¡Delegue el poder en el rockechorro, Señora!
Su tocata y fuga es muestra más que elocuente, ¡Señora! Le va a
costar un ovario volver a “dar la cara”, expresión que poco y nada tiene
que ver con el guión de aquella película nacional estrenada en el año
1962, dirigida por José A. Martínez Suárez, y protagonizada por Leonardo
Favio y Lautaro Murúa.
¡No vá más… cartas!, como diría el tallador de alguna mesa de punto y
banca. ¡Y las cartas están sobre la mesa, y el punto se cansó de ser
punto, y la banca debe cambiar de manos antes que le pongan la mesa de
sombrero, así se trate de un mero deseo.
Para colmo, la veo como atrapada y sin salida, en función de la poco
feliz ocurrencia de su finado esposo, al decretar la “no criminalización
de la protesta”; algo así como un llamado a la “anarquía”, en su
momento festejado por los pelotudos de siempre (léase ciudadanos que
viven ajustados a derecho, a quienes se les viene privando desde
entonces de transitar libremente por todo el territorio nacional, art.
14 de la Constitución Nacional). Cuando digo “poco feliz”, obviamente lo
hago mirando desde acá. Si en cambio lo miro desde allá, o sea del lado
de su gobierno, Señora, debo admitir que se trata de la medida que
diera lugar al “principio del fin”, la más grande aspiración “del
modelo”.
Le explico este último ítem a Ud. que me lee, y mira sin comprender.
Esta sucesión de gobiernos que ya lleva en el poder más de una década,
tuvo como prioritaria inspiración la fragmentación de la sociedad en
tantas partes como fuera posible; la penetración del núcleo familiar,
donde hoy por hoy, hay hijos que han dejado de visitar a sus padres, de
comunicarse con sus padres, de saber siquiera si sus padres aún existen o
han pasado a mejor vida (nunca tan justo seguramente, esto del pase a
mejor vida, ¿no?). Pero además, fue la manera más expeditiva y paqueta
de destrozar y desnaturalizar a las fuerzas policiales y de seguridad,
convertidas por obra y gracia del decreto, en cómplices de la comisión
de cuanto delito de acción pública se le ocurra imaginar, y ante los que
deberían tener el deber de actuar “de oficio”; en hombres y mujeres
uniformados, soportando la burla, los escupitajos, los huevazos,
palazos, piedrazos, de parte de los energúmenos hijos de puta de
siempre, a los que se sumó una cantidad importante de “nuevos
energúmenos hijos de puta”. Y entonces, la rotura de la cadena de
mandos, y con ella la disciplina y la subordinación, pilares sobre los
que históricamente se sustentaron estas instituciones. Y entonces pasa
lo que pasa; y entonces pasó lo que pasó en este apenas pasado diciembre
negro. Lo de negro, en este caso, tómese como copia del famoso viernes negro
en Estados Unidos, relacionado con el desastre financiero de 1869 (leyó
bien… un mil ochocientos sesenta y nueve), y los cortes de luz que
prácticamente nos retrotraen a esa fecha, en nuestro país.
Vuelvo a Ud., ¡Señora! Entréguele el Poder al rockechorro, que los argentinos nos encargaremos de meterle la guitarra en el toor, así tengamos que pasar por sobre los cadáveres del Norbi Oyarbide, o el Euge Zaffaroni.
