos Aires, 1957,p. 9-10.

[3] Pablo José Hernández, Conversaciones con el Padre Castellani,Buenos Aires, Colihue-Hachette, 1977,p. 104.

[4] Leonardo Castellani, Los papeles de Benjamín Benavides,Buenos Aires, Dictio, 1978,p. 304.

[5] Cfr. Sebastián Randle, Castellani, Buenos Aires, Vórtice, 2003, p. 609.

[6] En su Diario íntimo, el 15 de junio de 1972, se queja de los grupos nacionalistas que le envían publicaciones y lo llaman “camarada nacionalista”. “Yo no soy camarada de niguno de esos grupos. Actualmente no soy camarada de nadie. Era camarada de los Padres y Hermanos de la Compañía de Jesús, pero ellos deshicieron esa camaradería. Ahora soy camarada del Ángel Custodio, a quien llamé así en una jaculatoria en verso compuesta cuando estaba sin poder dormir por los dolores y sin poder hablar con nadie”

[7] Puede leerse, junto a otras manifestaciones análogas, en Hernán Capizzano, Alianza Libertadora Nacionalista. Historia y Crónica (1935-1953), Buenos Aires,Memoria y Archivo, 2013, p. 229.Quede constancia de que en esta obra, y en particular en su capítulo VI: “La campaña electoral y las elecciones del 24 de febrero de 1946”, hemos hallado razones y datos para deducir esta tercera explicación que estamos haciendo del Castellani candidato a diputado.

[8] Ibidem, p. 232-233.

[9] Héctor Hernández, Pensar y salvar...etc.,ob.cit.,p.131.

[10] Cfr. nuevamente Hernán Capizzano, Alianza...etc.,ob.cit., capítulo VI.

[11] Cfr. Sebastián Randle, Castellani...ob.cit., p.608-609.


[12] Cfr. Hernán Capizzano, Alianza...etc.,ob.cit.





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