Dos cuadros, dos mentalidades, dos doctrinas
Haga
el lector un ejercicio de imaginación, y suponga que le sea posible
regresar a los tiempos de Cristo, y visitar la habitación modesta donde
vivía la Sagrada Familia en Nazaret. Al entrar, usted encuentra a la
Virgen jugando con el Niño; y que dichas personas
fuesen exactamente como Rouault (siglo XX) los imaginó en el cuadro que reproducimos a su izquierda.
¿Esa
imagen colmaría su expectativa? ¿Corresponde a lo que se debería
esperar de la Madre de Dios, y del propio Verbo Encarnado? ¿Encontraría
en esas figuras un reflejo auténtico del espíritu cristiano, de las
virtudes inefables de Jesús y María? Evidentemente no.
Por lo
tanto, quien se empeñe en que el arte cristiano refleje de modo digno y
apropiado el espíritu de los Evangelios y de la Iglesia, no puede ser
indiferente a
que cuadros de este género se generalicen entre los fieles.
¿Qué
terminará pensando y sintiendo sobre la Sagrada Familia un pueblo que
tenga frente a sí obras pictóricas o escultóricas de este jaez? El arte
cristiano tiene la misión de auxiliar dentro de sus posibilidades
peculiares la difusión de la sana doctrina, y no se puede considerar que
el espíritu de este cuadro sea propicio para dicho fin.
* * *
Para
aclarar mejor estas afirmaciones, consideremos cuanto es eficaz, por el
contrario, para hacer comprender por los sentidos lo que la Iglesia nos
enseña sobre Jesús y María, este cuadro del “Maitre de Moulins”, (siglo
XV) representando también a la Virgen y el Niño.
Plinio Corrêa de Oliveira, Catolicismo N° 6 Junio de 1951
