El fabuloso mercado de los recién paridos (Primer capítulo) –
por María Poumier
La Doctora María Poumier
(exprofesora en la Universidad de París VIII) nos hace el inmenso favor
de publicar en nuestro sitio partes de su próximo libro sobre los
vientres de alquiler (gestación subrogada), que es de una actualidad
ardiente. Aquí el primer capitulo.
Aquí, en Francia, el año 2018 había
empezado con un malestar general. Nos celebraron los resultados de una
encuesta afirmando que ya los franceses se daban por vencidos, habían
evolucionado, en forma mayoritaria, y aceptan la idea de que una mujer
soltera o viviendo en pareja con otra pueda dirigirse a la medicina más
“high tech” para que le fabriquen un hijo sin padre. También, según la
encuesta, nos parecería la cosa más natural que una persona rica le
pague a otra por parirle un hijo (el servicio llamado alquiler de
vientre). Así pues, el día 3 de enero, los medios coreaban a tono la
noticia de la milagrosa conversión de los franceses a estos avances,
cuando hace apenas cinco años, manifestaban ruidosamente contra el
matrimonio gay, para asombro del mundo entero. Saltaba a la vista, por
la fecha, que esta noticia debía ser percibida como el regalo de los
Reyes para el año 2018: la tecnología ya permite la fabricación de hijos
postizos, ahora la sociedad lo acepta, por lo tanto la promesa
implícita es que las leyes van a cambiar y volver lícita la mercadería
de los niños.
Había un halo navideño y milagroso, en
esta operación mediática. Lo esperado era que brindásemos todos, ¡por
las parejas estériles por fin bendecidas por la diosa biociencia!
Hoy, después de unos meses, descubrimos
que nos van a encajar una ley para que cualquier mujer soltera o
lesbiana tenga derecho a hacerse inseminar por un desconocido, para
tener, como única “propietaria”, un hijo huérfano de padre, que jamás
tendrá abuelos paternos ni la posibilidad de sentirse orgulloso de su
origen. El Consejo constitucional francés ya de antemano lo acepta, pues
declaró que el matrimonio entre personas del mismo sexo no es contrario
al preámbulo de nuestra Constitución, pues esta está basada en el
proyecto de extender el derecho, no la justicia, ni lo razonable. Esto
permite ampliar los derechos del individuo; como si no importase nada
más, en el destino de un país. Y hoy 25 de septiembre cae el dictamen
del Comité consultativo nacional para la ética: se pronuncia a favor de
quecualquier mujer pueda mandarse a fabricar, en alguna clínica de
fertilidad francesa, un hijo sin padre, mediante extracción de óvulos,
fecundación in vitro con semen anónimo, y reimplantación en su propio
útero. No hace falta que la mujer padezca esterilidad, no se trata de
aportar un remedio médico a un problema fisiológico: simplemente de
legalizar y ampliar un mercado francés potencialmente enorme, ya que
hasta ahora las francesas debían acudir a clínicas españolas o belgas,
donde esto es legal. Si la ley francesa da el paso recomendado y
anunciado por el presidente Macron desde su campaña electoral, entonces,
dentro de algunos años, los hombres y las parejas de hombres exigirán,
en nombre de la igualdad, el mismo “derecho” a tener hijos sin rendir
cuenta a ninguna madre.
De Argentina llegó, hace apenas unos
meses, la noticia a contrapelode la situación francesa, de que el Senado
rechazaba la legalización del aborto. Cualquiera sea nuestra
sensibilidad al tema, hay que saber que el aborto sin límites de tiempo
ni motivaciones es el primer paso imprescindible, desde un punto de
vista técnico, para la procreación artificial, que es despiadada
selección de células sexuales, embriones y fetos hasta conseguir un
“producto” adecuado a la demanda del cliente; los médicos evalúan en
cien los embriones que se necesita producir en probeta, para lograr el
nacimiento de un niño artificial sano al nacer: una hecatombe bestial.
El peso de la Iglesia, el carisma del papa Francisco, impulsan la
resistencia instintiva de los pueblos de la América nuestra a los
inventos azarosos con pretexto de avance tecnológico.
En todos los terrenos ideológicos, el
mundo entero se está polarizando. Las clases altas, los países
acostumbrados al liderazgo cultural, tienden a compartir los sueños de
liberalización total de las costumbres y las prácticas, mientras los
pueblos se aferran a las viejas nociones del bien y del mal. Los
comunistas vuelven a misa, porque su batallar por la justicia no era una
guerra contra Dios, sino contra los predadores desalmados que les
sacaban sangre y sudor; estos no han desaparecido, sino que ahora
pretenden además erradicar la conciencia, y tienen una propaganda
unificada que abarca el mundo entero. Ya no hay enfrentamiento entre
derecha e izquierda, sino entre la codicia desatada que abarca hasta la
fabricación masiva de infantes, y el reflejo de sobrevivencia de los que
se ven amenazados de perder su dignidad de padres, madres, hijos y
algún día, si Dios quiere, abuelos.
Volviendo a lo concreto e inmediato,
aquí nos proponemos repasar, en sucesivos capítulos, las novedades de
los últimos años en el campo de la bioética, que despiertan álgidas
polémicas. Abunda la excelente información sobre estos temas, en el
plano científico. Pero lo que mucha gente necesita, es armar las
conexiones lógicas entre los distintos temas problemáticos, comparar la
situación en su país con lo que pasa afuera, entender las etapas que
llevaron a la situación actual, descubrir los enlaces borrados.
La mujer o el hombre que sienten
curiosidad por la bioética parten de su propia experiencia, de algún
trauma personal. El sufrimiento existencial no se vence con recetas o
preceptos tajantes, sino por un camino íntimo de liberación. A partir de
la experiencia francesa, aquí esperamos acompañar a los que buscan
salir del pozo de los prejuicios y pretextos.
El 21 de enero de 2018, se hizo la gran
Marcha anual por la vida, en varias ciudades y países, la marcha de los
que ven las promesas de la biotecnología como pesadillas mortíferas.
Pero otros confían en los “avancesde la ciencia”, partiendo por igual de
sus angustias y sufrimientos. Se sienten respaldados por fuerzas que se
sobreponen incluso a los gobiernos, organismos internacionales y medios
omnipresentes.
Ahora bien, un enfrentamiento simétrico
puede tener dos desenlaces: la victoria del más fuerte, del más rico y
poderoso, o algún tipo de reconciliación, basado en el reconocimiento de
nuestros puntos comunes. Aquí elegimos el punto de vista de María
Zambrano, quien escribió: “Toda victoria humana ha de ser
reconciliación, reencuentro de una perdida amistad, reafirmación después
de un desastre en el que el hombre ha sido la víctima; victoria en que
no podría existir humillación del contrario, porque ya no sería
victoria, esto es, gloria para el hombre.”
¡Hijo soy de mi hijo, Él me rehace! Esto
decía el profundísimo poeta y pensador José Martí al nacerle un hijo.
Sí, el hijo salva, lo sabe la madre en el momento en que ha dado a luz,
lo sabe el padre agradecido, y lo saben trágicamente los que no pueden
celebrar a ningún vástago glorioso.
Nuestra compasión se dirige a muchos
más, hombres y mujeres que dudan, o arrepentidos, estafados y
desgraciados por no poder ser padres. Vamos a describir algunas
manipulaciones mal conocidas del cuerpo y el alma, que nos ofrece el
mercado de la biotecnología, para contestar honestamente a las personas
que sufren por la falta de hijos, y no saben qué hacer.
Desgraciadamente, «nuestro sistema económico e industrial nos propone
apretar el pedal del acelerador, con la esperanza de que se inventen las
alas antes que lleguemos al borde del farallón”, escribe Philippe
Bihouix, ingeniero y autor de “La Edad de las tecnologías bajas”, París,
Le Seuil, 2014.
Algunos datos crudos sobre la esterilidad que cunde.
Es saludable espantarse, sí, ante los disparates alentados por el mundo moderno.
A veces nos faltan los argumentos
razonables para convencer a otros. Pero “la verdad no pasa solamente por
conceptos sino por el corazón que siente, el corazón que padece, el
corazón tocado”, dice el Padre Michel-Marie Zanotti-Sorkine. Para el
mundo de lengua española, mencionemos nuevamente a la militante de la
esperanza, la paciencia y la modestia, nuestra pensadora madre, María
Zambrano, que desarrolló con extraordinaria potencia esta lógica del
corazón, y supo conceptualizar el renacer que ocurre cuando la razón se
armoniza con el corazón.
La procreación ya no es natural. El tema
de nuestra humana reproducción se vuelve obsesión cuando el hijo no se
da naturalmente, cuando una mujer ya no “sale embarazada” o “cae
encinta” como decimos en francés, cuando ningún hijo nos cae del cielo,
sorpresivamente. Resulta que la obsesión por reproducirse, las
pesadillas que conlleva esta imposibilidad ya la están padeciendo en el
mundo supuestamente desarrollado, una de seis parejas, una de cuatro
incluso en un país como Israel, donde la biotecnología es una verdadera
pasión nacional.
Semejante a la infertilidad, porque es
como un cierre progresivo, el autismo es un desastre que se instala
definitivamente a los tres años, y es especialmente frecuente entre los
niños producto de manipulaciones prenatales. Antes se daba un caso sobre
10.000 nacimientos. Hoy en día, afecta a uno de sesenta niños, y el
origen de esta enfermedad sigue misterioso, por lo cual lo más probable
es que siga extendiéndose, igual que el cáncer. Con la esterilidad
galopante pasa lo mismo. ¿A dónde vamos a llegar? Los niños con
malformaciones del aparato genital son cada vez más (testículos
atrofiados, niñas sin útero), y a la próxima generación tener hijos le
costará mucho más que a nosotros.
Esta es la realidad que ningún
ministerio de salud se atreve a enfrentar. Tímidamente, aplastados por
la cobardía, esperan que la biotecnología se encargue de resolverle el
problema a los que sufren, y miran para otro lado. Los avances de la
biotecnología dan lugar, desde los años 1990, a un mercado de
dimensiones mundiales: mujeres fecundas para parir hijos ajenos, células
sexuales masculinas y femeninas, embriones humanos, fetos vivos y
muertos, órganos y recién nacidos, todo está a la venta, negocio mal
encubierto porque la primera etapa suele ser el “donativo” de algún
pedazo humano a autoridades científicas que después lo procesarán y
regatearán con ocultos mediadores.
Se calcula en tres mil millones de
dólares la cifra de negocios anuales de este ramo en EEUU. Hay agentes
de estos negocios que dedican todas sus fuerzas a doblegar a los
gobiernos, a modificar legislaciones, a corromper tribunales, para que
en todas las instancias de regulación de la vida en sociedad se
implante, con exclusividad, la pura ley del mercado aplicada a nuestra
sustancia vital. Algunas “ideas nuevas”, imposibles de imaginar hace
apenas treinta años, se encuentran difundidas y machacadas por los
medios, hasta parecer dogmas inobjetables.
Nos damos cuenta de que lo subyacente es
la invalidación de milenios de un fondo común ético; nos gustaría poder
conciliar esta renuncia a la moral tradicional con el progreso y la
ciencia; se nos invita a considerar obsoleta nuestra moral natural, a
favor de un “cambio de civilización”. Y aquellos que sueñan con volver a
las oposiciones simples, básicas, entre el bien y el mal, lo sano y lo
perjudicial, lo honrado y lo prohibido, se cohíben, porque creen que
carecen de argumentos para rechazar algo que se enmarca en la extensión
de las libertades para todos: que cada cual haga lo que le da la gana,
mientras no afecte a los demás, nos dice la nueva ley universal del
liberalismo. ¿Por qué no?
Miremos la realidad de frente, engendrar
y parir ya no son las dos actividades complementarias, imprescindibles y
suficientes, para dar al mundo nuevas generaciones. Los que están a
favor del desarrollo de la artificialización de la vida saben que es un
tema peliagudo. Temen explosiones de pánico o de indignación colectiva
si se descubre el trasfondo de lo que nos ofrecen como progresos
asombrosos.
Volvamos al triste punto de partida: la
fertilidad masculina y la fecundidad femenina están decayendo de manera
vertiginosa. El proceso empezó hace medio siglo. Hoy en día, en Francia,
el 20% de las mujeres que dan a luz tienen más de cuarenta años, y en
2013 ya eran 70.000 los niños procreados con asistencia médica. Y aquí
van las cifras en cuanto a la fertilidad masculina: en 1992, un equipo
de investigadores daneses descubre que la concentración de
espermatozoides en el esperma humano pasó de 113 a 66 millones por
mililitro. En 1997, estos datos los confirma una epidemióloga
norteamericana: en Europa y en Norteamérica, la curva es exponencial.
Además, en 2012, un nuevo estudio
demuestra que están menguando los espermatozoides que tienen una forma
normal. En España, ya seis de cada diez varones jóvenes tienen una
concentración de espermatozoides inferior a las normas de la OMS. Hay
estudiosos que observan dos curvas absolutamente paralelas: el auge de
la contracepción hormonal coincide con la disminución de calidad del
semen humano. Es como si a medida que baja la fecundidad de las mujeres,
que en ningún lugar urbanizado del mundo dejan ya que la naturaleza les
de todos los hijos que su cuerpo es capaz de llevar hasta el
nacimiento, los hombres se estuviesen volviendo incapacitados para
fecundar a las mujeres. Una explicación sería que las mujeres que usan
contraceptivos orales, al orinar, contaminan las aguas del mundo entero;
o sea, cuanto más modernas las costumbres de un país, más queda
contaminada el agua que tomamos, especialmente por los estrógenos
contraceptivos, por lo cual los espermatozoides se van muriendo. Si esta
explicación estuviera confirmada, lógicamente surgirían autoridades
sanitarias en cada país aconsejando renunciar al uso de dichos
contraceptivos, a favor de los métodos mecánicos tradicionales. Pero no
hay un solo organismo que ordene las investigaciones correspondientes.
Pues los laboratorios que podrían financiar semejantes programas de
estudio son los mismos que fabrican y venden las pastillas
contraceptivas. El 80% de las mujeres de los países industrializados
toman la píldora en alguna etapa de su vida, y a escala mundial son 100
millones, o sea el 10% de las mujeres en edad fecunda, las que la
prueban y la tragan día por día, durante años y años. Para desvirtuar
esta posible conclusión inquietante, se nos dice, de manera cuasi
unánime: la perturbación endocrina, o sea, la contaminación del sistema
reproductivo, procede de otros factores, principalmente los pesticidas y
los remedios que se dan al ganado para aumentar su productividad en
carnes y leches, a base de antibióticos y hormonas (otra vez). Esto no
invalida el primer paralelo observado, sino que hace más inquietante el
peligro, pues ¿quién se salva, entonces?
El proceso de esterilización también
está afectando al reino animal, recorre toda la cadena alimentaria. Ya
se sabe que los campesinos son los más afectados por el contacto
prolongado con las sustancias tóxicas. En Europa, en las islas caribeñas
y los países tropicales donde la producción de cultivos comerciales
para la exportación es hegemónica, la población rural padece más cáncer
que cualquier otra categoría de la población, y especialmente el cáncer
de testículos y próstata; pero además, los que trabajan la tierra
contraen Parkinson, no se reproducen, y se suicidan más que cualquier
otra categoría. A pesar de todo lo demostrado, se siguen utilizando los
productos más tóxicos, porque mantienen los altos rendimientos y las
ganancias provechosas.
Por si fuera poco, está la polución
electromagnética; la exposición permanente a las ondas de wifi, a los
teléfonos móviles y a los hornos de micro ondas, tiene los mismos
efectos de debilitamiento severo de la vitalidad masculina. ¿Si en
cincuenta años la fertilidad masculina bajó en un cincuenta por ciento,
cómo será más adelante? No hay el menor motivo para imaginar que el
descenso se estabilice a su nivel actual, ya que la contaminación por
múltiples perturbadores endocrinos aumenta continuamente. Nos anuncian
una invasión de objetos “conectados”, es decir objetos que van a
aumentar nuestra dependencia de las ondas wifi. Monsanto sigue ganando
las batallas judiciales sobre el abuso de pesticidas. ¿Por qué milagro
podría volver a aumentar la virilidad y la capacidad genésica de
nuestros hombres, de nuestros hijos, de nuestros nietos?
María Poumier, 25 septiembre 2018
Publicación original al español: Red Internacional
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