OTRA AGACHADA DEL VICARIO
- Por Flavio Infante
A nadie le gusta
hacer el aguafiestas en la fanfarria de los bobo-católicos (los que reciben la
comunión en la mano y se percatan tardíamente, ahora que les llega el turno, de
las bondades de la obediencia perinde ac
cadaver), ni a nadies le complace andar desentonando a toda hora con los
aduladores gentílicos del Papa, los "transexuales
una cum Papa nostro". Pero el embudo de estos tiempos que no elegimos
nos precipitó en este difícil menester, que no se pretende vocacional sino
apenas eruptivo e indomeñable. Micro-caniches del Anticristo adveniente, estos
simuladores de normalidades inexistentes pujan por corregir toda ortodoxia, a
la vez que decretan la llegada de tiempos inmejorables, de beata simbiosis
entre Iglesia y mundo, del que ya no habría que temer ninguna persecución ni al
que habría que urgir -¡pecado de intolerancia, resabio medieval!- a la
conversión.
Darían ganas de
hablar de aquellas buenas cosas que están saliendo a cada momento de las manos
del Creador y que, como en el relato del Génesis, son buenas porque son: la flor de la pasionaria o mburucuyá, de
sutilísimos pliegues y diseño, cuyo fruto -globuloso y purpúreo por dentro,
como la granada- hay que disputárselo a las golosas calandrias; el colibrí, que
los conquistadores recién llegados a nuestras latitudes llamaron "pájaro
mosca", por no saber si era lo uno o lo otro, y que al volar, malgrado su
impalpable fragilidad, produce un ronquido semejante a la voz del cerdo; la pradera
de vario verde, hendida como por rayo por la fuga de la liebre asustadiza.
Darían ganas de hablar del murmullo nocturno del río, cuando las bestias
callan, y de la aurora y el ocaso en azoradas llamas... Darían ganas, si no de
glosar largamente el «Cántico de las Creaturas» del de Asís, al menos de
balbucear la admiración que se sorbe por los ojos llenos. A la rebelión de la
nada se la desmiente con la fidelidad al orden y la afirmación del ser; a la
futilidad de los esquemas ideológicos del hombre prometeico se le opone la
fertilidad inagotable de lo creado y nuestra esperanza incorruptible, que
apunta a lo Increado. Pero hete aquí que, vibrante siempre el concierto vivo de
los seres (seres ajenos al conocimiento del mal), la conciencia tocada de ese
pasmo feliz se ve una vez más conminada por la alarma, dote del homo viator. Ahora hay que habérselas
-como si no fueran demasiadas las consecuencias del profesar la fe en Cristo en
nuestros días- con la continua deposición verbal del Papa abriboca, que prorrumpe
en una nueva palabrota cada vez. Culmen y acabose del ya prolongado desquicio
eclesiástico, dice el extracto noticioso que toma palabras del pontífice en un
encuentro con religiosos el pasado mes de noviembre, transcritas por la
malfamada «Civiltà
Cattolica», que
...el Papa Francisco considera que las
distintas realidades personales que se dan en la sociedad actual, como la
existencia de hijos que conviven con parejas homosexuales, suponen un desafío
educativo nuevo para la Iglesia Católica, sobre todo a la hora de anunciar el
Evangelio.
Y ya se interrumpe el efable curso de la Creación y de
los admirables seres cuando es el propio pontífice quien demuestra desconocer
que, abolida radicalmente la ley natural, ya no es posible "anunciar el
Evangelio". ¿O habrá que entender, según todo lo indica, que se refiere a otro Evangelio? (Tenemos, para prevenir
un tal peligro, el pasaje de Gálatas I, 8 ss. «aun cuando nosotros o un ángel del cielo os anunciase un Evangelio
distinto del que os hemos anunciado, sea anatema»). El pecado de Sodoma,
que clama al cielo, ¿puede merecerle acaso tan especiales miramientos,
cortesías tan ajenas al común sentir católico? ¿Qué pretende con esta escalada
de turbiedades, infamia de la misión docente de la Iglesia, chancro creciente
que amenaza con trocar el rostro de la Esposa de Cristo en una pura pústula?
Alguien, en un
sitio digital del Viejo Mundo, de profanidad petulante y volteriana
inspiración, se refirió recientemente a SS Francisculus -y no en alusión a este
último desplante al que aludimos, sino a su ya inconfundible estilo, a toda la
agobiante retahíla de su "magisterio líquido"- diciendo poco más o
menos que «al fin de cuentas es un
sudamericano. Como la puta cubana que musita obscenidades en los oídos del
turista escandinavo a los fines de atraérselo al camastro». Y lo
peor es
que tiene razón. Acá estaba el riesgo implícito en el proyecto conciliar
de
aproximación amistosa al mundo, apurado al fin por Bergoglio y sus
programadores. Su procedencia peronista -ya que no castrista- convierte
al
momentáneo actor de este drama (que es entremés) en un instrumento apto
para
tales comercios. Lo que el crudo verismo del comentador seguramente
desconocía
-y de ahí que sea doble su acierto- era el capítulo 17 del Apocalipsis,
con la
descripción de la Gran Prostituta que fornica con los reyes de la
tierra, ebria
de la sangre de los santos y de los mártires y odiada visceralmente por
aquellos sus mismos compañeros de juergas, que «la despojarán de
sus vestiduras, toda desnuda, comerán sus carnes y la quemarán». La
Iglesia, por corrompida y adúltera, no deja de ser detestada por sus
enemigos de siempre,
que reconocen en ella como el vestigio de un carácter imborrable, aunque
traicionado y voluntariamente oculto. Y hacia ella apuntarán sus iras,
sin
importárseles un bledo de sus contemporizaciones y agachadas.
Le pedimos a
Dios, si no está en sus planes concedernos por el momento algo mejor, que al
menos permita more en Bergoglio -a trueque del demonio locuaz- aquel demonio
mudo que Jesús expulsó en Lc. 11, 18. Que lo vuelva silente y taciturno como
una tapia, quedo como un muelle. Saturnino, adusto, mudo como una ruina en la
que el musgo y la hiedra cumplen su oficio, y que el Evangelio pueda entonces
ser anunciado a todas las creaturas, conforme al mandato inexcusable del Señor.
Visto en: http://in-exspectatione.blogspot.com.ar
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