Bienaventurados los pobres, porque ellos se creen cualquier cosa
Alguien, sin mucha originalidad pero con dedicación a la farsa, ha
llamado al decenio 2003-2013 la década ganada. No vale la pena entrar en
polémicas estériles ya que la utilización política de la mentira ha
agotado a los argentinos. Lo único tangible de esta década es que, sin
duda alguna, la Argentina tuvo los mejores términos de intercambio desde
1912. No vamos a aburrir a nadie con términos económicos pero es cierto
que la argentina creció, al menos hasta 2010, al ritmo de tasas chinas y
si ese crecimiento decayó de manera fulminante fue debido a las
cualidades que mueven a quienes detentan el poder: inutilidad, estupidez
ideológica y desmesurada afición al latrocinio.
Desde su nacimiento el gobierno kirchnerista tuvo un discurso que los
empeñaba, en lo declamatorio, a combatir la pobreza; diez años después
debemos ser conscientes que si de verdad la querían combatir no supieron
o no quisieron hacerlo porque medios para hacerlo les han sobrado.
Tanto le han sobrado los medios económicos que vale recordar que el
campo les entregó antes de impuestos y para el manejo unipersonal del
ejecutivo en concepto de retenciones 93.000 millones de dólares en el
período que va de 2003 a 2013.
Lo que sigue es un patético resumen de lo que hoy es la pobreza en
Argentina luego del “combate” llevado contra ella por el gobierno
kirchnerista.
Al armar su proyecto la pareja de tramoyistas sureños tuvo la
“lucidez” de diferenciar al país. A la zona metropolitana donde está
asentada el 38% de la población argentina y que, por ende, es una caja
de resonancia de los reclamos sociales se le dio un tratamiento
desigualado respecto del que se le dio al interior del país. Mientras el
costo del transporte era subsidiado en esta zona un trabajador de
Rosario, Córdoba, Mendoza o cualquier otro lugar de la República pagaba
hasta un 200% más su boleto de colectivo para un trayecto equivalente.
Luz, gas y combustibles tenían un precio en Capital y gran Buenos Aires y
otro diferente, superior a éste, en el resto del País.
Así podemos ver que mientras en la Ciudad de Buenos Aires un 90,2% de
sus habitantes tiene gas natural en provincias como Entre Ríos solo
tiene gas el 22,4% de sus habitantes o como Santiago del Estero y
Catamarca donde los que acceden al gas natural solo son el 19% y el 17%
de su población respectivamente.
Fue tan arbitrario el manejo que implementaron de los servicios
públicos que a nadie le escapa que durante años los barrios de mayor
poder adquisitivo de Capital y del conurbano tenían subsidiada la luz y
el gas, mientras el 48% de los argentinos que no accedían al gas de
línea se tenían que arreglar con garrafas cuyo precio era un 278%
superior al gas de red, o si vivían a más de doscientos kms. de la
Capital la luz les costaba dos veces y media el valor de la luz en la
zona metropolitana.
Tampoco en la “década ganada” las familias pobres han visto
facilitado su acceso al agua potable o a un servicio de cloacas. Veamos
que pasó en la “década ganada” a partir de los datos de los censos
nacionales 2001 y 2010. En 2001 el 42,5% de las personas tenía cloacas y
el 78,4%, agua potable de red, nueve años después el 48% tenía cloacas y
al agua potable accedían el 82,6% de los habitantes del país. Podemos
asumir entonces, que el aumento promedio de ambos servicios, 4,65% en
diez años, está muy lejos del crecimiento que experimentó el País.
Si bien en el país la red de agua potable cubre al 70,1% de la
población volvemos al mismo tema del gas y la energía eléctrica, ya que
en Capital el 92,3% de los habitantes tienen el servicio, pero en el
conurbano profundo -el corral donde el oficialismo guarda su hacienda
electoral- sólo tienen agua potable el 28,7%. Algo parecido sucede con
las cloacas -inexistentes en los asentamientos miserables que el modelo
regaló a las principales ciudades de Argentina- ya que decir que el 48%
de los habitantes tienen cloacas es una generalización absurda que se
convierte en un galimatías de cuarta al desglosarlo por zona. Volviendo
al recurrente ejemplo de la zona metropolitana vs. Interior, en Capital
el 98% tiene cloacas pero en Chubut solo el 24% tiene este servicio.
Si hay un problema endémico en Argentina y que afecta sobre todos a
las familias de bajo y mediano poder adquisitivo es la falta de
viviendas. En 2004 el “ex” presidente Kirchner lanzó a puro bombo la
primera etapa del Programa Federal de Vivienda que consistía en la
construcción de 120.000 unidades en 12 meses. Pasado ese período, se
anunció la segunda etapa del plan que consistiría en 300.000 nuevas
viviendas. Del total de 420.000 viviendas anunciadas solo se construyó
un 14,8% (62.133 casas) de las presupuestadas, y estas eran de tan mala
calidad que a poco de su inauguración eran inhabitables; claro que para
aquellos que venían de mal vivir en chozas de cartón y plástico les
pareció, al principio, un sueño realizado. Sobre este tema y esta
palabra “sueños” podríamos seguir con los cuentos del relato, algunos
tan escandalosamente turbios como el de “Sueños compartidos”, la nunca
aclarada asociación de “la madre” con el parricida que terminó en lo que
era, un robo vergonzoso al erario público y a las expectativas de los
pobres que aún creían en el relato.
Demás está decir que la falta de viviendas sigue siendo un problema
peor aún de lo que era diez años atrás en Argentina donde solo el 6,2 %
de las parejas que se forman acceden a una vivienda; parejas que son,
obviamente, de clase media alta o alta.
Siendo los medios de transporte masivo el de uso común entre los
trabajadores, la dedicación puesta por el gobierno kirchnerista fue
extremadamente cuidadosa en el reparto de los subsidios a empresas de
colectivos y concesionarios de ferrocarril, y su preocupación primordial
era que los empresarios del transporte no aumentaran el costo del
boleto de los mismos; lo demás- inversión o mantenimiento- no entraba en
ningún cálculo. Si vemos lo que el Estado invirtió en infraestructura
ferroviaria el resultado son los trenes usados comprados a España y
Portugal que jamás se pudieron usar porque la trocha no coincidía o
porque de tan usados solo tenían destino de chatarra, más algo que vino
después de la tragedia de Once.
Que el transporte público colapsara y les permitiera, hoy, recitar el
verso de la soberanía ferroviaria hubiera sido hasta divertido si en el
camino no se hubieran cargado a cincuenta y cuatro “laburantes” -sólo
para recordar a los muertos de las matanzas más conocidas- que no
tenían otra manera de llegar a sus trabajos que amontonados como reses
en trenes sin frenos ni mantenimiento de ningún tipo.
En su propio sermón de la montaña recitado el 10 de diciembre de 2003
decía Néstor Kirchner refiriéndose a la educación pública: “No hay un
factor mayor de cohesión y desarrollo humano que promueva más la
inclusión que el aseguramiento de las condiciones de acceso a la
educación… Una sociedad como la que queremos promover debe basarse en el
conocimiento y en el acceso de todos a ese conocimiento…Debemos
garantizar que un chico del Norte argentino tenga la misma calidad
educativa que un alumno de la Capital Federal”; diez años después los
“éxitos” de las políticas educativas son tales que pese a lo que dice el
gobierno que ha invertido en ella hay un marcado éxodo hacia la escuela
privada y nadie de buena fe garantizaría hoy que un chico pobre, no ya
del norte argentino sino del conurbano bonaerense, tenga la misma
calidad educativa que la que tienen aquellos de superior poder
adquisitivo.
Hablar del hospital público en la década kirchnerista es repetir la
misma saga triste de la escuela pública. Recordemos algo, ni bien fue
investido presidente Néstor Kirchner hizo destinar un ala del hospital
Argerich para el tratamiento de las afecciones presidenciales, aunque la
vez que tuvo un problema de salud relativamente grave optó por hacerse
atender en el Sanatorio de los Arcos. Fiel a este mandato, en agosto de
2012 la actual presidente, Cristina Fernández de Kirchner dijo: “Yo creo
que hay sistema de salud pública cuando los presidentes se atienden en
los hospitales públicos. Lo demás es puro cuento”. Algo sucedió en el
camino, ya que todas sus “nanas” fueron tratadas en hospitales privados.
Que los pobres del conurbano vengan a tratarse en masa a los hospitales
de Capital- que tampoco son un dechado de excelencia- es parte de este
sainete al que le falta un Discépolo para contarlo.
Hoy en la Argentina la seguridad es privativa de aquel que puede
pagarla. Si nos atenemos a una encuesta que maneja la Policía Federal y
la SI, solo el 18,2% de los crímenes en ocasión de robo suceden en zonas
de poder adquisitivo alto. El asesinato nuestro de cada día, por
entraderas, violación o secuestro se da, mayormente, en zonas
carecientes o en aledaños de las mismas. Todos los argentinos sabemos
que los delincuentes ya no tienen un Dios aparte sino un juez aparte,
juez que fiel a las doctrinas que algunos canallas esbozan desde la
Suprema Corte se ocupará sin hesitar que el delincuente salga de prisión
lo antes posible.
Esta década termina de la peor manera para los pobres, sin casas, sin
agua, sin luz y sin gas también se tienen que comer la mentira de los
“precios vigilados” deben soportar que los aspirantes a brujo del INDEC
se rían de ellos publicando que la inflación en 2013 es del 10,9%
mientras ven, mes a mes, que con cien pesos no compran 16 kilos de asado
como en 2003 sino que hoy solo les alcanza para dos kilos y medio de
chiquizuela.
Después de una extraordinaria década en lo económico que esto suceda
es una acción que en el diccionario solo tiene un nombre: pillaje; que
acá lo llamemos “Modelo De Inclusión Social Con Matriz Diversificada y
Crecimiento Sostenido” es solo parte del verso que soportamos desde hace
diez años. Nada más que una mentira cruel que solo se ha sostenido por
el esfuerzo de unos pocos, el egoísmo de unos cuantos, la estupidez de
muchos y el callado sufrimiento de los pobres, aquellos a quienes la
fábula, que no sus réditos, estaba dirigida.
