El profeta negro
Por Ángel Ayala,
SI.
Unos ojos que
todo lo vieran negro serían ojos que no vieran nada. Todo negro, negro, sería
un defecto de visión: algo que estaba en los ojos, no en los objetos.
Así hay
entendimientos que no aprecian sino la parte sombría de los hechos y de las
ideas. Cuando se fijan en los sucesos de actualidad, instintivamente se clavan
en lo triste, en lo desagradable, en lo terrorífico, en lo inmoral. Todos los
objetos, las personas y los hechos tienen luces y sombras, pues esos ojos son
unas cámaras oscuras que lo reproducen todo menos la luz.
¿Y qué diremos
del horizonte, de lo que está lejos, de lo futuro? Todo son visiones de males
fieros. A veces, el Profeta Negro toma una idea, cogida del ambiente social o
político, y de ella saca consecuencias y consecuencias cada vez más
aterradoras. Y como ve con evidencia que se eslabonan unas con otras
fatalmente, se figura que en el orden de los hechos ha de pasar lo mismo, y
vaticina como un verdadero vidente.
No hay más sino
que la lógica de las ideas que es una y la de los hechos otra, totalmente diversa y
a veces contradictoria. La lógica de las ideas es como una cadena de hierro,
cuyos eslabones se enlazan inquebrantablemente. La lógica de los hechos es una
cadena de barro, que se quiebra con cualquier cosa. En el orden doctrinal, el ateísmo,
cuando se atraviesa la adversidad en la vida, lleva lógicamente al suicidio; en
el orden práctico, se quiebra la lógica por el instinto de conservación.
De manera que el
Profeta Negro ni ve lo presente ni lo futuro; lo presente, porque en la
naturaleza no se da todo de un solo color, y lo futuro, porque el porvenir no
es el resultado de unas consecuencias lógicas, sino de un conjunto de caprichos
y de pasiones, de virtudes y de defectos, de ideas falsas y de ideas
verdaderas, de incongruencias de conducta e inconsecuencias palmarias.
El Profeta Negro
no tiene memoria. Un día sí y otro no vaticina cosas horrendas, y las cosas
horrendas no llegan. Pero la falsedad de sus pronósticos ni le impresiona ni la
advierte. Cuando deja de cumplirse un vaticinio, ya está preocupado con el
presagio de otro suceso futuro inminente.
El Profeta Negro
es indolente. Nadie le hace moverse para nada; ¿para qué, si todo está perdido?
Sus dos lemas favoritos son: cuanto peor, mejor; o todo, o nada. Es decir,
húndase todo y así estaré más cerca de mi ideal, sin necesidad de que yo
trabaje ni me moleste. O todo o nada; es decir, como lograrlo todo es un mito, nos
quedaremos con no hacer nada para no trabajar en balde.
Cuanto
peor, mejor: es notable la
seguridad con que muchos afirman: «¡Aquí tiene que venir algo gordo! Sin una
cosa muy gorda no hay remedio para nuestros males».
Ha de ser algo
tremendo, pero que durará poco. Ahora bien; pasado ese bautismo de sangre
vendrán días de bonanza.
De manera que no
sólo es inevitable, sino necesario que ocurra una catástrofe; si no viene, nos
fastidiaremos. Pero es el caso que ya vino, y como el ideal de muchos no ha
llegado, ahora esperaremos otra hecatombe. De modo que ya se sabe: a fuerza de
hecatombes llegaremos al ideal.
Conducta que San
Pío X tacha de traición cuando, en carta al Arzobispo de Toledo le dice:
«Cooperar con la propia conducta o con la propia abstención a la ruina del
orden social, con la esperanza de que nazca de tal catástrofe una condición de
cosas mejor, sería actitud reprobable, que por sus fatales efectos se reduciría
casi a traición para con la religión y con la patria».
O todo o
nada. Ésta es la otra norma del Profeta
Negro. Y no se ve la disyuntiva; o todo o nada. No, señor; o parte; en la
práctica, nadie aplica ese principio.
