"LOS HIJOS DE DIOS NO SON HERMANOS DE LOS HIJOS DE LOS HOMBRES"
“Ni llaméis padre a nadie sobre la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el que está en los Cielos” (Mt 23, 9).
La Paternidad Divina no es, como los hombres piensan, dar el Padre el amor personal a cada ser humano.
Dios no ama al hombre, sino que Dios ha creado las almas de los hombres: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza”
(Gn 1, 26). La Paternidad Divina es creadora de las almas de los
hombres. Y, por tanto, Dios es Padre de todas las almas, pero no es
padre de los cuerpos de los hombres.
Por
eso, ningún alma puede llamar padre a nadie, porque sólo tiene un Padre
que la ha creado. Pero todo hombre puede ser hijo de Dios o hijo del
hombre o hijo del diablo, porque viene al mundo en el pecado original.
Dios creó al primer hombre y a la primera mujer, para hacer una familia divina, para hacer hijos de Dios: “Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra” (Gn 1, 27).
Pero
Adán pecó y, entonces, no se puede dar esa familia divina, ese plan
original en las generaciones de los hombres, en los hijos de los
hombres, porque Dios no manda tener hijos a los hombres, sino que mandó a
la primera pareja tener los hijos de Dios, los hijos que el Padre
quería: “y los bendijo Dios, diciéndoles: Procread y
multiplicaos, y henchid la tierra, sometedla y dominad (…) sobre todo
cuanto vive y se mueve sobre la tierra” Gn (1, 28). Es la bendición para engendrar hijos de Dios.
Adán
no quiso ese plan original y, por tanto, de ahí nacen las guerras, las
matanzas, el odio entre los hombres que eso es señal de que no todos los
hombres somos hermanos, no todos somos hijos de un mismo padre: “Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, entre su linaje y el suyo” (Gn 3, 15).
El
plan de Dios sobre la humanidad era formar hijos de Dios por gracia y
por generación, es decir, que el hombre en gracia iba a engendrar un
hijo de Dios en la mujer en gracia. El hombre, en ese plan, no podía
engendrar un hijo de hombre o un hijo del diablo.
Como
Adán pecó, entonces, Adán engendró hijos de Dios por generación, pero
no por gracia, e hijos de hombres. Se unió a otras mujeres para tener
sus hijos, que Dios no quería. Y, por tanto, se da una línea
generacional de hijos de Dios y una línea de generación de hijos de
hombres: “viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron de entre ellas por mujeres las que bien quisieron” (Gn 6, 3).
De
Adán salen dos familias distintas: una familia que da hijos de Dios y
otra que da hijos de los hombres. La de los hijos de Dios son los hijos
que Dios quiere que Adán engendre. La de los hijos de los hombres son
los hijos que Dios no quiere que Adán engendre. Ésta última viene por el
pecado original.
Y si se unen estas dos familias, entonces tenemos los hijos del diablo: “Existían
también los gigantes en tierra, y también después, cuando los hijos de
Dios se unieron con las hijas de los hombres y les engendraron hijos” (Gn 6, 3).
La
Sagrada Escritura es clara: todas las almas proceden de Dios por
creación. Todas las almas tienen por Padre a Dios. Hay muchos hombres
que venden sus almas al demonio. En este caso, Dios Padre sigue siendo
el Padre de esa alma, pero está esclavizada al demonio. El demonio no
puede crear un alma, no puede ser padre de un alma, pero puede atarla a
su ser demoniaco.
Pero
los hombres se dividen en: hijos de Dios, hijos de los hombres e hijos
del diablo. Luego, los hombres no somos hermanos entre sí. Venimos de un mismo hombre, de Adán, pero no de una misma mujer. Este es el punto del pecado original.
Mientras
Adán se unió a la mujer en la Voluntad de Dios, engendró de ella hijos
de Dios; pero cuando Adán se unió a la mujer sin esa Voluntad Divina,
porque comió del fruto que Dios le prohibió tomar, entonces, perdió la
gracia y comenzó a engendrar hijos de los hombres, no ya hijos de Dios: “Por
haber escuchado a tu mujer, comiendo del árbol del que te prohibí
comer, diciéndote: comas de él: por ti será maldita la tierra” (Gn 3, 17).
Por tanto, la doctrina de la fraternidad que enseña Francisco no puede sostenerse, hace aguas por todas partes.
Para Francisco existe en el hombre una vocación a la fraternidad. Y lo fundamenta así:
“Ya
que hay un solo Padre, que es Dios, todos ustedes son hermanos (cf. Mt
23,8-9). La fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios (…) se
trata de un amor personal, puntual y extraordinariamente concreto de
Dios por cada ser humano (cf. Mt 6,25-30) (…) Una paternidad, por tanto,
que genera eficazmente fraternidad” (Francisco, 8 de diciembre de 2013). Aquí está toda su herejía.
Hay
un solo Padre, luego todos somos hermanos. Francisco no discierne las
Palabras del Evangelio (cf. Mt 23,8-9) y da por sentado que se refiere a
los cuerpos, no a las almas. Dios crea las almas y, por eso, es Padre
de todas las almas. Pero Dios no es Padre de todos los hombres, por el
pecado original. Francisco dice: todos somos hijos de un mismo Padre, en
los cuerpos y en las almas.
Si se comienza mal la doctrina, entonces la conclusión no puede sostenerse: todos somos hermanos.
Esto va contra la misma Palabra de Dios, porque Dios mandó a Adán
engendrar hijos de Dios para hacer la familia de Dios. Si Adán no
hubiera pecado, entonces todos seríamos hermanos y Dios sería el Padre
de todos los hombres. Es así que Adán pecó. Luego, hay división en las
generaciones de los hombres. No somos ni podemos ser hermanos.
Entonces, la fraternidad no está enraizada en la Paternidad Divina. Esta es la siguiente herejía: La fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios.
Se
ama al hermano porque se es hijo de Dios. Sólo es posible ser hijo de
Dios por gracia, no por generación. Hay tantos cruces entre los hombres,
hay tantas uniones entre los hombres, que ya no se sabe dónde está la
familia de Adán, la que viene por generación divina, la que no se cruzó
con los hijos de los hombres ni con los hijos del demonio. Ahora,
después de la Obra Redentora de Cristo, ser hijo de Dios sólo es posible
por gracia, recibiendo la gracia del Bautismo y, por tanto, recibiendo
el Espíritu de filiación divina.
Pero,
aunque una persona sea hija de Dios por gracia, eso no supone ser hija
de Dios por generación. Luego, no hay fraternidad entre los hombres.
Sólo se da la paternidad espiritual y mística por la gracia, pero no por
generación.
Los
hombres no somos hermanos carnales, ni tampoco espirituales. No somos
hermanos de Cristo por tener un Bautismo, ni siquiera hermanos de un
mismo Padre por ese Bautismo. Porque, para ser hijo de Dios, como lo
quiere el Padre, según su plan original, hay que ser tres cosas:
1. hijo de Dios por gracia;
2. hijo de Dios por Espíritu;
3. hijo de Dios por generación.
2. hijo de Dios por Espíritu;
3. hijo de Dios por generación.
Hay muchos que están en gracia y que han recibido un Bautismo, pero no son hijos de Dios por generación.
Hay muchos que no están en gracia y tienen un Bautismo, pero no son hijos de Dios por generación.
Hay muchos que no están en gracia ni tienen un bautismo, y tampoco son hijos de Dios por generación.
Y la cuestión es si se puede dar el ser hijo de Dios sólo por generación, no por gracia, no por Espíritu. Y la respuesta es: no.
En
las condiciones del pecado original, se ha perdido la generación de los
hijos de Dios, porque el Señor puso el camino de la Gracia para ser
hijos de Dios. Lo que Adán hizo al principio: engendrar hijos de Dios de
una mujer, ya no es posible porque no existe esa mujer. Toda mujer,
como todo hombre, está mezclado en su generación. No es puro. No es un
hijo de Dios puro en la generación.
Sólo
se da la pureza en la gracia. Se es hijo de Dios por gracia y por
Espíritu. Para conseguir el plan de Dios original, es necesario el Reino
Glorioso. Y, entonces, en ese Reino se podrá dar la fraternidad que, en
estos momentos, es imposible. Por eso, Francisco se equivoca totalmente
en su doctrina de la fraternidad, que es la doctrina del demonio. Es lo
que metió el demonio en la mujer, en el Paraíso, para que Adán
engendrara hijos de los hombres, hermanos en la carne de los hombres,
pero no de Dios. Y esos hermanos dan lugar a los hermanos del demonio.
No
puede darse un amor personal de Dios a cada hombre, como lo enseña
Francisco, porque el Padre Celestial sólo puede amar a los que están en
gracia (cf. Mt 6,25-30) y, por tanto, el Padre celestial alimenta,
cuida, bendice, es providente de aquellas hombres que viven en su
gracia, que es lo que les hace ser hijo de Dios. Por más que se tenga un
Bautismo y, por tanto, por más que se haya recibido el Espíritu de
filiación divina, si la persona no está en gracia, no se es hijo de
Dios, porque se vive en el pecado. Y aquel que peca no es hijo de Dios:
“el que comete pecado, ése es del diablo (…) Quien ha nacido de Dios no peca” (1 Jn 3, 8.9).
Francisco
siempre se olvida del pecado original. Siempre se olvida de que existe
el pecado, aunque cuando se reciba la Gracia y el Bautismo. Y se olvida
porque no cree en el pecado. No por otra cosa.
Por eso, sólo habla de una forma bonita: “El
corazón de todo hombre y de toda mujer alberga en su interior el deseo
de una vida plena, de la que forma parte un anhelo indeleble de
fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en los que
encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y
querer” (8 de diciembre 2013).
Pero
este lenguaje es herético por sí mismo. Porque no todo hombre ni toda
mujer tiene en su corazón el deseo de algo pleno. No se puede hablar
así, cuando hay hombres y mujeres que no buscan lo pleno en su vida, no
buscan la plena verdad. Sólo les importa sus verdades, sus vidas, sus
obras y ya está.
Y
tampoco se puede decir que eso que tienen en su corazón viene de un
anhelo indeleble de fraternidad. ¡Menuda herejía! Dios, cuando crea al
hombre, no pone este sello indeleble de fraternidad. Se es hijo de Dios
porque el hombre engendra en una mujer el hijo que Dios quiere. No se es
hijo de Dios porque el hombre tenga en su alma un sello de ser hijo de
Dios ni, por tanto, un sello de que todos somos hermanos.
Esta
es su enseñanza herética. Francisco no habla claro en la Iglesia. Y,
entonces, da una doctrina totalmente demoniáca. Esto tiene un sabor
demoniáco, no siquiera humano.
En
la vida encontramos a muchos que son enemigos, que hay que verlos como
enemigos y, por tanto, no se pueden ver como hermanos. Esto es lo que
enseña la Sagrada Escritura: “pongo enemistad”. Pero Francisco no atiende a estas verdades fundamentales y entonces cae en utopías:
“La fraternidad extingue la guerra”
(8 de diciembre). El mirarnos como hermanos eso quita la guerra. Es que
esto no se puede sostener. Es que está la experiencia desde Adán que,
por más que el hombre dialogue y bese a otro hombre y lo abrace, siempre
está la guerra, siempre habrá discordias, siempre habrá odios. Siempre.
Porque hay una cosa que Francisco no cree: el pecado.
Por el pecado, se rompe la fraternidad. Se quita el pecado, entonces hay amor fraterno porque hay amor de Dios.
Francisco
dogmatiza la fraternidad. La pone como un sello indeleble en el hombre.
Esa es su herejía. El amor al hermano viene del amor a Dios. Dios pone
en el hombre su amor divino, no el amor a los hermanos. Francisco dice:
no. Todos sentimos ese anhelo indeleble de ser hermanos. Se carga el
pecado original. Lo anula. y, por tanto, pone al amor a los hermanos por
encima del amor a Dios. Eso es signo de su orgullo, de su pecado de
orgullo, en que no puede ver su soberbia, sino que se cree que está en
la Verdad. Y, por eso, da sus fábulas en la Iglesia.
Ahí tienen el documento LA FRATERNIDAD, FUNDAMENTO Y CAMINO PARA LA PAZ,
con fecha 8 de diciembre, en la que pueden ver todas sus herejías para
explicar lo que no se puede explicar: el amor de Dios en este mundo sólo
es posible a través de una vida de cruz. Y, por tanto, sólo se puede
amar al hermano dándole una cruz, la Voluntad de Dios, que es lo que no
hizo Adán con su mujer. Se unió a ella en el placer de la vida y, por
tanto, de ella nace la humanidad, los hijos de los hombres, que no saben
ser hermanos entre sí porque no tienen la gracia, porque no quitan el
pecado, porque se creen que con la conciencia vale para salvarse, para
justificarse ante Dios. Es lo que enseña Francisco en todo este
documento, totalmente herético, desde el principio al fin.
