DE NOCHE, EN EL TEATRO -
Por Flavio Infante
A todos
consta que el elemento teatral-representativo cuenta, y no poco, en la vida toda de la Iglesia. El ceremonial que se
integra a la liturgia, que exige indumentaria y objetos propios, los gestos del
celebrante (genuflexiones, manos en alto, etc., todos ricos de un alto valor
expresivo), son otros tantos índices de la teatralidad del culto. La Santa
Misa, que ha sido a menudo definida como «drama sacro en el que se actualiza el
misterio de nuestra Redención», señala suficientemente este carácter; su estrecha
dependencia de las ipsissima verba et
gesta Christi de la noche del Jueves Santo, tanto como su actualización
perenne de la tragoedia praetexta del
Gólgota, vuelven a confirmarlo cada vez.
Hay, por
lo demás, otras comprobaciones que pueden hacerse sobre la presencia y eficacia
de lo teatral en la actuación terrena de la Iglesia. Pongamos por caso las
formas protocolares, tales como el respeto de ciertas fórmulas orales y
gestuales válidas para diversas circunstancias (bendición, toma de posesión de
un cargo, etc.), el trato que se le debe a un sacerdote, al obispo, etc. Todo
esto conlleva el beneficio -cuando es vivido con libre y plena conformidad
interior- de acrisolar al alma por la humildad. Desafiar o desdeñar las formas
impuestas por el ceremonial es, en efecto, un claro indicio de soberbia.
Sabemos
que la epidemia modernista que azota a la Iglesia acaba por impugnar el pasado
histórico y tiende a desdeñar los vestigios sensibles de la fe (llámense éstos
arte sacro, ornamentos litúrgicos o imaginería devota, lo mismo da), del mismo
modo que se juzga al orden social cristiano como a cosa lo bastante perimida
como para tomar de él lección para ofrecer al presente ruinoso de la
modernidad. Ese espíritu de impugnación y desconfianza hacia las
intermediaciones, propio del protestantismo, se posesionó de tal manera de la
Iglesia que puede decirse que ésta ya profesa, prácticamente, una fe anómala,
una fe fundada en una aprehensión de las realidades actuales y las esperadas
divergente por principio de la que el cristianismo histórico conoció. Tanto
que, como acierta a decir Amerio, «todo el concepto de fe se convierte aquí en
el de herejía, porque la palabra
divina es asumida sólo en tanto reciba la forma de la persuasión individual»,
sin ese vínculo orgánico de la communio
sanctorum. Esto resulta claramente del renegar de las generaciones de
cristianos que nos precedieron.
Esta es la
Iglesia que pide perdón al mundo, que se avergüenza de haber sido como fue.
Que, picada de aberrante utopismo, desconoce «el verdadero sentido de la
estrecha unidad del tiempo y la eternidad en el ámbito de la existencia humana»
(Niebuhr). No nos sorprenda, pues, que el valor auxiliar de esa escenografía a lo divino que supo
hacerle fondo a todas las manifestaciones vitales del Cuerpo Místico resulte
vilipendiado por la misma Jerarquía que debiera proponerlo para provecho de los
fieles.
Lo
curioso, con todo, es que a esta merma de lo ostensible, de lo representativo,
le subsiga una promoción insospechada de al menos uno, sí, de los elementos
propios del teatro: la actuación. El pontificado Bergoglio señala claramente el
abuso de ésta hasta la extenuación. Porque si muchos destacaron en su momento la
prestancia escénica de Juan Pablo II, derivándola de la experiencia actoral de
su juventud, con Francisco la cosa toma otro carácter. Ya no se trata sólo de
saber desenvolverse ante multitudes, sobre el tablado: ahora hay que hablar de
los travestimentos y metamorfosis más o menos patentes a quien aún conserve el
sentido de la vista, del empeño puesto en persuadir, en influir de modo casi
magnético, ocultando el verdadero rostro. Del actor (hypokrités), al menos esta cualidad le es común al Papa reinante.
Lo supo señalar ya hace algunos
meses, pese a las elocuentes trazas de «pensamiento débil» típicas de las
izquierdas -pese a confundir en una misma frase los conceptos de evolución y revolución, y pese a mil
otras levedades propias de caletres progres-,
uno de esos curas remanentes del sesenta y ocho que, apresurado por llevar más
lejos la demolición emprendida por Bergoglio, llega a reprocharle a éste, a
propósito del notable cambio del rictus avinagrado de antaño en la sonrisa
inmutable de hogaño, que el tal «es un gesto muy estudiado, toda su gestualidad
lo está. Es una puesta en escena», y que Bergoglio «está lidiando en el mismo
escenario» que las sectas protestantoides. «Es decir, mediáticamente, haciendo
un gran show como las iglesias electrónicas». ¿Hay alguien, acaso, que todavía
no lo haya advertido?
En uno de
sus artículos juveniles sobre cine, Borges ponderaba a una película en
particular -no recordamos ahora cuál- como «una de las mejores que haya dado el
cine argentino, es decir, una de las peores del mundo». Señaladamente, las
actuaciones han sido siempre muy deficitarias en nuestras latitudes: por lo
lentas, por lo previsibles, por lo sobreactuadas,
como gusta decirse ahora. Bergoglio reproduce esas malas cualidades y sin
embargo se lo aplaude, lo que da cuenta de una degradación del gusto del
público orbital, que al menos antes pedía un mayor verismo en las tablas.
El drama
de la Iglesia se convierte, a instancias de Francisco, en alegre mojiganga, en
mascarada festiva. Lo suyo, depuesto el enojoso ceremonial y los paramentos
otrora de rigor, ha devenido un unipersonal voluntariamente ascético en
recursos escénicos, desharrapado si se quiere, que podría incluso llevar por
lema el cínico programa que Lope señaló para sus comedias:
... como las paga el vulgo, es
justo
hablarle en necio para darle
gusto.
Pero que,
no habiendo nada oculto que no llegue a descubrirse, deja ver por esas siempre
condenadas, mal selladas rendijas, cuánto toque a la ficción y cuánto a la
realidad. Porque ocurre a menudo que, a expensas de un muy declamado irenismo,
se agazapa un Robespierre. Como
bien lo señala por estos días un entonado Cesare Baronio:
tener un Papa que se pone la nariz de
payaso ya es bastante. Alguno pensará que sufre de algún trastorno de la personalidad:
explíquenle quién es el Papa y qué debe hacer, de lo contrario la próxima vez
ya nadie le prestará atención. Quizás es justo esto lo que quieren Scalfari
& Co.
A menos que...
A menos que no se trate sino de una máscara: mientras todos suponen hallarse
ante un inofensivo simpaticón, se quita la nariz de clown y -¡epa!- le
reaparece la tiara pontificia en la cabeza, en virtud de la cual remueve a
Burke de la Congregación de los Obispos y manda a paseo al cardenal Piacenza y
se apresura a reformar la liturgia. Porque, no lo olvidemos, puede incluso
bailar el tango y chacotear con los futbolistas, pero sabe muy bien dónde
quiere llegar y, Papa o no Papa, tiene los instrumentos para lograrlo.
Visto en: http://in-exspectatione.blogspot.com.ar
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