JORGE DORÉ: VENTANAS AL MAL
Ventanas al mal
Jorge Dore
«Hermanos, como custodios de los misterios de Dios, alzaos y actuad.
Vosotros que veis ante vuestros ojos la devastación que otros están perpetrando».
(San Atanasio, “Patrología griega”, XXVII, 219)
Vosotros que veis ante vuestros ojos la devastación que otros están perpetrando».
(San Atanasio, “Patrología griega”, XXVII, 219)
Los pocos católicos que aún luchan
por guardar el depósito de la fe, hoy presencian, viven y sufren en
carne y alma propias, los embates del reino de Satanás sobre la Tierra.
Su violenta marejada tóxica amenaza la pureza de las arenas de nuestra
amada Galilea espiritual. Y aún más, es un puño autoritario que se
cierra sobre naciones y sociedades con un cruel totalitarismo que ya
exhibe su impía represión contra todo lo que huela a Cristo, en metódica
preparación de un golpe final.
Los diques que durante siglos contuvieron la iniquidad preconizada y
con ésta al mal encarnado, al segundo hombre de dolores, –dolores que
éste infligirá a la humanidad pero que no cargará sobre sí mismo–, han
sido desmantelados por anticristianos zapadores que se han apoderado de
la ex-Iglesia católica. Los actuales dueños de la misma son miembros de
sociedades secretas que gestionan incansablemente el paulatino
acomodamiento de la doctrina cristiana a las expectativas del nuevo
orden mundial, tantas veces públicamente encomiado por jerarcas como
Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI quienes veían en la ONU y no en
Cristo, la única posibilidad de paz global.
De ahí que estos lacayos de Lucifer, con laringe de oveja e
intenciones de dragón, sigan arrancando a Cristo capa tras capa de su
divinidad –tal como Su túnica fuera arrancada al pie de la cruz– para
exhibirlo como a un Confucio occidental, un simple moralista, otro
avatar más que ocupó cierto nicho transitorio en la historia, hoy
obsoleto y superado. Su poder y milagros serán atribuidos simplemente a
la leyenda. De modo que la imagen de Jesús quedará supeditada a aquel
que, cuando despunte, exigirá que lo idolatren y obligará a que se adore
su efigie rebosante de iniquidad: el Hombre de pecado.
Es necesario desvirtuar a Cristo para poder glorificar a su rival,
quien será la suma y personificación de todos los males y pecados que el
ser humano pudiera cometer, el epítome de todas las iniquidades
fusionadas en una sola naturaleza vil, alimentada por la falsa trinidad
de mundo, demonio y carne.
El triunfo de la decadencia
Salta a la vista que el mundo se ha deteriorado rápidamente desde que
el primer gran jerarca y participante activo del complot final contra
la Iglesia católica subiera a la palestra: el antipapa Juan XXIII.
Ataques coordinados por los enemigos de Cristo fuera y dentro de la
religión, –cada día más acerbos–, obtuvieron no sólo la liquidación de
las defensas cristianas mediante retractaciones y el mea culpa universal
de la Iglesia, sino además todos los bienes materiales de ésta más la
usurpación de todos sus poderes. Y con ello, heredaron un rebaño
engañado que aún los sigue sin percatarse de su peregrinación hacia al
matadero espirtual. Porque ya no sirven a Dios.
Secuela de estos catastróficos eventos son las angustias morales, el
hambre y sed de justicia y la impotencia de los católicos lúcidos ante
el avance del mal que nos agobia. De más de una cruz personal y
cotidiana parece brotar el lamento: ¿Padre, por qué nos has abandonado?
Principio este de dolores para quienes habrán de dar testimonio de
Cristo ante el odio y el desprecio de una humanidad alérgica a la luz.
Mas honramos la advertencia de las palabras del divino Maestro:
“Si el mundo os aborrece,
sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del
mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo
os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de la palabra
que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han
perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi
palabra, también guardarán la vuestra.
(Juan 15:18, 20).
(Juan 15:18, 20).
Castigos y engaños
El hombre será duramente afligido en cumplimiento de las profecías
bíblicas. Quizá esta advertencia escape al ámbito futurista y estemos
padeciendo ya el castigo divino, bien merecido por una humanidad vana,
materialista y soberbia que, cerrando sus postigos a la eternidad, ha
optado por andar a oscuras, guiada por voces que prometen hacer un
paraíso de la Tierra. Maldita utopía esta que aún sobrevive a pesar de
haber puesto más de cien millones de muertos en el paraíso concebido por
Marx y Lenin.
Aparte de la imparable degradación moral que enferma nuestras
sociedades, insuflada por los mismos enemigos que se cebaron en la
Iglesia, –léase el judaísmo talmúdico y cabalista y sus utilísimos
tontos, la masonería–, estamos a merced de su cinismo instituido, que
difunde y consiente la anarquía moral de una humanidad engañada con la
falsa bula de la libertad individual. Libertad que estúpidamente han
usado muchos supuestos cristianos para autodestruirse, menospreciando su
única tabla de salvación: Jesucristo. Pero más lamentable aún es que
esta libertad de autodestrucción haya sido declarada un derecho del
hombre en los documentos de la iglesia conciliar.
Nuestros astutos enemigos han trenzado la cuerda que nuestra patética
y estupidizada civilización occidental se está echando al cuello. Tan
es así que no han dudado en concedernos la generosa oferta de la
eutanasia, que no es más que un suicidio asistido y legal, para
erradicarnos más rápidamente, pretendiendo volver obsoletas las palabras
de Jesús en el huerto, que le conceden un metafísico sentido al
sufrimiento humano:
“Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú”. (Mateo 26:39)
Si nos quedan dos dedos de frente sin necrosis, deberíamos
preguntarnos: ¿No resulta paradójico tanta preocupación por el medio
ambiente, el calentamiento global y el deterioro de la capa de ozono
cuando ignoramos el asesinato en masa legalizado y su secuela de
despojos humanos que, en vez de contemplar un universo de encajes,
colores y sonrisas, sirven hoy para calentar largas y frías salas de
hospitales sin alma, como sucede en Inglaterra?
¿Cómo no vemos la hipócrita preocupacion del ser humano por la
debatible intensidad de los rayos del sol mientras apuñala a su propia
descendencia indefensa en el claustro materno, o mejor dicho, en la
tumba del más cruel ultraje, con un coágulo de sangre por sello y el
olvido por lápida?
Aunque quizá ya tarde, muchas personas comienzan a despertar, cansadas de la mentira y de la trastienda imperantes,
cansadas de la desfachatada corrupción de desalmados y anticristianos políticos,
cansadas de la insolencia e imposición de la inmoralidad homosexual
contra quienes buscan preservar la virtud y la integridad familiar,
cansadas del malévolo embuste de la urgencia y necesidad de un gobierno global,
cansadas de la corrupción y de la manipulación sicológica de las masas,
cansadas del selectivismo informativo y la pertinaz imbecilización por parte de los medios noticiosos,
cansadas de infames paneles de expertos que estadística y
científicamente celebran los beneficios de la autocomplacencia y la
inmoralidad,
cansadas de la destrucción de las identidades nacionales mediante las inyecciones de inmigraciónes masivas,
cansadas de escuchar que en las arcas nacionales hay eco mientras se
invierten sumas ingentes de dinero para subvencionar causas enemigas y
atroces campañas,
cansadas del abuso y la depredación contra la infancia, manifiesta en
los baños compartidos y los condones gratuitos repartidos en las
escuelas por el propio sistema escolar,
Cansadas de la prohibición de rezar en las clases o en el comedor de
los centros de enseñanza y de la molestia del crucifijo sobre las
paredes,
Cansadas del adoctrinamiento juvenil de la infame ideología de género (diabólico triunfo del subjetivismo sobre el objetivismo),
cansados de los libros plagados de doctrinas malintencionadas para
instigar a la juventud a rechazar a Cristo y avergonzarse de El,
cansadas de la intromisión del estado en las vidas privadas de los ciudadanos,
cansadas de la discriminación contra Nuestro Señor y sus seguidores a
quienes se asesina, se veja, se ridiculiza y se silencia en todas
partes, siendo éstos indiscutibles blancos y víctimas en el secreto
programa universal de erradicación cristiana.
Sí, muchos vivimos hastiados del cinismo con el que los ciudadanos
decentes somos acusados de homofóbicos, racistas, antisemitas,
intolerantes, injustos, antisociales y ahora también, abortofóbicos,
mientras nos privan de derechos y protección legales y se los conceden a
los hijos de la última revolución social, a esos que gustan chapotear
en el pecado y el vicio, a toda esa muchedumbre desfachatada, maliciosa y
corrupta que, por tal de satisfacer sus deseos carnales y vanagloriarse
de su progresismo, escupen jubilosos sobre la cruz de Cristo sin el
menor reparo en podrir una civilización hasta sus raíces. No obstante,
intentan catatonizarnos al resto con el terror al calentamiento global.
Es nuestro deber no dejarnos imbecilizar por el enemigo. Hay
demasiadas víctimas y demasiados leprosos hasta la médula. A millones de
cristianos les ha sido arrancada la cruz del cuello y ahora lucen en él
el nombre del último cantante en boga o del último deportista de moda, o
el de la protagonista de cierto show moralmente pernicioso.
Es Cristo nuestro Este y quieren eliminarlo. Esto es una batalla a
muerte. El hueco de ozono de la Tierra no es nada comparado con el
agujero moral por el que está desmoronándose la civilización occidental
hacia el pozo sin fondo
Los heraldos de Satanás
Este y no otro, es el mundo que penetró las ventanas abiertas por
Juan XXIII cuando anunció el fatídico hito del Concilio Vaticano II.
Este heraldo de Satanás, a quien edulcoraron publicitariamente con el
sobrenombre de “El papa bueno” para exaltar su imagen pública, será
elevado a los altares de la contraiglesia católica en breve, como
ejemplo de una santidad en la que ni él creía, ni tampoco creenaquellos
que, de un modo u otro, gestionarán su próxima y fraudulenta
canonización. Vana, por cierto, como cualquier obra de Satanás quien a
veces parece olvidar las palabras de Cristo:
“Sin Mí, nada podéis hacer.” (Juan 15:5)
Una canonización que sólo puede interpretarse como una burla a Cristo
y que anestesiará todavía más a los seudocatólicos dormidos que
hallarán en esta nueva devoción otro anzuelo que tragar, –por lacayos al
mal y crédulos,– junto con la pesada plomada de su desobediente
obediencia porque no acaban de percatarse de que están sirviendo a
Satanás y que les gusta. Una canonización que es un oculto premio al
primer soldado que combatió contra el cuerpo místico y le franqueó las
puertas a las sociedades secretas para que con sus martillos, cinceles y
mandiles ceñidos, emprendieran la demolición doctrinal de la ciudadela
cristiana.
Y junto a Juan XXIII, la canonización de otro corruptor de la fe cual
nunca antes hubo en toda la historia de la Iglesia: Juan Pablo II.
Estos dos escandalosos enemigos de Cristo se regodearon –ante un
cristianismo ignorante y fláccido que todavía suspira por ellos– vejando
y humillando a la esposa de Cristo ante el orbe y silenciando a la
Madre de Dios, a quien nunca permitieron hacer público su tercer secreto
porque la falsedad de Roma salió nuevamente a relucir cuando dieron a
conocer un mensaje falsificado (haciéndolo pasar por el tercer secreto
de Fátima) que sin embargo, omitía la terrible apostasía de la iglesia
conciliar y con ello, la conexión de nuestros tiempos con las profecías
esjatológicas. Mensaje sólo aceptado por ciegos de vocación y obviamente
dictado por el Padre de la mentira.
Y por si fuera poco, queda abierta la causa para la beatificación del
anticristo Pablo VI, quien iniciara el concubinato con la sinagoga de
Satanás y le confiara a su amigo íntimo Jean Guitton en la sesión final
del Vaticano II: “Estoy a punto de tocar las siete trompetas del
Apocalipsis”. Inquietante confesión de quien mejor debería haber pensado
en traer la paz de Cristo a la Tierra1.
¿Epílogo de la historia?
Estamos asistiendo al destierro de los hombres de buena voluntad, al
exilio de la virtud, a la sepultura de la fe en Cristo. Nos adentramos
en territorios donde, aparte de los astros físicos, el sol de Cristo
cesará de iluminar y la luna de la Virgen no dará su resplandor. El
deseo del hombre de liberarse de Dios, le será finalmente concedido. Y
al arrojar las velas y los mástiles por la borda de lo que debió ser su
arca de salvación, la nave quedará al mando de aquel que la maniobrará
desde la negrura de su fétida sentina. Justa concesión divina para una
humanidad ingrata que sufrirá por un tiempo el castigo de una naturaleza
iracunda más la crueldad de una bestia a quien deificará en lugar del
Ungido.
Hemos llegado a un punto histórico que hace suponer que el deterioro
espiritual y moral de nuestra civilización, no tiene retroceso. Todo
parece indicar que las profecías apocalípticas se hallan en pleno
cumplimiento. Es imposible que en Roma surja un Papa que revierta la
hecatombe causada por los apóstatas mitrados conciliares y que, además,
éste salga electo en una votación honesta donde el poder de la masonería
no alcance.
¿Quién queda válidamente ordenado para ocupar el puesto cuando el
nuevo rito conciliar de las sagradas órdenes, –con la venia de Pablo
VI–, fue modificado por los modernistas para vaciarlo de contenido e
impuesto el 18 de junio de 1968? ¿Quién es católico en Roma? ¿Quién
existe en los establos de Asmodeo, –como dijo Ntra. Sra. de La Salette
de los templos e iglesias corruptos–, que haya guardado, sin contaminar,
el precioso depósito de la fe?
Más bien parece ser que nos acercamos al advenimiento del falso
profeta, de ese hombre curtido de herejías y apostasía y, –como si
fueran pústulas espirituales,– preñado de anatemas desdeñados por él,
que fungirá de brazo derecho del Anticristo.
Falso profeta éste que lanzará sus propios anatemas personales sobre
el remanente católico incitando a su persecución con la excusa de un
fementido celo a una falsa “verdad”.
Cuando la plenitud del número de la bestia se haya cumplido hasta el
último dígito, cuando la suma de todas las abominaciones de que será
capaz el Anticristo concluya, descargará sobre éste la ira de Dios para
liberar nuevamente a los fieles, cautivos por el pecado circundante.
Es posible que el grito: “Ha caído, ha caído Babilonia la grande…”
(Apocalipsis 14:8) signifique una caída espiritual seguida de otra
física después.
De ser esto cierto, tal vez la primera caída se haya cumplido con la
pérdidad de la fe de la contraiglesia de Roma y sólo reste presenciar la
destrucción física de lo que ya no merece sostenerse sin el apoyo del
Espíritu Santo.
Los tiempos de nuestra nueva liberación, están en manos del Padre. La
voluntad de velar, orar y dar testimonio de Cristo, –con la ayuda de la
gracia divina–, en las nuestras.
¡Ven, Señor Jesús!
Amén.
1-Jean Guitton, “Nel segno dei Dodici,” entrevista por Maurizio Blondet, Avvenire, 11 de octubre de 1992.
